jueves, 31 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

55

Caminamos por el bulevar. En mi trabajo hay que estar siempre atento. Nunca se sabe quien pueda necesitarte, dice el Capitán Centella. Se detiene frente a un quiosco y husmea en su interior, asomando la cabeza como si la metiese en un barril buscando una última manzana. El quiosquero da medio paso atrás. Eleazar pide unas barajitas del béisbol y el quiosquero, visiblemente aliviado, le entrega un grueso fajo del que Capitán Centella se apropia con brusquedad, como si fuesen las últimas barajitas sobre la faz de la tierra y alguien, al acecho, arteramente, se le fuese a adelantar, arrebatándoselas en sus propias narices. Luego, tras pagar, se va muy contento, observando sus barajitas con infantil regocijo, acariciando la superficie brillante en las que se podían ver fotografías de peloteros enfundados en sus uniformes, en posturas siempre aguerridas, con sus bates o sus guantes en las manos y sonrisas triunfadoras en los labios, sonrisas sanas que no denotan ningún tipo de inteligencia sino, por el contrario, una mirada directa y satisfecha, sin angustias existenciales o metafísicas, a la vida, parados, invariablemente al sol, las gradas vacías del estadio al fondo, gradas que muy pronto estarán abarrotadas de fanáticos coreando sus nombres, admirando sus lances siempre arriesgados y coreográficos, un ballet varonil en el que la pareja es la pelota de semi cuero de rugosas costuras rojas que bota grácil y violenta sobre el engramado y pone a todo el mundo a correr, no siempre, todo hay que decirlo, con el virtuosismo que se espera de un jugador de béisbol, pero eso es lo de menos, porque la pelota es redonda y esa redondez abre un número inabarcable de posibilidades, abre mundos inexplorados que no siempre, que casi nunca, son fáciles de explorar y que, por consiguiente, dichas exploraciones, si las hay, terminan, muchas veces, en desastrosos fracasos que llenan de fealdad el juego e inundan los graderíos con sus muchedumbres hacinadas y ahogadas en cerveza que no consiguen otra forma de descargar su ira que con interminables peleas, con sus saldos de heridos y detenidos, que se van propagando como la peste, con tal rapidez que la policía no se da abasto y, cuando apenas logra sofocar una trifulca, ya tiene dos nuevas a sus espaldas con las que lidiar, pequeños puntitos azul oscuro y verde fosforescente desplazándose de un lado al otro por las gradas atestadas, bajo una perenne lluvia de cerveza, todos muy juntos, si separarse, como un rebaño de ovejas confundidas y acosadas por lobos, mientras en el terreno el juego continua sin tropiezos, sin apenas darse por enterado de lo que sucede en las gradas, como si fuese un mundo aparte el del campo de juego, un mundo paralelo protegido por un halo de perfección, sin conexión alguna con la salvaje vulgaridad que se desarrolla en el exterior. Es una fiesta. Es maravilloso. El Capitán Centella ha olvidado por completo sus responsabilidades de súper héroe y camina o, más bien, da botes como una vieja pelota ablandada a golpes y que ya nadie usa, en un éxtasis beisbolístico, hacia el edificio de la OTC.

lunes, 28 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

54

Comemos una especie de arroz cantones rociado con una salsa de zanahoria y miel que esta, verdaderamente, exquisito. El Capitán Centella come despacio y en pequeñas porciones que acomoda con esmero sobre el cubierto hasta darle cierta forma rectangular, ayudado por el cuchillo que usa con pericia, como un escultor en plena faena. Sin embargo lo más curioso es la manera en que vacía su plato, comenzando por el borde exterior de su porción y haciendo círculos cada vez más cerrados hasta llegar al centro. De tanto en tanto echa miradas furtivas a los lados como si estuviese haciendo algo vergonzoso.
Comemos en silencio. No se que decirle a ese ser extraño y desmesurado. El Capitán Centella, en todo caso, esta más interesado en su comida. No se, tampoco, por qué he aceptado la invitación a almorzar, por qué no me he quedado en la OTC buscando a Liz (lo que, bien visto, tampoco tiene mucho sentido), una mujer a la que apenas conozco, de la que no estoy enamorado, que no me gusta, pero con la que he decidido, obstinadamente, fundar una familia. Tienes que buscar en personal, dice de pronto El Capitán Centella con la boca llena de comida y sin desviar la mirada de su plato. ¿Qué? Si quieres encontrar a esa mujer, dice levantando la cara del plato y mirándome fijo a los ojos. Restos de comida le cuelgan de la barbilla y una película de grasa rodea su boca. ¿Quieres?, agrega. Si. Pues entonces ve a personal y pregunta por ella. Dicho esto vuelve a enterrar la cara en la comida y ya no habla más.

domingo, 20 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

53

El gordo me invita a almorzar. Se llama Eleazar. Según me dice es el nombre que le han adjudicado los de protección a súper héroes. Su verdadero nombre, me confiesa, es Capitán Centella. Me dice que corre los cien metros en dos segundos y medio y que es capaz de levantar sobre su cabeza un carguero de buen tamaño repleto de petróleo. En el trayecto al restaurante ayuda a una viejita a cruzar la calle y salva a un pequeño gato de una jauría de perros que luego lo siguen meneando la cola y olisqueándole los pies mientras se aleja con el gatito en los brazos. No se por qué, pero los animales me quieren, dice como disculpándose.
En el restaurante llama al dueño y le encomienda el gato. El hombre agarra el gato de mala gana y se lo lleva para la cocina. No podía dejarlo morir en la calle Miguel, dice Eleazar cuando el dueño del restaurante regresa. Hace un vago gesto hacia la puerta del restaurante que no llega a concretarse porque, de pronto, se queda quieto, olisqueando el aire, las aletas de la nariz moviéndose con nerviosismo. A Miguel se le ilumina la cara. Eleazar aspira profundo, aspira y aspira y por momentos sus ropas parecen que van a estallar y los botones de la camisa a salir despedidos y a causar algún que otro inconveniente entre los comensales. Es exquisito, soberbio, dice y toda su humanidad se sacude de gozo. Es mi mejor cliente, dice Miguel agradecido

sábado, 12 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

52

Aquí estoy. No, no me he ido. No se, sin embargo, si estoy vivo o soy un espectro que aún no sabe que es un espectro. Camino por la casa preguntándole a las cosas, pero las cosas no me dicen gran cosa. Permanecen inertes, indomables en su quietud, muertas, sin deseos, en todo caso, de contestarme. He perdido mi mente y parece que otro la ha encontrado y se la ha quedado. No se trata ya de buscarla, sino de tratar de aprehenderla, clavarle las garras y salvar lo que se pueda salvar y dejar que el resto se lo lleve el viento. Es humillante no ser dueño de uno mismo, pero es un descanso liberarse del yugo de los pensamientos. Una vez quise ser Dios, jugué a ser Dios y, como Icaro, quemé mis alas cuando pretendí elevarme demasiado. La caída fue rápida y dolorosa. Si, soy un espectro, una pálida imagen de mi mismo. Apenas puedo verme reflejado en el espejo. Si alguien me hablara, me llenara de nuevo de palabras, tal vez podría continuar lo que sea que tengo que continuar. Pero las palabras pueden engañar, las palabras pueden llevarte por caminos tortuosos que terminan en un despeñadero, las palabras hieren y matan como dardos envenenados. Me voy. Siento que me voy. Por la ventana aún puedo ver algunas golondrinas ejecutando sus vertiginosas acrobacias. Quisiera ser una golondrina o, al menos, como una golondrina. Adiós.

jueves, 3 de diciembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

51
En la OTC hay una ligera variación en la ubicación de los agentes fiscales. En lugar de encontrar a Liz en su cubículo, me topo con una mole de ciento cincuenta kilos, de piel cetrina y cabeza cuadrada. El gordo, de inmediato y sin venir a cuento, dice que es un súper héroe fuera de servicio al que han reasignado a aquella oficina. Incluso, con muchas precauciones y viendo a los lados para cerciorarse de que no lo ven, se desabotona la camisa y me muestra fugazmente su traje de súper héroe. Puedo ver, en efecto, una franelilla muy ajustada de color rojo sobre la que hay estampada una gran C negra partida por un rayo amarillo. No quiero saber que significaba la C y no se lo pregunto. Estoy más interesado en saber que ha sido de Liz. Interesado, tal vez, no. Ansioso o desesperado aplican mejor. El gordo, por supuesto, no lo sabe. Ni siquiera sabe quien es la tal Liz esa. Le pregunto, un poco en broma, un poco en serio, si no puede usar sus poderes para encontrarla. Me dice que no, que lo tiene prohibido y que su uso pone en peligro su continuación en el programa de reinserción. ¿Y quién se lo prohíbe? Pues los de de la APSH. ¿La APSH? Si, la Agencia de Protección a Súper Héroes. Ah. Además entre sus poderes no se encuentran ni la telepatía, ni la visión infrarroja, no es capaz ver a través de las paredes, ni puede volar. ¿Y cuales son sus poderes entonces? Eso no lo va a decir: Es un secreto. Y si es un secreto cómo se supone que los va a utilizar. Bueno debo recordar que, técnicamente, no los puede usar. Lo tiene prohibido.
El caso es que Liz no está. Liz ha desaparecido, se ha esfumado. O tal vez no ha estado nunca. No, eso no es posible. Yo la vi, la toqué, había tocado su mano blanca como la harina, rocé su piel tersa, no había sido una visión misteriosa, ni una alucinación, ella ha estado allí y ha hablado conmigo, es de carne y hueso, no una aparición del más allá. Sin embargo no está. La busco por toda la oficina, cubículo por cubículo, pregunto, interrumpo el flujo de pensamiento de mis colegas, la profunda concentración que exigen los complicados cálculos tributarios, altero, en fin, la delicada vibración que envuelve la oficina y que nos mantiene desconectados del mundo exterior, pero nadie sabe decirme algo sobre Liz, lo cual, por otra parte, no significa nada, porque allí nadie se fija en nada ni en nadie, más allá de los legajos sobre su escritorio y los números que esos legajos contienen.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

