miércoles, 30 de septiembre de 2009

MONSTRUOS I.N.C.

Recuerda un viaje a Londres para conocer los recovecos victorianos en donde actuó Jack el Destripador. La idea se le ocurrió viendo The Lodger de Hitchcock en la televisión. Era una de esas emisiones de madrugada reservadas a los productos que se llenaban de polvo en los depósitos y que no se sabía muy bien que hacer con ellos y que se colocaban para llenar un hueco o para darle un barniz cultural a una programación que era cualquier cosa menos cultural. Ese prurito hipócrita de las compañías televisivas le dio la oportunidad de ver la película muda de Hitchcock que, a su vez, produjo el chispazo que dio vida a la idea de viajar a Londres. Estaba tan excitado que se vistió, salió a la calle y destazó a la primera puta con la que se tropezó, en plena avenida y bajo la luz amarillenta de un poste eléctrico. Nunca había corrido tantos riesgos. No le importó. Estaba desbordante de felicidad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

EN LA MENTE DEL MONSTRUO. 26


He seguido a mi sombra con devoción casi infantil y he terminado por darme de bruces contra la pared. He decidido, entonces, hablar con ella. ¿Por qué no? Yo puedo hacer lo que quiera. Me he quedado quieto y ella también, adosada como una calcomanía sobre una pared en la que cuelga una reproducción de Van Gogh. He aprovechado para hablar. Le he dicho que su quietud se parece a la mía. Una soberana estupidez la verdad. No se porque he dicho esto. Es lo primero que se me ha ocurrido y lo he soltado sin pensar. Ella no responde. Su silencio es tan estático como su silueta. Yo, por otra parte, tampoco me habría tomado la molestia de contestar semejante obviedad. Sin embargo insisto. Le pregunto si se siente a gusto. La muy puta no responde. Se mantiene en su obstinada hosquedad, yo diría que retadora. No quiero moverme, aunque tengo sed y me tomaría con gusto una coca cola, porque entonces ella se movería conmigo y perdería esta oportunidad única de que me hable y me vislumbre lo que yo no se, lo que está en esa oscuridad mía y que yo soy incapaz de alumbrar. Habla, le increpo. Pero ella no. Parece mirarme con el sí que se les da a los locos, a los que queremos sacarnos de encima o a los que no escuchamos con interés. Adiós sombra mía, digo entonces. Vete a lavar ese culo, si es que tienes. No te necesito. Harto ya de su desprecio, apago la luz.

sábado, 26 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 25

Mi asesino serial vuelve a las andadas, es decir que ha regresado a mi cabeza por donde se pasea como Pedro por su casa. Hace lo que quiere y yo apenas puedo seguirle la estela. Es de noche y ha salido de cacería. Busca, preferentemente calles solitarias y oscuras, calles de aires quietos en donde puede oler el aroma de sus víctimas a medida que se acercan. Espera con la paciencia de un santo a que aparezca una mujer, su pieza ideal, fácil de dominar. Al principio también pescaba algún niño, pero en las noches se veían pocos y, casi siempre, acompañados por personas mayores. Además esas caritas espantadas y sufrientes le recordaban la de sus hijos. Así que los dejó y se dedicó por entero a las mujeres. Menos esfuerzo, máxima satisfacción, piensa sumergido en la negra entrada de un callejón como si estuviera parado a la entrada de su madriguera. Una madriguera llena de huesos, vísceras, cartílagos, carne y sangre. Aspira el olor de ese montón de materia en descomposición como si lo tuviera allí en frente y sonríe. Y espera porque esperar es el arte mayor, el resto es trabajo sucio. El resto es ensuciarse las manos, sudar, resoplar. Un esfuerzo vulgar que no le depara ninguna satisfacción especial. Ah pero la espera anhelante. Eso es otra cosa. Allí reside toda la emoción, la controlada excitación, que se manifiesta, apenas, en el cosquilleo de los dedos, en el leve corrientazo que asciende por la espina dorsal y va a morir en un temblor imperceptible en los labios, en las diminutas perlas de sudor que brillan en las sienes.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 24

