viernes, 30 de octubre de 2009

MONSTRUOS S. A.

46

Todavía era temprano y las aceras estaban colmadas de personas que caminaban con prisa, como si las siguieran o como si escaparan de algo. Como si se pudiera escapar, pensaba sarcástico y riéndose por dentro, aunque lo que quería era reírse bien fuerte, que todos lo escucharan muy bien y que se dieran cuenta de que se reía de ellos, precisamente de ellos y de su patético afán, de sus ilusiones perdidas. ¡Ganado!, les gritaría. ¡Sois ganado! ¡Estúpidas bestezuelas que van al matadero! ¡Aminorad la marcha! ¡Entreteneos con cualquier cosa! ¿A dónde vais con tanta prisa? ¡La muerte os está esperando! ¡Deteneos estúpidos animales!
En la esquina estaba el mendigo de siempre, sentado en la acera, con la pernera izquierda del pantalón enrollada y encajada bajo el muslo, la muleta a un lado y un potecito de plástico frente a él. Tres policías lo rodeaban. Hablaban. Es decir: Los tres policías miraban hacia abajo y hablaban, y el mendigo miraba hacia arriba y respondía. No parecía asustado. Parecía, más bien, desconcertado, como si no escuchara bien las palabras que le llegaban de allá arriba. Los policías se reían y hacían gestos incomprensibles y, de vez en cuando, señalaban al mendigo y le daban suaves golpecitos con sus botas negras al muslo de la pierna amputada. Un pequeño corrillo de curiosos se había formado alrededor de los cuatro bloqueando el paso por la acera, lo que produjo un embotellamiento del transito, debido a que los peatones, entre bocinazos, insultos y empujones, debían tomar la calle para superar el tumulto.
Desde donde se encontraba no escuchaba lo que decían, así que se acercó. Uno de los policías le ordenaba al mendigo que se quitara los pantalones. Los curiosos se reían. El mendigo miraba al policía con cara de no entender nada, y luego miraba a los curiosos como buscando explicaciones, pero solo recibía de ellos risitas y palabras que parecía entender tan poco como las del policía. ¿Tú como que te estás haciendo el loco?, dijo el policía. Quítate los pantalones o te doy un tiro en la pierna, dijo sin mencionar a que pierna se refería. El mendigo comenzó a hacer lo que le ordenaban. Primero se sacó la pernera de debajo del muslo y la extendió sobre la acera. Después se desabrocho el botón del pantalón. Lo hacía con mucha tranquilidad, sin prisas, como si estuviese en el baño de un lujoso restaurante y se dispusiese a orinar en un reluciente e inmaculado urinario. Miraba a todo el mundo, a los policías, a las gentes que lo rodeaban y que parecían estar viendo la función callejera de un prestigiador venido a menos, los miraba, precisamente, como si quisiera hipnotizarlos o, por lo menos, ilusionarlos, encantarlos, hacerles pasar un rato agradable, falso pero agradable. Entonces la mirada del mendigo se cruzó con la suya. Se vieron y se reconocieron, el mendigo lo reconoció o por lo menos mostró una sonrisa de reconocimiento, luego se encogió de hombros como diciendo: ya ve usted, me han atrapado. Luego terminó de bajarse los pantalones y pudo ver, todos pudieron ver, que la pierna que se creía amputada estaba doblada a la altura de la rodilla y firmemente amarrada a la parte trasera del muslo, con un sucio trapo de cocina. La carcajada fue generalizada. El mendigo también se permitió reír como si todo fuese solo una broma y ya todos se pudiesen ir a casa, pero el policía, el que parecía llevar la voz cantante y que no se reía, puso las cosas en su sitio. ¿Pero es que te vas a reír güevón?, dijo. Ponte el pantalón y párate, dijo. El mendigo hizo, como lo había hecho hasta entonces, lo que se le ordenaba. No había abierto la boca en ningún momento y actuaba, en líneas generales, como si la cosa no fuera con él. Hijo de puta, murmuró mientras veía a los policías despejar la acera y llevárselo. Uno de ellos llevaba en la mano un cuñete de pintura vacío y golpeaba la espalda del mendigo con él. ¿De dónde lo habrá sacado?, pensó. Cuando llegaron a la patrulla, estacionada unos metros más adelante, lo esposaron y lo metieron en el interior del auto. Antes de entrar en la patrulla, ya con las manos esposadas, el mendigo se entretuvo unos segundos mirando a su alrededor, como si presintiera que tardaría mucho tiempo en volver a ver las calles por las que solía andar libremente, o como si estuviera seguro de que ya no las vería nunca más. Hijo de puta, volvió a murmurar, sorprendido aún de que el mendigo que veía a diario sentado en la esquina, a unos pocos pasos de su edificio y al que daba, de tanto en tanto, una limosna, más para tranquilizar su mala conciencia que por otra cosa, lo hubiera tenido engañado tanto tiempo. Vio la muleta sobre la acera y a su lado el potecito de plástico con algunas monedas en su interior y murmuro por tercera vez hijo de puta. Luego enfiló sus pasos hacia la estación del metro y se olvido del asunto.

domingo, 25 de octubre de 2009

MONSTRUOS S. A.