50

Cuando el tren se detiene en el andén de la estación terminal, ya me he olvidado del mendigo y de la vieja rapera. Pobres diablos. Ya no me interesan sus destinos. Lo mejor que les puede pasar es morirse. En mi mente vuelve a cobrar fuerza el propósito inicial de mi viaje. La llamada. Una costumbre que he tomado prácticamente desde que maté la primera vez. Una especie de coda al orgasmo de sangre y vísceras. Como si me fumase un cigarrillo luego de haber follado como un animal. Esa llamada cierra con broche de oro una noche perfecta.
Avanzo hacia el teléfono público que como un árbol de metal, triste y solitario, se alza entre los puestos de los buhoneros. Las suelas de los zapatos se pegan a la mugre que cubre con una lámina negra el suelo de la plaza. Huele a frituras y a orine. El ballenato se mezcla con la salsa y el reguetón en una tormenta caótica de altos decibeles que crea una melodía eléctrica y en constante tensión, como si en cualquier momento fuese a resquebrajarse y a partirse en mil pedazos y que, a su vez, se mezcla con los gritos, los bocinazos, las risas, el ladrido de los perros, las peleas callejeras, el ruido de los motores de los carros. Una ebullición constante que taladra los oídos. Descuelgo el auricular y marco el número que me se de memoria. ¿Diga?, dice una voz al cabo de unos segundos. Comisario Salvatierra, digo en voz baja sin ninguna necesidad, por puro placer, dado que el ruido que se genera alrededor tapa mi voz. Se hace un breve silencio al otro lado de la línea. Es un silencio que me agrada porque implica el reconocimiento de mi voz. Implica, también, angustia, impotencia y, tal vez, temor. Veo que no me ha olvidado, digo. Lamentablemente, dice el comisario Salvatierra. Luego silencio. Se que el comisario está haciendo tiempo. Bonita frase. Y también extraña. Hacer tiempo. Como si se pudiese moldear el tiempo a nuestro antojo. Eso no es posible. El tiempo está allí, inamovible, inmutable, riéndose de los vanos esfuerzos que se realizan por alterarlo. El tiempo soy yo comisario, digo. No entiendo, dice el comisario. No importa. Voy a ser breve, digo. Lo se, dice el comisario. Mire, lo que quiero decirle es que me voy a casar. ¿Qué le parece?, digo. Eres un maldito hijo de puta, dice el comisario. Eso ya lo se, digo. Te voy a atrapar, dice el comisario. Tal vez, digo. Te voy a volar los güevos de un balazo y voy a dejar que te mueras poco a poco, dice el comisario, voy a dejar que te desangres, que eches para afuera toda la sangre podrida que corre por tus venas. Y me voy a reír mientras te mueres. Me voy a follar a tu madre mientras tú te mueres y te cagas de miedo porque ya estás viendo a la pelona a los ojos y va a ser lo último que veas en esta vida coño de tu madre. Vamos comisario, digo (me estoy divirtiendo de lo lindo), no alardee. Llevamos mucho tiempo conociéndonos para que despliegue esa furia vengadora conmigo. Yo solo quería decirle eso, que me voy a casar y que lamento sinceramente que no pueda invitarlo a la boda. De verdad me pesa. Le tengo aprecio comisario y… Por primera vez es el comisario Salvatierra quien cuelga antes de que se pueda rastrear la llamada.
De pronto siento hambre. Es producto de la exaltación y la alegría Me acerco a un perrocalientero y pido un perro caliente con todo y una coca cola: Al perro caliente le echo sal y queso blanco rayado y me lo como de tres mordiscos. Tomo un largo trago de coca cola y pido otro perro. Este me lo como de cuatro mordiscos. Me termino la coca cola, pago y me voy. Decido caminar. La noche es fresca y el ajetreo de la hora pico ha disminuido. La conversación con el comisario Salvatierra me ha puesto de muy buen humor. De alguna forma extraña el comisario se ha convertido en mi confidente, una persona a la que le puedo contar mis pensamientos más secretos. Sin duda alguna a estas horas la policía debe haber obtenido de mí un perfil sicológico extenso y detallado. Me tiene sin cuidado. Con el paso del tiempo estas llamadas se han convertido en una necesidad tan perentoria como la necesidad de matar. Y en el transcurso de estos años el comisario Salvatierra se ha convertido en mi confesor y también en una especie de muleta a la que acudo cada noche luego de perpetrar mis crímenes. Le tengo afecto y tal vez por eso, me gusta torturarlo, sacarlo de sus casillas, jugar con él al juego del gato y el ratón. Y tengo que admitir que Salvatierra ha estado a la altura de mis expectativas, dado que no siempre, a lo largo de aquel juego despiadado, queda claro quién es el gato y quién el ratón. Me acerco a una parada de taxis a los pies de un enorme centro comercial de ladrillos rojos. Pido un taxi. Arrellanado en el asiento trasero, le digo al conductor que apague el aire acondicionado y baje los vidrios, cierro los ojos y permito que la ciudad desaparezca de mi mente mientras el aire fresco golpea mi cara y el taxista conduce hacia mi apartamento.

domingo, 8 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

49

La iluminación y los colores claros del metro lo sacaban de quicio. Todo era demasiado brillante y plano, sin pliegues en los que buscar, sin texturas en las que dejarse la piel, aséptico y perecedero al modo de un Mc Donalds, salvo que en el metro no encontraría un payaso tan atrozmente ridículo, cosa que se agradecía. Sin embargo lo había usado mucho como coto de caza. Para eso sí que servía. En el metro la gente se comportaba muy distinto a como se comportaban en la superficie. Se mostraban más reacios a interactuar, a acercarse al prójimo. De alguna manera extraña se desconectaban, se mostraban ausentes, como sonámbulos, como si les hubieran extraído el alma, si es que tenían. Le gustaba a pesar de la iluminación y el decorado. Sin embargo hoy el viaje tenía otro propósito. Además la vieja rapera había logrado inquietarlo. Volvió a verla en el momento en que le guiñaba un ojo, gesto de complicidad que no esperaba y que lo sumió en negros pensamientos de estilo paranoico. Estaba metida en su cabeza y se dio cuenta que por el momento no iba a poder sacarla de allí. Así que la siguió por el andén. Caminaba despacio y contando las monedas que había recibido y metiéndolas luego en un viejo koala de cuero que llevaba colgado a la cintura. Saludaba a todos con quien se cruzaba como si los conociera de toda la vida. En la superficie, al aire de la noche bulliciosa, entre los buhoneros que pregonaban su mercancía vio a una china con su cava de anime vendiendo comida. ¡China, dame un arroz especial ahí!, gritó mientras se acercaba y sacaba un montón de monedas de su koala. Pagó y se llevo su pote y una cucharilla de plástico hasta la seiba que partía la avenida en dos. Allí, a sus pies, se sentó y se comió el arroz con serena lentitud, sin prisas, mientras a su alrededor se desarrollaba la enajenada danza de los autos, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo para encontrarse en esa esquina a esa hora y comenzar a darse de bocinazos y atravesarse unos a otros, mientras la masa tupida de los peatones se filtraba entre las carrocerías destellantes y le daba una nueva dimensión al caos.
Cuando terminó de comer dejó el pote a los pies del árbol como si de una ofrenda se tratase y, caminando sobre los techos de los autos y las cabezas de los peatones, cruzó la avenida hasta una licorería cercana, compró una cerveza y se la bebió de un solo trago como si fuese agua pero más rica que el agua, fría, picosa, aletargante también, un regalo de Dios que agradeció con un formidable eructo y una carcajada contagiosa que hizo reír a los que por allí se encontraban, mientras la vieja rapera se limpiaba la boca con el dorso de la mano y seguía su camino hacia… ¿dónde? No quiso saberlo. No quiso seguirla. Estas historias siempre terminan mal. A su edad es así. A su edad, en esta ciudad despiadada, no se sobrevive cantando rap en los vagones del metro. A su edad, en esta ciudad hijo de puta, o se tiene mucho dinero o mejor se tira uno debajo de las ruedas del metro. Punto final. La dejó alejarse por la avenida, hundirse en la noche, allí donde los reflejos fraudulentos de la ciudad ya no la alcanzaban.

