lunes, 31 de agosto de 2009

PARA SEGUIR MIS PASOS. CAPITULO 10

Ahora mis hijos son apenas un vago recuerdo que tiende a desvanecerse en la bruma que como un vaho silencioso expelen las montañas que me rodean. Trato de imaginármelos, pero me resulta harto difícil. A estas alturas de la vida deben ser hombres hechos y derechos, profesionales, casados y con hijos, pero, a ver, ¿por qué tiene que ser así?, ¿cómo puedo saber qué ha sido de ellos? La verdad es que ni siquiera se si están vivos. Tanto mejor. A santo de qué debo torturarme innecesariamente pensando en ellos, cuando es evidente que, si es que no me odian, se han olvidado de mí hace mucho tiempo. Repito: Tanto mejor. Porque si bien es cierto que fueron ellos quienes se marcharon, fui yo, en realidad, quien los dejó, yo el que no hice nada por impedir que su madre los separara de mi lado, yo quien me sentí liberado, yo quien entró en la casa decidido a convertirme en escritor, a dedicar mis horas, mis días de soledad a escribir incansablemente, quien, con el paso de los días y con los hechos consumados, fui empantanándome en la dulce miel de la depresión y a adentrarme en un oscuro túnel de desesperanza, en un viaje a mis infiernos personales, un descenso, pero más que un descenso, una caída en mis espantosos mundos interiores, una vertiginosa travesía en la que me acompañaba el mas variopinto tropel de monstruos, gentes contrahechas, deformidades ambulantes que me zarandeaban, aplaudían, escupían, vitoreaban mi paso firme y sin titubeos, aún cuando lo que yo hacía era caer sin control y en contra de mi voluntad., se debatían entre el deseo de lincharme, abrirme en canal y comerse mis vísceras y el dulce amor que los llevaba a apiadarse de mi y a protegerme y a seguirme como apóstoles venerando a un Mesías de los infiernos y dispuestos a propagar la nueva buena. Una compañía más que apropiada para este buceo aterrador que me llevó, sin que yo me diera cuenta y sin que yo lo quisiera, al desierto de Sonora.
A partir de allí continué solo. Mi querida parada de los monstruos se quedó haciéndome adiós con las manos, mientras yo me adentraba en el desierto de Sonora como antes lo había hecho Bolaño, creo que Ednodio Quintero y tal vez Vila-Matas. Todos ellos escritores. Yo no. Yo solo era un marido abandonado y un padre que había abandonado a sus hijos y que no sabía a donde se dirigía. Caminé, abrazado por la sed, entre peñascos y cactus, hasta llegar a las primeras calles polvorientas de Santa Teresa, los arrabales calcinados y solitarios en donde las humildes y desvencijadas casas parecían albergar solo a fantasmas. De una de esas casas salió mi esposa enfundada en un vestido floreado y unos zapatos gruesos y feos de tacones altos. Enfiló una calle de tierra que no parecía llevar a ninguna parte. Caminaba despacio, sin prisas, como si no la esperará nadie. Fui detrás de ella. La seguí un rato a cierta distancia y luego aceleré el paso hasta emparejarme a su lado. No pareció sorprendida de verme. Voy a trabajar a la maquiladora, me dijo. Caminamos un largo trecho en silencio al mismo paso despreocupado. Luego se detuvo y se giró hacia mí. Me obsequió la sonrisa más dulce que había visto en mi vida y me acarició la mejilla. Debes quedarte aquí, me dijo. Señaló un punto impreciso de la carretera delante de nosotros. Debo seguir sola, me dijo. Puso los ojos, ahora velados por la tristeza, en ese punto indefinido y oscuro de la carretera y se alejó con el mismo caminar sereno. No la seguí. La vi alejarse y, tal vez un kilómetro más adelante, cruzar la calle de tierra entre remolinos de polvo y desaparecer detrás de un muro de maleza resecada por la canícula que crujía al ritmo de los golpes del viento. No se cuanto tiempo me quedé allí ni porqué lo hice. Terminé sentado en el suelo con la espalda apoyada en el derruido muro de una casa abandonada. Luego (¿luego cuándo? Difícil de precisar. Yo diría que ese mismo día una eternidad después) apareció, doblando una esquina, un ruidoso auto negro que se acercó a gran velocidad levantando una nube de polvo a su paso. Se detuvo a mi lado y un segundo después llegó el polvo que enturbió el aire y me hizo toser. Del carro descendieron dos hombres vestidos de idéntica forma: pantalones y chaquetas negras, camisa blanca, corbata roja. Todo muy descolorido, todo muy desgastado, como si vinieran de muy lejos, sucios y andrajosos. Se presentaron como judiciales de la policía de Santa Teresa. No se dignaron a enseñarme sus credenciales, ni yo se las pedí porque no me cabía la menor duda de que aquellos dos hombres con cara de matones eran mis hijos que habían regresado a cobrar venganza. Me conminaron con amabilidad a subir al auto. Lo hice sin chistar. Me acomodé en el asiento trasero y el carro arrancó con la rauda precipitación de quien se aleja para no volver. Cerré los ojos y me dejé arrullar por los sonidos que provenían de la calle y que se sustituían unos a otros o se enmarañaban entre ellos a nuestro paso. También escuchaba a mis dos hijos hablando en perfecto mejicano y en una jerga cerrada muy difícil de seguir. Así que me contenté con disfrutar el sonido de las palabras y pronto me quedé dormido. Cuando desperté los mejicanos, que eran mis hijos, seguían allí. Y yo también, por cierto, arrellanado en el asiento trasero de aquel carro negro que surcaba las calles nocturnas de una ciudad que coqueteaba, impúdica, con la muerte. Mis hijos, aquellos policías matones, se reían a carcajadas acaso de algún chiste que uno de ellos contara o, tal vez, lo más probable, se reían de mí, del pobre tipo que llevaban en el asiento trasero de su carro depredador en un viaje sin retorno posible. Yo, debo decirlo, estaba tranquilo. Por mí que hicieran lo que quisieran. Era lo justo. Me lo merecía. Etc.
Volví a quedarme dormido o tal vez solo ensimismado, pero es el caso que lo siguiente que recuerdo es estar sentado con mis filiales compañeros, mis queridos, mis amados hijos abandonados, en un atestado antro de mala muerte, una especie de taberna patibularia en la que deambulaban, como perdidas, como desesperadas, las putas borrachas y gordas, bebiendo cerveza caliente y comiendo maní salado, hablando o, tal vez solo ellos hablaban, conspiraban y se reían y me palmeaban con fuerza la espalda como si fuéramos todos viejos amigos y no me fueran a sacar la madre en cualquier momento. Pero antes comenzaron a hablarme al unísono (se trataba de un perfecto tándem, bien acoplado y engranado) de sus técnicas para interrogar prisioneros, de las sutilezas sicológicas que usaban para hundir al desdichado de turno en el horror, de las técnicas más brutales y explícitas para producir dolor y lograr, de este modo, que el interrogado lo contase todo, incluso sus mas escondidos secretos. A veces, me decían muertos de risa, había que volver a inflingirles dolor para que se callaran, para que no contasen más nada y cerraran la puta boca de una buena vez.