45

Esa noche en su apartamento, no abrió las ventanas y no puso música, aunque estuvo tentado a poner algo de Glen Gould, sino que buscó en su biblioteca El que no ve de Leopoldo María Panero, y sentado en su sillón lo abrió y pasó las páginas, tomando con suavidad, con fervor contenido, casi con mística reverencia, las hojas amarillas de tiempo, con sus dedos índice y gordo, hasta que consiguió el poema que estaba buscando: Un asesino en las calles. Leyó en voz baja y entrecortada por la risa. Era una risa de felicidad o eso creía, una risa exaltada que nacía en el estómago y que amenazaba con ponerlo a bailar de alegría, impulso que a duras penas pudo refrenar, concentrándose en los versos que leía:

No mataré ya más, porque los hombres solo
son números y letras de mi agenda
e intervalos sin habla, descarga de los ojos
de vez en vez, cuando el sepulcro se abre
perdonando otra vez el pecado de la vida.

No mataré ya más las borrosas figuras
que esclavas de lo absurdo avanzan por la calle
agarradas al tiempo como a oscura certeza
sin salida o respuesta, como para la risa
tan solo de los dioses, o la lágrima seca
de un sentido que no hay, y de unos ojos muertos
que el desierto atraviesan si demandar ya nada
sin pedir ya más muertos ni más cruces al cielo
que aquello, oh Dios lo sabe, aquella sangre era
para jugar tan solo.

Con el último verso soltó una carcajada. Se levantó, cerró el libro y lo dejó sobre el sillón. Se acercó a la ventana y la abrió. Los ruidos de la ciudad entraron y armaron el jolgorio de siempre en la sala. Se le ocurrió una idea. Era una muy buena idea. Casi saltó de alegría cuando se le ocurrió. Pero se contuvo. Prefirió esperar el momento justo para explayarse. Cerró la ventana y salió del apartamento.

sábado, 24 de octubre de 2009

MONSTRUOS S. A.

44

Pero esa vez fue diferente. Esa vez había alguien nuevo en la oficina. Alguien que era una mujer y que venía a sustituir a un compañero de trabajo que había renunciado intempestivamente mientras él estuvo de viaje en Londres y que, casualmente se sentaba en el cubículo al otro lado del pasillo. Una mujer de mirada dulce que le había sonreído al verlo y le había extendido la mano para presentarse, mano que él tomó casi con reticencia, podría decirse que con terror, pero, al mismo tiempo, con unos enormes deseos de tomarla y no soltarla ya más. Se llamaba Liz, tenía veinticinco años, tres años menos que él, baja de estatura, entradita en carnes sin ser gorda, el pelo muy corto y negrísimo. No era bella pero sus grandes ojos verdes miraban con tal dulzura, como ya hemos dicho, que desarmaban cualquier intento de crítica. Vestía con sencillez pero con gusto y sus ademanes y movimiento eran siempre frescos y gráciles. Decidió, por lo tanto y casi de inmediato, que esa sería la mujer con la que formaría una familia Por descontado que ese día no hubo concentración, ni mundos que desaparecen, ni coqueteo con la inmortalidad. Si hubo, en cambio, manos inquietas, miradas nerviosas y de soslayo, hacia el otro lado del pasillo, hubo mucho deseo y mucho sufrimiento, y no, como se podría creer, porque se haya enamorado locamente o porque se haya desbordado el deseo de poseer el cuerpo regordete de la recién llegada, no, aunque algo de eso había, se trataba, más bien, de una creciente fascinación y, por qué no, angustia, por como se habían adecuado los acontecimientos para que ese encuentro fortuito se realizara.
El día lo pasó observando a su vecina trabajar e intercambiando con ella algunas palabras, siempre en el orden estrictamente laboral, respondiendo a sus dudas, o guiándola con mano suave pero segura de si misma, aún cuando ella no se lo pidiera (fue el único atrevimiento que se tomó) por algún recoveco especialmente difícil en el intrincado y engorroso laberinto fiscal, sin atreverse aún a sobrepasar el límite de la cortesía profesional y adentrarse en el de las confesiones personales. Ya habría tiempo para ello.
No vamos a decir aquí que no sopesó la posibilidad de matarla. Sí lo hizo, como lo hacía siempre con todo aquel que llamaba su atención, pero se trataba de una fantasía en la que se entretenía con gozo y en modo alguno de un deseo que debía cumplir a toda costa. Tenía como regla inquebrantable no asesinar a conocidos y mucho menos a compañeros de trabajo. Los riesgos eran enormes. Y él era una persona que se esmeraba por no correr riesgos innecesarios. Pero sí la veía y mientras las veía, imaginó detalladamente como entrelazaba sus manos sobre su cuello, como apretaba hasta que algo se rompía en el interior de ese cuello levemente carnoso y blando y el cuerpo de la mujer se aflojaba y caía como una muñeca de trapo sobre el piso mojado por aguas negras en algún sucio y oscuro callejón, cómo la abría en canal después, y tomaba en sus manos los órganos sangrantes, los olía con deleite y luego se los pasaba por la cara, se los restregaba por la cara sintiendo la sangre aún caliente deslizarse por su piel, empapando sus ropas e impregnándolo de ese olor sublime que tardaría horas en desvanecerse. La miraba y pensaba en todo esto mientras ella le devolvía, de tanto en tanto, la mirada y le sonreía con esa sonrisa ingenua y devastadora.

lunes, 19 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A.