sábado, 7 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

48

El tren avanzaba por túneles sombríos con destellos esporádicos. Era sedante ver a través de la ventanilla las líneas, siempre rectas o en ángulos precisos, que huían hacia atrás. Como no tenía nada mejor que hacer se puso a pensar en el mendigo. Lo primero que vio, sin embargo, fue un largo pasillo mal iluminado por unas lámparas adosadas al techo, que despedían una luz mortecina. Luego, al final del pasillo, vio unas escaleras y abajo una habitación sin muebles malamente iluminada, como el pasillo arriba, pero esta vez por la luz del sol que se colaba por un largo ventanal. Ahora sí vio al mendigo. Estaba desnudo, los brazos alzados y apoyados sobre la pared. Era muy delgado, pero en modo alguno mal alimentado o desnutrido. Alguien encendió la luz de una bombilla que colgada del techo y vacilaba levemente. Alguien, otra vez, una sombra, golpeó el cable que sostenía la bombilla y convirtió la habitación en una alucinada tempestad de luces, un caleidoscopio desquiciado en el que se multiplicaba, sobre todo, la imagen del mendigo desnudo pegado contra la pared. De nuevo alguien, otra sombra, puso heavy metal en un aparato invisible y le dio todo el volumen. La mesa estaba servida. Las sombras se entrecruzaban, a veces tenían rostro, pero solo un breve instante que ciertamente se repetía sin orden ni concierto, cuando la luz de la bombilla que giraba como una peonza borracha pasaba sobre sus caras. Apareció, entonces, una larga vara de madera un poco más gruesa que un listón. No estaba muy claro quien la sostenía. Parecía, más bien, pasar de mano en mano. Se escuchó una voz pastosa que cabalgaba torpemente sobre las palabras, torpeza atribuible, tal vez, al alcohol. Era una voz ridículamente chillona que apenas se escuchaba por encima de la estridencia metálica de la música. La voz le ordenaba al mendigo que se quedara quieto donde estaba y que no se volteara. La voz daba risa (salvo al mendigo que no tenía ninguna razón para reírse) y tal vez por ello se escucharon algunas risitas cuyos dueños parecían moverse constantemente. Ahora sí se olía el vaho denso del alcohol que flotaba en la habitación. La bombilla había disminuido el diámetro de sus oscilaciones y la luz se iba apaciguando de a poco. Nadie, ninguna mano, ninguna sombra, se tomó la molestia de golpear de nuevo el cable que la sostenía. Entonces la vara de madera avanzó sin titubeos hacia el mendigo, sostenida por unas manos que tomando impulso hacia atrás, se lanzaron luego hacia delante a una velocidad difícil de precisar pero claramente vertiginosa. Cuando la superficie lisa y dura de la vara de madera se estrelló contra la blanda superficie de las nalgas del mendigo, se produjo un chasquido muy parecido al que produce un huevo cuando entra en contacto con el aceite hirviendo. Difícil ver la cara del mendigo en la semipenumbra de la habitación (alguien, otra sombra, había apagado la luz) pero en modo alguno difícil preveer el rictus de horror y dolor que la violencia del golpe dibujó en esa cara. Las piernas se doblaron y apenas pudieron sostener el peso del cuerpo. Ni siquiera un grito, sino un débil aullido como el de un niño que muere asfixiado, surgió de entre los labios apretados. Hizo un amago por darse la vuelta pero las voces le ordenaron que no lo hiciera. Cuando presintió que la vara de madera iba a iniciar otro viaje hacia sus nalgas a la velocidad del dolor, trató de cubrirse con las manos pero las voces lo amenazaron con meterle el cañón de una pistola en la boca y con una leve presión sobre el gatillo hacer que una bala loca iniciara un viaje errático por su cuerpo y se alojara definitivamente en algún órgano importante e irremplazable. El mendigo decidió vivir, aunque no era sencillo elegir entre el dolor y el descanso, eterno es verdad, pero descanso al fin y al cabo, sobre todo si se pensaba que el dolor, sufrir el dolor, era como morir de a poco. Y cuando el dolor superaba los límites de la cordura, y esto sucedió repetidamente durante la sesión, y se derrumbaba sin sentido sobre el suelo de cemento, le echaban un balde de agua fría para despertarlo y obligarlo a ponerse de pie y contra la pared, una y otra vez, para recibir lo sablazos de la vara de madera, sin descanso, sin misericordia porque la misericordia era cosa de Dios y Dios no tenía velo en ese entierro, aunque ellos, las sombras, los policías, los verdugos eran muy creyentes y tenían, cada uno, virgencitas de las que eran devotos colgadas al cuello, a las que le rezaban todos los días, les pedían por sus hijos, por sus familias, que los protegiera siempre y no los abandonara y a ellos les diera luz para hacer su trabajo lo mejor posible y los alejara de las balas asesinas, mientras le daban en la madre a este mendigo hijo de puta que finalmente y luego de mucho golpe, mucho planazo por ese culo, se derrumbo definitivamente y ya no hubo balde de agua fría que lo volviera en si. Lo vistieron, lo montaron en una patrulla y se dirigieron hacia las afueras de la ciudad. Por el camino compraron perros calientes y unas cervezas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

MONSTRUOS S. A.

47

En esa ocasión decidió tomar un tren hacia el oeste y bajarse en la última estación. El movimiento rítmico del vagón calmó la exaltación que venía arrastrando desde su apartamento, y que el affaire con el mendigo no hizo (no sabía muy bien por qué) sino aumentar.
Repasó mentalmente lo que le diría a la persona que iba a llamar, y trató de imaginar sus respuestas. Era un juego que le divertía. Pero sus ensoñaciones fueron interrumpidas por una vieja que se subió en la siguiente estación y se puso a cantar un rap, y que inexplicablemente, pensó, se paró frente a él y lo miró a los ojos mientras cantaba, como si se hubiese propuesto cantarle precisamente a él. Se removió incómodo en el asiento, pero no le quitó los ojos de encima Era vieja de verdad, fea y desdentada. Tenía una bandana roja en la cabeza que le cubría parte del pelo reseco y teñido de rubio. Vestía, según le pareció, de forma extravagante, con una franelilla blanca que era incapaz de sostener los dos grandes senos que caían por su propio peso hasta la mitad del torso, unos shorts verdes fosforescentes muy ajustados que apretaban de forma asfixiante grandes masas de carne y que dejaban al descubierto las piernas llenas de várices y moretones, y unas zapatillas amarillas salpicadas de manchas inclasificables y que de ningún modo quiso ponerse a clasificar. Mientras hacía el torpe amago de seguir el ritmo con el cuerpo, y dejaba, entre verso y verso, escapar aire por la comisura de los labios, llevándose una mano a la boca cerrada (lo que no impedía que algunas gotas de saliva impactaran su cara) como suelen hacer los raperos, la vieja recitaba versos como estos: Tu eres un rollo/ vives como un topo/ metes a la gente en el hoyo. Versos que lo inquietaron aún más, a pesar de que eran versos risibles, y lo pusieron en guardia frente a la viejecita entrometida y ¿pitonisa? No, que va. El no creía en esas cosas, aunque no dejaban de ser turbadores los versos de la anciana rapera.
Al fin la vieja terminó y guiñándole el ojo le extendió la palma de la mano muy cerca de la cara, tan cerca que pudo oler el sucio que incubaba desde quién sabía cuando en el interior de las uñas rotas y la mugre que le cubría la mano y que configuraba el mapa de un mundo improbable, pero no por ello irreal, el mapa de una vida al ras del suelo, la vida que podía llevar una rata o una cucaracha. Buscó en los bolsillos y le entrego unas cuantas monedas. La vieja las agradeció con una reverencia excesiva y se alejó hacia las puertas del vagón. No le pidió dinero a más nadie. El tren se detuvo y las hojas de la puerta se abrieron con su bufido característico. La vieja salió del vagón y se alejó por el andén. Cuando el tren se puso en marcha de nuevo y las luces, los reflejos, las publicidades pegadas a las paredes de baldosas brillantes, los transeúntes que esperaban el próximo tren, fueron pasando cada vez a mayor velocidad, pudo vislumbrar, apenas por una fracción de segundo, a la vieja, que parada delante de un cartel de Gucci que mostraba a una modelo de figura andrógina enfundada en un traje de cuero, le hacía adiós con la mano y le sonreía sin dientes, mostrando el foso negro de la boca por donde silbaba el aire, y podría asegurar que justo en ese instante la vieja lo miró directamente a los ojos, a él, a nadie más sino a él, como si la vieja lo supiese todo, lo de antes, lo de ahora y lo que vendría, y le estuviese haciendo una gracia, tomándole el pelo, haciéndole ver que sabía y que llegaría el momento de cobrar, pero todo muy amigablemente, sin dramatismos, sin sangre. Pensó en la muerte jugando ajedrez con Max Von Sydow y se estremeció, pero sin mucha convicción.

viernes, 30 de octubre de 2009

MONSTRUOS S. A.

46

Todavía era temprano y las aceras estaban colmadas de personas que caminaban con prisa, como si las siguieran o como si escaparan de algo. Como si se pudiera escapar, pensaba sarcástico y riéndose por dentro, aunque lo que quería era reírse bien fuerte, que todos lo escucharan muy bien y que se dieran cuenta de que se reía de ellos, precisamente de ellos y de su patético afán, de sus ilusiones perdidas. ¡Ganado!, les gritaría. ¡Sois ganado! ¡Estúpidas bestezuelas que van al matadero! ¡Aminorad la marcha! ¡Entreteneos con cualquier cosa! ¿A dónde vais con tanta prisa? ¡La muerte os está esperando! ¡Deteneos estúpidos animales!
En la esquina estaba el mendigo de siempre, sentado en la acera, con la pernera izquierda del pantalón enrollada y encajada bajo el muslo, la muleta a un lado y un potecito de plástico frente a él. Tres policías lo rodeaban. Hablaban. Es decir: Los tres policías miraban hacia abajo y hablaban, y el mendigo miraba hacia arriba y respondía. No parecía asustado. Parecía, más bien, desconcertado, como si no escuchara bien las palabras que le llegaban de allá arriba. Los policías se reían y hacían gestos incomprensibles y, de vez en cuando, señalaban al mendigo y le daban suaves golpecitos con sus botas negras al muslo de la pierna amputada. Un pequeño corrillo de curiosos se había formado alrededor de los cuatro bloqueando el paso por la acera, lo que produjo un embotellamiento del transito, debido a que los peatones, entre bocinazos, insultos y empujones, debían tomar la calle para superar el tumulto.
Desde donde se encontraba no escuchaba lo que decían, así que se acercó. Uno de los policías le ordenaba al mendigo que se quitara los pantalones. Los curiosos se reían. El mendigo miraba al policía con cara de no entender nada, y luego miraba a los curiosos como buscando explicaciones, pero solo recibía de ellos risitas y palabras que parecía entender tan poco como las del policía. ¿Tú como que te estás haciendo el loco?, dijo el policía. Quítate los pantalones o te doy un tiro en la pierna, dijo sin mencionar a que pierna se refería. El mendigo comenzó a hacer lo que le ordenaban. Primero se sacó la pernera de debajo del muslo y la extendió sobre la acera. Después se desabrocho el botón del pantalón. Lo hacía con mucha tranquilidad, sin prisas, como si estuviese en el baño de un lujoso restaurante y se dispusiese a orinar en un reluciente e inmaculado urinario. Miraba a todo el mundo, a los policías, a las gentes que lo rodeaban y que parecían estar viendo la función callejera de un prestigiador venido a menos, los miraba, precisamente, como si quisiera hipnotizarlos o, por lo menos, ilusionarlos, encantarlos, hacerles pasar un rato agradable, falso pero agradable. Entonces la mirada del mendigo se cruzó con la suya. Se vieron y se reconocieron, el mendigo lo reconoció o por lo menos mostró una sonrisa de reconocimiento, luego se encogió de hombros como diciendo: ya ve usted, me han atrapado. Luego terminó de bajarse los pantalones y pudo ver, todos pudieron ver, que la pierna que se creía amputada estaba doblada a la altura de la rodilla y firmemente amarrada a la parte trasera del muslo, con un sucio trapo de cocina. La carcajada fue generalizada. El mendigo también se permitió reír como si todo fuese solo una broma y ya todos se pudiesen ir a casa, pero el policía, el que parecía llevar la voz cantante y que no se reía, puso las cosas en su sitio. ¿Pero es que te vas a reír güevón?, dijo. Ponte el pantalón y párate, dijo. El mendigo hizo, como lo había hecho hasta entonces, lo que se le ordenaba. No había abierto la boca en ningún momento y actuaba, en líneas generales, como si la cosa no fuera con él. Hijo de puta, murmuró mientras veía a los policías despejar la acera y llevárselo. Uno de ellos llevaba en la mano un cuñete de pintura vacío y golpeaba la espalda del mendigo con él. ¿De dónde lo habrá sacado?, pensó. Cuando llegaron a la patrulla, estacionada unos metros más adelante, lo esposaron y lo metieron en el interior del auto. Antes de entrar en la patrulla, ya con las manos esposadas, el mendigo se entretuvo unos segundos mirando a su alrededor, como si presintiera que tardaría mucho tiempo en volver a ver las calles por las que solía andar libremente, o como si estuviera seguro de que ya no las vería nunca más. Hijo de puta, volvió a murmurar, sorprendido aún de que el mendigo que veía a diario sentado en la esquina, a unos pocos pasos de su edificio y al que daba, de tanto en tanto, una limosna, más para tranquilizar su mala conciencia que por otra cosa, lo hubiera tenido engañado tanto tiempo. Vio la muleta sobre la acera y a su lado el potecito de plástico con algunas monedas en su interior y murmuro por tercera vez hijo de puta. Luego enfiló sus pasos hacia la estación del metro y se olvido del asunto.

