viernes, 19 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

64
Felisberto duerme. Ronca y es como si talase bosques enteros. Yo no duermo. No puedo con esa máquina taladora escupiendo astillas a mi lado. Ni siquiera puedo pensar. Ni siquiera puedo iniciar el esbozo de una figura sencilla que vaya tomando forma entre mi cerebro y mis ojos, una figura con la que pueda entretenerme un rato, como aquella voluptuosa mujer de enormes tetas que sentada desnuda en una silla se masturbaba y que fue la primera imagen, plana, simplona, sin profundidad, que usé para hacerme mi primera paja.
Ahora ni siquiera puedo masturbarme. Los ronquidos de Felisberto se desparraman por la habitación con los bramidos de un río crecido, se escurren por las rendijas en donde se esconden las cucarachas, truenan en el aire quieto de la habitación, se meten en mi cabeza en donde no hay cucarachas, en donde, en realidad, no hay nada, solo el furioso estruendo de los ronquidos de Felisberto.
Felisberto pedazo de mierda. Me paro de la cama y avanzo hacia él que duerme boca arriba, las manos cruzadas sobre el pecho, la boca abierta, los pelos de la barba temblando continuamente. Si no fuera por ese movimiento nervioso de la barba y por el gorgoteo apocalíptico que surge de su boca abierta, diría que está muerto, que es un cadáver esperando sepultura. Pero no, está vivo y en plena erupción. Lo sacudo un poco a ver qué pasa. Nada, aparte de un par de gruñidos y un manoteo al aire. Luego los ronquidos se intensifican. Entonces coloco a Felisberto en posición fetal. Lo hago sin delicadeza alguna, más bien con una pizca de mala leche. Sin embargo Felisberto no chista y, lo que es mejor, los ronquidos cesan. Le hecho un último vistazo. Duerme con la placidez de un niño. Se ha metido el dedo pulgar en la boca y lo chupa dulcemente, en los labios dibujada con trazos finos una sonrisa.

miércoles, 17 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

63

Me sacan de mi celda (ahora se que es una celda de máxima seguridad) y me colocan en una habitación con un calmado. Otro porque yo, ahora, también soy un calmado. Lo que representa, según los médicos, una franca mejoría, porque, hasta no hace mucho, yo era un agitado que había que mantener bajo férrea vigilancia. La puerta de esta habitación se mantiene cerrada bajo llave pero solo en las noches, mientras dormimos o fingimos que dormimos y nuestras mentes afiebradas emprenden largos y accidentados viajes por mundos ignotos. Durante el día la puerta permanece abierta y somos libres de salir y entrar cuantas veces nos plazca.
El calmado con quien comparto habitación se llama Felisberto y es escritor de ciencia ficción. Es un tipito nervioso y delgado. De su cara cuelga una negra barba rusa. Está convencido de que más pronto que tarde los alienígenas, luego de miles de años de discreta vigilancia, durante la cual se permitieron ciertas libertades ayudando a los terrícolas a desarrollarse, ligeros empujoncitos que aceleraron la evolución del ser humano y nos pusieron en el camino del progreso y el bienestar, harán contacto con nosotros. Felisberto sencillamente los espera con los brazos abiertos. Mientras tanto mata el tiempo escribiendo novelas sobre marcianos que invaden, a sangre y fuego, la tierra, o sobre marcianos que llegan a la tierra en paz y acaban con todas las guerras que estúpidamente, nosotros, los terrícolas, libramos desde que tenemos uso de razón, o sobre marcianos que aún no han llegado a la tierra y que viven mil y una aventuras en su trayecto, no todas felices, algunas de ellas, incluso, catastróficas y trágicas, dos palabras esdrújulas que describen muy bien el padecimiento de los marcianos durante su viaje intergaláctico o sobre marcianos que aún no han salido de su planeta y que sueñan con viajar a esa lejana y diminuta tierra, un lugar misterioso y mítico, como si se dispusiesen a encontrar el dorado o el paraíso perdido, un lugar, en todo caso, en donde ser más felices de lo que ya son.
Un loco simpático Felisberto. Cuando no esta escribiendo sus novelas sobre alienígenas, llenando con su diminuta caligrafía pequeños cuadernos cuadriculados marca Caribe, uno detrás de otro, con maniática persistencia y una entrega apasionada que raya, como no, en la locura, me cuenta la trama de la última novela de Stephen King “Mundo maravilloso” que versa sobre alienígenas y su manera, muy particular, de conquistar la tierra: controlando la mente de los terrícolas y convirtiéndolos en seres satisfechos y sin ambiciones que viven en un mundo feliz en el que no pasa nada
Felisberto me mira y sonríe avergonzado. Hace un gesto con la mano, restando importancia a sus palabras que, como siempre, han sido un borbotón incontenible y se sienta frente al escritorio en el que, en impecable orden, se forman los cuadernitos Caribe. Coge uno, un lápiz Mongol y, encogido sobre la silla, se pone a escribir.