Ahora que lo pienso, ¿habrá escrito Perec, ciertamente, esa parodia de Proust o se trata de otra de las citas inventadas por Vila-Matas y adosada a los escritores que aprecia más? Vaya lío. Habrá que investigar. Yo no he leído a Perec. A Proust, en realidad, tampoco, pero sí he leído esa primera frase que da comienzo al primer tomo de En Busca del Tiempo Perdido, titulado Por el Camino de Swann, y que dice, según traducción de Pedro Salinas: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano.”

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 23

Yo que me oriné en la cama hasta los doce años, que me masturbé por primera vez a los dieciocho y que me acosté con una mujer a los veinticinco y ya no me volví a acostar con nadie mas, que viví en casa de mis padres hasta los treinta y hubiera seguido viviendo con ellos si no me hubiesen echado de allí y que aún me siguen echando cada vez que trato de regresar, que cuando canto espanto a los pájaros y cuando no, son ellos los que me espantan a mí, que duermo de día y por la noche espío a los muertos, mi única compañía, que he llegado tarde a todas las edades de mi vida (no eres el único Bryce Echenique), que cuando voy ya los otros vienen y cuando se cruzan conmigo no me ven o hacen como que no me ven, que abandoné la escritura mucho antes de empezar a escribir (¿o fue la escritura la que me abandonó a mí?), que he fracasado en todo porque nada he intentado, que tengo buen olfato para las causas perdidas, las mías, que son todas, que las persigo (a las causas perdidas) con la tenacidad incansable de un perro de presa, me voy a quedar (no me voy a ir) muy quieto y en silencio, con la escritura muy adentro, encerrada.

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 22

Hoy me acuesto por escrito, digo parodiando a Perec quien escribió, parodiando a Proust: “Durante mucho tiempo, me acosté por escrito.” Pero me doy cuenta en seguida que la parodia no me ha salido bien porque, en realidad y para ser completamente sincero, debo decir: Durante mucho tiempo, he vivido por escrito. Y sigo haciéndolo. Y por decisión mía. Nadie me ha obligado a hacerlo. Así que mejor dejó a Perec y a Proust en paz y si he de parodiar a alguien, mejor me parodio a mi mismo que soy el ser más parodiable que sobre la faz de la tierra hay. A dormir por escrito.

domingo, 20 de septiembre de 2009

EL MONSTRUO EN LAS NOTAS. CAPITULO 21

Miro por la ventana. Allí está la diadema, insolente y retadora. Desde ella el montañaje desciende con requiebros, entre simas y crestas, hasta las tierras llanas, anegadas por el vaho, asoladas por el tórrido empuje del trópico. Hoy, muy por debajo de mí, un manto de nubes blancas lo cubre todo rozando con sus hilillos los pies de mi querida obsesión. Quietud. Silencio. Aquí Dios se mantiene en una meditación constante.

