domingo, 6 de junio de 2010

SUSY Y COCA COLA

Comerme una Susy y tomarme una Coca Cola es un rito que practico a diario. Es un acto de comunión conmigo mismo, una especie de exorcismo que me reconcilia con la vida. Lo realizo un par de veces al día, antes frente al televisor, viendo algún noticiero, ahora, en la era 2.0, frente a la computadora. A mis 45 años está contra indicado. No necesito ir al médico para saberlo. No voy a ir al médico para que me lo diga. Prefiero morir haciéndome el loco, en la más feliz de las inconsciencias. Recuerden, Susy y Coca Cola mientras revisas el twitter y el facebook y los correos y navegas por Internet y un link te lleva a otro y a otro y las referencias se multiplican como un cáncer en la pantalla de la computadora y, en general, pierdes un tiempo precioso que podrías dedicar a la escritura, tan abandonada la pobre en este puto mundo de redes sociales en el que no ves una sola cara y ya no puedes disfrutar de los gestos y ademanes de una persona de carne y hueso, allí, frente a ti, durante una cálida, aunque, al parecer, pasada de moda, conversación El mundo está cambiando, las relaciones humanas están cambiando y, a mí, lo único que me va quedando, mi último asidero con la cordura, mi última referencia de lo que alguna vez fui y que quisiera volver a ser, es mi Susy y mi Coca Cola.

viernes, 4 de junio de 2010

PERDIDAS

Diez de la noche, mi esposa hace rato que se ha acostado y los niños duermen con la intranquilidad propia de esa edad en la que se quiere hacer cualquier cosa menos dormir. Pienso mucho en ellos. A veces duele pensar tanto en ellos, pero es necesario hacerlo, fijarlos dolorosamente en la mente para que no se alejen, para no perderlos. Pienso en mis hijos y recuerdo a un gran amigo (mi amigo 2.0 lo llamo porque nuestra amistad se ha fraguado bajo la tutela virtual del Internet) que ha sufrido una trágica pérdida, una de esas pérdidas que desgarran tu vida sin remedio y producen una profunda herida que ya no ha de cicatrizar jamás. A mi amigo no le he dicho nada o le he dicho tan poco, pero que carajo se dice en estos casos. Es mejor quedarse callado. A veces el silencio es más elocuente. Si supiera rezar, rezaría por todos nosotros. Pero jamás he rezado. Alguna vez habré ensayado algo parecido a una conversación con Dios y, a estas alturas, no estoy seguro de que me haya servido de algo. Tal vez si y no me he dado cuenta. En todo caso creo (a estas alturas del partido no estoy seguro de nada) preferiría hacer un esfuerzo serio para convertirme en un mejor hombre: Un mejor padre, un mejor esposo, un mejor amigo. Esa sería mi mejor contribución para todas las personas a las que quiero. Que así sea. Amén.