domingo, 25 de octubre de 2009

MONSTRUOS S. A.

45

Esa noche en su apartamento, no abrió las ventanas y no puso música, aunque estuvo tentado a poner algo de Glen Gould, sino que buscó en su biblioteca El que no ve de Leopoldo María Panero, y sentado en su sillón lo abrió y pasó las páginas, tomando con suavidad, con fervor contenido, casi con mística reverencia, las hojas amarillas de tiempo, con sus dedos índice y gordo, hasta que consiguió el poema que estaba buscando: Un asesino en las calles. Leyó en voz baja y entrecortada por la risa. Era una risa de felicidad o eso creía, una risa exaltada que nacía en el estómago y que amenazaba con ponerlo a bailar de alegría, impulso que a duras penas pudo refrenar, concentrándose en los versos que leía:

No mataré ya más, porque los hombres solo
son números y letras de mi agenda
e intervalos sin habla, descarga de los ojos
de vez en vez, cuando el sepulcro se abre
perdonando otra vez el pecado de la vida.

No mataré ya más las borrosas figuras
que esclavas de lo absurdo avanzan por la calle
agarradas al tiempo como a oscura certeza
sin salida o respuesta, como para la risa
tan solo de los dioses, o la lágrima seca
de un sentido que no hay, y de unos ojos muertos
que el desierto atraviesan si demandar ya nada
sin pedir ya más muertos ni más cruces al cielo
que aquello, oh Dios lo sabe, aquella sangre era
para jugar tan solo.

Con el último verso soltó una carcajada. Se levantó, cerró el libro y lo dejó sobre el sillón. Se acercó a la ventana y la abrió. Los ruidos de la ciudad entraron y armaron el jolgorio de siempre en la sala. Se le ocurrió una idea. Era una muy buena idea. Casi saltó de alegría cuando se le ocurrió. Pero se contuvo. Prefirió esperar el momento justo para explayarse. Cerró la ventana y salió del apartamento.

sábado, 24 de octubre de 2009

MONSTRUOS S. A.

44

Pero esa vez fue diferente. Esa vez había alguien nuevo en la oficina. Alguien que era una mujer y que venía a sustituir a un compañero de trabajo que había renunciado intempestivamente mientras él estuvo de viaje en Londres y que, casualmente se sentaba en el cubículo al otro lado del pasillo. Una mujer de mirada dulce que le había sonreído al verlo y le había extendido la mano para presentarse, mano que él tomó casi con reticencia, podría decirse que con terror, pero, al mismo tiempo, con unos enormes deseos de tomarla y no soltarla ya más. Se llamaba Liz, tenía veinticinco años, tres años menos que él, baja de estatura, entradita en carnes sin ser gorda, el pelo muy corto y negrísimo. No era bella pero sus grandes ojos verdes miraban con tal dulzura, como ya hemos dicho, que desarmaban cualquier intento de crítica. Vestía con sencillez pero con gusto y sus ademanes y movimiento eran siempre frescos y gráciles. Decidió, por lo tanto y casi de inmediato, que esa sería la mujer con la que formaría una familia Por descontado que ese día no hubo concentración, ni mundos que desaparecen, ni coqueteo con la inmortalidad. Si hubo, en cambio, manos inquietas, miradas nerviosas y de soslayo, hacia el otro lado del pasillo, hubo mucho deseo y mucho sufrimiento, y no, como se podría creer, porque se haya enamorado locamente o porque se haya desbordado el deseo de poseer el cuerpo regordete de la recién llegada, no, aunque algo de eso había, se trataba, más bien, de una creciente fascinación y, por qué no, angustia, por como se habían adecuado los acontecimientos para que ese encuentro fortuito se realizara.
El día lo pasó observando a su vecina trabajar e intercambiando con ella algunas palabras, siempre en el orden estrictamente laboral, respondiendo a sus dudas, o guiándola con mano suave pero segura de si misma, aún cuando ella no se lo pidiera (fue el único atrevimiento que se tomó) por algún recoveco especialmente difícil en el intrincado y engorroso laberinto fiscal, sin atreverse aún a sobrepasar el límite de la cortesía profesional y adentrarse en el de las confesiones personales. Ya habría tiempo para ello.
No vamos a decir aquí que no sopesó la posibilidad de matarla. Sí lo hizo, como lo hacía siempre con todo aquel que llamaba su atención, pero se trataba de una fantasía en la que se entretenía con gozo y en modo alguno de un deseo que debía cumplir a toda costa. Tenía como regla inquebrantable no asesinar a conocidos y mucho menos a compañeros de trabajo. Los riesgos eran enormes. Y él era una persona que se esmeraba por no correr riesgos innecesarios. Pero sí la veía y mientras las veía, imaginó detalladamente como entrelazaba sus manos sobre su cuello, como apretaba hasta que algo se rompía en el interior de ese cuello levemente carnoso y blando y el cuerpo de la mujer se aflojaba y caía como una muñeca de trapo sobre el piso mojado por aguas negras en algún sucio y oscuro callejón, cómo la abría en canal después, y tomaba en sus manos los órganos sangrantes, los olía con deleite y luego se los pasaba por la cara, se los restregaba por la cara sintiendo la sangre aún caliente deslizarse por su piel, empapando sus ropas e impregnándolo de ese olor sublime que tardaría horas en desvanecerse. La miraba y pensaba en todo esto mientras ella le devolvía, de tanto en tanto, la mirada y le sonreía con esa sonrisa ingenua y devastadora.

lunes, 19 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A.

43

Al día siguiente volvió a la rutina, es decir, entre otras cosas, a su trabajo en la agencia tributaria en la que había pedido un permiso no remunerado para poder viajar a Londres, aduciendo ciertos arreglos legales con un pariente lejano, volvió a su insignificante cubículo que hacía las veces de oficina, junto a otra decena de cubículos, igual de insignificantes, dispuestos en dos secciones separadas por un estrecho pasillo que colmaban el segundo piso de la Oficina Tributaria del Centro (OTC). Todo el día se escuchaba el murmullo de las hojas que crujían en las manos de los agentes fiscales y el tableteo histérico de las calculadoras que se lanzaban como locas sobre los cálculos más complicados, dedos nerviosos empujando las teclas hasta el fondo, cabezas gachas, ojos fijos, como idos pero, sin embargo, enfocados, casi sufrientes, la mirada perforando los datos, en los labios surgiendo, casi inaudible, una letanía de números, un mantra que se escuchaba a lo largo de toda la jornada laboral.
La OTC, el segundo piso, se habían convertido en su iglesia, su cubículo en el confesionario o reclinatorio o, más bien, celda, en fin, el lugar ideal para desembarazarse de su mente mientras se hundía en los inescrutables legajos que lo esperaban en su mesa. Los deseos de matar, casi cualquier deseo, desaparecían cuando se enfrascaba en los complicados cálculos que debía realizar cada día para que los contribuyentes del país, al menos los que estaban bajo su responsabilidad, supiesen con exactitud, qué le tocaba pagar al fisco ese año en particular. Su concentración llegaba a extremos inauditos, casi míticos, extremos reservados a experimentados gurús tras largos y esforzados años de meditación y renuncia. Su desconexión con el mundo era total, al punto que su cubículo primero, luego la oficina toda y las paredes de la oficina y luego las del edificio y finalmente la ciudad entera, se iban desdibujando como una acuarela a la que se le echa demasiada agua, hasta que solo quedaba él, y ni siquiera porque no era capaz de verse o de percibirse, flotando en una nada negra y vigilante o, mejor dicho, vagando en una nada negra y vigilante, o no, tampoco, solo quedaba esa nada negra y vigilante que se vigilaba a si misma pero que estaba más allá de toda vigilancia. Anulada la mente, anulados los deseos y los sufrimientos que implican, abolída, a su vez, el tiempo y alcanzaba la inmortalidad, al menos, por el lapso de una jornada laboral de ocho horas.

domingo, 18 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A.