viernes, 18 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. CAPITULO 20

Hoy no estoy para nadie. A nadie quiero ver y a nadie quiero escuchar. Desconecto el teléfono como si estuviera ejecutando un atentado terrorista. Luego me pregunto quién coño me va a visitar o a llamar si no tengo quien me llame o visite y entonces el acto subversivo de jalar el cable del teléfono ya no me parece tan audaz. Me siento, más bien, un poco idiota.
Mi viaje a los centros comerciales lo dejaré para otro momento. No tengo ánimos de salir, aunque, me doy cuenta, tampoco tengo ánimos de estarme en casa. Estoy hecho un lio y todo por culpa de Massiani. Debería ir yo a visitarlo como un acto de venganza. Meterme en su casa, en su intimidad, mirar por encima de su hombro lo que está escribiendo en su vieja máquina de escribir e ir haciendo pueriles comentarios que lo vayan sacando de la historia que está creando hasta, que cansado de tanta intromisión y abuso, lo deje y nos vallamos los dos a emborracharnos con una botella de whiskie. Pero con qué ánimos sino tengo ni pizca. Mejor dejarlo estar a Don Pancho. Y mejor me dejo estar yo mismo. Mejor quedarme quieto con la muerte en los talones como escribió un poeta muy malo. Pero es así, exactamente, como quiero estar: muy quieto y con la muerte en los talones. Y que se quede allí la muy puta, que no venga a embaucarme, que no me dore la píldora, ni que me envuelva con sus sortilegios de bruja, También ella que me deje en paz. Ya dije que no estoy para nadie, mucho menos para la parca y sus insidias. Aún no.

martes, 15 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. CAPITULO 19

Yo a Francisco Massiani llegué por casualidad. No me obligaron a leerlo en la escuela. Nadie me lo recomendó. No me topé con él en Internet porque sencillamente Internet, en aquel entonces era el secreto mejor guardado del Pentágono o, en todo caso, pertenecía aún al ámbito de la ciencia ficción. No señor. Yo entonces era muy joven y mi papá, tal vez porque ya se había cansado de mantener a un zagaletón que no quería estudiar y que perdía su tiempo (el mío) y su dinero (el de él) leyendo y sacándose los mocos tumbado en la cama, me puso a trabajar en una distribuidora de libros. Así que fui a parar a sus depósitos que quedaban en un pequeño edificio en una calle arbolada y tranquila. Yo me encargaba, armado con una carretilla y una lista, de organizar los pedidos que hacían otras librerías. Era un depósito de techos altos y estanterías como catedrales repletas de libros. Los ventanales eran una línea recta que quebraba, muy arriba, una de las paredes del depósito. En las tardes la luz del sol se filtraba por aquellos ventanales, perforando con aces amarillos las motas de polvo que flotaban como ángeles en el aire quieto del lugar. Se respiraba santidad y yo, a pesar de estar trabajando y de tener un jefe cascarrabias, me la pasaba bastante bien porque no había mucho que hacer y me quedaba suficiente tiempo libre para deambular entre los pasillos y admirar aquella cantidad inconmensurable de libros. Un día, caminando por uno de esos pasillos, pensando o, mejor, soñando con las historias que iba a escribir, pasaba mi mano, a medida que avanzaba, con delicadeza, por las tapas de los libros que descansaban sobre la estantería. Yo pensaba que así me trasmitían su energía, me nutrían con los tesoros que escondían en su interior. Mis manos se posaron sobre un delgado libro de forma rectangular, de tapa blanca y un motivo marino en portada. Llevaba por nombre Piedra de Mar y estaba escrito por un tal Francisco Massiani. No se hoy que fue entonces lo que me llamó la atención en aquel libro. Tal vez la tapa blanca como la nieva, tal vez el motivo marino: Un velero en altamar, pintado con colores pasteles, suaves, evocadores o, tal vez, la insignificancia del librito, tan liviano, tan tímido, como si quisiese pasar desapercibido, no molestar y no ser molestado. La verdad es que no se. El hecho es que tomé el libro y me senté sobre una caja, fuera del alcance de la mirada severa de mi jefe, y comencé a leer. Olía a cartón húmedo, a viejo y ha guardado. La motitas de polvo floraban en torno a mí mientras yo me hundía en la historia de corcho y ya no fui capaz de emerger de aquellas profundidades. Cuando leí la última página sentí una gran desazón, como si hubiese quedado, de pronto, huérfano y muy solo en la vida. Me hacía falta algo y no sabía que era. Pero al mismo tiempo era feliz, con una felicidad anónima y cotidiana como hecha con un cúmulo de pequeñas felicidades que se hubiesen ido juntando dentro de mí. Estaba hechizado. Acaricié el libro con las yemas de mis dedos y luego me lo llevé a la nariz y aspire su fragancia. Fue el primer y único libro que me robé en mi vida. Lo escondí dentro de mis pantalones y cuando pasé frente a mi jefe le dije que renunciaba y salí a la calle.

