jueves, 30 de diciembre de 2010

Qué lentitud

                                   Qué lentitud
                                    hasta los sustos se demoran
                                    y las angustias tan puntuales siempre
                                    se han quedado en el camino
                                                          lerdas
                                    como fantasmas soñando
                                    nada se mueve
                                    y la felicidad cuando pudo pasó de largo
                                    ya no hay ni exhalación

domingo, 28 de noviembre de 2010

ENTRE LIBROS TE VEAS

                               Fotografía: Oliver Laban Mattei

     Una lista de los libros que leo ahora mismo. No la hago para lucirme ni para mostrar mis músculos lectores, todo lo contrario, lo hago para demostrar mi locura, hacerlos testigos de la vorágine de palabras en el que ando, para que observen el abismo que se abre ante mí y en el que me sumerjo con gusto:

FALKE de Federico Vegas
LOS VERSOS SATÁNICOS de Salman Rushdie
EL MAL DE MONTANO de Enrique Vila-Matas
EL GATO Y EL RATÓN de Gunter Grass
LOS DETECTIVES SALVAJES de Roberto Bolaño (relectura)
SUMARIO de Federico Vegas
LLAMADAS TELEFÓNICAS  de Roberto Bolaño (relectura)
PIEDRA INFERNAL de Malcolm Lowry
BARILOCHE de Andrés Neuman
NARRACIONES INCOMPLETAS de Felisberto Hernández

     Hojeo según mi estado de ánimo:

TIERRA ROJA Y LLUVIA TORRENCIAL de Vikram Chandra
DIETARIO VOLUBLE de Enrique Vila-Matas
HERZOG  de Saúl Bellow
LA CARPA Y OTROS CUENTOS de Federico Vegas (aunque este podría estar tranquilamente en la lista anterior)
INTRIGA EN EL CAR WASH de Salvador Fleján (igual este)
EL ARQUERO DORMIDO de Ednodio Quintero
CURSO DE LITERATURA RUSA de Vladimir Nabokov
CURSO DE LITERATURA EUROPEA de Vladimir Nabokov
CURSO SOBRE EL QUIJOTE de Vladimir Nabokov
LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS de Eduardo Mendoza
LAS KUITAS DEL HOMBRE MOSCA de Eduardo Liendo
EL MÁGICO APRENDIZ de Luis Landero
CIEN AÑOS DE SOLEDAD de Gabriel García Márquez (infinitamente releída)
EL LUGAR DEL ESCRITOR de Victoria de Stefano

     Juzguen ustedes.

domingo, 21 de noviembre de 2010

EL TERCER REICH

    

     EL TERCER REICH de Roberto Bolaño, es la novela rescatada de los archivos del escritor por su viuda y entregada al chacal Andrew Wylie, uno de los agentes literarios más importantes del mundo. Me pregunto si Herralde la habría publicado en su momento, siendo Bolaño, como era entonces, un autor desconocido. Yo creo que no. También me pregunto si agrega algo a su obra. Tal vez para los estudiosos. En realidad poco importa. Es una buena novela y se agradece su publicación, sobre todo la agradecemos todos aquellos que admiramos a Bolaño y que con su temprana muerte quedamos en una especie de orfandad intelectual, queriendo más y mejor o peor, da igual, pero más.
     En EL TERCER REICH encontramos al Bolaño larvario, el que está por romper la crisálida, aunque esta no es una buena metáfora para usarla con Bolaño, más bien habría que hablar de un volcán a punto de explotar o algo por el estilo. En esta novela están todos los elementos que harán de Bolaño el escritor que fue, sobre todo, en esas extraordinarias novelas que son LOS DETECTIVES SALVAJES y 2666. Allí están sus obsesiones, sus búsquedas formales, sus motivos, todos asomándose en las páginas del libro con cierta timidez, como contenidos, como diciendo aún no, no es el momento, ya vendrá nuestro tiempo. Y vaya que llegó su tiempo. Fue una explosión fulgurante. Breve, es cierto, pero definitiva. Ahora vamos todos detrás de la estela que dejó y que a siete años de su muerte se mantiene incólume, soberbia, retadora, sobre la superficie de ese mar despiadado que es la literatura.

sábado, 20 de noviembre de 2010

MIGUEL SYJUCO




'Considero la escritura un acto político':  Dice Miguel Syjuco, novelista filipino radicado en Canada, a quien con su primera novela, ILUSTRADO, traducida por Tusquets, se le considera desde ya la revelación del año. La novelita promete. Habra que comprarla. ¿Quién va para España?

viernes, 12 de noviembre de 2010

FEDERICO VEGAS: EL ÚLTIMO SAMURAI





Hace tiempo oí hablar de un tipo que a los cuarenta, tal vez cuarentaicinco años, decidió abandonarlo todo y encerrarse en una habitación a escribir. Esa imagen de un hombre recluido, aislado del mundo, como un anacoreta, barrido por la terrible pasión de la literatura, esa imagen, repito, me gusta. Resume muy bien el compromiso del escritor, la relación casi religiosa que entabla con la literatura, la sumisión a esos poderes fácticos que se apoderan de él y que ya no lo  dejarán vivir en paz si no es en soledad, creando mundos imaginarios que le den orden a la realidad. Y no sé porque, pero ahora pienso que ese tipo del que oí hablar hace tanto es Federico Vegas. Ese solo gesto valiente lo convierte ante mis ojos en un personaje mitológico, en un héroe, en uno de esos samuráis de los que hablaba Bolaño. Pero es que además ese encierro apasionado ha rendido sus frutos. No ha sido fácil. Por el camino han quedado novelas prescindibles como Miedo, pudor y deleite, un libro que no le agrega nada a la literatura hecha en Venezuela, un ladrillo más que produce esa fábrica de ladrillos que es la novelística venezolana. Pero están los cuentos. Y sobre todo están Falke y Sumario. Y si a mí me dijeran que Vegas debe escribir diez Miedo, pudor y deleite para producir un solo Falke yo diría: sea. Es un buen negocio. Salimos ganando.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

