miércoles, 25 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

50

Cuando el tren se detiene en el andén de la estación terminal, ya me he olvidado del mendigo y de la vieja rapera. Pobres diablos. Ya no me interesan sus destinos. Lo mejor que les puede pasar es morirse. En mi mente vuelve a cobrar fuerza el propósito inicial de mi viaje. La llamada. Una costumbre que he tomado prácticamente desde que maté la primera vez. Una especie de coda al orgasmo de sangre y vísceras. Como si me fumase un cigarrillo luego de haber follado como un animal. Esa llamada cierra con broche de oro una noche perfecta.
Avanzo hacia el teléfono público que como un árbol de metal, triste y solitario, se alza entre los puestos de los buhoneros. Las suelas de los zapatos se pegan a la mugre que cubre con una lámina negra el suelo de la plaza. Huele a frituras y a orine. El ballenato se mezcla con la salsa y el reguetón en una tormenta caótica de altos decibeles que crea una melodía eléctrica y en constante tensión, como si en cualquier momento fuese a resquebrajarse y a partirse en mil pedazos y que, a su vez, se mezcla con los gritos, los bocinazos, las risas, el ladrido de los perros, las peleas callejeras, el ruido de los motores de los carros. Una ebullición constante que taladra los oídos. Descuelgo el auricular y marco el número que me se de memoria. ¿Diga?, dice una voz al cabo de unos segundos. Comisario Salvatierra, digo en voz baja sin ninguna necesidad, por puro placer, dado que el ruido que se genera alrededor tapa mi voz. Se hace un breve silencio al otro lado de la línea. Es un silencio que me agrada porque implica el reconocimiento de mi voz. Implica, también, angustia, impotencia y, tal vez, temor. Veo que no me ha olvidado, digo. Lamentablemente, dice el comisario Salvatierra. Luego silencio. Se que el comisario está haciendo tiempo. Bonita frase. Y también extraña. Hacer tiempo. Como si se pudiese moldear el tiempo a nuestro antojo. Eso no es posible. El tiempo está allí, inamovible, inmutable, riéndose de los vanos esfuerzos que se realizan por alterarlo. El tiempo soy yo comisario, digo. No entiendo, dice el comisario. No importa. Voy a ser breve, digo. Lo se, dice el comisario. Mire, lo que quiero decirle es que me voy a casar. ¿Qué le parece?, digo. Eres un maldito hijo de puta, dice el comisario. Eso ya lo se, digo. Te voy a atrapar, dice el comisario. Tal vez, digo. Te voy a volar los güevos de un balazo y voy a dejar que te mueras poco a poco, dice el comisario, voy a dejar que te desangres, que eches para afuera toda la sangre podrida que corre por tus venas. Y me voy a reír mientras te mueres. Me voy a follar a tu madre mientras tú te mueres y te cagas de miedo porque ya estás viendo a la pelona a los ojos y va a ser lo último que veas en esta vida coño de tu madre. Vamos comisario, digo (me estoy divirtiendo de lo lindo), no alardee. Llevamos mucho tiempo conociéndonos para que despliegue esa furia vengadora conmigo. Yo solo quería decirle eso, que me voy a casar y que lamento sinceramente que no pueda invitarlo a la boda. De verdad me pesa. Le tengo aprecio comisario y… Por primera vez es el comisario Salvatierra quien cuelga antes de que se pueda rastrear la llamada.
De pronto siento hambre. Es producto de la exaltación y la alegría Me acerco a un perrocalientero y pido un perro caliente con todo y una coca cola: Al perro caliente le echo sal y queso blanco rayado y me lo como de tres mordiscos. Tomo un largo trago de coca cola y pido otro perro. Este me lo como de cuatro mordiscos. Me termino la coca cola, pago y me voy. Decido caminar. La noche es fresca y el ajetreo de la hora pico ha disminuido. La conversación con el comisario Salvatierra me ha puesto de muy buen humor. De alguna forma extraña el comisario se ha convertido en mi confidente, una persona a la que le puedo contar mis pensamientos más secretos. Sin duda alguna a estas horas la policía debe haber obtenido de mí un perfil sicológico extenso y detallado. Me tiene sin cuidado. Con el paso del tiempo estas llamadas se han convertido en una necesidad tan perentoria como la necesidad de matar. Y en el transcurso de estos años el comisario Salvatierra se ha convertido en mi confesor y también en una especie de muleta a la que acudo cada noche luego de perpetrar mis crímenes. Le tengo afecto y tal vez por eso, me gusta torturarlo, sacarlo de sus casillas, jugar con él al juego del gato y el ratón. Y tengo que admitir que Salvatierra ha estado a la altura de mis expectativas, dado que no siempre, a lo largo de aquel juego despiadado, queda claro quién es el gato y quién el ratón. Me acerco a una parada de taxis a los pies de un enorme centro comercial de ladrillos rojos. Pido un taxi. Arrellanado en el asiento trasero, le digo al conductor que apague el aire acondicionado y baje los vidrios, cierro los ojos y permito que la ciudad desaparezca de mi mente mientras el aire fresco golpea mi cara y el taxista conduce hacia mi apartamento.

