miércoles, 13 de enero de 2010

MONSTRUOS S. A.

58

Dicen que parecía un animal acorralado, Dicen que me encontraron en cuclillas junto al cuerpo inerte de mi jefe, con los brazos colgando, el dorso de las manos rozando la mullida alfombra, los ojos desorbitados, una baba blanca y espesa colgando de la barbilla, como un gorila en celo o, tal vez, un orangután furioso. Dicen que ni diez hombres pudieron someterme. Dicen que finalmente me dispararon un dardo tranquilizante, como a un animal. Dicen que no había matado al jefe por bien poco. Dicen muchas cosas. Yo no entiendo nada. Yo solo veo una luz blanca pendulando sobre mi cabeza. Yo tengo frío. Yo tiemblo y lloro y balbuceo palabras incomprensibles. Yo no puedo moverme, envuelto en una camisa de fuerza, como una crisálida. Yo aún puedo sentir el roce de las manos viscosas y frías del jefe y cuando eso sucede las arcadas y la ira regresan y entonces comienzo a retorcerme y a aullar y la cara se me transforma en un rictus de horror y hay que volver a suministrarme sedantes o una dosis de sedantes más potente de los que se me suministra normalmente. Luego duermo como un niño largos períodos de tiempo (veinticuatro o treinta horas) tras los cuales despierto solo para volver a balbucear, a llorar y a debatirme, como poseído por un demonio en el interior de su crisálida blanca, cada vez que recuerdo las manos del jefe sobre mis hombros. Esta circularidad dura un mes. Luego la oscilación de la luz blanca sobre mi cabeza se detiene y puedo ver, aunque en forma vaga, lo que ocurre a mí alrededor. Veo paredes blancas y mullidas. Veo figuras borrosas que no paran de moverse y que se acercan y se alejan de mí y que de vez en cuando me introducen en la boca una cucharilla rebosante de una pasta desabrida, toman mi muñeca o me tocan la frente con manos que son como rayos de luz. Pronto, un día, cualquier día, esa palabra, día, ha perdido sentido, profundidad, me quitan la camisa de fuerza y es como si me arrancaran la piel, pero no de forma dolorosa, más bien, es como una sensación de perdida, como si me sacaran del vientre materno y me tendieran con suavidad en mitad de un paisaje lunar yermo y frío. Hablo y es como si hablara por primera vez. Quedo sorprendido y encantado con mi voz. Pido agua. Bebo mucho. Duermo ya sin necesidad de sedación. Como algo sólido: Una tortilla a la francesa y una ensalada de frutas. Gano peso. Me permiten levantarme de la cama. Mis primeros pasos son vacilantes, como los de un niño. Hago frecuentes paseos alrededor de la habitación. Recobro mis fuerzas y mis habilidades. Compruebo que la puerta de la habitación esta cerrada con llave. Estoy confinado. No me permiten leer ni escuchar música. Tengo una infinidad de tiempo para pensar. Sin embargo lo que prefiero, sobre todo, es dormir, pasarme el suiche, olvidarme de mi mismo y del mundo. Los médicos me palmean el hombro y me dicen que me recupero estupendamente. Comienzo a recibir la visita de fiscales y de agentes de policía. Por ellos me entero de mi situación legal. Mis carcajadas, aunque comedidas, causan extrañeza y son atribuidas a mi estado de enajenación mental. En las mañanas me siento en el borde de la cama y me quedo mirando la pared de la habitación. En las tardes duermo. Para entonces ya soy conciente del paso de los días, del transcurrir del tiempo, de mi estatura mortal. Comienzo a tener miedo y a preocuparme por mi situación. Sin embargo, las visitas de las autoridades judiciales disminuyen y pronto cesan por completo. Se olvidan de mí. Extraño los duros pero respetuosos interrogatorios en los que básicamente contesto lo primero que me viene a la cabeza, a veces por pura diversión, a veces porque no se que contestar. También contesto la verdad o lo que yo pienso que es la verdad. ¿Qué es la verdad?, les pregunto a mis interrogadores. Las preguntas las hacemos nosotros, me contestan tajantes y respetuosos. Y yo siempre las respondo obediente, aunque no siempre, como ya he dicho, con la verdad, porque, en realidad, se bien poco además de que había lanzado a mi jefe por encima del escritorio y lo había estrellado contra una reproducción del la última cena. Parece que había hecho unas cuantas cosas más, algunas de ellas claramente obscenas, y otras rayando en lo escatológico. No quiero saber, aunque, lo tengo muy claro, tarde o temprano me enteraré.

miércoles, 6 de enero de 2010

MONSTRUOS S. A.

