lunes, 8 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

68


Tengo visita. Se trata de Eleazar alias Capitán Centella o de Capitán Centella alias Eleazar. Da los igual. Felisberto dormita en su cama, la boca ligeramente abierta, las manos entrelazadas sobre el pecho, como un muerto en su velatorio. El vasto cuerpo de Eleazar tiembla con el leve tintinar de una florecilla al viento. Puedo sacarte de aquí si quieres, dice. Contigo puedo hacer una excepción, lo sabes. Su voz tiembla con la misma bella gracia que su cuerpo. Lo miro y sonrío con indulgencia. Le digo que no hace falta, que tengo todo bajo control. El Capitán Centella hace una triste mueca que pretende ser una sonrisa. Le doy las gracias y le pregunto por Liz. Una sombra cubre su cara y su mirada se apaga y se ancla al piso mientras juega con los dedos de las manos. Pregunto de nuevo. Y me lo cuenta. Nada extraordinario. Era de esperarse desde el momento en que no maté al cabrón ese: Liz, que ahora es la jefa del departamento (me alegro por ella), se ha mudado a casa de su prometido para cuidarlo en su convalecencia y, por si fuera poco, la fecha de la boda se ha adelantado tanto como que se casan en tres días.
No bien ha salido Eleazar de la habitación con pasos cortos y melancólicos, zarandeo a Felisberto que duerme como un muerto feliz y, no bien veo que abre un ojo, le digo emocionado: ¡Mañana nos vamos!

miércoles, 3 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

67


Recuerdo, digo y es como si estuviese hablando en voz alta conmigo mismo. Felisberto, inclinado sobre su cuadernito Caribe y garabateando sus signos extraterrestres, no parece escucharme. Un vibrante resplandor envuelve su pequeño cuerpo como si estuviese protegido por un campo de fuerza. ¿Qué recuerdo?, digo. La infancia, digo.
La infancia es una vieja polaroid descolorida en donde puede verse a un niño (yo) plantado en medio de una bucólica calle. La cara al sol y una sonrisa perversa y auto suficiente pegada a la cara con una fórmula que cree eterna. ¡Qué pronto se borrará la risa de aquel rostro! Eso es todo. El resto es memoria insatisfecha y errática. El resto es esto que ahora somos y que se va desintegrando en la nada y el aburrimiento.
Felisberto deja de escribir y dice: Yo no tuve infancia. Yo nací adulto y espero morir como un niño.

martes, 2 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

66


Felisberto, inclinado sobre un cuadernito Caribe, escribe con letra trémula una de sus novelas sobre alienígenas. ¿Por qué tiembla Felisberto o la letra de Felisberto? Creo que es porque esconden una emoción incontenible. Felisberto está poseído por un demonio. Felisberto es, él mismo, un demonio.
Felisberto deja de escribir, se yergue y me mira con ojos alucinados. Por su puesto, dice, no iba por allí con una llave inglesa golpeando bellas y no tan bellas mujeres. Ciertamente al principio lo hacía pero con el tiempo y la experiencia fui sofisticando mis métodos.
Y vaya que fue sofisticado. Hizo de la sofisticación un lema. Porque, ¿hay algo más sofisticado que hacer dormir a sus pasajeras usando un (obvio) sofisticado y complejo, en su sencillez, sistema de micro tuberías que expelían un gas hipnótico? Sus mujeres quedaban plácidamente dormidas en el asiento trasero del taxi mientras Felisberto las paseaba por la ciudad y las llevaba a su destino final: Su diminuto y humilde hogar. Diminuto y humilde por fuera pero por dentro infinito y, por supuesto, sofisticado centro del mundo, de su mundo subterráneo de placeres en donde se refocilaba largo tiempo con los cuerpos temblorosos de las piezas cazadas, hasta el hartazgo, hasta quedar vacío y muerto de hambre. Luego, con dulce melancolía, las dormía de nuevo pero esta vez para siempre. Las hundía con suavidad y sin dolor en el sueño eterno y en la paz del señor. Finalmente las cortaba en pedacitos y, debidamente empaquetadas, las metía en la nevera y de allí las sacaba solo para alimentarse, para llenar el estómago y el alma, sobre todo el alma que quedaba siempre algo maltrecha y hambrienta luego de las largas sesiones de amancebamiento forzado, como él las llama.
Era como volver a amarlas, dice Felisberto. Cada bocado de esa carne suave que saboreaba con deleite en mi boca era la ostia de una comunión. Una prueba irrefutable de amor. Un humilde homenaje a aquellas que había amado.
Porque, hay que decirlo, Felisberto amaba a esas mujeres. Las amaba como solo un loco puede amar: con desgarrada pasión, a todo tren y sin frenos, directo al abismo y en el propio abismo, cayendo como solo los locos saben caer: como si volaran o mejor: como si nadaran en el aire, como si bucearan entre las nubes y hablaran con los pájaros.
Así amaba Felisberto a sus mujeres y así se las comía. Con la misma devoción. Con el ansia de quien desea hacerse uno con el cuerpo amado...