domingo, 8 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

49

La iluminación y los colores claros del metro lo sacaban de quicio. Todo era demasiado brillante y plano, sin pliegues en los que buscar, sin texturas en las que dejarse la piel, aséptico y perecedero al modo de un Mc Donalds, salvo que en el metro no encontraría un payaso tan atrozmente ridículo, cosa que se agradecía. Sin embargo lo había usado mucho como coto de caza. Para eso sí que servía. En el metro la gente se comportaba muy distinto a como se comportaban en la superficie. Se mostraban más reacios a interactuar, a acercarse al prójimo. De alguna manera extraña se desconectaban, se mostraban ausentes, como sonámbulos, como si les hubieran extraído el alma, si es que tenían. Le gustaba a pesar de la iluminación y el decorado. Sin embargo hoy el viaje tenía otro propósito. Además la vieja rapera había logrado inquietarlo. Volvió a verla en el momento en que le guiñaba un ojo, gesto de complicidad que no esperaba y que lo sumió en negros pensamientos de estilo paranoico. Estaba metida en su cabeza y se dio cuenta que por el momento no iba a poder sacarla de allí. Así que la siguió por el andén. Caminaba despacio y contando las monedas que había recibido y metiéndolas luego en un viejo koala de cuero que llevaba colgado a la cintura. Saludaba a todos con quien se cruzaba como si los conociera de toda la vida. En la superficie, al aire de la noche bulliciosa, entre los buhoneros que pregonaban su mercancía vio a una china con su cava de anime vendiendo comida. ¡China, dame un arroz especial ahí!, gritó mientras se acercaba y sacaba un montón de monedas de su koala. Pagó y se llevo su pote y una cucharilla de plástico hasta la seiba que partía la avenida en dos. Allí, a sus pies, se sentó y se comió el arroz con serena lentitud, sin prisas, mientras a su alrededor se desarrollaba la enajenada danza de los autos, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo para encontrarse en esa esquina a esa hora y comenzar a darse de bocinazos y atravesarse unos a otros, mientras la masa tupida de los peatones se filtraba entre las carrocerías destellantes y le daba una nueva dimensión al caos.
Cuando terminó de comer dejó el pote a los pies del árbol como si de una ofrenda se tratase y, caminando sobre los techos de los autos y las cabezas de los peatones, cruzó la avenida hasta una licorería cercana, compró una cerveza y se la bebió de un solo trago como si fuese agua pero más rica que el agua, fría, picosa, aletargante también, un regalo de Dios que agradeció con un formidable eructo y una carcajada contagiosa que hizo reír a los que por allí se encontraban, mientras la vieja rapera se limpiaba la boca con el dorso de la mano y seguía su camino hacia… ¿dónde? No quiso saberlo. No quiso seguirla. Estas historias siempre terminan mal. A su edad es así. A su edad, en esta ciudad despiadada, no se sobrevive cantando rap en los vagones del metro. A su edad, en esta ciudad hijo de puta, o se tiene mucho dinero o mejor se tira uno debajo de las ruedas del metro. Punto final. La dejó alejarse por la avenida, hundirse en la noche, allí donde los reflejos fraudulentos de la ciudad ya no la alcanzaban.