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Necesito su ayuda, dice mi jefe. Yo miro su cabezota apenas asomando por encima de la mesa del escritorio, sus arrugadas manos unidas por las yemas de los dedos, dándole forma a una especie de diamante carnoso y blancuzco. Hago un esfuerzo considerable por no vomitar allí mismo. Una oleada de furia hierve en mi estómago y me hace temblar ligeramente. Se que las piernas de su jefe cuelgan ridículamente unos pocos centímetros por encima de la mullida alfombra de la oficina y a esa imagen me aferro con la desesperación de un naufrago que se aferra a un pequeño tablón de madera en mitad de una tormenta inagotable. Me aferro para no matar. No allí. Siempre es posible encontrar el lugar y el tiempo adecuado. Eso los se muy bien. Es cuestión de concentrarse en esa imagen flotando en mi mente y de no dejarme llevar por mis instintos. Verá usted, se trata de lo siguiente, dice mi jefe separando las manos, colocando la punta de los dedos de su mano derecha sobre una carpeta que descansa, íngrima y sola, en la mesa del escritorio y arrastrándola con suavidad hacia mí. Hemos contratado a un nueva empleada que viene a sustituir al señor Fernández, que como usted sabe renunció sorpresivamente. Esta nueva empleada que he hecho contratar para estar más cerca de ella es mi novia y la mujer con la que pienso casarme y tener hijos y quiero que usted le enseñe todo lo que debe saber sobre este trabajo. Yo he adivinado de inmediato de quien se trata y el nombre que esconde la carpeta sobre el escritorio. Mi cara se ha transformado varias veces durante el corto discurso de mi jefe. Primero radiante de alegría, luego sorpresa y estupor creciente y, finalmente, en forma paulatina mi cara se va ensombreciendo como si anocheciera, el pequeño tablón de madera del que me aferraba engullido por las turbulentas aguas de la tormenta. Mi jefe parece no darse cuenta del infierno que se va creando justo frente a él. Mi jefe salta de su silla y rodeando el escritorio se sitúa detrás de mí y coloca sus pequeñas y asquerosas manitas sobre mis hombros. La ira se agolpa en mi cabeza como un monstruo de mil caras mientras abro la carpeta para constatar lo que ya se: que la nueva empleada de la que habla el jefe, la novia de la que habla mi jefe, la futura esposa del jefe, es Liz. Luego, cuando vuelvo en mi, solo recuerdo haber tomado con repugnancia las manitas de mi jefe y haberlo lanzado por encima de mi cabeza, por encima del escritorio, contra la pared en la que cuelga una reproducción de la última cena y escuchar el vidrio que cubre la reproducción estallar en pedazos. Luego nada. Fundido a negro.

sábado, 2 de enero de 2010

MONSTRUOS S. A.

56

En la entrada de la OTC nos tropezamos con el jefe del departamento, un ser mezquino en tamaño y carácter que habla a gritos, haciendo ademanes con las manos frente a sus interlocutores, como si quisiese pelear, como si quisiese imponerse en virtud de una cierta agresividad de movimientos que, de alguna manera misteriosa, supliesen su escaso tamaño y la poca impresión que da su pequeño cuerpo atrofiado. El Capitán Centella, no se cómo, logra escabullirse o, tal vez, no se escabulle sino que sigue de largo sin darse cuenta de nada, extasiado como esta con sus barajitas, dejándome solo frente a las interjecciones y los altos decibeles del jefe que me ordena que lo siga hasta la oficina. Habrá que dejar la búsqueda de Liz para otro momento. Tendré que seguir a ese hijo de puta al que solo vale la pena matar por librar de su presencia torturante a los pobres diablos del departamento. Seguirlo como un esclavo sigue a su amo, un esclavo muy especial porque, aún a sabiendas de su superioridad física e intelectual, y de las posibilidades ciertas de deshacerse de su amo, prefiere mantener las cosas tal como están y reafirmar, en esa renuncia a ser libre, su superioridad, su desprecio por ese amo débil e incompetente.