43

Al día siguiente volvió a la rutina, es decir, entre otras cosas, a su trabajo en la agencia tributaria en la que había pedido un permiso no remunerado para poder viajar a Londres, aduciendo ciertos arreglos legales con un pariente lejano, volvió a su insignificante cubículo que hacía las veces de oficina, junto a otra decena de cubículos, igual de insignificantes, dispuestos en dos secciones separadas por un estrecho pasillo que colmaban el segundo piso de la Oficina Tributaria del Centro (OTC). Todo el día se escuchaba el murmullo de las hojas que crujían en las manos de los agentes fiscales y el tableteo histérico de las calculadoras que se lanzaban como locas sobre los cálculos más complicados, dedos nerviosos empujando las teclas hasta el fondo, cabezas gachas, ojos fijos, como idos pero, sin embargo, enfocados, casi sufrientes, la mirada perforando los datos, en los labios surgiendo, casi inaudible, una letanía de números, un mantra que se escuchaba a lo largo de toda la jornada laboral.
La OTC, el segundo piso, se habían convertido en su iglesia, su cubículo en el confesionario o reclinatorio o, más bien, celda, en fin, el lugar ideal para desembarazarse de su mente mientras se hundía en los inescrutables legajos que lo esperaban en su mesa. Los deseos de matar, casi cualquier deseo, desaparecían cuando se enfrascaba en los complicados cálculos que debía realizar cada día para que los contribuyentes del país, al menos los que estaban bajo su responsabilidad, supiesen con exactitud, qué le tocaba pagar al fisco ese año en particular. Su concentración llegaba a extremos inauditos, casi míticos, extremos reservados a experimentados gurús tras largos y esforzados años de meditación y renuncia. Su desconexión con el mundo era total, al punto que su cubículo primero, luego la oficina toda y las paredes de la oficina y luego las del edificio y finalmente la ciudad entera, se iban desdibujando como una acuarela a la que se le echa demasiada agua, hasta que solo quedaba él, y ni siquiera porque no era capaz de verse o de percibirse, flotando en una nada negra y vigilante o, mejor dicho, vagando en una nada negra y vigilante, o no, tampoco, solo quedaba esa nada negra y vigilante que se vigilaba a si misma pero que estaba más allá de toda vigilancia. Anulada la mente, anulados los deseos y los sufrimientos que implican, abolída, a su vez, el tiempo y alcanzaba la inmortalidad, al menos, por el lapso de una jornada laboral de ocho horas.

domingo, 18 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A.

42

De vuelta en su país, en su apartamento tipo estudio en el centro de la ciudad, sentado en el sillón frente a la pantalla del televisor apagado, frente al equipo de sonido enmudecido, bebiendo un whisky, escuchando los ruidos de la ciudad que reptaban por las paredes del edificio y se colaban por la ventana abierta y que de un modo extraño pero esperanzador se acomodaban en la salita, haciéndose partícipes, como buenos compañeros, de sus cavilaciones, decidió casarse, decidió formar una familia, tener hijos, incluso un perro o un gato, daba igual, un hogar, un lugar a donde llegar, un lugar para añorar, sin dejar lo otro, desde luego, lo otro no se podía dejar, era parte consustancial de su ser, su lado oscuro si se quiere, pero un lado después de todo, existía, era real y tan visible, al menos para él, como el otro, el “bueno”, el que le mantenía con los pies en la tierra y le permitía ir de compras al supermercado, por ejemplo, o entablar una conversación con otro ser humano, tener amistades, no muchas claro, ir al cine, tener un trabajo, muy modesto, es cierto, y compañeros de trabajo, el que lo impulsaba, en ese instante, a convertirse en marido fiel y padre afectuoso, en fin, una manera de amarrarse con más fuerza a esa tierra que a veces se le escapaba y lo dejaba colgando, literalmente, sobre el abismo, abismo que percibía, solo a veces, como una salvación, el fin de la lucha, del esfuerzo sobrehumano por mantener la razón y no convertirse en un animal sediento de sangre que recorría una ciudad en la oscuridad, una ciudad que era la oscuridad, repleta de fantasmas que aullaban a la luna y esperaban, sumisos, al monstruo que los devoraría.
Se acercó a la ventana e, invitando a los ruidos, buenos compañeros en las noches solitarias, pero poco dados al orden, poco inclinados a la meditación, a dejarlo con su soledad, cerró la ventana y acto seguido se sirvió otro whiskey, colocó el Claro de Luna de Beethoven, se volvió a sentar en el sillón y poniendo el vaso frío, los hielitos tintineando en su interior, sobre la frente y haciéndolo girar levemente de un lado a otro, los ojos cerrados, la mano libre siguiendo la música, esperó que la ciudad terminara de salir del apartamento y que la noche lo arropara definitivamente con su manto.

MONSTRUOS S.A.