sábado, 7 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

48

El tren avanzaba por túneles sombríos con destellos esporádicos. Era sedante ver a través de la ventanilla las líneas, siempre rectas o en ángulos precisos, que huían hacia atrás. Como no tenía nada mejor que hacer se puso a pensar en el mendigo. Lo primero que vio, sin embargo, fue un largo pasillo mal iluminado por unas lámparas adosadas al techo, que despedían una luz mortecina. Luego, al final del pasillo, vio unas escaleras y abajo una habitación sin muebles malamente iluminada, como el pasillo arriba, pero esta vez por la luz del sol que se colaba por un largo ventanal. Ahora sí vio al mendigo. Estaba desnudo, los brazos alzados y apoyados sobre la pared. Era muy delgado, pero en modo alguno mal alimentado o desnutrido. Alguien encendió la luz de una bombilla que colgada del techo y vacilaba levemente. Alguien, otra vez, una sombra, golpeó el cable que sostenía la bombilla y convirtió la habitación en una alucinada tempestad de luces, un caleidoscopio desquiciado en el que se multiplicaba, sobre todo, la imagen del mendigo desnudo pegado contra la pared. De nuevo alguien, otra sombra, puso heavy metal en un aparato invisible y le dio todo el volumen. La mesa estaba servida. Las sombras se entrecruzaban, a veces tenían rostro, pero solo un breve instante que ciertamente se repetía sin orden ni concierto, cuando la luz de la bombilla que giraba como una peonza borracha pasaba sobre sus caras. Apareció, entonces, una larga vara de madera un poco más gruesa que un listón. No estaba muy claro quien la sostenía. Parecía, más bien, pasar de mano en mano. Se escuchó una voz pastosa que cabalgaba torpemente sobre las palabras, torpeza atribuible, tal vez, al alcohol. Era una voz ridículamente chillona que apenas se escuchaba por encima de la estridencia metálica de la música. La voz le ordenaba al mendigo que se quedara quieto donde estaba y que no se volteara. La voz daba risa (salvo al mendigo que no tenía ninguna razón para reírse) y tal vez por ello se escucharon algunas risitas cuyos dueños parecían moverse constantemente. Ahora sí se olía el vaho denso del alcohol que flotaba en la habitación. La bombilla había disminuido el diámetro de sus oscilaciones y la luz se iba apaciguando de a poco. Nadie, ninguna mano, ninguna sombra, se tomó la molestia de golpear de nuevo el cable que la sostenía. Entonces la vara de madera avanzó sin titubeos hacia el mendigo, sostenida por unas manos que tomando impulso hacia atrás, se lanzaron luego hacia delante a una velocidad difícil de precisar pero claramente vertiginosa. Cuando la superficie lisa y dura de la vara de madera se estrelló contra la blanda superficie de las nalgas del mendigo, se produjo un chasquido muy parecido al que produce un huevo cuando entra en contacto con el aceite hirviendo. Difícil ver la cara del mendigo en la semipenumbra de la habitación (alguien, otra sombra, había apagado la luz) pero en modo alguno difícil preveer el rictus de horror y dolor que la violencia del golpe dibujó en esa cara. Las piernas se doblaron y apenas pudieron sostener el peso del cuerpo. Ni siquiera un grito, sino un débil aullido como el de un niño que muere asfixiado, surgió de entre los labios apretados. Hizo un amago por darse la vuelta pero las voces le ordenaron que no lo hiciera. Cuando presintió que la vara de madera iba a iniciar otro viaje hacia sus nalgas a la velocidad del dolor, trató de cubrirse con las manos pero las voces lo amenazaron con meterle el cañón de una pistola en la boca y con una leve presión sobre el gatillo hacer que una bala loca iniciara un viaje errático por su cuerpo y se alojara definitivamente en algún órgano importante e irremplazable. El mendigo decidió vivir, aunque no era sencillo elegir entre el dolor y el descanso, eterno es verdad, pero descanso al fin y al cabo, sobre todo si se pensaba que el dolor, sufrir el dolor, era como morir de a poco. Y cuando el dolor superaba los límites de la cordura, y esto sucedió repetidamente durante la sesión, y se derrumbaba sin sentido sobre el suelo de cemento, le echaban un balde de agua fría para despertarlo y obligarlo a ponerse de pie y contra la pared, una y otra vez, para recibir lo sablazos de la vara de madera, sin descanso, sin misericordia porque la misericordia era cosa de Dios y Dios no tenía velo en ese entierro, aunque ellos, las sombras, los policías, los verdugos eran muy creyentes y tenían, cada uno, virgencitas de las que eran devotos colgadas al cuello, a las que le rezaban todos los días, les pedían por sus hijos, por sus familias, que los protegiera siempre y no los abandonara y a ellos les diera luz para hacer su trabajo lo mejor posible y los alejara de las balas asesinas, mientras le daban en la madre a este mendigo hijo de puta que finalmente y luego de mucho golpe, mucho planazo por ese culo, se derrumbo definitivamente y ya no hubo balde de agua fría que lo volviera en si. Lo vistieron, lo montaron en una patrulla y se dirigieron hacia las afueras de la ciudad. Por el camino compraron perros calientes y unas cervezas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