PREMIO HERRALDE DE NOVELA 2010


Me la paso opinando sin saber de lo que hablo, sin haber leído el libro que comento. Es una manía mía con la que cargo como un pesado fardo. Muchas veces la embarro, pero a veces, no muchas, ¡ping!, la pego. Están advertidos. Así que luego no vengan a sermonearme, a decirme que me equivoqué y que la próxima vez me entere antes de opinar porque no lo voy a hacer. Voy a seguir embarrándola y, a veces, ¡ping!, pegándola.
      Hoy voy a hablar sin saber de la novela ganadora del premio Herralde 2010, Tres ataúdes blancos del colombiano Antonio Ungar. No la he leído, por supuesto. Eso se entiende. Solo he leído la información que da la propia Anagrama. Veamos:

     Tres ataúdes blancos es un thriller en el que un tipo solitario y antisocial es forzado a suplantar la identidad del líder del partido político de oposición y a vivir todo tipo de aventuras para acabar con el régimen totalitario de un país latinoamericano llamado Miranda. Ese argumento de thriller bizarro es, sin embargo, una suerte de estructura vacía, un esqueleto en el que la novela crece, salvaje, impredecible, saliendo a borbotones de la voz del protagonista. Desaforado, desquiciado, hilarante, el narrador usa todas sus palabras para cuestionar, ridiculizar y destruir la realidad (y para reconstruirla de nuevo, desde cero, como nueva). Perseguido sin descanso por el régimen del terror que en Miranda todo lo controla y por los abyectos políticos de su propio bando, solo contra el mundo, el protagonista es finalmente alcanzado y cazado. Su enamorada en cambio consigue huir milagrosamente, y con ella queda viva la esperanza de un nuevo comienzo para la historia. Tres ataúdes blancos es un texto abierto, polifónico, dispuesto para múltiples lecturas. Puede ser entendido como una sátira feroz de la política en América Latina, como una refinada reflexión acerca de la identidad individual y la suplantación, como una exploración de los límites de la amistad, como un ensayo sobre la fragilidad de lo real, como una historia de amor imposible. Envuelta en un envase de thriller fácil de abrir y de leer, llena de humor, esta novela propone sin duda un juego literario complejo y fascinante. La novela que consagra indiscutiblemente a uno de los autores mayores de su generación en lengua española.

     “Acabar con el régimen totalitario de un país latinoamericano llamado Miranda.” No me jodan. ¿Miranda? ¿Cómo Francisco de Miranda? ¿O como Miranda, la banda de rock argentina? “Perseguido sin descanso por el régimen de terror que en Miranda todo lo controla y por los abyectos políticos de su propio bando.” ¡Carajo! ¿Dónde he escuchado eso de rrrregimen antes? ¿De qué estará hablando? ¿A quién se estará refiriendo? ¿Estoy paranoico? No lo creo. Solo espero que lo que dice la nota de Anagrama sea cierto y que toda esta estupidez solo sea “una suerte de estructura vacía, un esqueleto en el que la novela crece salvaje, impredecible, saliendo a borbotones de la voz del protagonista.” Y que “envuelta en un envase de thriller fácil de abrir y de leer, llena de humor, esta novela propone sin duda un juego literario complejo y fascinante. La novela que consagra indiscutiblemente a uno de los autores mayores de su generación en lengua española.”
     Espero sinceramente, en este caso, haberla embarrado y que estemos frente a la mejor novela escrita en lo que va del siglo XXI.

domingo, 7 de noviembre de 2010

POEMAS DE FABIO MORABITO


Fabio Morabito (otro enlace aquí) es un poeta que habla desde la sencillez. Se detiene con amorosa atención en las cosas que otros desestiman. Sus palabras son pura fibra, puro músculo en tensión, vibrantes y duras como el granito, pero al mismo tiempo sedosas y dóciles. He aquí un par de ejemplos:
             


 
CUARTETO DE POMPEYA


              I

Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,
nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.
Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.

Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.


             II

Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto

que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto

que pronuncie mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.


              III

Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,

su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio…

Nos denudamos tanto
que nonos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.


              IV

Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,

te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,

pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.
Esa noche la lava
mudó si paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.
_______________________________
En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados
por las lavas y cenizas de la erupción del
Vesubio (año 79), se conservan los de un
hombre y una mujer en el acto amoroso.




LA MESA


A veces la madera
de mi mesa
tiene un crujido oscuro,
un desgarrón
difuso de tormenta.
Una periódica migraña
la tortura.
Sus fibras ceden,
se descruzan,
buscan un acomodo
más humano.
Es la madera
que recuerda
viejos brazos.
Y que recuerda
que reverdecían.