Una puta especialmente fea y gorda vino, en ese momento, a sentarse en mis piernas y a echarme el vaho agrio de su aliento en la cara, para regocijo, yo diría que infantil, de mis acompañantes. Ya estaba bastante borracho y cuando vi esa boca húmeda y desdentada, como la entrada a una gruta llena de demonios pestilentes, a pocos palmos de mi rostro, me eché a reír. Luego me la saqué de encima con un fuerte empujón. La pobre y desvencijada puta fue a dar con su culo en el piso entre charcos de cerveza o vómitos y colillas de cigarrillos. Yo seguía riendo, casi histéricamente, mientras mis dos matones me miraban entre divertidos y asombrados y la puta lloraba desconsoladamente sentada sobre el charco mugriento del suelo. Y me seguía riendo cuando se acercó el dueño de la taberna o el chulo de la puta o, tal vez, ambas cosas, con cara de poquísimos amigos y la clara intensión de partirme la cara y de sacarme a rastras del local, pero mis queridos hijos, esos policías tan charros y, en realidad, tan improbables, se levantaron de la mesa al tiempo que sacaban sus pistolones y le metían al dueño del local o chulo de la puta, un gordo enorme y forajido, los cañones de sus armas en la boca y le decían al unísono con esa forma tan suya y dual de hacer y decir: Este guey viene con nosotros, así que lo vas dejando en paz cabrón. Luego le dieron un par de cachazos en la nuca y el gordo, dueño o chulo, fue a dar con su enorme humanidad al suelo encharcado, al lado de la puta, y allí se quedaron ambos, abrazados, llorando y vomitándose uno encima del otro mientras mis dos guardaespaldas me agarraban por los hombros y me sacaban de allí. Y mientras me sacaban pude ver por el rabillo del ojo, fugazmente, sentado en una mesa, solo, en un rincón apartado, aislado del barullo tabernario por un halo de serenidad y sabiduría contenida, a un hombre de unos cincuenta años enfundado en una chaqueta de cuero, el pelo ensortijado y despeinado, una barba de días ennegreciendo el rostro, los labios apenas insinuando el esbozo de una sonrisa del que ya lo sabe todo y preferiría no saberlo, lentes grandes tras los que resaltaban unos ojos tristes, pero de mirada lúcida y demoledora como el relámpago. No hacía nada. Solo estaba allí, al margen del bullicio, ajeno al desenfreno efervescente de los cuerpos y de los gritos desgarrados de los seres desarraigados y tumefactos que lo rodeaban, como un fantasma que visita por última vez el mundo de los vivos.
Las calles se sucedían en una letanía perversa. El auto rugía con odio. Los bares se amontonaban en mi cabeza. Las cervezas también. Estábamos borrachos. Llegamos a una calle silenciosa y semidesierta. Solo un grupo de travestis reunidos en una esquina que, al ver el carro, echaron a correr como si hubiesen visto al mismísimo demonio. Desaparecieron en un tris, se esfumaron como magos certeros, salvo uno que decidió correr, estúpidamente, por el medio de la calle. Corría con breves pasitos, echando cada tanto rápidas y aterradas miradas por encima de su hombro y bajándose la cortísima falda de licra que con la carrera se le subía por encima de las nalgas. Los talones, montados sobre unos tacones altos y finos, se le doblaban a menudo en su loca carrera. No tardó en caer de rodillas sobre el asfalto.
Nos detuvimos a su lado. Los judiciales se bajaron y me ordenaron que hiciera otro tanto. Ven a ver esto, me dijeron. El travesti seguía de rodillas y había entrelazado las manos no se si a modo de súplica frente a los dos energúmenos (¿o éramos tres?) que se plantaron junto a él o para rezarle a un Dios que hacía tiempo se había quedado dormido y se había olvidado de él. De sus labios escapaban unos gemiditos, unos ridículos hipidos que trataban de sustituir, con muy poca gracia, al llanto. Sin mediar palabra, uno de los judiciales, tal vez mi hijo menor o el que representaba el papel de hijo menor o sustituía al hijo menor, vaya uno a saber a estas alturas, le asestó una patada al travesti, hundiendo un desgastado zapato de gamuza en su boca. El ruido de la carne abriéndose y de los dientes al partirse y caer al suelo me produjeron una repentina nausea que termino con un largo y ruidoso vómito que embadurnó mis zapatos. ¡Ay mamita!, ¡ay mamita!, lloriqueaba el travesti mientras recogía los poco dientes que podía y trataba de volvérselos a colocar en su lugar, confundiendo incisivos con molares y premolares con caninos, haciéndose un enredo con los dientes que se le volvían a caer al suelo y los volvía a recoger y luego los contaba en la palma de la mano y se quedaba pensativo de pronto, sin dejar de gimotear por eso, dudaba, le faltaban algunos dientes, los volvía a contar, revisaba el asfalto agrietado. Así hubiera seguido sino es porque el judicial que le había estampado el zapato en la cara lo cogió por los cabellos y lo obligo a ponerse en pie y luego le dio un cachetón en las manos y los dientes se fueron al suelo de nuevo y luego sacó su pistola y le metió el cañón en la boca al travesti (como que eran adictos mis dos matones a usar este signo fálico de poder) y lo obligó a desnudarse, y cuando el travesti se hubo desnudado le sacó el cañón de la boca y se lo hundió en un ojo con tal fuerza, con tal mala leche, que se lo sacó de cuajo y el ojo fue a dar al asfalto junto a un par de dientes que brillaban impolutos bajo la luz de las farolas de la calle, y mientras el travesti chillaba, si es que se podía llamar chillidos a esos estertores ahogados, que más parecían el ulular de un pájaro perdido en la noche, lo obligó a ponerse de rodillas, cosa que aprovechó el judicial que debía ser mi hijo mayor, más tosco él, más directo y con menos sutilezas, para hundirle el cañón de su pistola en el culo y disparar. El travesti dejó de ulular, dejó de hacer cualquier tipo ruido ye quedó de rodillas en silencio y temblando. Temblaba como si tuviera frío, de una manera incontrolable y sin esperanzas y su ojo sano parecía un faro enloquecido buscando, pensé, sus dientes perdidos.