42

De vuelta en su país, en su apartamento tipo estudio en el centro de la ciudad, sentado en el sillón frente a la pantalla del televisor apagado, frente al equipo de sonido enmudecido, bebiendo un whisky, escuchando los ruidos de la ciudad que reptaban por las paredes del edificio y se colaban por la ventana abierta y que de un modo extraño pero esperanzador se acomodaban en la salita, haciéndose partícipes, como buenos compañeros, de sus cavilaciones, decidió casarse, decidió formar una familia, tener hijos, incluso un perro o un gato, daba igual, un hogar, un lugar a donde llegar, un lugar para añorar, sin dejar lo otro, desde luego, lo otro no se podía dejar, era parte consustancial de su ser, su lado oscuro si se quiere, pero un lado después de todo, existía, era real y tan visible, al menos para él, como el otro, el “bueno”, el que le mantenía con los pies en la tierra y le permitía ir de compras al supermercado, por ejemplo, o entablar una conversación con otro ser humano, tener amistades, no muchas claro, ir al cine, tener un trabajo, muy modesto, es cierto, y compañeros de trabajo, el que lo impulsaba, en ese instante, a convertirse en marido fiel y padre afectuoso, en fin, una manera de amarrarse con más fuerza a esa tierra que a veces se le escapaba y lo dejaba colgando, literalmente, sobre el abismo, abismo que percibía, solo a veces, como una salvación, el fin de la lucha, del esfuerzo sobrehumano por mantener la razón y no convertirse en un animal sediento de sangre que recorría una ciudad en la oscuridad, una ciudad que era la oscuridad, repleta de fantasmas que aullaban a la luna y esperaban, sumisos, al monstruo que los devoraría.
Se acercó a la ventana e, invitando a los ruidos, buenos compañeros en las noches solitarias, pero poco dados al orden, poco inclinados a la meditación, a dejarlo con su soledad, cerró la ventana y acto seguido se sirvió otro whiskey, colocó el Claro de Luna de Beethoven, se volvió a sentar en el sillón y poniendo el vaso frío, los hielitos tintineando en su interior, sobre la frente y haciéndolo girar levemente de un lado a otro, los ojos cerrados, la mano libre siguiendo la música, esperó que la ciudad terminara de salir del apartamento y que la noche lo arropara definitivamente con su manto.

MONSTRUOS S.A.

41

La visita a los “lugares de Jack”, como los llamó Cinthia, la tímida mujer que lo recibió en la agencia y que resultó ser la guía, no despertó en él ningún interés. Todo le parecía falso. Una farsa descabellada. Las estrechas calles llenas de sol y de gente, sus compañeros en el recorrido turístico: una pareja de japoneses bajitos que no paraban de sonreír y que, por extraño que parezca, no tenían cámara fotográfica y una gringa gorda y muy blanca que venía del sur profundo y cuya familia, según decía, no se sabía bien si en broma o en serio, hasta no hace mucho había tenido esclavos de su propiedad. La propia Cinthia, con sus tics, haciendo enormes esfuerzos por vencer su timidez y captar la atención de sus clientes, lucía tan patética, que se dedico durante todo el recorrido a seducirla. Estaba hastiado y convencido de que había perdido tiempo y dinero viajando a Londres. Habría hecho bien en quedarse en casa. Por lo menos, piensa, no he debido salir está mañana de la pensión. Allí se sintió más cerca de lo que había venido a buscar. Pero a ver, ¿qué había venido a buscar? No lo sabe. Lo que fuera que estuviese buscando lo había encontrado, aunque de forma ambigua, en la pensión, en esa anacrónica taberna incrustada, como una caries en el diente más blanco, en el Londres del siglo XXI. Era un romántico. Lo que buscaba era inalcanzable: El pasado o el aura del pasado, la estela que va dejando, el rastro apenas visible y que no lleva a ninguna parte. Eso es lo que buscaba y lo encontró en la posada decimonónica. Perdió todo interés en Cinthia. Sin embargo, y tal vez por una necesidad de castigarse o de auto flagelarse, se quedó en la agencia hasta que cerró y la acompañó a su casa. Por el camino se detuvieron en un pub y se tomaron unas copas. Achispada por el alcohol, Cinthia se mostró más locuaz que de costumbre y dejando de bajar la mirada y entrelazar las manos, se permitió, incluso, coquetear con él. Ya había caído la noche cuan salieron del pub. Caminaban despacio y tomados de las manos. Cinthia apoyaba la cabeza en su hombro mientras él pensaba en el modo en que iba a matarla. Soltó su mano y la tomó por el cuello. Decidió que la asfixiaría. Acarició suavemente la nuca de Cinthia con las puntas de los dedos y sintió el leve temblor que recorrió el cuerpo de la mujer. Sonrió. En la puerta de su edificio Cinthia lo invitó a subir. El sabía que lo haría. Por toda respuesta le dio un largo y apasionado beso en la boca.
La tumba boca abajo sobre la cama revuelta y la penetra con dureza. Cinthia grita y él ahoga el grito hundiendo su cara en la almohada. Llevan horas follando. El amanecer está próximo. Debe apresurarse. El chasquido que hace su pelvis al golpear las nalgas de Cinthia lo excitan. Aumenta la fuerza de sus enviones y cuando los gemidos de ella se intensifican y se hacen desesperados, coloca sus manos sobre el cuello y comienza a apretar. Al principio suavemente y luego cada vez más y más fuerte, buscando el punto exacto donde el orgasmo y la muerte se encuentren. Luego, cuando Cinthia yace inerte con los ojos y la boca abierta, se permite él mismo venirse en un prolongado y doloroso orgasmo. Saca su miembro y ve surgir de la vagina de Cinthia su esperma que como un magma blanco se escurre con lentitud hasta manchar las sábanas. Allí la deja. No limpia nada. No toca nada. No le importa. En unas pocas horas estará en su país. Se viste y sale del apartamento sin echar ni siquiera una mirada a lo que deja atrás.

jueves, 15 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A. 40

Dice Flaubert: “Para poder escribir he de estar en una inmovilidad de existencia completa. Pienso mejor tendido de espaldas y con los ojos cerrados.” Es inexplicable. ¿Quién lo va a entender? Eres un vago y punto, dice mi mujer. Y de paso un irresponsable que no trae dinero a la casa. Es decir que no basta con sufrir el desgastador desasosiego que produce poner por escrito tus alucinaciones, hay que partirse el lomo, como un buen burgués, para llevar dinero a casita. Desde luego lo que escribo no nos da de comer. Mis hijos pasan hambre y el Niño Jesús deja atrás nuestra ventana cada veinticinco de diciembre sin siquiera echar una miradita de reojo, por si acaso. Y sí, soy egoísta. Todo escritor lo es. Y yo soy un escritor (aunque no escriba nada). Soy escritor, escritor, escritor, escritor. Debo repetirlo para convencerme a mi mismo. El resto, todo, está en un segundo plano.

MONSTRUOS S.A. 39

Desayunó en un local de comida rápida. Plástico por todas partes, incluso en la comida que apenas se podía tragar. Grandes ventanales de vidrio. Reflejos. Gente estúpida revoloteando a su alrededor. Bienvenido a la realidad, pensó. En la calle paró un taxi y le mostró al conductor la dirección que llevaba escrita en un papel. Recostada la cabeza sobre el respaldo del asiento veía pasar Londres por la ventanilla del taxi. No le gusta lo que ve. Vuelve a sentir deseos de matar, de destazar, de beber sangre. En la agencia de turismo lo atiende una mujer que debe andar por los cuarenta, espigada e intrascendente, con el pelo recogido en un moño y grandes gafas de miope. Cuando habla baja la mirada y entrelaza sus manos blancas de dedos alargados constantemente como si esos gestos de tímido nerviosismo fuesen parte de su conversación. La odia de inmediato. Y la desea.

martes, 13 de octubre de 2009

MONSTRUOS S.A. 38

Onetti viene hacia mí con su gran cara de sapo. Tendido en su viejo catre, apoyado sobre su codo, fumando y soltando un denso hilillo de humo que asciende sobre su rostro, me dice: Desconfía siempre del escritor que dice “memoria” o dice “recuerdo”. No existe tal cosa como el recuerdo o la memoria. Todo es invención. Un escritor es, ante todo, un gran mentiroso.

viernes, 9 de octubre de 2009

MOSNTRUOS S.A. 37

Recuerdos, malditos recuerdos. Habría que abolirlos, convertirlos en fantasía. Prefiero vérmelas con mi asesino imaginario. Lo había dejado en su posada decimonónica, dormido en el agua caliente de la tina. Y sin embargo, cuando despierta, tarde, al día siguiente, está hecho un ovillo en el catre que resulta más cómodo de lo que esperaba, las tres mantas sobre su cuerpo aún dormido. ¿Cómo llegó allí? No lo sabe. No le importa. Muy a su pesar se levanta y se viste. Sale de su habitación y baja por las estrechas escalera que crujen y se desesperan, como la noche anterior, bajo su peso. Se asoma al mostrador de la recepción y no ve a nadie. Vuelve sobre sus pasos y camina por un pasillo hacia el fondo de la pensión. Tiene la impresión de que el silencio vibra levemente al ritmo del fuego que parece hacer equilibrios en la punta de las mechas de azufre. Dio con una sala grande con un hogar y una marmita sobre el fuego. Frente al hogar un largísimo tablón que hacía las veces de mesa. No había nadie. Tuvo la tentación de llamar pero se contuvo. Tenía hambre y la superficie del tablón estaba yerma. Decidió desayunar afuera. Cuando abrió el pesado portón de madera, el siglo XXI le dio en pleno rostro un bullicioso mazazo que lo sacó con violencia del ensueño en que había vivido.