47

En esa ocasión decidió tomar un tren hacia el oeste y bajarse en la última estación. El movimiento rítmico del vagón calmó la exaltación que venía arrastrando desde su apartamento, y que el affaire con el mendigo no hizo (no sabía muy bien por qué) sino aumentar.
Repasó mentalmente lo que le diría a la persona que iba a llamar, y trató de imaginar sus respuestas. Era un juego que le divertía. Pero sus ensoñaciones fueron interrumpidas por una vieja que se subió en la siguiente estación y se puso a cantar un rap, y que inexplicablemente, pensó, se paró frente a él y lo miró a los ojos mientras cantaba, como si se hubiese propuesto cantarle precisamente a él. Se removió incómodo en el asiento, pero no le quitó los ojos de encima Era vieja de verdad, fea y desdentada. Tenía una bandana roja en la cabeza que le cubría parte del pelo reseco y teñido de rubio. Vestía, según le pareció, de forma extravagante, con una franelilla blanca que era incapaz de sostener los dos grandes senos que caían por su propio peso hasta la mitad del torso, unos shorts verdes fosforescentes muy ajustados que apretaban de forma asfixiante grandes masas de carne y que dejaban al descubierto las piernas llenas de várices y moretones, y unas zapatillas amarillas salpicadas de manchas inclasificables y que de ningún modo quiso ponerse a clasificar. Mientras hacía el torpe amago de seguir el ritmo con el cuerpo, y dejaba, entre verso y verso, escapar aire por la comisura de los labios, llevándose una mano a la boca cerrada (lo que no impedía que algunas gotas de saliva impactaran su cara) como suelen hacer los raperos, la vieja recitaba versos como estos: Tu eres un rollo/ vives como un topo/ metes a la gente en el hoyo. Versos que lo inquietaron aún más, a pesar de que eran versos risibles, y lo pusieron en guardia frente a la viejecita entrometida y ¿pitonisa? No, que va. El no creía en esas cosas, aunque no dejaban de ser turbadores los versos de la anciana rapera.
Al fin la vieja terminó y guiñándole el ojo le extendió la palma de la mano muy cerca de la cara, tan cerca que pudo oler el sucio que incubaba desde quién sabía cuando en el interior de las uñas rotas y la mugre que le cubría la mano y que configuraba el mapa de un mundo improbable, pero no por ello irreal, el mapa de una vida al ras del suelo, la vida que podía llevar una rata o una cucaracha. Buscó en los bolsillos y le entrego unas cuantas monedas. La vieja las agradeció con una reverencia excesiva y se alejó hacia las puertas del vagón. No le pidió dinero a más nadie. El tren se detuvo y las hojas de la puerta se abrieron con su bufido característico. La vieja salió del vagón y se alejó por el andén. Cuando el tren se puso en marcha de nuevo y las luces, los reflejos, las publicidades pegadas a las paredes de baldosas brillantes, los transeúntes que esperaban el próximo tren, fueron pasando cada vez a mayor velocidad, pudo vislumbrar, apenas por una fracción de segundo, a la vieja, que parada delante de un cartel de Gucci que mostraba a una modelo de figura andrógina enfundada en un traje de cuero, le hacía adiós con la mano y le sonreía sin dientes, mostrando el foso negro de la boca por donde silbaba el aire, y podría asegurar que justo en ese instante la vieja lo miró directamente a los ojos, a él, a nadie más sino a él, como si la vieja lo supiese todo, lo de antes, lo de ahora y lo que vendría, y le estuviese haciendo una gracia, tomándole el pelo, haciéndole ver que sabía y que llegaría el momento de cobrar, pero todo muy amigablemente, sin dramatismos, sin sangre. Pensó en la muerte jugando ajedrez con Max Von Sydow y se estremeció, pero sin mucha convicción.