jueves, 31 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

55

Caminamos por el bulevar. En mi trabajo hay que estar siempre atento. Nunca se sabe quien pueda necesitarte, dice el Capitán Centella. Se detiene frente a un quiosco y husmea en su interior, asomando la cabeza como si la metiese en un barril buscando una última manzana. El quiosquero da medio paso atrás. Eleazar pide unas barajitas del béisbol y el quiosquero, visiblemente aliviado, le entrega un grueso fajo del que Capitán Centella se apropia con brusquedad, como si fuesen las últimas barajitas sobre la faz de la tierra y alguien, al acecho, arteramente, se le fuese a adelantar, arrebatándoselas en sus propias narices. Luego, tras pagar, se va muy contento, observando sus barajitas con infantil regocijo, acariciando la superficie brillante en las que se podían ver fotografías de peloteros enfundados en sus uniformes, en posturas siempre aguerridas, con sus bates o sus guantes en las manos y sonrisas triunfadoras en los labios, sonrisas sanas que no denotan ningún tipo de inteligencia sino, por el contrario, una mirada directa y satisfecha, sin angustias existenciales o metafísicas, a la vida, parados, invariablemente al sol, las gradas vacías del estadio al fondo, gradas que muy pronto estarán abarrotadas de fanáticos coreando sus nombres, admirando sus lances siempre arriesgados y coreográficos, un ballet varonil en el que la pareja es la pelota de semi cuero de rugosas costuras rojas que bota grácil y violenta sobre el engramado y pone a todo el mundo a correr, no siempre, todo hay que decirlo, con el virtuosismo que se espera de un jugador de béisbol, pero eso es lo de menos, porque la pelota es redonda y esa redondez abre un número inabarcable de posibilidades, abre mundos inexplorados que no siempre, que casi nunca, son fáciles de explorar y que, por consiguiente, dichas exploraciones, si las hay, terminan, muchas veces, en desastrosos fracasos que llenan de fealdad el juego e inundan los graderíos con sus muchedumbres hacinadas y ahogadas en cerveza que no consiguen otra forma de descargar su ira que con interminables peleas, con sus saldos de heridos y detenidos, que se van propagando como la peste, con tal rapidez que la policía no se da abasto y, cuando apenas logra sofocar una trifulca, ya tiene dos nuevas a sus espaldas con las que lidiar, pequeños puntitos azul oscuro y verde fosforescente desplazándose de un lado al otro por las gradas atestadas, bajo una perenne lluvia de cerveza, todos muy juntos, si separarse, como un rebaño de ovejas confundidas y acosadas por lobos, mientras en el terreno el juego continua sin tropiezos, sin apenas darse por enterado de lo que sucede en las gradas, como si fuese un mundo aparte el del campo de juego, un mundo paralelo protegido por un halo de perfección, sin conexión alguna con la salvaje vulgaridad que se desarrolla en el exterior. Es una fiesta. Es maravilloso. El Capitán Centella ha olvidado por completo sus responsabilidades de súper héroe y camina o, más bien, da botes como una vieja pelota ablandada a golpes y que ya nadie usa, en un éxtasis beisbolístico, hacia el edificio de la OTC.

lunes, 28 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

54

Comemos una especie de arroz cantones rociado con una salsa de zanahoria y miel que esta, verdaderamente, exquisito. El Capitán Centella come despacio y en pequeñas porciones que acomoda con esmero sobre el cubierto hasta darle cierta forma rectangular, ayudado por el cuchillo que usa con pericia, como un escultor en plena faena. Sin embargo lo más curioso es la manera en que vacía su plato, comenzando por el borde exterior de su porción y haciendo círculos cada vez más cerrados hasta llegar al centro. De tanto en tanto echa miradas furtivas a los lados como si estuviese haciendo algo vergonzoso.
Comemos en silencio. No se que decirle a ese ser extraño y desmesurado. El Capitán Centella, en todo caso, esta más interesado en su comida. No se, tampoco, por qué he aceptado la invitación a almorzar, por qué no me he quedado en la OTC buscando a Liz (lo que, bien visto, tampoco tiene mucho sentido), una mujer a la que apenas conozco, de la que no estoy enamorado, que no me gusta, pero con la que he decidido, obstinadamente, fundar una familia. Tienes que buscar en personal, dice de pronto El Capitán Centella con la boca llena de comida y sin desviar la mirada de su plato. ¿Qué? Si quieres encontrar a esa mujer, dice levantando la cara del plato y mirándome fijo a los ojos. Restos de comida le cuelgan de la barbilla y una película de grasa rodea su boca. ¿Quieres?, agrega. Si. Pues entonces ve a personal y pregunta por ella. Dicho esto vuelve a enterrar la cara en la comida y ya no habla más.