El juego había terminado. Los judiciales de Santa Teresa que alguna vez habían sido mis hijos o que pretendían haberlo sido, me llevaron a rastras hasta el carro y me hicieron entrar a empujones en él, y me llevaron por calles desconocidas, calles olvidadas, calles que entablaban un diálogo con la noche, un diálogo fraterno que yo no podía escuchar porque estaba hecho de susurros y omisiones, un diálogo fraterno, si, pero no por ello menos inquietante, eran calles cuya amenaza provenía, sobre todo, de su luces que no de sus oscuridades. Yo las veía, a través de los cristales de las ventanas, como quien ve un paisaje después de la batalla: con una mezcla de horror y alivio. Me sobrevino una nueva arcada. No me molesté en bajar el vidrio. Vomité sobre el asiento, lo que hizo que me ganara un bofetón. Era el fin. Ya no era nadie para ellos, si es que alguna vez lo fui. Ya no los reconocía. Solo eran un par de policías corruptos y violentos que me llevaban a al lugar de ejecución. Que así sea. Me pregunté, sin embargo, si irían a torturarme antes de acabar conmigo.
Llegamos a los arrabales de Santa Teresa con las primeras luces del día. Reconocí las casas achatadas por el peso de la pena que había visto cuando llegué a la ciudad. Una larga fila de mujeres caminaban en silencio hacia las maquiladoras. Sus vestidos ondeaban al viento pero no con alegría, sino como un grito mudo de angustia. Yo estaba allí, en ese preciso instante, para escuchar en mi cerebro ese grito. Ese grito iba dirigido en exclusividad a mí persona. Yo era el depositario de aquel grito desgarrado que provenía de un vientre convertido en estercolero y receptáculo de cadáveres en descomposición, y que decía o venía a decir con apabullante sencillez: No olvides. Nunca olvides. En es momento giramos a la derecha y entramos en una estrecha calle llena de baches, dejando atrás la procesión de mujeres que siguieron su camino con paso lento y resignado y pronto desaparecieron para siempre de nuestra vista.
Nos detuvimos donde la calle se sumergía en el desierto infinito. Me bajaron del carro. Hacía frío. Una tenue neblina flotaba en el aire. Sin embargo pude ver que las nubes estiradas y quietas, allí donde el cielo se juntaba con la línea del horizonte, estallaban en rojos y amarillos. Estábamos al borde de una barranca. El fondo, una estrecha hendidura más bien, estaba cubierto de desperdicios. Al parecer se usaba esa barranca como vertedero. A empujones me hicieron descender por ella. No pude dejar de pensar que me iban a “verter” a mí también en aquel vertedero del fin del mundo. Un desperdicio más que iba a descomponerse junto a miles de toneladas de basura, una piltrafa anónima cuyo destino era desaparecer en aquel agujero infecto. Pero abajo (la realidad resultó mucho más prosaica que mi enfebrecida imaginación) me topé con una especie de show televisivo–policial en torno a la figura de una muerta.
Empecemos por ella y luego vallamos abriendo el círculo. Se trataba de una mujer de unos treinta años. Tenía las manos amarradas a la espalda con unas medias de seda, tal vez sus propias medias. El vestido floreado que llevaba estaba desgarrado, la falda arremangada a la cintura, las piernas abiertas y en la vagina, a medio meter, un bate de béisbol. Le habían rebanado los dos senos y en ambos tajos, sobre la sangre negra coagulada bailaban las moscas. El cuerpo hinchado, la piel tensa y brillante, a punto de desgarrarse, pasaba del negro al violeta. Tenía los ojos abiertos y en los labios el rictus de dolor y el horror. Alrededor de la muerta se afanaba un grupo de técnicos de la judicial, que hacían fotografías, tomaban las huellas dactilares de la occisa, medidas y muestras misteriosas. Luego, un poco más separados, un grupo de fotógrafos y camarógrafos que documentaban el suceso con concentrada profesionalidad como si aquel cadáver nada tuviera que ver con ellos. Un poco más allá o más acá, da lo mismo, un grupo de periodistas le tomaban declaración a un grupo de policías que, a su vez, le daban la espalda a la muerta como si estuviesen allí por mera casualidad y estuviesen hablando de otra cosa, algo como, por ejemplo, el último aumento de la cesta básica y su repercusión en el bolsillo de los consumidores, sobre todo los más pobres. Finalmente estábamos nosotros, un poco indecisos, como si hubiésemos entrado en la sala de un cine con la película comenzada y nos costase todavía un poco acostumbrarnos a esa mezcla de pálida luz que provenía de la pantalla y se regaba por el pasillo y la oscuridad cenicienta que se escondía entre las butacas. Cuando nos vieron, del grupo de policías y periodistas salió un hombre rechoncho con un enorme mostacho y un sombrero de charro calzado en la cabeza del que surgían mechones de pelos que le caían sobre la frente. No me pasó desapercibido, en esas extrañas circunstancias o, tal vez, por ellas mismas, su parecido con Paco Ignacio Taibo II. Llamó a uno de los judiciales que me acompañaba. Conversaron un rato en voz baja y luego, con una gran sonrisa de satisfacción dibujada con trazo grueso en la cara, Taibo II llamó a los periodistas y les dijo: Me es muy grato anunciarles que, producto de la ardua labor, la constancia y profesionalismo de la policía de Santa Teresa, hoy podemos dar por resuelto el espinoso y muy terrible caso del asesinato de mujeres en nuestra hermosa ciudad, con la presentación ante ustedes, honorables representantes de la prensa, del asesino. Dicho esto me señaló con la mano. Yo me quedé de piedra, descubierto en mitad del escenario, y por un segundo pensé que, ciertamente, yo era el culpable de todas aquellas muertes espantosas. De inmediato fotógrafos y camarógrafos se olvidaron de la muerta y se me echaron encima y los periodistas me apuntaron con sus micrófonos y grabadoras y todos empezaron a hablar al unísono, a preguntarme, a gritar, vociferar y yo no entendía nada allí, rodeado de extraños gesticulantes, yo solo sabía que debía irme, hacer mutis por el foro, y aprovechando la confusión, el despelote, puse pies en polvorosa y me largué, lo más rápido que pude. Escuché, mientras huía, gritos desconcertados, insultos y luego disparos y risas y más disparos pero ya sin ganas, y mientras me adentraba en el desierto de mi soledad ya solo escuché las risas tristes y cada vez más lejanas de las gentes de Santa Teresa.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Y LLEGA LA NOCHE. CAPITULO 9