lunes, 14 de septiembre de 2009

VIAJE AL CENTRO DE LA COSA (SUGERENCIA DE UN LECTOR) CAPITULO 18

Efectivamente había visto a Pancho Massiani. Ahora lo vuelvo a ver al final de la calle, sentado en el borde del abismo, pintando una de sus acuarelas. Es un día de cielo azul, claro y con poco viento. Puedo ver, también, a la diadema negra que sigue llamándome. Yo hago oídos sordos. Agarro una botella de coca cola y dos vasos y salgo de la casa. Me hace bien salir un poco, tomar el aire fresco y vivificante de la montaña, dejarme tocar por el sol. Pienso que he estado demasiado tiempo a solas, demasiado tiempo escondiéndome, demasiado tiempo imaginando. Me siento junto a Massiani al borde del abismo. ¡Ajá! Con que ya estás aquí, me dice. Yo por toda respuesta, un poco asombrado de que me esté esperando, le alcanzo un vaso con coca cola. ¡Aaah! Qué sabroso, dice. Yo lo miro un rato beber. ¿Usted no estará muerto Don Pancho, verdad?, digo luego, un poco predispuesto por tantas visiones fantasmales y visitas de muertos ilustres. No, que va, todavía no. Gracias a Dios, dice y se ríe. Nos quedamos un rato en silencio. Yo lo veo pintar su acuarela al borde del abismo. Pienso que así es como debe escribirse: Al filo de lo imposible, siempre con la tentación del abismo entre ceja y ceja. Si, si. Así es que es, dice. Yo no he dicho nada, digo. Claro que lo has dicho, dice. Y nos volvemos a quedar en silencio. En cada ojo, la última carta, dice. Ha dejado de pintar y está observando el fondo del abismo, por donde un fino hilillo metálico serpentea entre rocas. No comprendo, digo. Nada, dice. Y agrega: Pensando en pienso yo existo. Y luego: Hay que escribir como pintaba Van Gogh. ¿Cómo?, digo. Encaramándose en un rayo, dice. Escribir sobre un rayo, digo. Si. Y recuerda que los rayos también terminan en el abismo, dice y me entrega la acuarela terminada. Luego se levanta y se aleja caminando por el borde del abismo. Me quedo con la acuarela entre las manos y luego, como recordando algo, le digo: Pero yo no escribo. Eso no tiene la menor importancia, dice sin darse la vuelta y con los brazos extendidos a los lados como un equilibrista que camina por la cuerda floja.

sábado, 12 de septiembre de 2009

... CAPITULO 17

Recuerdo haber ido por una calle un día de sol y de calor. En la acera de enfrente caminaba Adriano González León. Al cruzarnos, separados por el ancho de la calle, recuerdo haberle gritado: ¡Adiós maestro! El me ha respondido con una gran sonrisa y un saludo con la mano elevada por sobre su cabeza. Recuerdo haberle visto alejarse al viejo. Se fue con su país portátil (que yo imaginaba, más bien, como un cofre lleno de palabras) en el bolsillo de la chaqueta. Lo vi disolverse en el blanco de la tarde. Pensé en ese momento, no se porque, que así le habría gustado irse. Lo imaginé, entonces, dentro de un cuadro de Reverón, más allá de las palmeras, más allá del agua, en el blanco más puro. Se fue, hueso de sus huesos, y ya no lo volví a ver más. Adiós maestro.