MOSNTRUOS S.A. 36

¿Cómo puedo yo conciliar con la idea de la muerte? ¿La muerte una idea? No, la muerte no es una abstracción. La muerte es un hecho y más que un hecho es una compañera de viaje (muy a nuestro pesar me temo) que se planta junto a nosotros desde el mismo instante en que nacemos y ya no nos abandona jamás. Entonces, cómo lidiar con ella, cómo hacer soportable su presencia, sobre todo ahora que, con suerte, puedo estar transitando la mitad de mi vida. Y más que soportar se trata de entender y aceptar, no con la mente, esa traidora, sino con el corazón (aunque a veces también nos traicione), no con la razón ni las vísceras sino con el alma. He allí el gran dilema. ¿Tiene solución? No lo creo.

miércoles, 7 de octubre de 2009

MONSTRUOS. 35

El sendero descendía, no hacía otra cosa que descender, muy irregular y estrecho, entre raíces y piedras. Muy arriba, en las ramas de pinos y eucaliptos, se esparcía la luz del sol que apenas llegaba hasta donde estaba yo para rozar mis párpados. El aire estaba quieto y el silencio parecía hablarme con palabras sigilosas que yo persistía en interrumpir con mis pasos. De tanto en tanto jirones de niebla se incrustaban entre los árboles como cuñas almidonadas. Y yo caminaba como si me dirigiera hacia un sueño. Caminé y caminé hasta que llegó la noche y el bosque pareció despertar, cobrar vida en múltiples sonidos y misteriosos movimientos en el ramaje. Me detuve y allí mismo me acosté en la tierra húmeda y hecho un ovillo me dormí. Mientras dormía me visitaron criaturas extrañas que me hablaron en un lenguaje incomprensible. Desperté con el rocío y me puse en camino de nuevo. El silencio regresó y tomó posesión del bosque. Yo era un intruso que con mis pasos violaba la ley. En mi mente mis hijos se desvanecían. Pasaron muchas noches idénticas. Me alimentaba de raíces y de frutas silvestres. Tomaba el agua de pequeños pozos o directamente de la lluvia, cuando llovía. Entonces olvidé por que caminaba. El camino se convirtió en mi destino. Mis ropas se hicieron jirones, mi cabello y mi barba crecieron más allá de lo posible, mis zapatos se disolvieron en la nada, mis uñas crecieron y sirvieron para raspar la corteza de los árboles en busca de bichos con que alimentarme. Olvidé mi nombre y de donde venía. Olvidé quien era. Me convertí en el camino.

MONSTRUOS. 34

Jamás los alcancé. Resultó que la carretera era intransitable. Me hundía hasta las rodillas en el fango. Avanzar apenas un par de metros requería un gran esfuerzo. Perdí los zapatos dos o tres veces, ahogados en el barro. Recuperarlos y volver a calzármelos me tomaba considerable tiempo. Un tiempo precioso que no debía malgastar. Mis hijos corrían peligro. Estaba convencido. Seguí avanzando. Tropezaba una y otra vez, volvía a perder los zapatos. Uno, dos pasos. Pronto caí agotado. Mi cara se hundió en el fango. Temí desmayarme, dejar de respirar, hundirme más allá del lodo, en la última oscuridad. No. No podía ser en fin. Mis hijos me necesitaban. Hice un esfuerzo mayúsculo y destrabe mi cara del barro. Me di la vuelta. Mi mujer estaba parada donde la dejé, a unos pocos metros, con los pies muy juntos, me hacía adiós con la mano y me miraba con un dejo de lástima. A su lado se había reunido un nutrido grupo de mirones que no quitaban la vista de mis movimientos. Se lo estaban pasando en grande. Si es que parecía que estuviesen en el cine. Comían cotufas, se palmeaban la espalda y hacían apuestas. ¿Lo lograría o no lo lograría? Los niños eran los que más disfrutaban. Era mejor que ver algunas de las inefables peliculitas de Disney, desde luego. En mi fuero interno deseé y creo que hasta elevé una plegaria por el triunfo de los caballos.
Entonces descubrí en la orilla del camino un sendero que se adentraba en el bosque. Acostado como estaba, rodé sobre mi cuerpo hasta que llegué a sus pies. El movimiento, totalmente imprevisto, levanto exclamaciones en el público. Me paré, me limpie la cara, hice un gesto de triunfo elevando ambos brazos con los puños apretados, le pinté una paloma a la concurrencia y me adentré en el sendero. Luego asomé medio cuerpo en el camino, ligeramente inclinado hacia delante, le lancé un beso a mi esposa y volví a desaparecer.

MONSTRUOS. 33

Montados ya en sus caballos, partieron por la carretera enfangada llena de huellas de cascos que a modo de cráteres lunares cubrían con exageración la vía. Un niño, apenas algo mayor que mis hijos, montado en un caballo negro como la noche, hacía las veces de guía. Los vi alejarse con paso cansino, un paso desganado pero muy conciente de si mismo, hasta que desaparecieron en una curva. Entonces mi esposa, que se había mantenido en un discreto segundo plano, se acercó y me hizo notar el estado lamentable en que se encontraban los animales. Yo que solo me fijaba en sus ojos no lo había notado. En efecto eran caballos mal alimentados, en los huesos, con laceraciones en la piel, algunas de ellas infectadas. De pronto imaginé una rebelión de caballos. Una rebelión contra los malos tratos, los abusos, la humillación que significaba para ellos, animales libres por naturaleza, llevar el freno en sus bocas y en sus lomos una desfile de niños que solo se detenía con la muerte, obligados a recorrer el mismo camino una y otra vez, vuelta tras vuelta, giro tras giro, día tras día, sin descanso, sin pausa, al menos que se considerara una pausa el instante en que desmontaba un niño y montaba el siguiente. Una rebelión feroz que acabaría con los humanos, sobre todo con los niños. Le dije a mi mujer que me esperara un momentito y me fui detrás de mis hijos.

MONSTRUOS. 32

La elección del caballo adecuado era la formalidad más difícil de cumplir. No solo contaban las preferencias de mis hijos, sino las mías que, al final de cuentas, eran las que prevalecían, muy a pesar de los niños que casi nunca estaban de acuerdo con mi elección y se montaban con cara enfurruñada en sus respectivos caballos. Los que yo había elegido. Para mi contaba sobre todo su seguridad, y si eso iba en detrimento de sus gustos y de su diversión, pues peor para ellos. Los prefería mal encarados, pero sanos y con los huesos en su lugar. Después ocurría, invariablemente, como un leitmotiv infinito, que se antojaban del mismo caballo. En esos casos debía hacer alarde de mi poder de convencimiento que, frente al emperramiento de mis hijos, era poco menos que inútil. Fracasada la diplomacia, pegaba dos gritos y obligaba al mayor, menos testarudo, a elegir otro animal. El último requisito, antes de permitir que mis hijos dieran inicio a su cabalgata, era ver directamente a los ojos del caballo y dilucidar en unos pocos segundos su grado de inteligencia.

MONSTRUOS. 31

No por mucho madrugar amanece más temprano, recuerdo que pensé al despertar. Eran las seis de la mañana de un día Domingo. Un segundo más tarde los niños tomaron por asalto la cama y se nos echaron encima como golosos piratas sobre un tesoro. Su hiperactividad natural se elevó varios niveles cuando su madre les dijo que iríamos al Junquito a montar caballos. ¿Y yo por qué no sabía nada de ese paseo? Ante el hecho consumado (los niños me miraban henchidos de felicidad y batían sus palmitas) opté por sonreír como un dulce beato (con una leve ironía dirigida a mi mujer) y asentir con la cabeza.
Ah los caballos, esas bestias en apariencia tranquilas que te ven con sus ojos enormes, como si estuviesen leyendo directamente en tu cabeza, hurgando en tus pensamientos más íntimos y sabiéndolo todo de ti. Diciéndote con esa mirada qué ellos saben. Y que saben, incluso, que tú sabes.
Los preparativos. Pero sobre todo los niños corriendo de un lado para el otro. Yo los veía con cierta fascinación. No sabía qué buscaban. O si es que buscaban algo. Me preguntaba: ¿Esa carrera tenía algún sentido oculto que a mi se me escapaba, un sentido que solo los niños podían aprehender? Se me ocurría pensar que el sentido de tanto movimiento estaba en la propia carrera. Correr, correr, correr, correr sin propósito solo por el hecho de correr, de estar en perpetuo movimiento, de no estarse quieto jamás porque, tal vez, en la quietud existía una desgarradura, una minúscula hendidura por la que se podía contemplar el futuro. Y eso, me decía, es lo peor que le podía pasar a un niño, ver, por ejemplo, su propia muerte y no solo verla sino comprenderla, captarla en toda su plenitud. No señor. Era mejor pasar de largo, dejar la rendija atrás y concentrarse en la carrera, en el movimiento que los mantenía en el eterno presente, lejos de su mente.
Yo que estaba atrapado en la mía, los miraba maravillado y no sin cierta aprehensión. Veía a dos seres que invadían mi espacio con brutal indiferencia, dos seres que pertenecían a otro mundo, uno al que no podía acceder, uno que me estaba vedado, pero que vagamente parecía reconocer y del que apartaba la mirada con un gesto de terror. Meditaba en todo esto mientras calentaba el motor del carro y disfrutaba de unos segundos de sosiego en la mañana fresca. Yo habría preferido quedarme en casa. Pero me daba cuenta que ese movimiento continuo, en el interior de la casa, habría generado una energía de tal magnitud que, no me cabía la menor duda, habríamos volado en mil pedazos. No. Era mejor salir y dejar que esa energía se esparciera en la atmósfera.
El viaje en si mismo carecía de importancia. Se trataba, sencillamente, de ir del punto A al punto B. Era una formalidad más bien engorrosa que con gusto me abría saltado. Un trayecto por una vía accidentada, con mucho tráfico y un paisaje deplorable. Mientras sorteaba huecos fantaseaba con la tele transportación. Descomponerte molecularmente en tu casa y un segundo después aparecer, con cada molécula en su sitio, en el lugar de destino. Y si no es de tu agrado lo que ves o te aburres, media vuelta y otra vez en casita y a leer un buen libro o a hacer el amor con tu mujer. Pero no. Hay que dejarse las moléculas, que del otro modo llegaban intactas, regadas por el camino, rayadas y sin lustre por el roce de los elementos. Por suerte, la misma vibración del automóvil que descolocaba mis moléculas, rendía a mis hijos, sumiéndolos en una soñolencia de la que no emergían hasta que no detenía el auto y apagaba el motor. En esa paz de aire acondicionado, con las Variaciones Goldberg de Glen Gould sonando bajito en el reproductor y, tal vez, la mano de mi mujer entre mis piernas haciéndome una delicada paja, seguíamos el camino que nos llevaría hasta los caballos que, no lo dudaba ni un poquito, nos esperaban con sus ojos como ventanas y su expresión de saberlo todo sobre nosotros.