El viento se levanta en un lamento prolongado que fustiga las ventanas, arriando las cortinas, exactamente igual que el día en que mi mujer me informó que me dejaba y que se llevaba a los niños. Lo recuerdo muy bien no tanto por el choque emocional que me produjo la noticia, ni porque el viento meciera las cortinas en ese preciso instante, como por el extraño momento que eligió mi esposa para anunciarme su decisión de abandonarme. Acababa de darse un baño y se alisaba el pelo frente al espejo de la cómoda. Yo estaba tendido en la cama leyendo Risa en la oscuridad de Nabokov. Los niños se habían quedado en casa de mi suegra. Estábamos solos y en lo que yo pensaba, más bien, era en echarle un polvo a mi mujer. Pero justo cuando iba a proponerle que dejara lo que estaba haciendo y se pasase para la cama, fue y me dijo, sin dejar de verse en el espejo y sin dejar de hacer lo que estaba haciendo: Te dejo Joao. Yo, como por inercia, seguí leyendo un poco más y luego alcé la mirada y la vi alisándose el pelo, muy concentrada, con la vista fija en su rostro a través del espejo y por un segundo pensé que me había imaginado su voz diciendo aquello, que en realidad mi mujer no había dicho nada y que, tal vez, de alguna manera inexplicable, la novela que estaba leyendo se había materializado en la voz misteriosa que yo había escuchado. ¿Qué?, pregunté sin embargo, haciéndome el tonto, con la esperanza de haber escuchado mal, aunque sabía perfectamente que era todo lo contrario, que había escuchado muy bien, y que no se trataba de ninguna alucinación auditiva producto de mi lectura de la novela de Nabokov y que me encontraba, muy mal preparado para ello por cierto, frente a una inflexión en mi vida, una ruptura, un cambio radical. Mi mujer, que había terminado el alisamiento de su cabello, comenzó a vestirse y a llenar una maleta con un poco de ropa, mientras hablaba o, mejor sería decir, mientras se desahogaba: Me voy Joao. Te dejo. Te abandono. Se acabó. Estoy cansada de ti y de tu prepotencia, de tu total indiferencia hacia mí y los niños. Eres un egoísta Joao. Solo piensas en ti y en esa manía tuya de escribir, por Dios, si ni siquiera escribes. Tú no eres escritor Joao, tú eres un pendejo. Dicho esto cerró la maletita con la poca ropa que había metido en ella y se quedó parada frente a mí, no se con que intención, no se si esperando una respuesta de mi parte o es que no sabía muy bien que hacer o discernir cual era el siguiente paso que debía dar luego de su perorata.
Yo empezaba a asombrarme, no tanto porque me llamara pendejo que ya eso lo sabía yo, sino por aquello de mi indiferencia hacia los niños. Aquello si me parecía una tremenda injusticia. Un exabrupto, una temeraria exageración viniendo de mi esposa a la que, me iba dando cuenta en ese preciso instante, conocía mucho menos de lo que yo me creía. Lo que, por otro lado, no le daba ningún derecho a ella a conocerme tan poco a mi. Porque si por alguien yo me desvivía en esta vida era por aquellos dos pequeños y crueles emperadores que reinaban en nuestro hogar con mano de hierro. Esos dos niños eran mis dueños y yo les servía con abnegada dedicación. Así pensaba yo entonces mientras mi mujer, parada con la maletita entre las manos me veía con verdadero odio. En ese momento, bajo esa mirada espantosa, me di cuenta de que la cosa iba en serio y de que allí terminaban dos lustros de vida en común. ¿Me dejas y solo te llevas esa poca ropa?, atiné a preguntar. Y agregué con una sonrisita socarrona que más me habría valido no mostrar: No me lo creo. ¡Animal!, explotó la que hasta ese momento sería mi mujer. No te fijas en nada, nada te importa que no seas tú mismo. Ni siquiera te has dado cuenta de que ya me he llevado toda la ropa, la mía y la de los niños, que hasta sus juguetes me he llevado, aquí ya no queda nada nuestro. Aquí solo quedas tú que ya no eres nadie. Adiós Joao.
Hasta bien entrada la noche no me atreví a levantarme de la cama. ¿Qué hice o dejé de hacer durante las largas horas que permanecí tendido, tal como estaba tendido sobre la cama desarreglada cuando mi mujer salió de la casa con su maletita y me dejó solo? A ciencia cierta no lo se. La novela de Nabokov permaneció a mi lado sobre las sábanas arrebujadas. Verla me causaba cierta repugnancia. En algún momento prendí el televisor y por supuesto estaba sintonizado en Discovery Kids o Cartoon Network o alguno, no recuerdo cual realmente, de los canales que acostumbraban ver mis hijos. Lo apagué. Luego nada. Un agujero negro. Como si hubiera muerto, pero sin la compañía de los muertos.
La casa estaba a oscuras cuando me bajé de la cama. Caminé con sigilo y temor como si fuese posible que me topara con alguien en esa casa vacía y oscura. ¿Me repito? No importa. El que se aburra que deje de leer y ya. A fuerza de repetirme voy a salir de este marasmo o voy a hundirme aún más en él. En realidad da lo mismo.
Lo primero fue acercarme al cuarto de los niños y dar la luz para cerciorarme de que, efectivamente, sus juguetes no estaban. En su lugar el piso demasiado brillante y la pared excesivamente blanca. Abrí los cajones donde guardaban su ropa. Los encontré llenos de aire. Dolía ver aquello tan pulcro y vacío. Apagué la luz y salí del cuarto. ¿Sería posible?, ¿sería posible que mi mujer tuviera razón? ¿Era yo un insensible que no miraba más allá de sus narices, creyéndose escritor, pobre miserable, sin haber escrito una línea que valiera la pena? ¿Había abandonado a mis hijos aún antes que ellos me abandonaran a mí? Una creciente angustia fue apoderándose de mí en la medida en que iba dándome cuenta de que tal vez no los iba a ver más.
Pero los volví a ver. Una vez más. Cuando un par de días más tarde, la que aún era mi esposa, los llevó a la casa para que se despidieran de su padre. El pequeñín, de apenas tres años, andaba enfurruñado porque se acababa de despertar y no me hacía demasiado caso. No se enteraba de nada. El mayor, que para entonces tenía siete años, entró conmigo a la casa. Bajamos hasta el lavandero y le dimos de comer al conejo. Levanto la tapa superior de la jaula y sacó al animalito mientras yo retiraba el periódico embadurnado de cagarrutas y orine y lo sustituía por periódico limpio. Luego devolvió el conejo a su jaula y llenó el depósito de conejarina y le puso agua al destartalado envase de plástico. Nos quedamos un rato en silencio, observando al conejo que, a su vez, nos observaba y nos olisqueaba tras las rejas de su prisión.
-Nos vamos a vivir a España-, dijo de pronto -. Eso dijo mama. Nos vamos mañana.
-España…-, dije yo con un dejo de ensoñación. Como si fuese yo el que iba a viajar.
-Mama no me deja llevarme al conejo. Dice que allá no le gustan los conejos. ¿Es verdad?
-Pues…
-¿Tú no vas a venir?
- No.
-Ah.
Nos quedamos otro rato en silencio. El conejo se había olvidado de nosotros y comía vorazmente su alimento. Esa era la felicidad absoluta. Comer y cagar y un rincón donde dormir.
-Lo siento-, dije desbordado por una enorme necesidad de que me perdonara.
Me miró con cara de entenderlo todo y yo baje la vista, avergonzado, y seguí contemplando al conejo que era mucho más sencillo de observar y no me producía sentimiento de culpa alguno.
-¿Iras a visitarnos?-, preguntó.
-Claro-, dije con el descaro angelical del mayor de los canallas.
Salimos de la casa agarrados de las manos. Esas manitas siempre me habían parecido un prodigio: perfectas, inmaculadas, faltas de vicios, necesitadas de protección. Recordé que cuando era más pequeño y se pasaba a dormir a nuestra cama, invariablemente se pegaba a cualquiera de nosotros, unas veces a su madre, otras veces a mí, como si buscase con ese contacto cerciorarse de que estábamos allí, de que no lo íbamos a abandonar. Ahora su manita se aferraba a la mía, me parecía, con la misma necesitada determinación. Afuera, al pequeñín se le había pasado su mal humor y corría de un lado a otro como un loco, y cuando me vio gritó papá y corrió hacia mí y me dio uno de esos abrazos suyos a nivel de la cintura que me destrozaban los testículos. Me agaché y le di un beso en la frente. El mayor aprovechó para agarrarme por el cuello y montarse a horcajadas sobre mí. Así nos quedamos un rato. Su madre, mi esposa o la que iba dejando de ser mi esposa o ya no lo era, miraba la escena parada al lado de la puerta abierta del carro. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y su rostro era la personificación de la inexpresividad, como una máscara mortuoria sobre el rostro más bello. Luego se montaron en el carro y se fueron. Mientras se alejaban, como en las peores y más sensibleras películas gringas, los niños se asomaron al vidrio trasero del carro y me hicieron adiós con sus manitas. Me quedé parado en medio de la calle con las manos enlazadas a la espalda, balanceándome sobre los talones, hasta que desaparecieron tras una curva. Luego entré en la casa dispuesto a vivir mi vida en soledad y a aprovechar cada segundo de esa bendita soledad para convertirme en escritor.