miércoles, 10 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

62

Procuro pasar inadvertido, no hacerme notar demasiado. Mi difunto padre decía: Donde fueres has lo que vieres. Cuando era niño estuve en una iglesia. Por alguna razón estaba solo. ¿Dónde estaban mis padres? De pronto todo el mundo se puso en pie y caminó hacia el altar. Yo hice lo mismo solo por una razón. No quería que me señalaran con el dedo y dijeran, miren, este niño no se ha levantado, este niño es raro, es diferente. Entonces caminé, como todo el mundo, hacia el altar. Luego de una breve cola quedé frente al cura que me ofrecía una lámina redonda mientras murmuraba palabras misteriosas. Yo, como había visto hacer a otros, abrí la boca, saqué la lengua y permití que el cura depositara allí la pequeña lámina Luego, como todo el mundo, regresé a mi banco al final de la nave. No tenía ni idea de que había comulgado, de que había comido la carne de Cristo. Desde entonces, cuando me preguntan, digo que, técnicamente ya he hecho la primera comunión ¿De dónde viene esa necesidad de mimetizarme con mi entorno como lo hacía Zelig en la famosa película de Woody Allen? No lo se. Pero es una costumbre que me ha sido de mucha utilidad en mi vida, siendo, como soy, un asesino compulsivo.
En consecuencia aquí, en le manicomio, me comporto como si estuviese loco. Lo cual no me resulta difícil. Es, incluso, divertido hacerse el loco. Camino por el patio con errático rumbo, como una nave a la deriva, entre los escollos que son los cuerpos de los dementes profesionales, recitando a Panero en voz alta y con gestos teatrales. Mi actuación causa estragos. Los locos se exaltan, pegan saltos, gritan, algunos, muy pocos, aplauden emocionados, otros, los más, revuelcan sus angustiados cuerpos en el suelo, se mean y se cagan encima, bailan, poseídos por el espíritu de los muertos, danzas rituales olvidadas hace tanto tiempo. Comienza a llover. Carreras desenfrenadas. Alegría por el agua. Las rejas del patio se abren y entran, en tropel, los enfermeros con sus bastones eléctricos. Doy un paso atrás y me mantengo al margen. Se me ha pasado la mano. Ahora soy yo el que aplaude.