martes, 6 de octubre de 2009

MOSNTRUOS. 30

Las noticias llegan de forma misteriosa. Tal vez las trae el viento. O un pajarito como aquellos que se posan en mi ventana en las tardes de sol. O, simplemente, se presentan en mi mente y me hablan. No lo se. Pero lo cierto es que me he enterado de la muerte de Peregrino. Era un italiano rollizo con la cara eternamente enrojecida, que resoplaba al hablar y se tambaleaba a los lados cada vez que daba un paso, como si fuese el último paso que pudiesen ya dar sus fatigadas piernas. Era dueño de un bar en donde nos reuníamos los del esperpento. Era una vieja casa cuya construcción databa de finales del siglo XIX y que, tal vez, era la edificación más antigua de la ciudad. Peregrino le había añadido dos plantas para usarlas a modo de pensión. Era una persona en cuya mente solo funcionaba la idea de la ganancia, la acumulación constante de dinero. Vivía en forma exigua, casi en la indigencia, ahorrando cada centavo que caía en sus manos, en un sucio y maloliente apartamento ubicado cerca del bar. Vivía con su concubina y cinco rapaces, algunos suyos, otros recogidos en las calles. Todos trabajaban en el bar. Todos recibían, a modo de salario, algo de comida y un techo donde pasar la noche. ¿Por qué hablo de este ser primitivo cuando, en realidad, quería hablar del bar y de las reuniones etílicas y apasionadas del esperpento? Tal vez porque es lo más cerca que he estado en mi vida de un personaje de Dickens. Y a mí las novelas y los personajes de Dickens me fascinan. Tal vez porque ya entonces lo miraba con el ojo clínico del escritor en busca de personaje.
Peregrino tenía un hijo mayor. Se llamaba Luciano, era un drogadicto irrecuperable que vivía en la calle. De vez en cuando se dejaba ver por su casa. Nunca se acercaba al bar. Se paraba en la acera, debajo del apartamento de Peregrino y se quedaba largo rato observando, esperando que alguien se asomara por el hueco de la ventana. Lo que invariablemente sucedía. Sino se ponía las manos en la cara a modo de altavoz y comenzaba a llamar a Peregrino a gritos. Este no tardaba en asomarse a la ventana hecho una furia, o, si era el caso, se asomaba a la puerta del bar, tambaleante, con la cara más roja que de costumbre producto de la ira y moviendo los brazos como si fuesen aspas de un molino viejo y pesado que ya no pudiese moler sino desgracias. Armaban una buena en la calle. Luciano siempre en la acera en actitud condescendiente y suplicante y Peregrino, si estaba en su apartamento, con media humanidad sobre el alféizar de la ventana como una ballena encallada, vociferando fuera de si, diciéndole que se largara, que lo dejara en paz, que el no tenía dinero, que trabajaba como un burro para ahorrar apenas lo necesario para pasar una vejez tranquila. A veces Peregrino le lanzaba un balde de agua fría que podía, o no, calar a Luciano, pero invariablemente el escarceo terminaba cuando el padre, cansado y derrotado, lanzaba unas cuantas monedas que el hijo recogía con la alegría de un niño que recoge caramelos y que luego contaba con avidez mientras se alejaba en busca de su dosis diaria de felicidad.
Nosotros, el esperpento, observábamos aquellas luchas por la subsistencia entre padre e hijo, sentados en una mesa del bar, a través de las rejillas de madera que hacían las veces de ventanas, mientras bebíamos cerveza y filosofábamos sobre la necesidad de dinero y sobre esa otra necesidad que es matar al padre Éramos cinco. Cinco fracasados llenos de sueños. Algunos, entre los que me contaba, fracasados aún antes de haber encontrado algo en que fracasar. Muy conveniente si a ver vamos. La teoría del mínimo esfuerzo. Dejarse llevar por la corriente, aún cuando nos llevase hacia el abismo de una catarata. Estaba Salvador que era un títere de si mismo, un payaso que había olvidado que debajo de la máscara había un ser humano que alguna vez le había dado vida al payaso. Era creador de máquinas complicadísimas, de artefactos estrafalarios sin uso práctico y que jamás funcionaban. Estaba Fernando, atormentado como pocos, atrapado en alucinaciones apocalípticas que se manifestaban en depresiones cíclicas y en una imaginación irrefrenable que nunca conseguía su cauce. Estaba Ludovico que era artista plástico y el único del grupo con una obra hecha y bien meditada que, sin embargo, se inventaba obstáculos que sacaba, como buen prestidigitador, de su más monótona cotidianidad, y que a modo de cortafuegos iba colocando frente a él para impedirse a si mismo avanzar. Estaba Horacio, enamorado de los griegos, tal vez el más etéreo de nosotros, inasible, ambiguo, maleable. Con él nunca se sabía. No se sabía que pensaba ni que hacía. Era como un organismo extraño que recorría el torrente sanguíneo y que cambiaba de forma según de que se alimentara. Y en fin, estaba yo. Un hablador de güevonadas. Un embaucador. Un encantador de serpientes que, sin embargo, no era tonto y usaba serpientes a las que les había extraído hasta la última gota de veneno. Un engreído que peroraba continuamente sobre literatura, pero que era incapaz de sentarse frente a una máquina de escribir y redactar, siquiera, un par de líneas decentes. Éramos un grupo. El esperpento. Teníamos en común nuestro desarraigo, nuestro fracaso y nuestro gusto por las cervezas. ¿Qué más necesitábamos?

lunes, 5 de octubre de 2009

MONSTRUOS. 29

El viaje, recuerda, fue un disparate, una cosa insensata. Llegó a Londres, hecho polvo por el jet lang, con las últimas luces del día. Se hospedó en una desvencijada posada ubicada en un lugar de la ciudad que no supo precisar. El taxista que lo llevó, un sij de turbante naranja y larga barba negra, no abrió la boca en todo el trayecto y no respondió a sus tímidos y balbuceantes intentos de comunicarse con él en su ingles chapucero. Estuvo un rato meditando si lo liquidaba. No lo hizo. En una callejuela poco concurrida el sij le lanzó la maleta y se marcho. Solo cuando el taxi dobló una esquina y desapareció, se dio cuenta de que aquella no era la dirección que había dado. Se arrepintió de no haberle cortado la garganta a ese indio hijo de puta. Estaba de pie en la acera, frente a la entrada de una vieja taberna llamada Fogstills. Hizo sonar la aldaba contra el portón de madera y esperó. Al cabo de un rato se abrió, pesadamente y con un largo chirrido y pudo ver a un hombre enjuto de baja estatura con un candelabro en la mano. Sin mediar palabra lo hizo pasar. Avanzaron por un pasillo alumbrado con candiles de aceite que pendían de un garfio. Luego subieron unas estrechas escaleras. La madera crujía bajo sus pies. Le dio la impresión de seguir a un muerto en el interior de una tumba. Su habitación resulto ser amplia, con una ventana de buen tamaño que daba a un patio trasero y a un laberinto de casas y callejones que se extendían hasta donde se podía ver. En el centro un catre con tres mantas de lana plegadas. El posadero recorrió la habitación candelabro en mano. Así pudo distinguir, además, una mesa con su silla, una tina, un orinal y una chimenea de piedra sobre la que colgaba un cuadro. Era La Tempestad de Turner. Dos criadas entraron en ese momento con sendas palanganas llenas de agua caliente que vertieron en la tina. El posadero dejó el candelabro sobre la mesa y con un gesto ordenó a las criadas que salieran. Luego y tras una venia que juzgo excesivamente teatral, el propio posadero abandonó la habitación y lo dejó solo. Se desvistió con lentitud y se metió en la tina. El agua caliente fue aflojando sus músculos cansados y pronto cayó en una dulce modorra. ¿Dónde estaba?, se preguntó. Creyó escuchar pasos que se acercaban por el corredor y se detenían frente a su puerta y luego una voz que susurraba su nombre, su nombre que se alejaba, se hacía más quedo, inaudible, se iba yendo, más y más lejos, lejos…

jueves, 1 de octubre de 2009

MONSTRUOS I.N.C. 28

Una noche, cuando me disponía a acostarme, mi mujer, que ya llevaba rato dormida, se removió inquieta en la cama y me dijo: Hola. Hola, dije. Hasta mañana, buenas noches y buena suerte, dijo luego, entre sueños. Me dormí y soñé que caminaba por una avenida infinita. Por un lado rompían las turbulentas aguas del océano pacífico, por el otro el asfalto desaparecía en las primeras arenas del desierto de Sonora. Yo caminaba y me reía. Caminaba sabiendo que aquella avenida no iba a ninguna parte, que iba a pasar el resto de mis días viendo el mismo monótono paisaje y caminando sin llegar a mi destino. Y me reía de la frase que le había escuchado a la sonámbula de mi esposa: “Hasta mañana, buenas noches y buena suerte.” Sobre todo aquello de “y buena suerte” que dicho justo cuando me disponía a dormir, sonaba a cuídate ahora que te adentras en tus sueños. Meditaba en aquella frase mientras caminaba y me reía. Muy razonable, pensé. Yo solo le hubiera agregado: “La vas a necesitar.” Porque, soñaba yo que meditaba, es muy cierto que adentrarse en las regiones brumosas del sueño tiene sus peligros. El más grave de todos es no regresar de ellas. Y es en el que con más facilidad se puede incurrir. Nada más sencillo que quedarse de forma definitiva en ese experimento de la muerte que es el sueño. ¿Y si la muerte es eso justamente? Un cúmulo de imágenes desdibujadas y oscuras por las que vagamos sin saber que somos nosotros los que nos movemos, confusos y torpes, por toda la eternidad.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

MONSTRUOS I.N.C.