CAMBIO DE NOMBRE

     ¿Por qué un cambio de nombre? En principio porque era hora de renovar un poco el blog y prestarle algo más de atención. Por otro lado VIAJE AL FIN DE LA NOCHE era un poco drámatico y se me había gastado un poco. A Céline lo sigo admirando, pero era hora de buscarme un nombre más adecuado. Había pensado robarme otro título de un autor al que también admiro mucho: DIARIO DE UN CARACOL de Gunter Grass. Pero al final prevaleció cierto prurito ético, cierto cosquilleo de la conciencia que no se por qué le dio por manifestarse en este caso en particular. La verdad es que DIARIO DE UN CARACOL es un titulazo y le venía de perlas al blog, me parece. Por otro lado DIARIO DE UN HOMBRE LENTO no es un dechado de originalidad. ¿Por qué? HOMBRE LENTO es una novela de J. M. Coetzee. Allí se los dejo.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Recordemos que la literatura no tiene ningún valor práctico.
                                                                         Vladimir Nabokov

domingo, 6 de junio de 2010

SUSY Y COCA COLA

Comerme una Susy y tomarme una Coca Cola es un rito que practico a diario. Es un acto de comunión conmigo mismo, una especie de exorcismo que me reconcilia con la vida. Lo realizo un par de veces al día, antes frente al televisor, viendo algún noticiero, ahora, en la era 2.0, frente a la computadora. A mis 45 años está contra indicado. No necesito ir al médico para saberlo. No voy a ir al médico para que me lo diga. Prefiero morir haciéndome el loco, en la más feliz de las inconsciencias. Recuerden, Susy y Coca Cola mientras revisas el twitter y el facebook y los correos y navegas por Internet y un link te lleva a otro y a otro y las referencias se multiplican como un cáncer en la pantalla de la computadora y, en general, pierdes un tiempo precioso que podrías dedicar a la escritura, tan abandonada la pobre en este puto mundo de redes sociales en el que no ves una sola cara y ya no puedes disfrutar de los gestos y ademanes de una persona de carne y hueso, allí, frente a ti, durante una cálida, aunque, al parecer, pasada de moda, conversación El mundo está cambiando, las relaciones humanas están cambiando y, a mí, lo único que me va quedando, mi último asidero con la cordura, mi última referencia de lo que alguna vez fui y que quisiera volver a ser, es mi Susy y mi Coca Cola.

viernes, 4 de junio de 2010

PERDIDAS

Diez de la noche, mi esposa hace rato que se ha acostado y los niños duermen con la intranquilidad propia de esa edad en la que se quiere hacer cualquier cosa menos dormir. Pienso mucho en ellos. A veces duele pensar tanto en ellos, pero es necesario hacerlo, fijarlos dolorosamente en la mente para que no se alejen, para no perderlos. Pienso en mis hijos y recuerdo a un gran amigo (mi amigo 2.0 lo llamo porque nuestra amistad se ha fraguado bajo la tutela virtual del Internet) que ha sufrido una trágica pérdida, una de esas pérdidas que desgarran tu vida sin remedio y producen una profunda herida que ya no ha de cicatrizar jamás. A mi amigo no le he dicho nada o le he dicho tan poco, pero que carajo se dice en estos casos. Es mejor quedarse callado. A veces el silencio es más elocuente. Si supiera rezar, rezaría por todos nosotros. Pero jamás he rezado. Alguna vez habré ensayado algo parecido a una conversación con Dios y, a estas alturas, no estoy seguro de que me haya servido de algo. Tal vez si y no me he dado cuenta. En todo caso creo (a estas alturas del partido no estoy seguro de nada) preferiría hacer un esfuerzo serio para convertirme en un mejor hombre: Un mejor padre, un mejor esposo, un mejor amigo. Esa sería mi mejor contribución para todas las personas a las que quiero. Que así sea. Amén.

domingo, 23 de mayo de 2010

NADA

La verdad es que a mi no me sucede nada. Todo lo que me ocurre acontece en mi mente. Y esas son aventuras harto difíciles de narrar. Debería escribir un diario ficticio. Inventármelo todo ¡Qué envidia me da Andreita, por ejemplo, que de cualquier nimiedad escribe una crónica entretenida y duradera! En fin mañana me siento a escribir sobre las baldosas del baño. Ahora que las veo las noto un poco sucias. Seguro que me sale una mamarrachada.

miércoles, 21 de abril de 2010

DORMIR

Dormir es un acto que exige todo nuestro valor. Porque, ¿quién nos garantiza que vamos a despertar?
Qué otra cosa puede ser el sueño sino una práctica, un preámbulo, una familiarización con la muerte.
¿Dormimos para recuperar fuerzas? Si. Pero también dormimos para comprender.
Y cuan poco comprendemos.

domingo, 18 de abril de 2010

VIDA DIARIA

Como puede notarse he dejado de publicar la novelita que venía escribiendo. Al final se me fue complicando. Tanto que ahora son dos novelas. Así que las seguiré escribiendo en la soledad del cuarto de los escritos o de los espíritus, como decía Walser, y allí se quedarán por ahora. He decidido, entonces, dedicarme a escribir otro tipo de tonterías, más personales. Escribir, por ejemplo, sobre mis hijos que son una fuerza incontenible que brama en la casa como una tormenta perfecta. Son unos invasores perversos que no se detienen ante nada. Yo los amo, los admiro y les temo. Es por ello que trato de imponerme sobre ellos apoyándome en mi superioridad física e intelectual. Suele funcionar. Soy un asco. Esa estrategia me permite, sin embargo, construirme un minúsculo espacio de intimidad en el que refugiarme. El refugio es el lugar ideal para escribir. Los escritores son seres tremendamente egoístas. Yo no se si soy escritor pero lo deseo fervientemente. Así que actúo en consecuencia.