41

La visita a los “lugares de Jack”, como los llamó Cinthia, la tímida mujer que lo recibió en la agencia y que resultó ser la guía, no despertó en él ningún interés. Todo le parecía falso. Una farsa descabellada. Las estrechas calles llenas de sol y de gente, sus compañeros en el recorrido turístico: una pareja de japoneses bajitos que no paraban de sonreír y que, por extraño que parezca, no tenían cámara fotográfica y una gringa gorda y muy blanca que venía del sur profundo y cuya familia, según decía, no se sabía bien si en broma o en serio, hasta no hace mucho había tenido esclavos de su propiedad. La propia Cinthia, con sus tics, haciendo enormes esfuerzos por vencer su timidez y captar la atención de sus clientes, lucía tan patética, que se dedico durante todo el recorrido a seducirla. Estaba hastiado y convencido de que había perdido tiempo y dinero viajando a Londres. Habría hecho bien en quedarse en casa. Por lo menos, piensa, no he debido salir está mañana de la pensión. Allí se sintió más cerca de lo que había venido a buscar. Pero a ver, ¿qué había venido a buscar? No lo sabe. Lo que fuera que estuviese buscando lo había encontrado, aunque de forma ambigua, en la pensión, en esa anacrónica taberna incrustada, como una caries en el diente más blanco, en el Londres del siglo XXI. Era un romántico. Lo que buscaba era inalcanzable: El pasado o el aura del pasado, la estela que va dejando, el rastro apenas visible y que no lleva a ninguna parte. Eso es lo que buscaba y lo encontró en la posada decimonónica. Perdió todo interés en Cinthia. Sin embargo, y tal vez por una necesidad de castigarse o de auto flagelarse, se quedó en la agencia hasta que cerró y la acompañó a su casa. Por el camino se detuvieron en un pub y se tomaron unas copas. Achispada por el alcohol, Cinthia se mostró más locuaz que de costumbre y dejando de bajar la mirada y entrelazar las manos, se permitió, incluso, coquetear con él. Ya había caído la noche cuan salieron del pub. Caminaban despacio y tomados de las manos. Cinthia apoyaba la cabeza en su hombro mientras él pensaba en el modo en que iba a matarla. Soltó su mano y la tomó por el cuello. Decidió que la asfixiaría. Acarició suavemente la nuca de Cinthia con las puntas de los dedos y sintió el leve temblor que recorrió el cuerpo de la mujer. Sonrió. En la puerta de su edificio Cinthia lo invitó a subir. El sabía que lo haría. Por toda respuesta le dio un largo y apasionado beso en la boca.
La tumba boca abajo sobre la cama revuelta y la penetra con dureza. Cinthia grita y él ahoga el grito hundiendo su cara en la almohada. Llevan horas follando. El amanecer está próximo. Debe apresurarse. El chasquido que hace su pelvis al golpear las nalgas de Cinthia lo excitan. Aumenta la fuerza de sus enviones y cuando los gemidos de ella se intensifican y se hacen desesperados, coloca sus manos sobre el cuello y comienza a apretar. Al principio suavemente y luego cada vez más y más fuerte, buscando el punto exacto donde el orgasmo y la muerte se encuentren. Luego, cuando Cinthia yace inerte con los ojos y la boca abierta, se permite él mismo venirse en un prolongado y doloroso orgasmo. Saca su miembro y ve surgir de la vagina de Cinthia su esperma que como un magma blanco se escurre con lentitud hasta manchar las sábanas. Allí la deja. No limpia nada. No toca nada. No le importa. En unas pocas horas estará en su país. Se viste y sale del apartamento sin echar ni siquiera una mirada a lo que deja atrás.

jueves, 15 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A. 40

Dice Flaubert: “Para poder escribir he de estar en una inmovilidad de existencia completa. Pienso mejor tendido de espaldas y con los ojos cerrados.” Es inexplicable. ¿Quién lo va a entender? Eres un vago y punto, dice mi mujer. Y de paso un irresponsable que no trae dinero a la casa. Es decir que no basta con sufrir el desgastador desasosiego que produce poner por escrito tus alucinaciones, hay que partirse el lomo, como un buen burgués, para llevar dinero a casita. Desde luego lo que escribo no nos da de comer. Mis hijos pasan hambre y el Niño Jesús deja atrás nuestra ventana cada veinticinco de diciembre sin siquiera echar una miradita de reojo, por si acaso. Y sí, soy egoísta. Todo escritor lo es. Y yo soy un escritor (aunque no escriba nada). Soy escritor, escritor, escritor, escritor. Debo repetirlo para convencerme a mi mismo. El resto, todo, está en un segundo plano.

MONSTRUOS S.A. 39

Desayunó en un local de comida rápida. Plástico por todas partes, incluso en la comida que apenas se podía tragar. Grandes ventanales de vidrio. Reflejos. Gente estúpida revoloteando a su alrededor. Bienvenido a la realidad, pensó. En la calle paró un taxi y le mostró al conductor la dirección que llevaba escrita en un papel. Recostada la cabeza sobre el respaldo del asiento veía pasar Londres por la ventanilla del taxi. No le gusta lo que ve. Vuelve a sentir deseos de matar, de destazar, de beber sangre. En la agencia de turismo lo atiende una mujer que debe andar por los cuarenta, espigada e intrascendente, con el pelo recogido en un moño y grandes gafas de miope. Cuando habla baja la mirada y entrelaza sus manos blancas de dedos alargados constantemente como si esos gestos de tímido nerviosismo fuesen parte de su conversación. La odia de inmediato. Y la desea.

martes, 13 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A. 38

Onetti viene hacia mí con su gran cara de sapo. Tendido en su viejo catre, apoyado sobre su codo, fumando y soltando un denso hilillo de humo que asciende sobre su rostro, me dice: Desconfía siempre del escritor que dice “memoria” o dice “recuerdo”. No existe tal cosa como el recuerdo o la memoria. Todo es invención. Un escritor es, ante todo, un gran mentiroso.