domingo, 23 de agosto de 2009

Y LLEGA LA NOCHE. CAPITULO 8

Una gota cae intermitentemente e interminablemente sobre la losa del lavabo. La misma y única gota que va abriendo un agujero en el centro de mi cerebro. ¿Por qué en el centro? No lo se. Pero es exactamente allí donde la gota abre su agujero. Estoy acostado, son las cuatro de la madrugada y no puedo dormir. Calculo que para esa hora el agujero en mi cerebro debe ser considerablemente grande. Pero tal vez no lo suficiente para vaciarse de ideas, desaguarse de los pensamientos que, como monos incontrolables, danzan en mi mente. Tal vez algún día podré comenzar a escribir. La gota sigue su horadador repique sobre la losa del lavabo. Paciencia.

jueves, 20 de agosto de 2009

Y LLEGA LA NOCHE. CAPITULO 7

Es de noche y se me aparece el fantasma de Celine y me cuenta muchas cosas. Me dice que Henry Miller era un gilipollas. Había leído a Miller en mi juventud y me había gustado. Más que eso lo había adorado y lo había hecho mi modelo a seguir en mis truncados esfuerzos por convertirme en escritor. Ahora soy incapaz de leerlo. Tal vez Celine tiene razón. Qué sabía ese idiota del amor, continua, qué sabía del sufrimiento. Corriendo detrás de una puta barata, una furcia de baja estofa. Yo si que me enamore de una puta. Una puta de verdad, honesta. Una puta con letras mayúsculas. Y la dejé. La abandoné. ¿Qué será de ella? Fue el momento más chungo de mi vida. Y mira que he tenido momentos chungos. Todo está en mis libros. Hace silencio. Se acerca a la ventana y mira hacia afuera. Tienes una bella vista desde aquí, dice a pesar de que es de noche y de que la niebla se ha apostado, repetitiva, frente a la casa. Como si Celine hubiese adivinado mis pensamientos dice: para nosotros, los que vagamos interminablemente entre dos mundos, no existe la noche ni el día. Lo vemos todo de la misma forma monótona. Lo que no nos impide notar la belleza de las cosas y conocer las más recónditas ilusiones del ser más insignificante. Tú has perdido tus ilusiones, dice de pronto. No se que responder. Tal afirmación, dicha como de pasada, me coge más bien desprevenido pensando en lo doblegado y desgastado que lo veo a pesar de que es fantasma ya y ha dejado atrás las penurias del mundo de los vivos. Se separa de la ventana y se queda parado en el medio de la habitación con las manos entrelazadas a la espalda. Me recuerda un poco al abuelo. Y de inmediato recuerdo también (endemoniada memoria que se empecina en recobrar solo los malos momentos) la noche en que el abuelo murió. Yo estaba allí. Fue a la primera persona que ví morir. Era viejo, al final de la vejez. Acostado en su cama, agonizaba. Hacía esfuerzos por respirar. Se ahogaba. No podía tocarlo porque en cuanto acercaba la mano a su cuerpo, empezaba a gritar como preso de dolores indecibles. No lo entendía. Tiempo después, reflexionando sobre ese momento triste, me dio por pensar que lo que había tocado y tanto le había dolido era el alma del abuelo que se escabullía de ese cuerpo maltrecho por el tiempo. Ya no le servía y se lo sacaba de encima como se saca uno un traje viejo y lleno de remiendos para buscarse un nuevo y en óptimo estado. Pero, tal vez, lo que más me impresionó en aquella hora de la muerte del abuelo, fueron sus ojos. Sus ojos eran azules, de mirada limpia y nostálgica. Eran ojos fáciles de ver. Eran ojos que se dejaban ver y en los que yo encontraba, en mis días de infancia, un refugio cálido donde esconderme. Pero ahora, en el momento de la muerte esos ojos eran un abismo. Y, esa noche, vi por primera vez el rostro de ese abismo. Fui consiente, fugazmente, de que ese rostro existía y de que nos acompaña la vida entera aún cuando no lo sepamos, y de que, finalmente, tarde o temprano, se nos revelará en toda su abismal dimensión. Y aunque esa certeza duró lo que dura un pestañeo, los ojos azules del abuelo, que no pestañeaban y que me miraban fijo y desde muy lejos, tal vez desde el fondo de ese abismo, suponiendo que el abismo del que hablamos, que es único, tuviera fondo, dejaron su impronta en mi alma y la impregnaron de una melancólica tristeza que no me ha abandonado ya nunca.
Cuando vuelvo de mis cavilaciones, Celine está hablando de su miserable vida en el Passege des Beresinas, entre la Bolsa y los Bulevares, donde sus padres tenían una vivienda arriba de todo, tres habitaciones comunicadas por una escalera de caracol y en la que Celine ocupaba el último cuarto, el que daba a la vidriera del passage, al aire. Habría preferido que me contara, más bien, de ese viaje a través del canal sobre un barco bamboleado por la mar gruesa en el que los personajes se regaban unos a otros con sus efluvios estomacales. Pero no digo nada. Sigo escuchando a medias y a medias pensando. Pienso en mi vida anterior. Podría decir que pienso en mi vida entre los vivos. ¿Es que me he convertido en un espectro como aquel que ahora habla de su infancia frente a mí? ¿Un fantasma que vaga entre dos mundos sin pertenecer a ninguno y posando sobre las cosas la misma mirada monótona? ¿Entonces por qué no puedo ver la belleza en ellas? El amor muchacho. Te falta el amor. Lo has perdido en alguna parte del camino. Las palabras de Celine me sacan abruptamente de mis ensoñaciones filosóficas. Pero cuando quiero preguntarle a qué se refiere, ha desaparecido. Ya no está. Y yo vuelvo a mi soledad.

lunes, 17 de agosto de 2009

UNA NOVELITA INTRASCENDENTE. CAPITULO 6

Cogí el teléfono y marqué el primer número que me vino a la mente. Esperé mientras repicaba. Contestó la voz de un hombre muy viejo, más allá de la vejez, una voz horadada por el tiempo, una voz que parecía haber viajado siglos antes de llegar a mis oídos. Quedé impresionado.
-¡Con quién tengo el gusto de hablar!-dije aparentando jovialidad.
-Con quién desea hablar caballero.
-¡Pues con usted mismo si es capaz de contestar una pregunta muy sencilla! ¿Será usted esa persona?
-¿Con quién hablo?
-Con quien le dará la posibilidad de ganar una fortuna. Repito: ¿Con quién hablo?
-Fulanito de tal.
- Pues bien Señor fulanito de tal ¿está usted listo?
-Oiga ¿qué clase de juego es este?
-Uno que lo va hacer rico.
-Yo…
-¿Está usted preparado?
-Yo quisiera…
-Aquí voy.
-Qué más da. Desembuche.
-¿Cuántas patas tiene un gato?
-¿Qué?
-Cómo la ha oído: ¿Cuántas patas tiene un gato?
-¿Está usted de broma?
-De ningún modo mí querido señor. Esto es muy serio.
-Pues no lo parece.
-Pues si lo es. ¿Sabe la respuesta si o no?
-Si.
-¿Y cuál es?
-Cuatro. Como todo el mundo sabe y puede corroborar, un gato tiene cuatro patas.
-¡Aja, se ha equivocado! ¡Ha respondido demasiado rápido! ¡No se ha tomado el tiempo necesario para pensarlo! Porque si busca usted bien le encontrará las cinco patas al gato. Lo siento mucho. Será para otra ocasión. Que pase usted un muy feliz día pobre imbécil.

UN PARENTESIS

La única razón por la que me senté a escribir y a publicar por entregas en mi blog esta “novelita” sin pies ni cabeza que no tengo la menor idea de a donde va, si es que va a algún lado y si es que ha iniciado su andar en algún momento, lo que luce improbable, fue la de imponerme la rutina y, sobre todo, la obligación, frente a un hipotético lector, justamente, de sentarme con cierta regularidad a escribir. Los capítulos van siendo publicados, con muy pocas correcciones, a medida que salen de mi cabeza. Así que esto es un “work in progress” y no se extrañe el hipotético lector de encontrarse por el camino, si no se cansa o se aburre de transitarlo, de cambios sustantivos como, por ejemplo, el paso de la tercera a la primera persona a partir del siguiente capítulo. No se si en subsiguientes entregas regrese a la tercera persona o incluso me pase a la segunda persona o si la estructura o los temas, si los hay, den un vuelco brusco y se dirijan por otros derroteros. Dicho esto y aclaradas por anticipado las dudas que pudieran surgir de la lectura de próximas entregas, prosigamos.