viernes, 11 de septiembre de 2009

SIN TITULO. CAPITULO 16

Apenas decido iniciar este viaje a los centros comerciales, una visión me entretiene y me obliga a retrasar mi exploración. Me parece haber visto a Francisco Massaini asomado en la ventana, su cabellera blanca y enmarañada, su barba, también blanca, de patriarca de la literatura, la barbilla ligeramente posada sobre el pecho, mirando por encima de sus anteojos. Bien pensado, es del todo imposible. ¿Qué carajos estaría haciendo don Pancho por estos rumbos perdidos, tan lejos de su querida y nostálgica ciudad? Decido echar un vistazo para cerciorarme y efectivamente no veo a Massiani, solo la calle de tierra que deja atrás las pocas casas de este lugar y va a darse de bruces con un despeñadero.

VIAJE CERRADO. CAPITULO 15

“De viaje por los centros comerciales.” El título no está mal. Da para una buena historia sin duda. Uno de esos viajes iniciáticos o exploratorios de mundos ignotos y lleno de peligros. La idea no es mala. Y ahora que lo pienso: a mí se me ocurren buenas historias. Debería ponerme a vender ideas para novelas, hoy día que se vende y se compra todo en ese mundo infinito que es el Internet, creciendo, sin descanso, hacia adentro, comprimido en el pequeño receptáculo brillante del monitor, pero inmensamente más grande, desproporcionado y, me temo, inútil.. Un mundo cancerígeno colmado de células muertas. Una metástasis virtual. Pero dejemos las esdrújulas en paz y volvamos a los centros comerciales. ¿Qué clase de mundos son estos? ¿Y qué clases de gentes los habitan? ¿Qué hacemos allí? ¿Qué buscamos? Nuestra vida parece girar en torno a esas gigantescas y rocambolescas construcciones en las que es posible encontrar absolutamente todo: Los objetos que cubren nuestras necesidades primordiales y aquellas cosas que solo sirven para llenar las cajas de nuestras necesidades creadas, las que dicta el mercado, sobre todo estas últimas de las que nos atiborramos con maniática insistencia, con tozudez de piedra. Pienso en todo esto y decido, de inmediato, iniciar una expedición individual a estas catedrales modernas en donde se adora a las cosas y en donde uno mismo, en una suerte de comunión mística, se cosifica, se hermana con La Cosa.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