viernes, 9 de octubre de 2009

MOSNTRUOS S.A. 37

Recuerdos, malditos recuerdos. Habría que abolirlos, convertirlos en fantasía. Prefiero vérmelas con mi asesino imaginario. Lo había dejado en su posada decimonónica, dormido en el agua caliente de la tina. Y sin embargo, cuando despierta, tarde, al día siguiente, está hecho un ovillo en el catre que resulta más cómodo de lo que esperaba, las tres mantas sobre su cuerpo aún dormido. ¿Cómo llegó allí? No lo sabe. No le importa. Muy a su pesar se levanta y se viste. Sale de su habitación y baja por las estrechas escalera que crujen y se desesperan, como la noche anterior, bajo su peso. Se asoma al mostrador de la recepción y no ve a nadie. Vuelve sobre sus pasos y camina por un pasillo hacia el fondo de la pensión. Tiene la impresión de que el silencio vibra levemente al ritmo del fuego que parece hacer equilibrios en la punta de las mechas de azufre. Dio con una sala grande con un hogar y una marmita sobre el fuego. Frente al hogar un largísimo tablón que hacía las veces de mesa. No había nadie. Tuvo la tentación de llamar pero se contuvo. Tenía hambre y la superficie del tablón estaba yerma. Decidió desayunar afuera. Cuando abrió el pesado portón de madera, el siglo XXI le dio en pleno rostro un bullicioso mazazo que lo sacó con violencia del ensueño en que había vivido.

MOSNTRUOS S.A. 36

¿Cómo puedo yo conciliar con la idea de la muerte? ¿La muerte una idea? No, la muerte no es una abstracción. La muerte es un hecho y más que un hecho es una compañera de viaje (muy a nuestro pesar me temo) que se planta junto a nosotros desde el mismo instante en que nacemos y ya no nos abandona jamás. Entonces, cómo lidiar con ella, cómo hacer soportable su presencia, sobre todo ahora que, con suerte, puedo estar transitando la mitad de mi vida. Y más que soportar se trata de entender y aceptar, no con la mente, esa traidora, sino con el corazón (aunque a veces también nos traicione), no con la razón ni las vísceras sino con el alma. He allí el gran dilema. ¿Tiene solución? No lo creo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

MONSTRUOS. 35

El sendero descendía, no hacía otra cosa que descender, muy irregular y estrecho, entre raíces y piedras. Muy arriba, en las ramas de pinos y eucaliptos, se esparcía la luz del sol que apenas llegaba hasta donde estaba yo para rozar mis párpados. El aire estaba quieto y el silencio parecía hablarme con palabras sigilosas que yo persistía en interrumpir con mis pasos. De tanto en tanto jirones de niebla se incrustaban entre los árboles como cuñas almidonadas. Y yo caminaba como si me dirigiera hacia un sueño. Caminé y caminé hasta que llegó la noche y el bosque pareció despertar, cobrar vida en múltiples sonidos y misteriosos movimientos en el ramaje. Me detuve y allí mismo me acosté en la tierra húmeda y hecho un ovillo me dormí. Mientras dormía me visitaron criaturas extrañas que me hablaron en un lenguaje incomprensible. Desperté con el rocío y me puse en camino de nuevo. El silencio regresó y tomó posesión del bosque. Yo era un intruso que con mis pasos violaba la ley. En mi mente mis hijos se desvanecían. Pasaron muchas noches idénticas. Me alimentaba de raíces y de frutas silvestres. Tomaba el agua de pequeños pozos o directamente de la lluvia, cuando llovía. Entonces olvidé por que caminaba. El camino se convirtió en mi destino. Mis ropas se hicieron jirones, mi cabello y mi barba crecieron más allá de lo posible, mis zapatos se disolvieron en la nada, mis uñas crecieron y sirvieron para raspar la corteza de los árboles en busca de bichos con que alimentarme. Olvidé mi nombre y de donde venía. Olvidé quien era. Me convertí en el camino.

MONSTRUOS. 34

Jamás los alcancé. Resultó que la carretera era intransitable. Me hundía hasta las rodillas en el fango. Avanzar apenas un par de metros requería un gran esfuerzo. Perdí los zapatos dos o tres veces, ahogados en el barro. Recuperarlos y volver a calzármelos me tomaba considerable tiempo. Un tiempo precioso que no debía malgastar. Mis hijos corrían peligro. Estaba convencido. Seguí avanzando. Tropezaba una y otra vez, volvía a perder los zapatos. Uno, dos pasos. Pronto caí agotado. Mi cara se hundió en el fango. Temí desmayarme, dejar de respirar, hundirme más allá del lodo, en la última oscuridad. No. No podía ser en fin. Mis hijos me necesitaban. Hice un esfuerzo mayúsculo y destrabe mi cara del barro. Me di la vuelta. Mi mujer estaba parada donde la dejé, a unos pocos metros, con los pies muy juntos, me hacía adiós con la mano y me miraba con un dejo de lástima. A su lado se había reunido un nutrido grupo de mirones que no quitaban la vista de mis movimientos. Se lo estaban pasando en grande. Si es que parecía que estuviesen en el cine. Comían cotufas, se palmeaban la espalda y hacían apuestas. ¿Lo lograría o no lo lograría? Los niños eran los que más disfrutaban. Era mejor que ver algunas de las inefables peliculitas de Disney, desde luego. En mi fuero interno deseé y creo que hasta elevé una plegaria por el triunfo de los caballos.
Entonces descubrí en la orilla del camino un sendero que se adentraba en el bosque. Acostado como estaba, rodé sobre mi cuerpo hasta que llegué a sus pies. El movimiento, totalmente imprevisto, levanto exclamaciones en el público. Me paré, me limpie la cara, hice un gesto de triunfo elevando ambos brazos con los puños apretados, le pinté una paloma a la concurrencia y me adentré en el sendero. Luego asomé medio cuerpo en el camino, ligeramente inclinado hacia delante, le lancé un beso a mi esposa y volví a desaparecer.