jueves, 13 de agosto de 2009

UNA NOVELITA INTRASCENDENTE. CAPITULO 5

“Para escribir es indispensable no pensar” ¿Pero cómo dejar de pensar?, se preguntaba, si era lo único que, precisamente, no dejaba de hacer nunca. ¿Cómo arrancarse los pensamientos de raíz y dejar solo un cuenco vacío que ir llenado con palabras? O tal vez no se tratara, en este caso, de un acto de fuerza sino más bien todo lo contrario, una sutileza como, por ejemplo, sacar el tapón del desagüe para que los pensamientos, por pura hidráulica, se escurrieran por allí y se derramasen sobre la hoja en blanco. No lo sabía.
Llovía y hacía frío. La niebla se había vuelto a apoderar del pequeño territorio en el que vivía. El trueno retumbaba a lo lejos, montaña arriba, evocador y poderoso. Sin embargo, más allá del repique de la lluvia y de los esporádicos truenos, vivía en un mundo silencioso y estático. Pensó en Kerouac. Recordó la entrevista (otra entrevista) que le hiciera The Paris Review. Dijo, a propósito de su prosa espontánea: “Escribir es siempre una meditación silenciosa, a pesar de que vayas a cien millas por hora.” Entonces se trataba de meditar, de vaciarse. ¿Pero como se hacía eso frente a la máquina de escribir? No lo sabía. Solo sabía que se apoderaba de él una ansiedad tremenda cada vez que se sentaba frente a la computadora. Por esa razón postergó una vez más el tan temido encuentro. No escribiría. En lugar de ello se dedicó a matar mosquitos, que con la lluvia habían proliferado y le hacían la vida miserable con sus zumbidos en las orejas, sus picadas y su revoloteo errático e impredecible.
Sus asuntos con los mosquitos habían empezado el mismo día en que abandonó la casa paterna, casado y enamorado, y se instaló en su nuevo hogar con su flamante esposa. Antes, durante su infancia, adolescencia y parte de su vida adulta, instalado en casa de sus padres, había estado protegido de la visita indeseable de los mosquitos por la tela metálica que su padre, tal vez porque él mismo había tenido sus propios asuntos con ellos, había mandado a instalar en puertas y ventanas creando una barrera infranqueable para aquellos odiosos bichos. Joao no supo lo que era un mosquito, de sus impertinencias y abusos, no supo lo que era no dormir, despertarse a media noche cubierto de ronchas ardientes, desvelarse sin remedio bajo el ataque inclemente de estos animalitos ridículamente pequeños e insignificantes, hasta que se casó. Y de eso hacía ya veinte largos años.
En los primeros tiempos, cuando era feliz e indocumentado, a pesar de los mosquitos y de las largas noches en vela, viendo a su mujer dormir a su lado con una placidez envidiable, cubierta, eso si, hasta la cabeza por las sábanas, con unas ganas enormes de despertarla para hacer el amor de nuevo, no se cansaba nunca de recorrer ese cuerpo siempre por descubrir, fresco y abierto a sus apetencias, en esos primeros días se dedicaba a matar mosquitos con sus manos. Su guerra infinita empezaba con el primer zumbido en la oreja o con el primer picor. Entonces se levantaba, encendía la luz y comenzaba la cacería, los plaf plaf, la búsqueda minuciosa de las pequeñas manchas negras que danzaban en la habitación. Era una guerra perdida de antemano porque siempre aparecía un último mosquito, un último invasor alado y diminuto al que aniquilar. Quien lo hubiera visto a través de la ventana, un improbable fisgón (o tal vez no) mirando entre las rendijas de las cortinas, habría pensado que estaba loco, manoteando el aire, moviéndose como un barco a la deriva por la habitación. Era todo lo contrario. Cada paso que daba, cada movimiento que ejecutaba estaba planeado minuciosamente para adelantarse a la trayectoria de los mosquitos. Era un cazador despiadado y certero. Ninguna pieza escapaba al latigazo de sus manos. Sin embargo eran noches largas y agotadoras. Su guerra no terminaba nunca y acabó por cansarse. Cambio de táctica. Decidió pasar del ataque a la defensa. Para ello, él que siempre había dormido libre de las ataduras de la ropa, apenas vestido con un short, se consiguió un mono y una sudadera y se los puso para dormir. En un primer momento parecía que su idea iba a dar resultado. Y se dispuso, a pesar del calor y el ahogo que le producían sus ropas, a dormir placidamente. Pero más pronto que tarde los mosquitos, bichos infatigables y cabezotas como aquellos misiles que hostigan a sus objetivos guiados por el calor que producen y no cejan su persecución hasta que los destruyen, dieron con la ubicación de sus manos y las utilizaron de tiro al blanco durante toda la noche. Se enteró esa vez de que no había peor picada que la que se producía en los dedos de las manos. No había manera de rascarse la picada en un dedo. Era una picada que estaba y no estaba, que tenía el don de la ubicuidad, que jugaba a las escondidas con los dedos de la otra mano. Tenía la capacidad de moverse por las terminaciones nerviosas, de hacerse ambigua como si se escondiese tras una lámina de papel cebolla. Eso le parecía y tuvo que pensar en otra cosa. Y pensó en un par de medias para cubrirse las manos a falta de unos guantes que ya compraría más adelante. Los guantes no los compró porque, aunque efectivamente los mosquitos dejaron de picarle las manos, como aquellos misiles de los que ya hablamos, prontamente ubicaron su rostro, alrededor del cual se dedicaron a danzar a picar y a zumbar estrepitosamente.
Fracasada su táctica defensiva volvió al ataque. Por aquellos días comenzaron a salir las primeras raquetas eléctricas. Las vendían los buhoneros en las calles. Era un ingenioso instrumento del tamaño de una raqueta de badminton, tal vez un poco más pequeño y regordete. El entramado de la malla estaba hecho de finos alambres que contenían un circuito eléctrico que al presionar un botón producían una respetable descarga eléctrica, suficiente, al menos, mara achicharrar a un mosquito. Se compró una y armado con su mortífera arma volvió a las andanadas. Sería difícil precisar que habría pensado el hipotético fisgón de haberlo visto dando raquetazos al aire entre carreras y saltos y momento de espera sigilosa. Una noche llegó a ejecutar a treinta y cinco mosquitos uno tras otro en el lapso de veinte minutos. Literalmente ardían al contacto con la malla de metal emitiendo un fugaz chasquido que terminaba con una explosión que los volatilizaba. Estaba encantado con su nuevo juguete. Su mujer, harta de tanto barullo, se fue a dormir a la habitación de huéspedes. Y él durmió feliz toda la noche por primera vez en mucho tiempo.
Al día siguiente se sentó a escribir un cuento sobre un tipo que vivía en una pensión en El Silencio, era asediado y torturado por mosquitos inteligentísimos a los que nunca lograba ver, mucho menos eliminar, bebía como un cosaco, trataba de escribir en su fea y diminuta habitación y conocía a un profesor de educación física alcohólico que terminaba suicidándose a punta de empinar el codo, como el personaje que interpretó Nícolas Cage en Living Las Vegas. Era un cuento espantoso. Pero lo escribió de un tirón, como embrujado, en un estado de gracia que no volvió a experimentar luego. Debido a eso, a que no volvió a alcanzar ese nirvana literario con el que sueñan todos los escritores, no trató de escribir de nuevo. Le espantaba la idea de escribir con esfuerzo, de ir colocando palabra tras palabra sobre la hoja en blanco, laboriosamente, con enormes dificultades, como un obrero que va juntando un ladrillo con otro para darle forma a una monótona pared.
También, todo este asunto de la escritura, de ser escritor o intentar serlo o de no serlo, de no atreverse a serlo, de no decidirse a intentar serlo, si lo pensaba bien, y viéndolo desde una perspectiva distinta, era como intentar desaparecer aún antes de haber aparecido. Un amigo le dijo una vez, en una época lejanísima de su vida, más o menos por aquella en que era un feliz recién casado, que él prefería hablar sobre el hecho de escribir que escribir propiamente. Como un perro que le da vueltas a la cesta donde duerme sin decidirse jamás a acostares en ella. La imagen del perro dando vueltas alrededor del objeto de su deseo le causaba cierta angustia. No conseguir acostar al perro en aquella cesta, no hacer el esfuerzo de acostarlo en la cesta, he allí el detalle. No era por cobardía. Simplemente vivía en la inercia, en la no acción. Vegetaba. Como vegetaba ahora. Salvo que ahora estaba solo.