lunes, 8 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

68


Tengo visita. Se trata de Eleazar alias Capitán Centella o de Capitán Centella alias Eleazar. Da los igual. Felisberto dormita en su cama, la boca ligeramente abierta, las manos entrelazadas sobre el pecho, como un muerto en su velatorio. El vasto cuerpo de Eleazar tiembla con el leve tintinar de una florecilla al viento. Puedo sacarte de aquí si quieres, dice. Contigo puedo hacer una excepción, lo sabes. Su voz tiembla con la misma bella gracia que su cuerpo. Lo miro y sonrío con indulgencia. Le digo que no hace falta, que tengo todo bajo control. El Capitán Centella hace una triste mueca que pretende ser una sonrisa. Le doy las gracias y le pregunto por Liz. Una sombra cubre su cara y su mirada se apaga y se ancla al piso mientras juega con los dedos de las manos. Pregunto de nuevo. Y me lo cuenta. Nada extraordinario. Era de esperarse desde el momento en que no maté al cabrón ese: Liz, que ahora es la jefa del departamento (me alegro por ella), se ha mudado a casa de su prometido para cuidarlo en su convalecencia y, por si fuera poco, la fecha de la boda se ha adelantado tanto como que se casan en tres días.
No bien ha salido Eleazar de la habitación con pasos cortos y melancólicos, zarandeo a Felisberto que duerme como un muerto feliz y, no bien veo que abre un ojo, le digo emocionado: ¡Mañana nos vamos!

miércoles, 3 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

67


Recuerdo, digo y es como si estuviese hablando en voz alta conmigo mismo. Felisberto, inclinado sobre su cuadernito Caribe y garabateando sus signos extraterrestres, no parece escucharme. Un vibrante resplandor envuelve su pequeño cuerpo como si estuviese protegido por un campo de fuerza. ¿Qué recuerdo?, digo. La infancia, digo.
La infancia es una vieja polaroid descolorida en donde puede verse a un niño (yo) plantado en medio de una bucólica calle. La cara al sol y una sonrisa perversa y auto suficiente pegada a la cara con una fórmula que cree eterna. ¡Qué pronto se borrará la risa de aquel rostro! Eso es todo. El resto es memoria insatisfecha y errática. El resto es esto que ahora somos y que se va desintegrando en la nada y el aburrimiento.
Felisberto deja de escribir y dice: Yo no tuve infancia. Yo nací adulto y espero morir como un niño.

martes, 2 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

66


Felisberto, inclinado sobre un cuadernito Caribe, escribe con letra trémula una de sus novelas sobre alienígenas. ¿Por qué tiembla Felisberto o la letra de Felisberto? Creo que es porque esconden una emoción incontenible. Felisberto está poseído por un demonio. Felisberto es, él mismo, un demonio.
Felisberto deja de escribir, se yergue y me mira con ojos alucinados. Por su puesto, dice, no iba por allí con una llave inglesa golpeando bellas y no tan bellas mujeres. Ciertamente al principio lo hacía pero con el tiempo y la experiencia fui sofisticando mis métodos.
Y vaya que fue sofisticado. Hizo de la sofisticación un lema. Porque, ¿hay algo más sofisticado que hacer dormir a sus pasajeras usando un (obvio) sofisticado y complejo, en su sencillez, sistema de micro tuberías que expelían un gas hipnótico? Sus mujeres quedaban plácidamente dormidas en el asiento trasero del taxi mientras Felisberto las paseaba por la ciudad y las llevaba a su destino final: Su diminuto y humilde hogar. Diminuto y humilde por fuera pero por dentro infinito y, por supuesto, sofisticado centro del mundo, de su mundo subterráneo de placeres en donde se refocilaba largo tiempo con los cuerpos temblorosos de las piezas cazadas, hasta el hartazgo, hasta quedar vacío y muerto de hambre. Luego, con dulce melancolía, las dormía de nuevo pero esta vez para siempre. Las hundía con suavidad y sin dolor en el sueño eterno y en la paz del señor. Finalmente las cortaba en pedacitos y, debidamente empaquetadas, las metía en la nevera y de allí las sacaba solo para alimentarse, para llenar el estómago y el alma, sobre todo el alma que quedaba siempre algo maltrecha y hambrienta luego de las largas sesiones de amancebamiento forzado, como él las llama.
Era como volver a amarlas, dice Felisberto. Cada bocado de esa carne suave que saboreaba con deleite en mi boca era la ostia de una comunión. Una prueba irrefutable de amor. Un humilde homenaje a aquellas que había amado.
Porque, hay que decirlo, Felisberto amaba a esas mujeres. Las amaba como solo un loco puede amar: con desgarrada pasión, a todo tren y sin frenos, directo al abismo y en el propio abismo, cayendo como solo los locos saben caer: como si volaran o mejor: como si nadaran en el aire, como si bucearan entre las nubes y hablaran con los pájaros.
Así amaba Felisberto a sus mujeres y así se las comía. Con la misma devoción. Con el ansia de quien desea hacerse uno con el cuerpo amado...

lunes, 1 de marzo de 2010

MONSTRUOS S. A.