MONSTRUOS. 33

Montados ya en sus caballos, partieron por la carretera enfangada llena de huellas de cascos que a modo de cráteres lunares cubrían con exageración la vía. Un niño, apenas algo mayor que mis hijos, montado en un caballo negro como la noche, hacía las veces de guía. Los vi alejarse con paso cansino, un paso desganado pero muy conciente de si mismo, hasta que desaparecieron en una curva. Entonces mi esposa, que se había mantenido en un discreto segundo plano, se acercó y me hizo notar el estado lamentable en que se encontraban los animales. Yo que solo me fijaba en sus ojos no lo había notado. En efecto eran caballos mal alimentados, en los huesos, con laceraciones en la piel, algunas de ellas infectadas. De pronto imaginé una rebelión de caballos. Una rebelión contra los malos tratos, los abusos, la humillación que significaba para ellos, animales libres por naturaleza, llevar el freno en sus bocas y en sus lomos una desfile de niños que solo se detenía con la muerte, obligados a recorrer el mismo camino una y otra vez, vuelta tras vuelta, giro tras giro, día tras día, sin descanso, sin pausa, al menos que se considerara una pausa el instante en que desmontaba un niño y montaba el siguiente. Una rebelión feroz que acabaría con los humanos, sobre todo con los niños. Le dije a mi mujer que me esperara un momentito y me fui detrás de mis hijos.

MONSTRUOS. 32

La elección del caballo adecuado era la formalidad más difícil de cumplir. No solo contaban las preferencias de mis hijos, sino las mías que, al final de cuentas, eran las que prevalecían, muy a pesar de los niños que casi nunca estaban de acuerdo con mi elección y se montaban con cara enfurruñada en sus respectivos caballos. Los que yo había elegido. Para mi contaba sobre todo su seguridad, y si eso iba en detrimento de sus gustos y de su diversión, pues peor para ellos. Los prefería mal encarados, pero sanos y con los huesos en su lugar. Después ocurría, invariablemente, como un leitmotiv infinito, que se antojaban del mismo caballo. En esos casos debía hacer alarde de mi poder de convencimiento que, frente al emperramiento de mis hijos, era poco menos que inútil. Fracasada la diplomacia, pegaba dos gritos y obligaba al mayor, menos testarudo, a elegir otro animal. El último requisito, antes de permitir que mis hijos dieran inicio a su cabalgata, era ver directamente a los ojos del caballo y dilucidar en unos pocos segundos su grado de inteligencia.

MONSTRUOS. 31

No por mucho madrugar amanece más temprano, recuerdo que pensé al despertar. Eran las seis de la mañana de un día Domingo. Un segundo más tarde los niños tomaron por asalto la cama y se nos echaron encima como golosos piratas sobre un tesoro. Su hiperactividad natural se elevó varios niveles cuando su madre les dijo que iríamos al Junquito a montar caballos. ¿Y yo por qué no sabía nada de ese paseo? Ante el hecho consumado (los niños me miraban henchidos de felicidad y batían sus palmitas) opté por sonreír como un dulce beato (con una leve ironía dirigida a mi mujer) y asentir con la cabeza.
Ah los caballos, esas bestias en apariencia tranquilas que te ven con sus ojos enormes, como si estuviesen leyendo directamente en tu cabeza, hurgando en tus pensamientos más íntimos y sabiéndolo todo de ti. Diciéndote con esa mirada qué ellos saben. Y que saben, incluso, que tú sabes.
Los preparativos. Pero sobre todo los niños corriendo de un lado para el otro. Yo los veía con cierta fascinación. No sabía qué buscaban. O si es que buscaban algo. Me preguntaba: ¿Esa carrera tenía algún sentido oculto que a mi se me escapaba, un sentido que solo los niños podían aprehender? Se me ocurría pensar que el sentido de tanto movimiento estaba en la propia carrera. Correr, correr, correr, correr sin propósito solo por el hecho de correr, de estar en perpetuo movimiento, de no estarse quieto jamás porque, tal vez, en la quietud existía una desgarradura, una minúscula hendidura por la que se podía contemplar el futuro. Y eso, me decía, es lo peor que le podía pasar a un niño, ver, por ejemplo, su propia muerte y no solo verla sino comprenderla, captarla en toda su plenitud. No señor. Era mejor pasar de largo, dejar la rendija atrás y concentrarse en la carrera, en el movimiento que los mantenía en el eterno presente, lejos de su mente.
Yo que estaba atrapado en la mía, los miraba maravillado y no sin cierta aprehensión. Veía a dos seres que invadían mi espacio con brutal indiferencia, dos seres que pertenecían a otro mundo, uno al que no podía acceder, uno que me estaba vedado, pero que vagamente parecía reconocer y del que apartaba la mirada con un gesto de terror. Meditaba en todo esto mientras calentaba el motor del carro y disfrutaba de unos segundos de sosiego en la mañana fresca. Yo habría preferido quedarme en casa. Pero me daba cuenta que ese movimiento continuo, en el interior de la casa, habría generado una energía de tal magnitud que, no me cabía la menor duda, habríamos volado en mil pedazos. No. Era mejor salir y dejar que esa energía se esparciera en la atmósfera.
El viaje en si mismo carecía de importancia. Se trataba, sencillamente, de ir del punto A al punto B. Era una formalidad más bien engorrosa que con gusto me abría saltado. Un trayecto por una vía accidentada, con mucho tráfico y un paisaje deplorable. Mientras sorteaba huecos fantaseaba con la tele transportación. Descomponerte molecularmente en tu casa y un segundo después aparecer, con cada molécula en su sitio, en el lugar de destino. Y si no es de tu agrado lo que ves o te aburres, media vuelta y otra vez en casita y a leer un buen libro o a hacer el amor con tu mujer. Pero no. Hay que dejarse las moléculas, que del otro modo llegaban intactas, regadas por el camino, rayadas y sin lustre por el roce de los elementos. Por suerte, la misma vibración del automóvil que descolocaba mis moléculas, rendía a mis hijos, sumiéndolos en una soñolencia de la que no emergían hasta que no detenía el auto y apagaba el motor. En esa paz de aire acondicionado, con las Variaciones Goldberg de Glen Gould sonando bajito en el reproductor y, tal vez, la mano de mi mujer entre mis piernas haciéndome una delicada paja, seguíamos el camino que nos llevaría hasta los caballos que, no lo dudaba ni un poquito, nos esperaban con sus ojos como ventanas y su expresión de saberlo todo sobre nosotros.