domingo, 20 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

53

El gordo me invita a almorzar. Se llama Eleazar. Según me dice es el nombre que le han adjudicado los de protección a súper héroes. Su verdadero nombre, me confiesa, es Capitán Centella. Me dice que corre los cien metros en dos segundos y medio y que es capaz de levantar sobre su cabeza un carguero de buen tamaño repleto de petróleo. En el trayecto al restaurante ayuda a una viejita a cruzar la calle y salva a un pequeño gato de una jauría de perros que luego lo siguen meneando la cola y olisqueándole los pies mientras se aleja con el gatito en los brazos. No se por qué, pero los animales me quieren, dice como disculpándose.
En el restaurante llama al dueño y le encomienda el gato. El hombre agarra el gato de mala gana y se lo lleva para la cocina. No podía dejarlo morir en la calle Miguel, dice Eleazar cuando el dueño del restaurante regresa. Hace un vago gesto hacia la puerta del restaurante que no llega a concretarse porque, de pronto, se queda quieto, olisqueando el aire, las aletas de la nariz moviéndose con nerviosismo. A Miguel se le ilumina la cara. Eleazar aspira profundo, aspira y aspira y por momentos sus ropas parecen que van a estallar y los botones de la camisa a salir despedidos y a causar algún que otro inconveniente entre los comensales. Es exquisito, soberbio, dice y toda su humanidad se sacude de gozo. Es mi mejor cliente, dice Miguel agradecido

sábado, 12 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

52

Aquí estoy. No, no me he ido. No se, sin embargo, si estoy vivo o soy un espectro que aún no sabe que es un espectro. Camino por la casa preguntándole a las cosas, pero las cosas no me dicen gran cosa. Permanecen inertes, indomables en su quietud, muertas, sin deseos, en todo caso, de contestarme. He perdido mi mente y parece que otro la ha encontrado y se la ha quedado. No se trata ya de buscarla, sino de tratar de aprehenderla, clavarle las garras y salvar lo que se pueda salvar y dejar que el resto se lo lleve el viento. Es humillante no ser dueño de uno mismo, pero es un descanso liberarse del yugo de los pensamientos. Una vez quise ser Dios, jugué a ser Dios y, como Icaro, quemé mis alas cuando pretendí elevarme demasiado. La caída fue rápida y dolorosa. Si, soy un espectro, una pálida imagen de mi mismo. Apenas puedo verme reflejado en el espejo. Si alguien me hablara, me llenara de nuevo de palabras, tal vez podría continuar lo que sea que tengo que continuar. Pero las palabras pueden engañar, las palabras pueden llevarte por caminos tortuosos que terminan en un despeñadero, las palabras hieren y matan como dardos envenenados. Me voy. Siento que me voy. Por la ventana aún puedo ver algunas golondrinas ejecutando sus vertiginosas acrobacias. Quisiera ser una golondrina o, al menos, como una golondrina. Adiós.

jueves, 3 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

51
En la OTC hay una ligera variación en la ubicación de los agentes fiscales. En lugar de encontrar a Liz en su cubículo, me topo con una mole de ciento cincuenta kilos, de piel cetrina y cabeza cuadrada. El gordo, de inmediato y sin venir a cuento, dice que es un súper héroe fuera de servicio al que han reasignado a aquella oficina. Incluso, con muchas precauciones y viendo a los lados para cerciorarse de que no lo ven, se desabotona la camisa y me muestra fugazmente su traje de súper héroe. Puedo ver, en efecto, una franelilla muy ajustada de color rojo sobre la que hay estampada una gran C negra partida por un rayo amarillo. No quiero saber que significaba la C y no se lo pregunto. Estoy más interesado en saber que ha sido de Liz. Interesado, tal vez, no. Ansioso o desesperado aplican mejor. El gordo, por supuesto, no lo sabe. Ni siquiera sabe quien es la tal Liz esa. Le pregunto, un poco en broma, un poco en serio, si no puede usar sus poderes para encontrarla. Me dice que no, que lo tiene prohibido y que su uso pone en peligro su continuación en el programa de reinserción. ¿Y quién se lo prohíbe? Pues los de de la APSH. ¿La APSH? Si, la Agencia de Protección a Súper Héroes. Ah. Además entre sus poderes no se encuentran ni la telepatía, ni la visión infrarroja, no es capaz ver a través de las paredes, ni puede volar. ¿Y cuales son sus poderes entonces? Eso no lo va a decir: Es un secreto. Y si es un secreto cómo se supone que los va a utilizar. Bueno debo recordar que, técnicamente, no los puede usar. Lo tiene prohibido.
El caso es que Liz no está. Liz ha desaparecido, se ha esfumado. O tal vez no ha estado nunca. No, eso no es posible. Yo la vi, la toqué, había tocado su mano blanca como la harina, rocé su piel tersa, no había sido una visión misteriosa, ni una alucinación, ella ha estado allí y ha hablado conmigo, es de carne y hueso, no una aparición del más allá. Sin embargo no está. La busco por toda la oficina, cubículo por cubículo, pregunto, interrumpo el flujo de pensamiento de mis colegas, la profunda concentración que exigen los complicados cálculos tributarios, altero, en fin, la delicada vibración que envuelve la oficina y que nos mantiene desconectados del mundo exterior, pero nadie sabe decirme algo sobre Liz, lo cual, por otra parte, no significa nada, porque allí nadie se fija en nada ni en nadie, más allá de los legajos sobre su escritorio y los números que esos legajos contienen.