IMPRONTA NO IMPRONTA. CAPITULO 14

Un gran personaje sin duda alguna. Habría dado para una gran novela si me hubiese propuesto escribirla, claro. Pero he decidido no escribir una sola palabra más. Mis creaciones pasarán frente a mis ojos o detrás de mis ojos, para ser más precisos, y con la misma velocidad que lo hagan quedaran relegadas al más definitivo olvido. Arte efímero y para mi exclusivo solaz. Sentado frente a la ventana, miro por primera vez en varios días, luego de tanto mal tiempo, tormentas y lluvia y tanta niebla densa y quieta, la imponente montaña que resalta del resto en este agreste y remoto territorio, y cuyo nombre desconozco y que los lugareños, todos, en apariencia, descendientes de una antigua etnia indígena y prácticamente sin contacto con la civilización, no han sabido o no han querido decirme. Esa montaña esplendorosa y sin nombre que parece una corona de rocas negra moteada de blanco me llama. En este momento me está llamando con una voz sinfónica y matriarcal. No se que significa eso, pero es así como me llama. Prefiero en este momento no escuchar. Me pongo de espaldas a la ventana como si con el gesto de girarme sobre mi mismo y dejar de ver su imponente perfil deje, también, de escuchar su voz. Y así es, porque esa voz entra por mis ojos como los potentes rayos de una luz de bellas melodías. En cambio me pongo a pensar en mi querido personaje de ficción, en el simpático y muy familiar asesino de mi novela hipotética. Me lo imagino sentado a la mesa a la hora de la cena, minutos antes de que se despida de su gorda esposa y salga a la noche para iniciar la búsqueda de una nueva víctima que aplaque con su sangre los demonios internos que le acosan. Acaba de dirigir la oración pidiendo gracias y observa comer a su familia con disimulada atención y una inofensiva sonrisa dibujada en los labios. Los dos varones han tenido un pequeño altercado, poca cosa, por los tenedores que su madre les había colocado a cada uno y que son exactamente iguales. La bebé, ya con un añito cumplido, se dedica a agarrar su comida con la mano y a echarla al suelo, en donde es velozmente recogida por el pincher negro que a él, poco afecto a los animales, siempre le ha parecido una rata. Su mujer, por su parte, entre bocado y bocado, le habla, aunque no puede asegurarlo, de uno de sus innumerables viajes a los centros comerciales. Le gusta aquello que ve. Los ama, aunque no puede dejar de percibir una especie de cosquilleo en el hueco del estómago, una suerte de impaciencia o ansiedad, sobre todo cuando manipula en sus manos un cuchillo. Le aterra la idea, es su mayor temor en este mundo, de salir en una de sus rondas nocturnas y no conseguir a quien matar. ¿Cómo regresar con su familia si se diese el caso? No puede. Imposible. Sabe que entonces el cuchillo en su mano dejaría de ser el instrumento, excitable, es cierto, pero en el fondo inofensivo, cuyo único sentido es el de rebanar la carne que alimenta a su familia. Piensa en todo esto mientras mira a sus seres queridos cenar. Los observa con devoción y una pizca de avidez. No puede evitarlo. Esta es su naturaleza y es por ello que se apresura en terminar la comida. Se levanta y despidiéndose de los varones con un cariñoso revolvimiento de sus cabellos, alzando a la pequeña en brazos y con un casto y emocionado beso en los labios a su esposa, sale de la casa, sale a la noche llena de promesas, con su angustia a cuestas, es cierto, pero con la convicción de que sus acciones están fomentadas en el amor y de que, en el fondo, es un hombre bueno o que, al menos, lucha terriblemente por serlo.

martes, 8 de septiembre de 2009

IMPRONTA. CAPITULO 13

¿Escribir? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene emborronar cuartillas con palabras que a nadie van a seducir? Yo he optado por el silencio que va bien con las anchurosas soledades de estas montañas donde he hallado refugio. Escribo solo en mi cabeza. Para mi mismo. Con eso basta. Ahora lo se. Pero entonces, en aquellos tiempos precoces en que estaba desgarrado por las pérdidas y emperrado contra mi mismo, me empeciné en escribir, en convertirme en escritor. Quería ser aplaudido, reconocido. Quería que me quisieran más como respondía Bryce Echenique cada vez que le preguntaban por qué escribía, cuando es todo lo contario: la gente te odia más cuando escribes porque, si eres un monstruo en tu vida diaria, en tu relación con tus amigos y con tu familia, entonces cuando escribes eres un monstruo a la enésima potencia, una fuerza brutal y malvada que arrasa con todo a su paso. Yo ya no tenía a quien arrasar porque estaba solo. Ya había arrasado con mi familia aún antes de escribir la primera línea. Así que ya no tenía con quien comportarme como un monstruo, salvo, claro está, conmigo mismo.
Entonces me convertí en un monstruo rumiante que empezó a imaginarse cosas, situaciones en las que se veía envuelto un personaje que me había inventado, otro monstruo, pero ya no merodeando sino metido de lleno en la locura. Este hombre era marido fiel y afectuoso padre, una persona modélica querida por todos que, sin embargo, escondía, tras su apacible piel de cordero, a un sicópata, a un asesino desesperado que salía en las noches a matar. ¿Por qué? Porque de este modo saciaba su sed de sangre, aplacaba la rabia que le corroía y evitaba, sobre todo, asesinar a su familia a la que amaba por encima de cualquier cosa.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Y TUVE LA IMPRESION. CAPITULO 12