65

Felisberto y yo caminamos por el patio. Caminamos en silencio. Largas nubes grises y negras recorren el cielo sin titubeos, raudas, como quien sabe hacia donde va. Es un cielo apocalíptico. Me gustan los cielos apocalípticos. Los locos están inquietos. A los locos parece no gustarles los cielos apocalípticos. Miran de reojo y con cara de espanto los nubarrones acelerados, se encogen sobre sí mismos, se tapan la cara, se mean o se cagan encima. Presienten algo. El fin de algo o el principio de algo. Da lo mismo. Es lo mismo. El terror al abismo que se abre tras ese presentimiento es el mismo. Los enfermeros, como si presintieran que los locos presienten, se apostan tras la reja que da acceso al patio con los bastones eléctricos en las manos, prestos a actuar y a poner su granito de arena en la consecución del caos. A Felisberto y a mí nos da igual. Nosotros caminamos despreocupados y en silencio por el patio. El Apocalipsis es nuestro elemento natural. Respiramos el Apocalipsis como otros respiran el aire para vivir. Somos hermanos de sangre. Nunca mejor dicho. La sangre nos ha hermanado, nos ha unido indisolublemente. Somos gemelos en la sangre. La primera damita que maté, dice Felisberto acabando con el silencio de nuestro paseo alrededor del patio del manicomio, bajo el cielo ennegrecido por los impetuosos nubarrones, entre locos agitados que aúllan a ese mismo cielo que parece sacado de un cuadro de Sowa, como quien habla de su primera relación sexual, como quien dice: hoy voy a comer huevos fritos, era muy joven, casi una niña o eso aparentaba al menos. Era bella en todo caso. Muy bella. Rayando en la locura. Yo, en todo caso, perdí la razón. No era para menos, te lo aseguro. Tanta belleza hería aquí y, sobretodo, aquí, dice golpeándose primero el pecho y luego, con vehemencia, la frente. No recuerdo en donde abordó el taxi. Probablemente fue en un centro comercial. Calla un segundo, pensativo. Se acaricia la barba. Si, seguro fue en un centro comercial. Uno de esos fastuosos centro comerciales que surgen en la ciudad “como un lunar en el rostro más bello”. O tal vez fue frente a un banco. No lo sé. ¡Qué más da! Lo importante es que era hermosa, más que hermosa, y que yo perdí la razón por ella. Desde que cerró la portezuela trasera del carro lo tuve decidido. Por suerte (suerte para mí) me pidió que la llevara a una de esas urbanizaciones elegantes y silenciosas cuyas solitarias calles se prestan para las confidencias y para el crimen. Yo mismo le abrí la puerta cuando llegamos a nuestro destino. Tenía en mi mano derecha una llave inglesa que siempre llevo conmigo escondida debajo del asiento del piloto. Una medida preventiva para un taxista que labora en una ciudad tan insegura como esta. En fin, no dejé que se bajara del taxi. En cuanto asomó la cabeza por la puerta le di con la llave inglesa en la frente. Sus ojos verdes se nublaron y cayó de espaldas sobre el asiento. De su frente salía a borbotones la sangre. Cerré la puerta y eché un vistazo a mí alrededor. Cuatro casas más allá de donde estaba estacionado, la mujer de servicio de una enorme mansión de paredes blancas y techos verdes, una mulata metida en un vestidito que amenazaba rasgarse en las curvas prietas de las caderas, sacaba un cubo de basura hasta la acera. Me la quedé mirando hasta que alzó la vista. La salude agitando la llave inglesa sobre mi cabeza. Ella me devolvió el saludo con una sonrisa de dientes blanquísimos. Luego me monté en el taxi y me marché con la que sería, aún cuando yo en ese momento no lo sabía, mi primera pieza cobrada, tirada, inconsciente, sobre el asiento trasero del taxi.

viernes, 19 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

64
Felisberto duerme. Ronca y es como si talase bosques enteros. Yo no duermo. No puedo con esa máquina taladora escupiendo astillas a mi lado. Ni siquiera puedo pensar. Ni siquiera puedo iniciar el esbozo de una figura sencilla que vaya tomando forma entre mi cerebro y mis ojos, una figura con la que pueda entretenerme un rato, como aquella voluptuosa mujer de enormes tetas que sentada desnuda en una silla se masturbaba y que fue la primera imagen, plana, simplona, sin profundidad, que usé para hacerme mi primera paja.
Ahora ni siquiera puedo masturbarme. Los ronquidos de Felisberto se desparraman por la habitación con los bramidos de un río crecido, se escurren por las rendijas en donde se esconden las cucarachas, truenan en el aire quieto de la habitación, se meten en mi cabeza en donde no hay cucarachas, en donde, en realidad, no hay nada, solo el furioso estruendo de los ronquidos de Felisberto.
Felisberto pedazo de mierda. Me paro de la cama y avanzo hacia él que duerme boca arriba, las manos cruzadas sobre el pecho, la boca abierta, los pelos de la barba temblando continuamente. Si no fuera por ese movimiento nervioso de la barba y por el gorgoteo apocalíptico que surge de su boca abierta, diría que está muerto, que es un cadáver esperando sepultura. Pero no, está vivo y en plena erupción. Lo sacudo un poco a ver qué pasa. Nada, aparte de un par de gruñidos y un manoteo al aire. Luego los ronquidos se intensifican. Entonces coloco a Felisberto en posición fetal. Lo hago sin delicadeza alguna, más bien con una pizca de mala leche. Sin embargo Felisberto no chista y, lo que es mejor, los ronquidos cesan. Le hecho un último vistazo. Duerme con la placidez de un niño. Se ha metido el dedo pulgar en la boca y lo chupa dulcemente, en los labios dibujada con trazos finos una sonrisa.