martes, 6 de octubre de 2009

MOSNTRUOS. 30

Las noticias llegan de forma misteriosa. Tal vez las trae el viento. O un pajarito como aquellos que se posan en mi ventana en las tardes de sol. O, simplemente, se presentan en mi mente y me hablan. No lo se. Pero lo cierto es que me he enterado de la muerte de Peregrino. Era un italiano rollizo con la cara eternamente enrojecida, que resoplaba al hablar y se tambaleaba a los lados cada vez que daba un paso, como si fuese el último paso que pudiesen ya dar sus fatigadas piernas. Era dueño de un bar en donde nos reuníamos los del esperpento. Era una vieja casa cuya construcción databa de finales del siglo XIX y que, tal vez, era la edificación más antigua de la ciudad. Peregrino le había añadido dos plantas para usarlas a modo de pensión. Era una persona en cuya mente solo funcionaba la idea de la ganancia, la acumulación constante de dinero. Vivía en forma exigua, casi en la indigencia, ahorrando cada centavo que caía en sus manos, en un sucio y maloliente apartamento ubicado cerca del bar. Vivía con su concubina y cinco rapaces, algunos suyos, otros recogidos en las calles. Todos trabajaban en el bar. Todos recibían, a modo de salario, algo de comida y un techo donde pasar la noche. ¿Por qué hablo de este ser primitivo cuando, en realidad, quería hablar del bar y de las reuniones etílicas y apasionadas del esperpento? Tal vez porque es lo más cerca que he estado en mi vida de un personaje de Dickens. Y a mí las novelas y los personajes de Dickens me fascinan. Tal vez porque ya entonces lo miraba con el ojo clínico del escritor en busca de personaje.
Peregrino tenía un hijo mayor. Se llamaba Luciano, era un drogadicto irrecuperable que vivía en la calle. De vez en cuando se dejaba ver por su casa. Nunca se acercaba al bar. Se paraba en la acera, debajo del apartamento de Peregrino y se quedaba largo rato observando, esperando que alguien se asomara por el hueco de la ventana. Lo que invariablemente sucedía. Sino se ponía las manos en la cara a modo de altavoz y comenzaba a llamar a Peregrino a gritos. Este no tardaba en asomarse a la ventana hecho una furia, o, si era el caso, se asomaba a la puerta del bar, tambaleante, con la cara más roja que de costumbre producto de la ira y moviendo los brazos como si fuesen aspas de un molino viejo y pesado que ya no pudiese moler sino desgracias. Armaban una buena en la calle. Luciano siempre en la acera en actitud condescendiente y suplicante y Peregrino, si estaba en su apartamento, con media humanidad sobre el alféizar de la ventana como una ballena encallada, vociferando fuera de si, diciéndole que se largara, que lo dejara en paz, que el no tenía dinero, que trabajaba como un burro para ahorrar apenas lo necesario para pasar una vejez tranquila. A veces Peregrino le lanzaba un balde de agua fría que podía, o no, calar a Luciano, pero invariablemente el escarceo terminaba cuando el padre, cansado y derrotado, lanzaba unas cuantas monedas que el hijo recogía con la alegría de un niño que recoge caramelos y que luego contaba con avidez mientras se alejaba en busca de su dosis diaria de felicidad.
Nosotros, el esperpento, observábamos aquellas luchas por la subsistencia entre padre e hijo, sentados en una mesa del bar, a través de las rejillas de madera que hacían las veces de ventanas, mientras bebíamos cerveza y filosofábamos sobre la necesidad de dinero y sobre esa otra necesidad que es matar al padre Éramos cinco. Cinco fracasados llenos de sueños. Algunos, entre los que me contaba, fracasados aún antes de haber encontrado algo en que fracasar. Muy conveniente si a ver vamos. La teoría del mínimo esfuerzo. Dejarse llevar por la corriente, aún cuando nos llevase hacia el abismo de una catarata. Estaba Salvador que era un títere de si mismo, un payaso que había olvidado que debajo de la máscara había un ser humano que alguna vez le había dado vida al payaso. Era creador de máquinas complicadísimas, de artefactos estrafalarios sin uso práctico y que jamás funcionaban. Estaba Fernando, atormentado como pocos, atrapado en alucinaciones apocalípticas que se manifestaban en depresiones cíclicas y en una imaginación irrefrenable que nunca conseguía su cauce. Estaba Ludovico que era artista plástico y el único del grupo con una obra hecha y bien meditada que, sin embargo, se inventaba obstáculos que sacaba, como buen prestidigitador, de su más monótona cotidianidad, y que a modo de cortafuegos iba colocando frente a él para impedirse a si mismo avanzar. Estaba Horacio, enamorado de los griegos, tal vez el más etéreo de nosotros, inasible, ambiguo, maleable. Con él nunca se sabía. No se sabía que pensaba ni que hacía. Era como un organismo extraño que recorría el torrente sanguíneo y que cambiaba de forma según de que se alimentara. Y en fin, estaba yo. Un hablador de güevonadas. Un embaucador. Un encantador de serpientes que, sin embargo, no era tonto y usaba serpientes a las que les había extraído hasta la última gota de veneno. Un engreído que peroraba continuamente sobre literatura, pero que era incapaz de sentarse frente a una máquina de escribir y redactar, siquiera, un par de líneas decentes. Éramos un grupo. El esperpento. Teníamos en común nuestro desarraigo, nuestro fracaso y nuestro gusto por las cervezas. ¿Qué más necesitábamos?