Ahora se. La sabiduría llega. Tarde, pero llega. Ahora se que ya para entonces, en mi vida familiar y luego, en mi soledad de divorciado, era un monstruo. Para mis hijos ese monstruo cobró la forma del ogro que, si bien, no comía carne humana, si sacaba a relucir su mal carácter, su intolerancia y su rechazo, cada vez que los niños, como cosacos enardecidos en busca de atención, invadían el espacio que se había creado en los más profundo de su bosque mental, un lugar cálido y fresco por igual, optimo para meditar y perder el tiempo sin hacer nada. Entonces era el ogro que merodeaba la locura. Luego, seis meses más tarde de que mi mujer me abandonara llevándose a los niños, cuando por fin pude salir de la negra depresión que fue el desierto de Sonora, me convertí en el monstruo que escribe. Con ese monstruo lidié yo solo. Así que no tenía que darle explicaciones a nadie. Ni siquiera a mi mismo. Sin embargo ahora voy a hablar sobre ello, voy a hablar desde este bosque montañoso desdibujado, a veces, por suaves pinceladas, otras por contundentes brochazos, de niebla, en el que me he escondido para no ser encontrado.
Ese monstruo, no bien hubo emergido del desierto de Sonora, se sentó frente a la computadora y empezó a escribir. Escribió con un demonio adentro, un demonio despiadado que lo tuvo golpeando, con sus dedos índices, el teclado de la computadora durante cinco días con sus noches. No durmió, no comió, ni bebió. Ciento veinte horas de escritura febril e ininterrumpida. Ciento veinte horas fuera de si, viéndose escribir en la computadora como si otro y no él escribiese y se desintegrase en palabras que iban cayendo, una detrás de otra, en la pantalla del monitor. Tensión, angustia, euforia. Un tintineo metálico en el fondo del estómago que le subía hasta la garganta y le explotaba en un grito de júbilo. Ciento veinte horas al final de las cuales se desplomó sobre el teclado. Soñó con una enorme catedral hecha de palabras. Sus palabras. Su catedral. Caminaba como hechizado. Avanzaba hacia el altar por el pasillo central, pisando sus propias palabras, viendo a su alrededor la imponente arquitectura que había dado forma a aquel templo sagrado. Palabras por donde se viera, luminosas unas, oscuras y difíciles otras, grandes y vistosas palabras y también humildes e insignificantes, las bellas y las horribles. Allí estaban todas. Y todas le pertenecían, no porque él las hubiese creado, sino por la manera armónica en que las había acoplado, dando forma y sentido a un universo casi siempre caótico. El mismo vibraba de armonía mientras avanzaba hacia el altar, donde le esperaba Rimbaud, pálido y muy joven, casi un niño, quien le dijo: “Me habitué a la alucinación simple, veía con nitidez un mezquita donde había una fabrica, un grupo de tambores formado por ángeles, calesas en los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago.” Lloró de emoción al escuchar estas palabras o ante la presencia mitológica de Rimbaud en el interior de su creación o, para ser más exactos, al escuchar estas bellas palabras brotando de la misma boca de Rimbaud. Luego se despertó.
Sin leerlo guardó en el disco duro lo que llevaba escrito y se fue a bañar. Luego se preparó algo muy ligero y, por primera vez en mucho tiempo, comió sin ansiedad. Cuando hubo terminado se dirigió a su cuarto y se acostó. Se quedó dormido de inmediato. Soñó que llevaba a sus hijos a una playa lejana. Se instalaron en un toldo cercano a la orilla. Los niños jugaban en el agua, rodeados de otros bañistas, no muy lejos de donde él estaba sentado. Se quedó dormido. Cuando despertó sus hijos habían desaparecido. Sus juguetes seguían en la orilla, mecidos suavemente por las pequeñas olas que lamían la arena. Por otra parte nada había cambiado. La playa era un hervidero