martes, 2 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

61

Cuando me permiten salir de mi habitación y relacionarme con los demás enfermos, conozco el patio en el que los locos pasan la mañana sin hacer nada o haciendo, cada uno a su manera y según sus manías, sus rutinas enajenadas. El suelo del patio es de cemento cuarteado, de entre las grietas surgen unos hierbajos amarillos que tiemblan intranquilos al primer atisbo de viento. El muro que da al exterior es alto y está coronado por una alambrada de púas. Del lado del edificio hay una hilera de bancos en los cuales encadenan a los locos furiosos. Sujetos por los tobillos, pasan el día hurgándose las narices, empujándose o masturbándose unos a otros o sencillamente pasan el día sin hacer nada, la mirada fija en el suelo o en el alto muro del patio.
El patio es la tierra de nadie. Allí los enfermeros no entran Una pesada reja da acceso al patio. Un enfermero se encarga de abrirla en la mañana para dejar salir a los pacientes. Luego la cierra y se queda allí, de pie, como una estatua vigilante. A la hora del almuerzo la abre para que los locos vayan al comedor. En la tarde y en la noche el patio permanece vacío y en silencio. Si hay un conato de disturbio, si un grupo trata de linchar a un pobre diablo u otro grupo trata de violar a un catatónico, entonces entran los enfermeros con bastones eléctricos en las manos y disuelven la fiesta de forma especialmente violenta. Pero si la cosa no pasa de una metidita de mano o unos cuantos bofetones, no intervienen. Qué los locos se las arreglen por su cuenta.

MONSTRUOS S. A.

60

¿Qué significa pensar en alguien? ¿Verlo, quizá, desdibujado por el tamiz de la memoria? ¿Una figura borrosa que guarda poca relación con la persona que evocamos? ¿Una invención que se ajusta a nuestros deseos? En el caso que nos ocupa veo a Liz, escasa de ropa, sus generosas carnes temblando con leve regocijo mientras avanza hacia mi con esa mirada que me desarma y destierra cualquier duda que aún pueda albergar en mi corazón en cuanto a la conveniencia de casarme con ella. El lugar: un callejón victoriano atestado de gente en un Londres soleado y caluroso. Eso es todo. Esa la imagen que me restituye en el mundo.

lunes, 1 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

59

Yo no se si soy feliz en mi pequeña habitación blanca. Tal vez feliz no sea la palabra adecuada para describir mi estado de ánimo. Tal vez habrá que decir tranquilidad o sosiego, incluso paz, aunque de vez en cuando vuelven los ataques de ira. Entonces me sedan y confinan mi cuerpo a la camisa de fuerza por unos cuantos días. No, no soy capaz de controlar de ningún modo esa furia negra que se apodera de mi mente, encerrado, como estoy, en esta habitación y sometido a la férrea vigilancia que unos enfermeros con cara de matones y malas pulgas, ejercen sobre mí.
A través de la puerta cerrada de la habitación escucho el murmullo sedante de una conversación femenina. En posición fetal sobre la cama apoyo blandamente mi mejilla en la suave mejilla de la almohada y sonrío complacido escuchando esas voces adormecedoras que no dicen nada y que son como un canto o, más bien, un rezo diáfano, sin dramatismos, como una dulce y sencilla conversación con Dios o como un mantra liberador de los suplicios terrenales. Esas voces son bellas, entonces, porque no dicen nada, son sonido en estado puro, y porque no hay un cuerpo que las sustente y las vicie con el feo peso de la carne.
Pienso por primera vez en mucho tiempo, ¿cuánto?, en Liz. Y es como atravesar un velo y regresar de nuevo a la realidad. ¿Puede esta mujer a la que apenas conozco tener tal influencia sobre mí? ¿Cómo es posible? No lo se. Por toda respuesta emito dos o tres lágrimas celebratorias de mi regreso y me paro de la cama. Estoy curado. A mi manera pero curado. He reestablecido, gracias a Liz, al recuerdo de Liz, mis lazos con el mundo real. He puesto de nuevo, sin necesidad de sacarle las tripas a una mujer, los pies sobre la tierra. Vuelvo a comulgar con mis semejantes. Le digo al médico que me atiende que estoy curado, que me siento curado y este, luego de reírse y palmearme la espalda como se le palmea la espalda a un loco al que se le sigue la corriente, me dice que esa actitud demuestra una franca mejoría y que augura una pronta recuperación, sino total si, al menos, en un porcentaje que él, el médico, considera más que aceptable. Me vuelve a palmear la espalda y sale de la habitación, cerrando tras de si la puerta. Puedo escuchar como último ruido el chasquido del cerrojo al pasar de la llave.