martes, 11 de agosto de 2009

UNA NOVELITA INTRASCENDENTE. CAPITULO 4

¡Aja! Llegó la noche. Y con la noche llegó el terror. Este va a ser un paréntesis de terror, pero no un terror de película serie B con vampiros de dientes postizos y monstruos acartonados o naves alienígenas tembleques colgadas de hilos mal disimulados. No señor. Aquí de lo que se trata es del terror verdadero, el único, el insuperable, el insoslayable, el terror con el que convivimos a diario, aún cuando no lo sepamos, el que somos incapaces de controlar, el que nos agarra por el cuello y nos obliga a mirar: El terror a la muerte.
Cuando caía la noche como un bloque de cemento y se acercaba la hora de dormir, Joao Ferreres se derrumbaba bajo el peso del miedo. La idea de la muerte o la muerte misma, vaya uno a saber, se le presentaba con nítida y escalofriante claridad y se adueñaba de su mente y ya no dejaba de torturarlo hasta que, extenuado y sufriente, se quedaba dormido. Y aún entonces dormía intranquilo, asaltado por sueños espantosos, como si la muerte, esa materialización que lo visitaba cada noche cuando se disponía a acostarse, se quedara junto a él, revoloteando alrededor de su cuerpo inerte, para hablarle en voz muy baja, casi en un susurro, sobre su mortalidad. Explicarle con dulce ironía que con ese paso brutal lo perdía todo. Y que todo lo que conocía se iría al diablo. ¿Y él? El ya no sería más. Entonces, en ese preciso instante en que llegaba la revelación fulminante de que su yo se esfumaría sin remedio, se despertaba y se ponía a pensar en su infancia. Hacía un esfuerzo considerable por aprehender las imágenes y los recuerdos que, sin embargo, se le escurrían entre las manos. Se daba cuenta de que era incapaz de recordar algo más que escenas sueltas e inconexas como descoloridas fotografías que cayeran del interior de una caja. ¡Ah, lo que hubiera dado entonces por recobrar la infancia perdida! ¡Regresar a aquellas épocas idílicas en que el tiempo estaba detenido en un solo segundo feliz! No envejecer jamás mi querido Peter Pan. Pero no. Ye era tarde. Había perdido la oportunidad de quedarse en la tierra de nunca jamás. Había envejecido. Se había convertido en un miserable adulto que temblaba de miedo frente a lo inevitable. Era todo lo contrario a un escritor y esa era, precisamente, su maldición y la fuente de toda su amargura y su cinismo.

sábado, 8 de agosto de 2009

UNA NOVELITA INTRASCENDENTE. CAPITULO 3

Sentado frente a la computadora, entonces, estaba decidido a ser trágico. A jugárselo todo a una sola carta. A lanzarse cuesta abajo, a toda mecha y sin frenos. Contar sus sufrimientos más atroces por triviales que pudieran parecer y exagerarlos hasta el absurdo. ¿Pero qué contar? Recordó un episodio de su juventud con una vieja novia, o eso creía (en realidad ella jugaba con él). A decir verdad, el recuerdo no era excesivamente atroz y ni siquiera podía decirse que le había causado algún sufrimiento, pero fue lo primero que le vino a la mente. Su novia (o lo que fuera), de la que estaba muy enamorado, le comentó un día que había visto no se donde uno de esos programas de televisión dedicados a ejercitar el cuerpo, y que el instructor había recomendado a sus hipotéticos televidentes que se consiguieran una rueda de camión para utilizarla como set de ejercicios. Que era muy útil. Bastaba con saltar sobre ella por espacio de una hora, al ritmo de la música de su preferencia, para adelgazar, tonificar las piernas y conseguir una condición cardiovascular óptima. ¿Dónde podría conseguir una rueda de camión?, preguntó el amor de su vida. Y esa pregunta fue para él igual a una orden. Y salió disparado en una alocada búsqueda de una rueda de camión por las calles de la ciudad. Cogió la vieja Wagoneer azul claro de su padre dispuesto a encontrar aquella rueda que para él era el mismísimo santo grial, el cáliz sagrado que le abriría las puertas del amor y tal vez, también, las piernas de la mujer que amaba, aunque de eso no era muy conciente, lo suyo era un amor platónico e ingenuo que no inflamaba las partes bajas de su cuerpo, y quizás por ello las mujeres, especialmente aquella que amaba, que es la que nos ocupa, no le hacían demasiado caso y en general se divertían con él.
Entonces estaba aquel muchacho que alguna vez fue y en el que, hay que decirlo, no se reconocía y al que miraba con una pizca de conmiseración pero sobre todo con desdén, peinando las atribuladas calles de la ciudad al volante de su propio y destartalado “Pequod”, poseído por un demonio que lo empujaba día tras día a adentrarse en el infierno del tráfico, a hundirse en ese marasmo de metal hirviendo, de reflejos cortantes en el que el asfalto reinaba y en el que solo sobrevivía el más rápido y el más despiadado. Era feliz: Tenía un objetivo y a él se dedicaba en cuerpo y alma con una pasión y una dedicación que mejor habría hecho en dedicarle directamente a su amiga. Pero así era él. Era la mejor manera, la que mejor conocía o la única que conocía, de decirle a ella que la amaba. Era un pobre tipo que corría detrás de una quimera, le parecía ahora. Y merecía su desprecio. No podía escribir sobre eso. Sería mejor, se decía, escribir una novela pornográfica en la que se follaran unos a otros como animales y dejar el amor y la ternura fuera del asunto.
Se asomó a la ventana. El mundo había desaparecido. Una niebla pesada e inmóvil lo cubría como una mortaja. Una figura se materializó de entre la bruma. Le pareció que se trataba de Ednodio Quintero. Caminaba por el medio de la calle escribiendo febrilmente con un lápiz en una pequeña libreta. Pasó frente a él y desapareció engullido por aquel vaho frío. Nunca había visto a Ednodio Quintero en persona, pero no dudó ni por un segundo que se trataba del escritor trujillano. No había leído nada de él tampoco o, bueno, algo había leído, no mucho, y no le había gustado, lo que, desde luego, no era culpa de Ednodio Quintero. Pero en ese momento recordó una frase que había dicho durante una entrevista: “Para escribir es indispensable no pensar” Se detuvo en aquella frase. Le parecía correcta. También pensó que Ednodio Quintero no seguía sus propios consejos. Que por el contrario parecía pensar en exceso cuando escribía. Pero luego de meditarlo mejor se dio cuenta de que no le hacía justicia al escritor, de que no lo había leído lo suficiente y de que, tal vez, nunca lo haría. Así que para que lapidarlo con tanta brutalidad. Prefirió quedarse con aquella frase verdadera en la mente mientras afuera la densa niebla también desaparecía tras un manto aún más lúgubre: El de la noche.