de gentes que, en general, se la pasaban bien y se cocinaban a fuego lento bajo el sol del mediodía. El corazón se le cerró en un puño. Se abrió paso hasta los juguetes y agarró el tobo rojo con el que solían jugar como, si al tocarlo, este le pudiera decir en donde se habían metido sus hijos. Luego caminó a lo largo de la playa. No mostraba signos exteriores de desesperación (aunque sentía que su cuerpo se caía a pedazos) salvo unos inaudibles gemidos que emitía con la boca semi abierta, como los lamentos de una fiera herida. Siguió caminando y escrutando con ojos ávidos a los niños que proliferaban a su alrededor. Los gritos o las risas de alguno de esos niños los identificaba, de inmediato, como las de sus hijos solo para darse cuenta, un segundo más tarde, con estupor, que no se trataba de ellos. Empezaba a tener mucha sed cuando una intuición fulminante lo paró en seco. Sus hijos no podían estar sino bajo el toldo en el que se habían instalado en la mañana al llegar. No los había visto. Eso era todo. Cuando se dio la vuelta para desandar el trecho de que había caminado y encontrarse, finalmente, con sus hijos, vio que la playa estaba desierta y que un caudaloso río que serpenteaba entre enorme piedras y retazos de selva enmarañada le cortaba el camino.
Se despertó temblando y con una sed horrorosa. Fue a la cocina y se bebió integra una garrafa de agua. De vuelta en su cuarto se sentó en la cama y lloró amargamente por sus hijos. El monstruo había desaparecido y los echaba mucho de menos. Dejó de llorar, pero la sensación de angustia e impotencia que le produjo la pérdida de sus hijos en el sueño tardaron un buen rato en desaparecer. En ese momento no sabía que, efectivamente, los había perdido y que no los volvería a ver en lo que le quedaba de vida.
Imprimió lo que había escrito a lo largo de aquellos cinco días alucinados: Ciento ochenta y ocho páginas sin márgenes en hojas tamaño carta. Cogió el legajo de papeles y se fue al jardín para leer su gran obra. Quedó pasmado. Era espantoso. La cosa más horrorosa que había leído en su vida. No tenía ni pies ni cabeza como suele decirse de los bodrios incomprensibles. Era un Finnegans Wake pésimamente traducido. Aún peor, pensó, un Finnegans Wake redactado por un escribiente de tercera, un chupa tintas con ínfulas de escritor. Le recordó el “All work and no play make Jack dull boy” repetido maniáticamente por Jack Torrance en El Resplandor de Stephen King. Tuvo el impulso de reírse, pero se contuvo. Era una situación lamentable. Además volvió a acordarse de sus hijos y eso ya no le hizo ninguna gracia. Estaba acabado.

martes, 1 de septiembre de 2009

CUENTOS CERRADOS. CAPITULO 11

“Un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura.”, escribe Vila-Matas en Doctor Pasavento, acuñándole la frase a Kafka quien era, no obstante, un monstruo que escribía. Sin embargo con Vila-Matas uno nunca sabe a que atenerse en cuanto a citas se refiere, porque es bien sabida su lúdica afición a inventarse frases que luego pone en boca o en pluma de autores conocidos. Poco importa a quien pertenezca la frase de la que hablamos: a Kafka o a Vila-Matas. Nos pertenece a todos. Una vez un abogado viejo y sabio (si es que tal cosa existe) me dijo: La verdad la hago mia. Y lo importante es, en este caso, que la frase es de una verdad incuestionable. Yo soy un vivo ejemplo de ello. Yo soy “un monstruo merodeando la locura” aunque no se si es debido a que soy “un escritor que no escribe”, porque, si bien es cierto que no escribo, no se si pueda llamarme a mi mismo escritor. Tal vez lo más exacto sea decir que soy un monstruo loco que merodea la escritura. Si. Esta frase me describe de cuerpo entero y me hunde, también de cuerpo entero y sin remedio, en la melancolía más profunda.