lunes, 5 de octubre de 2009

MONSTRUOS. 29

El viaje, recuerda, fue un disparate, una cosa insensata. Llegó a Londres, hecho polvo por el jet lang, con las últimas luces del día. Se hospedó en una desvencijada posada ubicada en un lugar de la ciudad que no supo precisar. El taxista que lo llevó, un sij de turbante naranja y larga barba negra, no abrió la boca en todo el trayecto y no respondió a sus tímidos y balbuceantes intentos de comunicarse con él en su ingles chapucero. Estuvo un rato meditando si lo liquidaba. No lo hizo. En una callejuela poco concurrida el sij le lanzó la maleta y se marcho. Solo cuando el taxi dobló una esquina y desapareció, se dio cuenta de que aquella no era la dirección que había dado. Se arrepintió de no haberle cortado la garganta a ese indio hijo de puta. Estaba de pie en la acera, frente a la entrada de una vieja taberna llamada Fogstills. Hizo sonar la aldaba contra el portón de madera y esperó. Al cabo de un rato se abrió, pesadamente y con un largo chirrido y pudo ver a un hombre enjuto de baja estatura con un candelabro en la mano. Sin mediar palabra lo hizo pasar. Avanzaron por un pasillo alumbrado con candiles de aceite que pendían de un garfio. Luego subieron unas estrechas escaleras. La madera crujía bajo sus pies. Le dio la impresión de seguir a un muerto en el interior de una tumba. Su habitación resulto ser amplia, con una ventana de buen tamaño que daba a un patio trasero y a un laberinto de casas y callejones que se extendían hasta donde se podía ver. En el centro un catre con tres mantas de lana plegadas. El posadero recorrió la habitación candelabro en mano. Así pudo distinguir, además, una mesa con su silla, una tina, un orinal y una chimenea de piedra sobre la que colgaba un cuadro. Era La Tempestad de Turner. Dos criadas entraron en ese momento con sendas palanganas llenas de agua caliente que vertieron en la tina. El posadero dejó el candelabro sobre la mesa y con un gesto ordenó a las criadas que salieran. Luego y tras una venia que juzgo excesivamente teatral, el propio posadero abandonó la habitación y lo dejó solo. Se desvistió con lentitud y se metió en la tina. El agua caliente fue aflojando sus músculos cansados y pronto cayó en una dulce modorra. ¿Dónde estaba?, se preguntó. Creyó escuchar pasos que se acercaban por el corredor y se detenían frente a su puerta y luego una voz que susurraba su nombre, su nombre que se alejaba, se hacía más quedo, inaudible, se iba yendo, más y más lejos, lejos…

jueves, 1 de octubre de 2009

MONSTRUOS I.N.C. 28

Una noche, cuando me disponía a acostarme, mi mujer, que ya llevaba rato dormida, se removió inquieta en la cama y me dijo: Hola. Hola, dije. Hasta mañana, buenas noches y buena suerte, dijo luego, entre sueños. Me dormí y soñé que caminaba por una avenida infinita. Por un lado rompían las turbulentas aguas del océano pacífico, por el otro el asfalto desaparecía en las primeras arenas del desierto de Sonora. Yo caminaba y me reía. Caminaba sabiendo que aquella avenida no iba a ninguna parte, que iba a pasar el resto de mis días viendo el mismo monótono paisaje y caminando sin llegar a mi destino. Y me reía de la frase que le había escuchado a la sonámbula de mi esposa: “Hasta mañana, buenas noches y buena suerte.” Sobre todo aquello de “y buena suerte” que dicho justo cuando me disponía a dormir, sonaba a cuídate ahora que te adentras en tus sueños. Meditaba en aquella frase mientras caminaba y me reía. Muy razonable, pensé. Yo solo le hubiera agregado: “La vas a necesitar.” Porque, soñaba yo que meditaba, es muy cierto que adentrarse en las regiones brumosas del sueño tiene sus peligros. El más grave de todos es no regresar de ellas. Y es en el que con más facilidad se puede incurrir. Nada más sencillo que quedarse de forma definitiva en ese experimento de la muerte que es el sueño. ¿Y si la muerte es eso justamente? Un cúmulo de imágenes desdibujadas y oscuras por las que vagamos sin saber que somos nosotros los que nos movemos, confusos y torpes, por toda la eternidad.