miércoles, 5 de agosto de 2009

UNA NOVELITA INTRASCENDENTE. CAPITULO 2

Se despertó (siempre se despertaba. Como un castigo) bañado en sudor y con un abominable dolor de barriga. Miró el reloj: Las tres de la tarde. La hora del burro. La hora en que era mejor, tal vez, dejar de vivir, dejarse aplastar por el calor sofocante, dejarse sobornar por aquella quietud vibrante y pesada que se posaba sobre el mundo como un paquidermo moribundo y largarse de esta vida de una vez por todas. Pero no. Había que seguir con la pantomima, mantener la impostura, Así que se levantó y entró en el baño y echó una larga y estruendosa cagada que lo dejó feliz y liviano, como aquel pétalo de rosa que ahora veía entrar por la ventana y caer con grácil ballet sobre las baldosas del piso. Luego se bañó y cuando salio se quedó parado en el medio de la habitación, a los pies de la cama sin saber que hacer. El sonido del teléfono le salvó la vida en aquel momento. Cogió el auricular y escuchó.
-¿El señor Joao Ferreres?- dijo una voz de mujer que era espléndida y profunda y que lo cautivo de inmediato y lo puso a fantasear con la posibilidad de ligar con la dueña de aquella voz hermosa.
-Si- respondió.
-Lo estamos llamando del banco tal y cual, su banco de confianza- dijo la voz.
-Aja- ¿Lo estamos llamando? ¿Quién coño hablaba además de la voz maravillosa? ¿Acaso se encontraba ante un caso de múltiples personalidades? ¿Por qué no decir simplemente: Soy fulanita de tal, mucho gusto, es un placer comunicarme con usted, la razón de mi llamada es...?
-Se trata de sus tarjetas de crédito. Es nuestro deber informarle que están sobre giradas y recordarle que presenta un retraso de dos meses en el pago de las mismas. Así mismo le informamos que en caso de no cancelar su deuda nos veremos obligados, muy a nuestro pesar, a bloquearlas y a efectuar las diligencias legales al fin de…
-Mire señorita o señoritas- dijo-. Que manía. Con todo respeto dígame dónde está ubicada la oficina de usted para ir personalmente a meterle mis tarjetas por su culo sucio y maloliente.
Silencio al otro lado de la línea. Un silencio prolongado y tranquilizador. Trató de imaginarse la boca que daba forma a esa voz. Y de allí las líneas que formaban el rostro y que cayendo creaban el cuello, los hombros, el busto, las caderas y más abajo los finos trazos de las piernas. Pero no pudo. Carecía de imaginación. Era su principal problema. Se quedó con el auricular pegado a la oreja, esperando. Al rato oyó unos débiles gemidos, lo tristes lamentos de un animalito herido. Y se conmovió.
-Mira mi amor- dijo en tono conciliador, muy bajito, como un amante tierno y protector-, ¿por qué no nos vemos y nos tomamos unas copas relajadamente y hablamos del asunto? ¿A qué hora sales?
-Señor- dijo la voz entrecortada por los sollozos y en tono suplicante-, nosotros… solo queremos ponerle en… co… co… nocimiento sobre su crédito para que… no… no… pierda las tarjetas y pueda… seguir disfrutando de ellas… por favor.
-¡Maldita estúpida!- gritó con rabia y colgó.
Se quedó un buen rato sentado en la cama mirándose los dedos de los pies. Se preguntó si la desolación era esto: una tarde de calor reverberante, rodeado del bloque sólido del silencio, sentado en una cama vacía viéndose los dedos de los pies que, ahora se daba cuenta, necesitaban una pedicure. Se dio cuenta, también, y esto, al contrario del asunto de los pies, sí parecía importante, que no conocía la ironía, y sin la ironía estaba perdido. Era un ser dramático mas no trágico y estaba condenado a sufrir por las cosas intrascendentes de la vida. Punto y final.

lunes, 3 de agosto de 2009

UNA NOVELITA INTRASCENDENTE. CAPITULO 1

Tal vez si tuviera algo que decir, alguna vivencia insignificante que contar, algún sentimiento, por anodino que este fuera, que explorar, no se pasaría el día entero sentado frente a la computadora, viendo su rostro inexpresivo reflejado en la pantalla vacía, quieto como solo lo pueden estar los que han dejado de percibir la extraña felicidad de las cosas. Pero no. No hay nada. Ha buscado y no ha encontrado nada. Se ha sumergido profundamente en si mismo y ha salido con las manos vacías. Ha realizado un esfuerzo considerable, hay que reconocerlo. Pero al final solo ha quedado el cansancio y el hastío y un rostro atrapado en el interior de una pantalla de computadora que refleja con obstinada regularidad su falta de amor.
Pero en esos momentos, como ocurría siempre, inevitablemente, su mano derecha emprendía un movimiento de acercamiento hacia el ratón. Y mientras su mano izquierda se sacaba la verga de entre los pliegues del short, hacía clic sobre el enlace a una página pornográfica, cualquiera, y se masturbaba hasta el agotamiento. Así terminaban sus tentativas literarias. ¿Era penoso? ¿Había algún sentimiento de vergüenza tras el deslastre de espermatozoides que iban a matarse al suelo de la casa? No. No era de los que sentían vergüenza. Apenas un encogimiento de hombros. Un ademán, repetido como leitmotiv de su fracaso, que pretendía restarle importancia al asunto. Luego se levantaba, iba al baño, se lavaba y se acostaba a dormir, remedio infalible para olvidarse de si mismo. Cuando despertaba se acercaba a la ventana del cuarto y observaba la calle. Sin ningún interés, hay que decirlo. En realidad no miraba nada. Su cabeza era un rebullicio de pensamientos atolondrados que chocaban entre si y que en ningún caso se realizaban plenamente. Se desvanecían apenas materializados o a medio camino de su definición como idea comprensible. O explotaban en un alarde de fuegos de artificios que nublaban su mente y le impedían conectarse con la vida al otro lado de los cristales. Así era. Y luego venía la ansiedad, claro, que agazapada como un depredador despiadado, saltaba sobre él y le clavaba las garras en el estómago y lo ponía a caminar por la casa con el desasosiego del drogadicto, hasta que desembocaba en la cocina y extraía de la nevera la comida disponible. Le echó mano, en primer lugar, a medio kilo de queso amarillo y trecientos gramos de pavo y a una botella de dos litros de coca cola. Luego sacó unos tallarines cuatro quesos del día anterior, tres huevos y una porción de queso pecorino rayado. Lo vertió todo en una sartén caliente con una pizca de aceite de oliva, le agregó un puñado de aceitunas rellenas con atún y lo sofrió unos minutos. El crujido que hacía la comida al quemarse acentuó su hambre y el vació que percibía en el estómago, y la ansiedad comenzó a ser algo insoportable que amenazaba con torturarlo de forma definitiva. Escribir da hambre, dijo a media voz y de inmediato soltó una risita Cuando la mezcla, al calor del fuego, se soltó y el humo blanco cargado de olores fue abundante, agarró el sartén y la botella de dos litros de coca cola, ya por la mitad, y se sentó en la computadora a leer sus correos mientras comía. O mejor dicho: Mientras tragaba con desesperación el revoltijo que había preparado y se bebía el resto de la coca cola que burbujeaba en el interior de la botella plástica, cuya capacidad, es pertinente repetirlo, era de dos litros. Cuando terminó estaba hecho polvo. Había comido demasiado para variar. Tenía el estómago inflamado y tenso como un tambor. Comenzó a eructar y con cada eructo temía que la barriga se desgarrara. Dejó el sartén en el fregadero y se devolvió a la cama y se acostó, abrumado por una amarga desesperanza. Otro día perdido. Se despachó un prolongado y ruidoso peo y se quedó dormido.