miércoles, 17 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

63

Me sacan de mi celda (ahora se que es una celda de máxima seguridad) y me colocan en una habitación con un calmado. Otro porque yo, ahora, también soy un calmado. Lo que representa, según los médicos, una franca mejoría, porque, hasta no hace mucho, yo era un agitado que había que mantener bajo férrea vigilancia. La puerta de esta habitación se mantiene cerrada bajo llave pero solo en las noches, mientras dormimos o fingimos que dormimos y nuestras mentes afiebradas emprenden largos y accidentados viajes por mundos ignotos. Durante el día la puerta permanece abierta y somos libres de salir y entrar cuantas veces nos plazca.
El calmado con quien comparto habitación se llama Felisberto y es escritor de ciencia ficción. Es un tipito nervioso y delgado. De su cara cuelga una negra barba rusa. Está convencido de que más pronto que tarde los alienígenas, luego de miles de años de discreta vigilancia, durante la cual se permitieron ciertas libertades ayudando a los terrícolas a desarrollarse, ligeros empujoncitos que aceleraron la evolución del ser humano y nos pusieron en el camino del progreso y el bienestar, harán contacto con nosotros. Felisberto sencillamente los espera con los brazos abiertos. Mientras tanto mata el tiempo escribiendo novelas sobre marcianos que invaden, a sangre y fuego, la tierra, o sobre marcianos que llegan a la tierra en paz y acaban con todas las guerras que estúpidamente, nosotros, los terrícolas, libramos desde que tenemos uso de razón, o sobre marcianos que aún no han llegado a la tierra y que viven mil y una aventuras en su trayecto, no todas felices, algunas de ellas, incluso, catastróficas y trágicas, dos palabras esdrújulas que describen muy bien el padecimiento de los marcianos durante su viaje intergaláctico o sobre marcianos que aún no han salido de su planeta y que sueñan con viajar a esa lejana y diminuta tierra, un lugar misterioso y mítico, como si se dispusiesen a encontrar el dorado o el paraíso perdido, un lugar, en todo caso, en donde ser más felices de lo que ya son.
Un loco simpático Felisberto. Cuando no esta escribiendo sus novelas sobre alienígenas, llenando con su diminuta caligrafía pequeños cuadernos cuadriculados marca Caribe, uno detrás de otro, con maniática persistencia y una entrega apasionada que raya, como no, en la locura, me cuenta la trama de la última novela de Stephen King “Mundo maravilloso” que versa sobre alienígenas y su manera, muy particular, de conquistar la tierra: controlando la mente de los terrícolas y convirtiéndolos en seres satisfechos y sin ambiciones que viven en un mundo feliz en el que no pasa nada
Felisberto me mira y sonríe avergonzado. Hace un gesto con la mano, restando importancia a sus palabras que, como siempre, han sido un borbotón incontenible y se sienta frente al escritorio en el que, en impecable orden, se forman los cuadernitos Caribe. Coge uno, un lápiz Mongol y, encogido sobre la silla, se pone a escribir.

miércoles, 10 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

62

Procuro pasar inadvertido, no hacerme notar demasiado. Mi difunto padre decía: Donde fueres has lo que vieres. Cuando era niño estuve en una iglesia. Por alguna razón estaba solo. ¿Dónde estaban mis padres? De pronto todo el mundo se puso en pie y caminó hacia el altar. Yo hice lo mismo solo por una razón. No quería que me señalaran con el dedo y dijeran, miren, este niño no se ha levantado, este niño es raro, es diferente. Entonces caminé, como todo el mundo, hacia el altar. Luego de una breve cola quedé frente al cura que me ofrecía una lámina redonda mientras murmuraba palabras misteriosas. Yo, como había visto hacer a otros, abrí la boca, saqué la lengua y permití que el cura depositara allí la pequeña lámina Luego, como todo el mundo, regresé a mi banco al final de la nave. No tenía ni idea de que había comulgado, de que había comido la carne de Cristo. Desde entonces, cuando me preguntan, digo que, técnicamente ya he hecho la primera comunión ¿De dónde viene esa necesidad de mimetizarme con mi entorno como lo hacía Zelig en la famosa película de Woody Allen? No lo se. Pero es una costumbre que me ha sido de mucha utilidad en mi vida, siendo, como soy, un asesino compulsivo.
En consecuencia aquí, en le manicomio, me comporto como si estuviese loco. Lo cual no me resulta difícil. Es, incluso, divertido hacerse el loco. Camino por el patio con errático rumbo, como una nave a la deriva, entre los escollos que son los cuerpos de los dementes profesionales, recitando a Panero en voz alta y con gestos teatrales. Mi actuación causa estragos. Los locos se exaltan, pegan saltos, gritan, algunos, muy pocos, aplauden emocionados, otros, los más, revuelcan sus angustiados cuerpos en el suelo, se mean y se cagan encima, bailan, poseídos por el espíritu de los muertos, danzas rituales olvidadas hace tanto tiempo. Comienza a llover. Carreras desenfrenadas. Alegría por el agua. Las rejas del patio se abren y entran, en tropel, los enfermeros con sus bastones eléctricos. Doy un paso atrás y me mantengo al margen. Se me ha pasado la mano. Ahora soy yo el que aplaude.

martes, 2 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

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Cuando me permiten salir de mi habitación y relacionarme con los demás enfermos, conozco el patio en el que los locos pasan la mañana sin hacer nada o haciendo, cada uno a su manera y según sus manías, sus rutinas enajenadas. El suelo del patio es de cemento cuarteado, de entre las grietas surgen unos hierbajos amarillos que tiemblan intranquilos al primer atisbo de viento. El muro que da al exterior es alto y está coronado por una alambrada de púas. Del lado del edificio hay una hilera de bancos en los cuales encadenan a los locos furiosos. Sujetos por los tobillos, pasan el día hurgándose las narices, empujándose o masturbándose unos a otros o sencillamente pasan el día sin hacer nada, la mirada fija en el suelo o en el alto muro del patio.
El patio es la tierra de nadie. Allí los enfermeros no entran Una pesada reja da acceso al patio. Un enfermero se encarga de abrirla en la mañana para dejar salir a los pacientes. Luego la cierra y se queda allí, de pie, como una estatua vigilante. A la hora del almuerzo la abre para que los locos vayan al comedor. En la tarde y en la noche el patio permanece vacío y en silencio. Si hay un conato de disturbio, si un grupo trata de linchar a un pobre diablo u otro grupo trata de violar a un catatónico, entonces entran los enfermeros con bastones eléctricos en las manos y disuelven la fiesta de forma especialmente violenta. Pero si la cosa no pasa de una metidita de mano o unos cuantos bofetones, no intervienen. Qué los locos se las arreglen por su cuenta.

MONSTRUOS S. A.