lunes, 1 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

65

Felisberto y yo caminamos por el patio. Caminamos en silencio. Largas nubes grises y negras recorren el cielo sin titubeos, raudas, como quien sabe hacia donde va. Es un cielo apocalíptico. Me gustan los cielos apocalípticos. Los locos están inquietos. A los locos parece no gustarles los cielos apocalípticos. Miran de reojo y con cara de espanto los nubarrones acelerados, se encogen sobre sí mismos, se tapan la cara, se mean o se cagan encima. Presienten algo. El fin de algo o el principio de algo. Da lo mismo. Es lo mismo. El terror al abismo que se abre tras ese presentimiento es el mismo. Los enfermeros, como si presintieran que los locos presienten, se apostan tras la reja que da acceso al patio con los bastones eléctricos en las manos, prestos a actuar y a poner su granito de arena en la consecución del caos. A Felisberto y a mí nos da igual. Nosotros caminamos despreocupados y en silencio por el patio. El Apocalipsis es nuestro elemento natural. Respiramos el Apocalipsis como otros respiran el aire para vivir. Somos hermanos de sangre. Nunca mejor dicho. La sangre nos ha hermanado, nos ha unido indisolublemente. Somos gemelos en la sangre. La primera damita que maté, dice Felisberto acabando con el silencio de nuestro paseo alrededor del patio del manicomio, bajo el cielo ennegrecido por los impetuosos nubarrones, entre locos agitados que aúllan a ese mismo cielo que parece sacado de un cuadro de Sowa, como quien habla de su primera relación sexual, como quien dice: hoy voy a comer huevos fritos, era muy joven, casi una niña o eso aparentaba al menos. Era bella en todo caso. Muy bella. Rayando en la locura. Yo, en todo caso, perdí la razón. No era para menos, te lo aseguro. Tanta belleza hería aquí y, sobretodo, aquí, dice golpeándose primero el pecho y luego, con vehemencia, la frente. No recuerdo en donde abordó el taxi. Probablemente fue en un centro comercial. Calla un segundo, pensativo. Se acaricia la barba. Si, seguro fue en un centro comercial. Uno de esos fastuosos centro comerciales que surgen en la ciudad “como un lunar en el rostro más bello”. O tal vez fue frente a un banco. No lo sé. ¡Qué más da! Lo importante es que era hermosa, más que hermosa, y que yo perdí la razón por ella. Desde que cerró la portezuela trasera del carro lo tuve decidido. Por suerte (suerte para mí) me pidió que la llevara a una de esas urbanizaciones elegantes y silenciosas cuyas solitarias calles se prestan para las confidencias y para el crimen. Yo mismo le abrí la puerta cuando llegamos a nuestro destino. Tenía en mi mano derecha una llave inglesa que siempre llevo conmigo escondida debajo del asiento del piloto. Una medida preventiva para un taxista que labora en una ciudad tan insegura como esta. En fin, no dejé que se bajara del taxi. En cuanto asomó la cabeza por la puerta le di con la llave inglesa en la frente. Sus ojos verdes se nublaron y cayó de espaldas sobre el asiento. De su frente salía a borbotones la sangre. Cerré la puerta y eché un vistazo a mí alrededor. Cuatro casas más allá de donde estaba estacionado, la mujer de servicio de una enorme mansión de paredes blancas y techos verdes, una mulata metida en un vestidito que amenazaba rasgarse en las curvas prietas de las caderas, sacaba un cubo de basura hasta la acera. Me la quedé mirando hasta que alzó la vista. La salude agitando la llave inglesa sobre mi cabeza. Ella me devolvió el saludo con una sonrisa de dientes blanquísimos. Luego me monté en el taxi y me marché con la que sería, aún cuando yo en ese momento no lo sabía, mi primera pieza cobrada, tirada, inconsciente, sobre el asiento trasero del taxi.