sábado, 17 de diciembre de 2011

La última Underwood



     

Esta es la última máquina de escribir. La última Underwwod. El último soplo de un mundo extinto. El sonido seco que produce el contacto del tipo contra la hoja en blanco molesta a los niños. No terminan de acostumbrarse a ese inoportuno tableteo que les roba el sueño. Ellos son producto de un mundo touch. Es un mundo delicado, de caricias, un mundo en el que ya nadie golpea nada. En cambio yo estoy azotando con fuerzas las teclas y ellos se quejan. Y con razón. Pero es poco lo que puedo hacer. Es imperativo que escriba. Al menos hasta que la cinta aguante. Entonces se habrá acabado y ellos, al fin, volverán a dormir. Mientras tanto que se las apañen. De cualquier forma, al final, el sueño siempre los alcanza.
     Afuera la noche es un muro negro. En realidad afuera no existe. He olvidado la última vez que salí y estoy seguro que los niños nunca lo han hecho. Hemos ido sustituyendo el mundo por el resplandor de una pantalla. Transformamos el mundo, lo convertimos en algo inútil, desechable.  Lo condensamos todo en esta pequeña pantalla vibrante. Así que el mundo ha desaparecido. Se habrá marchado a otra parte. Que más da, si aún puedo robarle a la muerte estos instantes de dicha. Porque se trata de un robo. Soy consiente de que estoy quebrantando la ley. Pero no me escondo. ¿Quién ha de venir a buscarme si ya no hay nadie?
     He dejado de escribir. La cinta se ha quedado sin tinta. Los niños duermen. Su sueño es inquieto, poblado de pesadillas en las que las fotografías sustituyen la realidad. La imagen de un árbol al árbol mismo, la foto de un elefante al elefante vibrante de vida. Y así. Un mundo de fotografías sacadas de la pantalla rectangular. Imágenes que pasan por ciertas, pero que son, en realidad, una estafa.
     Saco la hoja del rodillo de la Underwood y la coloco con las otras. Hacen un montón de hojas manchadas muy bonito. Coloco la máquina en su caja, la cierro y le echo llave. Me levanto y voy hasta las camas de los niños. Miro sus caritas y les acaricio las mejillas. Los arropo con sus mantas. Hace frío. Luego, con lentitud, diría que con aprehensión, me acerco a la ventana y me asomo a la noche, a la nada.