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¿Qué significa pensar en alguien? ¿Verlo, quizá, desdibujado por el tamiz de la memoria? ¿Una figura borrosa que guarda poca relación con la persona que evocamos? ¿Una invención que se ajusta a nuestros deseos? En el caso que nos ocupa veo a Liz, escasa de ropa, sus generosas carnes temblando con leve regocijo mientras avanza hacia mi con esa mirada que me desarma y destierra cualquier duda que aún pueda albergar en mi corazón en cuanto a la conveniencia de casarme con ella. El lugar: un callejón victoriano atestado de gente en un Londres soleado y caluroso. Eso es todo. Esa la imagen que me restituye en el mundo.

lunes, 1 de febrero de 2010

MONSTRUOS S. A.

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Yo no se si soy feliz en mi pequeña habitación blanca. Tal vez feliz no sea la palabra adecuada para describir mi estado de ánimo. Tal vez habrá que decir tranquilidad o sosiego, incluso paz, aunque de vez en cuando vuelven los ataques de ira. Entonces me sedan y confinan mi cuerpo a la camisa de fuerza por unos cuantos días. No, no soy capaz de controlar de ningún modo esa furia negra que se apodera de mi mente, encerrado, como estoy, en esta habitación y sometido a la férrea vigilancia que unos enfermeros con cara de matones y malas pulgas, ejercen sobre mí.
A través de la puerta cerrada de la habitación escucho el murmullo sedante de una conversación femenina. En posición fetal sobre la cama apoyo blandamente mi mejilla en la suave mejilla de la almohada y sonrío complacido escuchando esas voces adormecedoras que no dicen nada y que son como un canto o, más bien, un rezo diáfano, sin dramatismos, como una dulce y sencilla conversación con Dios o como un mantra liberador de los suplicios terrenales. Esas voces son bellas, entonces, porque no dicen nada, son sonido en estado puro, y porque no hay un cuerpo que las sustente y las vicie con el feo peso de la carne.
Pienso por primera vez en mucho tiempo, ¿cuánto?, en Liz. Y es como atravesar un velo y regresar de nuevo a la realidad. ¿Puede esta mujer a la que apenas conozco tener tal influencia sobre mí? ¿Cómo es posible? No lo se. Por toda respuesta emito dos o tres lágrimas celebratorias de mi regreso y me paro de la cama. Estoy curado. A mi manera pero curado. He reestablecido, gracias a Liz, al recuerdo de Liz, mis lazos con el mundo real. He puesto de nuevo, sin necesidad de sacarle las tripas a una mujer, los pies sobre la tierra. Vuelvo a comulgar con mis semejantes. Le digo al médico que me atiende que estoy curado, que me siento curado y este, luego de reírse y palmearme la espalda como se le palmea la espalda a un loco al que se le sigue la corriente, me dice que esa actitud demuestra una franca mejoría y que augura una pronta recuperación, sino total si, al menos, en un porcentaje que él, el médico, considera más que aceptable. Me vuelve a palmear la espalda y sale de la habitación, cerrando tras de si la puerta. Puedo escuchar como último ruido el chasquido del cerrojo al pasar de la llave.

miércoles, 13 de enero de 2010

MONSTRUOS S. A.

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Dicen que parecía un animal acorralado, Dicen que me encontraron en cuclillas junto al cuerpo inerte de mi jefe, con los brazos colgando, el dorso de las manos rozando la mullida alfombra, los ojos desorbitados, una baba blanca y espesa colgando de la barbilla, como un gorila en celo o, tal vez, un orangután furioso. Dicen que ni diez hombres pudieron someterme. Dicen que finalmente me dispararon un dardo tranquilizante, como a un animal. Dicen que no había matado al jefe por bien poco. Dicen muchas cosas. Yo no entiendo nada. Yo solo veo una luz blanca pendulando sobre mi cabeza. Yo tengo frío. Yo tiemblo y lloro y balbuceo palabras incomprensibles. Yo no puedo moverme, envuelto en una camisa de fuerza, como una crisálida. Yo aún puedo sentir el roce de las manos viscosas y frías del jefe y cuando eso sucede las arcadas y la ira regresan y entonces comienzo a retorcerme y a aullar y la cara se me transforma en un rictus de horror y hay que volver a suministrarme sedantes o una dosis de sedantes más potente de los que se me suministra normalmente. Luego duermo como un niño largos períodos de tiempo (veinticuatro o treinta horas) tras los cuales despierto solo para volver a balbucear, a llorar y a debatirme, como poseído por un demonio en el interior de su crisálida blanca, cada vez que recuerdo las manos del jefe sobre mis hombros. Esta circularidad dura un mes. Luego la oscilación de la luz blanca sobre mi cabeza se detiene y puedo ver, aunque en forma vaga, lo que ocurre a mí alrededor. Veo paredes blancas y mullidas. Veo figuras borrosas que no paran de moverse y que se acercan y se alejan de mí y que de vez en cuando me introducen en la boca una cucharilla rebosante de una pasta desabrida, toman mi muñeca o me tocan la frente con manos que son como rayos de luz. Pronto, un día, cualquier día, esa palabra, día, ha perdido sentido, profundidad, me quitan la camisa de fuerza y es como si me arrancaran la piel, pero no de forma dolorosa, más bien, es como una sensación de perdida, como si me sacaran del vientre materno y me tendieran con suavidad en mitad de un paisaje lunar yermo y frío. Hablo y es como si hablara por primera vez. Quedo sorprendido y encantado con mi voz. Pido agua. Bebo mucho. Duermo ya sin necesidad de sedación. Como algo sólido: Una tortilla a la francesa y una ensalada de frutas. Gano peso. Me permiten levantarme de la cama. Mis primeros pasos son vacilantes, como los de un niño. Hago frecuentes paseos alrededor de la habitación. Recobro mis fuerzas y mis habilidades. Compruebo que la puerta de la habitación esta cerrada con llave. Estoy confinado. No me permiten leer ni escuchar música. Tengo una infinidad de tiempo para pensar. Sin embargo lo que prefiero, sobre todo, es dormir, pasarme el suiche, olvidarme de mi mismo y del mundo. Los médicos me palmean el hombro y me dicen que me recupero estupendamente. Comienzo a recibir la visita de fiscales y de agentes de policía. Por ellos me entero de mi situación legal. Mis carcajadas, aunque comedidas, causan extrañeza y son atribuidas a mi estado de enajenación mental. En las mañanas me siento en el borde de la cama y me quedo mirando la pared de la habitación. En las tardes duermo. Para entonces ya soy conciente del paso de los días, del transcurrir del tiempo, de mi estatura mortal. Comienzo a tener miedo y a preocuparme por mi situación. Sin embargo, las visitas de las autoridades judiciales disminuyen y pronto cesan por completo. Se olvidan de mí. Extraño los duros pero respetuosos interrogatorios en los que básicamente contesto lo primero que me viene a la cabeza, a veces por pura diversión, a veces porque no se que contestar. También contesto la verdad o lo que yo pienso que es la verdad. ¿Qué es la verdad?, les pregunto a mis interrogadores. Las preguntas las hacemos nosotros, me contestan tajantes y respetuosos. Y yo siempre las respondo obediente, aunque no siempre, como ya he dicho, con la verdad, porque, en realidad, se bien poco además de que había lanzado a mi jefe por encima del escritorio y lo había estrellado contra una reproducción del la última cena. Parece que había hecho unas cuantas cosas más, algunas de ellas claramente obscenas, y otras rayando en lo escatológico. No quiero saber, aunque, lo tengo muy claro, tarde o temprano me enteraré.

miércoles, 6 de enero de 2010

MONSTRUOS S. A.

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Necesito su ayuda, dice mi jefe. Yo miro su cabezota apenas asomando por encima de la mesa del escritorio, sus arrugadas manos unidas por las yemas de los dedos, dándole forma a una especie de diamante carnoso y blancuzco. Hago un esfuerzo considerable por no vomitar allí mismo. Una oleada de furia hierve en mi estómago y me hace temblar ligeramente. Se que las piernas de su jefe cuelgan ridículamente unos pocos centímetros por encima de la mullida alfombra de la oficina y a esa imagen me aferro con la desesperación de un naufrago que se aferra a un pequeño tablón de madera en mitad de una tormenta inagotable. Me aferro para no matar. No allí. Siempre es posible encontrar el lugar y el tiempo adecuado. Eso los se muy bien. Es cuestión de concentrarse en esa imagen flotando en mi mente y de no dejarme llevar por mis instintos. Verá usted, se trata de lo siguiente, dice mi jefe separando las manos, colocando la punta de los dedos de su mano derecha sobre una carpeta que descansa, íngrima y sola, en la mesa del escritorio y arrastrándola con suavidad hacia mí. Hemos contratado a un nueva empleada que viene a sustituir al señor Fernández, que como usted sabe renunció sorpresivamente. Esta nueva empleada que he hecho contratar para estar más cerca de ella es mi novia y la mujer con la que pienso casarme y tener hijos y quiero que usted le enseñe todo lo que debe saber sobre este trabajo. Yo he adivinado de inmediato de quien se trata y el nombre que esconde la carpeta sobre el escritorio. Mi cara se ha transformado varias veces durante el corto discurso de mi jefe. Primero radiante de alegría, luego sorpresa y estupor creciente y, finalmente, en forma paulatina mi cara se va ensombreciendo como si anocheciera, el pequeño tablón de madera del que me aferraba engullido por las turbulentas aguas de la tormenta. Mi jefe parece no darse cuenta del infierno que se va creando justo frente a él. Mi jefe salta de su silla y rodeando el escritorio se sitúa detrás de mí y coloca sus pequeñas y asquerosas manitas sobre mis hombros. La ira se agolpa en mi cabeza como un monstruo de mil caras mientras abro la carpeta para constatar lo que ya se: que la nueva empleada de la que habla el jefe, la novia de la que habla mi jefe, la futura esposa del jefe, es Liz. Luego, cuando vuelvo en mi, solo recuerdo haber tomado con repugnancia las manitas de mi jefe y haberlo lanzado por encima de mi cabeza, por encima del escritorio, contra la pared en la que cuelga una reproducción de la última cena y escuchar el vidrio que cubre la reproducción estallar en pedazos. Luego nada. Fundido a negro.

sábado, 2 de enero de 2010

MONSTRUOS S. A.

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En la entrada de la OTC nos tropezamos con el jefe del departamento, un ser mezquino en tamaño y carácter que habla a gritos, haciendo ademanes con las manos frente a sus interlocutores, como si quisiese pelear, como si quisiese imponerse en virtud de una cierta agresividad de movimientos que, de alguna manera misteriosa, supliesen su escaso tamaño y la poca impresión que da su pequeño cuerpo atrofiado. El Capitán Centella, no se cómo, logra escabullirse o, tal vez, no se escabulle sino que sigue de largo sin darse cuenta de nada, extasiado como esta con sus barajitas, dejándome solo frente a las interjecciones y los altos decibeles del jefe que me ordena que lo siga hasta la oficina. Habrá que dejar la búsqueda de Liz para otro momento. Tendré que seguir a ese hijo de puta al que solo vale la pena matar por librar de su presencia torturante a los pobres diablos del departamento. Seguirlo como un esclavo sigue a su amo, un esclavo muy especial porque, aún a sabiendas de su superioridad física e intelectual, y de las posibilidades ciertas de deshacerse de su amo, prefiere mantener las cosas tal como están y reafirmar, en esa renuncia a ser libre, su superioridad, su desprecio por ese amo débil e incompetente.