Recuerda un viaje a Londres para conocer los recovecos victorianos en donde actuó Jack el Destripador. La idea se le ocurrió viendo The Lodger de Hitchcock en la televisión. Era una de esas emisiones de madrugada reservadas a los productos que se llenaban de polvo en los depósitos y que no se sabía muy bien que hacer con ellos y que se colocaban para llenar un hueco o para darle un barniz cultural a una programación que era cualquier cosa menos cultural. Ese prurito hipócrita de las compañías televisivas le dio la oportunidad de ver la película muda de Hitchcock que, a su vez, produjo el chispazo que dio vida a la idea de viajar a Londres. Estaba tan excitado que se vistió, salió a la calle y destazó a la primera puta con la que se tropezó, en plena avenida y bajo la luz amarillenta de un poste eléctrico. Nunca había corrido tantos riesgos. No le importó. Estaba desbordante de felicidad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

EN LA MENTE DEL MONSTRUO. 26


He seguido a mi sombra con devoción casi infantil y he terminado por darme de bruces contra la pared. He decidido, entonces, hablar con ella. ¿Por qué no? Yo puedo hacer lo que quiera. Me he quedado quieto y ella también, adosada como una calcomanía sobre una pared en la que cuelga una reproducción de Van Gogh. He aprovechado para hablar. Le he dicho que su quietud se parece a la mía. Una soberana estupidez la verdad. No se porque he dicho esto. Es lo primero que se me ha ocurrido y lo he soltado sin pensar. Ella no responde. Su silencio es tan estático como su silueta. Yo, por otra parte, tampoco me habría tomado la molestia de contestar semejante obviedad. Sin embargo insisto. Le pregunto si se siente a gusto. La muy puta no responde. Se mantiene en su obstinada hosquedad, yo diría que retadora. No quiero moverme, aunque tengo sed y me tomaría con gusto una coca cola, porque entonces ella se movería conmigo y perdería esta oportunidad única de que me hable y me vislumbre lo que yo no se, lo que está en esa oscuridad mía y que yo soy incapaz de alumbrar. Habla, le increpo. Pero ella no. Parece mirarme con el sí que se les da a los locos, a los que queremos sacarnos de encima o a los que no escuchamos con interés. Adiós sombra mía, digo entonces. Vete a lavar ese culo, si es que tienes. No te necesito. Harto ya de su desprecio, apago la luz.

sábado, 26 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 25

Mi asesino serial vuelve a las andadas, es decir que ha regresado a mi cabeza por donde se pasea como Pedro por su casa. Hace lo que quiere y yo apenas puedo seguirle la estela. Es de noche y ha salido de cacería. Busca, preferentemente calles solitarias y oscuras, calles de aires quietos en donde puede oler el aroma de sus víctimas a medida que se acercan. Espera con la paciencia de un santo a que aparezca una mujer, su pieza ideal, fácil de dominar. Al principio también pescaba algún niño, pero en las noches se veían pocos y, casi siempre, acompañados por personas mayores. Además esas caritas espantadas y sufrientes le recordaban la de sus hijos. Así que los dejó y se dedicó por entero a las mujeres. Menos esfuerzo, máxima satisfacción, piensa sumergido en la negra entrada de un callejón como si estuviera parado a la entrada de su madriguera. Una madriguera llena de huesos, vísceras, cartílagos, carne y sangre. Aspira el olor de ese montón de materia en descomposición como si lo tuviera allí en frente y sonríe. Y espera porque esperar es el arte mayor, el resto es trabajo sucio. El resto es ensuciarse las manos, sudar, resoplar. Un esfuerzo vulgar que no le depara ninguna satisfacción especial. Ah pero la espera anhelante. Eso es otra cosa. Allí reside toda la emoción, la controlada excitación, que se manifiesta, apenas, en el cosquilleo de los dedos, en el leve corrientazo que asciende por la espina dorsal y va a morir en un temblor imperceptible en los labios, en las diminutas perlas de sudor que brillan en las sienes.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 24

Ahora que lo pienso, ¿habrá escrito Perec, ciertamente, esa parodia de Proust o se trata de otra de las citas inventadas por Vila-Matas y adosada a los escritores que aprecia más? Vaya lío. Habrá que investigar. Yo no he leído a Perec. A Proust, en realidad, tampoco, pero sí he leído esa primera frase que da comienzo al primer tomo de En Busca del Tiempo Perdido, titulado Por el Camino de Swann, y que dice, según traducción de Pedro Salinas: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano.”

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 23

Yo que me oriné en la cama hasta los doce años, que me masturbé por primera vez a los dieciocho y que me acosté con una mujer a los veinticinco y ya no me volví a acostar con nadie mas, que viví en casa de mis padres hasta los treinta y hubiera seguido viviendo con ellos si no me hubiesen echado de allí y que aún me siguen echando cada vez que trato de regresar, que cuando canto espanto a los pájaros y cuando no, son ellos los que me espantan a mí, que duermo de día y por la noche espío a los muertos, mi única compañía, que he llegado tarde a todas las edades de mi vida (no eres el único Bryce Echenique), que cuando voy ya los otros vienen y cuando se cruzan conmigo no me ven o hacen como que no me ven, que abandoné la escritura mucho antes de empezar a escribir (¿o fue la escritura la que me abandonó a mí?), que he fracasado en todo porque nada he intentado, que tengo buen olfato para las causas perdidas, las mías, que son todas, que las persigo (a las causas perdidas) con la tenacidad incansable de un perro de presa, me voy a quedar (no me voy a ir) muy quieto y en silencio, con la escritura muy adentro, encerrada.

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. 22

Hoy me acuesto por escrito, digo parodiando a Perec quien escribió, parodiando a Proust: “Durante mucho tiempo, me acosté por escrito.” Pero me doy cuenta en seguida que la parodia no me ha salido bien porque, en realidad y para ser completamente sincero, debo decir: Durante mucho tiempo, he vivido por escrito. Y sigo haciéndolo. Y por decisión mía. Nadie me ha obligado a hacerlo. Así que mejor dejó a Perec y a Proust en paz y si he de parodiar a alguien, mejor me parodio a mi mismo que soy el ser más parodiable que sobre la faz de la tierra hay. A dormir por escrito.

domingo, 20 de septiembre de 2009

EL MONSTRUO EN LAS NOTAS. CAPITULO 21

Miro por la ventana. Allí está la diadema, insolente y retadora. Desde ella el montañaje desciende con requiebros, entre simas y crestas, hasta las tierras llanas, anegadas por el vaho, asoladas por el tórrido empuje del trópico. Hoy, muy por debajo de mí, un manto de nubes blancas lo cubre todo rozando con sus hilillos los pies de mi querida obsesión. Quietud. Silencio. Aquí Dios se mantiene en una meditación constante.

viernes, 18 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. CAPITULO 20

Hoy no estoy para nadie. A nadie quiero ver y a nadie quiero escuchar. Desconecto el teléfono como si estuviera ejecutando un atentado terrorista. Luego me pregunto quién coño me va a visitar o a llamar si no tengo quien me llame o visite y entonces el acto subversivo de jalar el cable del teléfono ya no me parece tan audaz. Me siento, más bien, un poco idiota.
Mi viaje a los centros comerciales lo dejaré para otro momento. No tengo ánimos de salir, aunque, me doy cuenta, tampoco tengo ánimos de estarme en casa. Estoy hecho un lio y todo por culpa de Massiani. Debería ir yo a visitarlo como un acto de venganza. Meterme en su casa, en su intimidad, mirar por encima de su hombro lo que está escribiendo en su vieja máquina de escribir e ir haciendo pueriles comentarios que lo vayan sacando de la historia que está creando hasta, que cansado de tanta intromisión y abuso, lo deje y nos vallamos los dos a emborracharnos con una botella de whiskie. Pero con qué ánimos sino tengo ni pizca. Mejor dejarlo estar a Don Pancho. Y mejor me dejo estar yo mismo. Mejor quedarme quieto con la muerte en los talones como escribió un poeta muy malo. Pero es así, exactamente, como quiero estar: muy quieto y con la muerte en los talones. Y que se quede allí la muy puta, que no venga a embaucarme, que no me dore la píldora, ni que me envuelva con sus sortilegios de bruja, También ella que me deje en paz. Ya dije que no estoy para nadie, mucho menos para la parca y sus insidias. Aún no.

martes, 15 de septiembre de 2009

LAS NOTAS DEL MONSTRUO. CAPITULO 19

Yo a Francisco Massiani llegué por casualidad. No me obligaron a leerlo en la escuela. Nadie me lo recomendó. No me topé con él en Internet porque sencillamente Internet, en aquel entonces era el secreto mejor guardado del Pentágono o, en todo caso, pertenecía aún al ámbito de la ciencia ficción. No señor. Yo entonces era muy joven y mi papá, tal vez porque ya se había cansado de mantener a un zagaletón que no quería estudiar y que perdía su tiempo (el mío) y su dinero (el de él) leyendo y sacándose los mocos tumbado en la cama, me puso a trabajar en una distribuidora de libros. Así que fui a parar a sus depósitos que quedaban en un pequeño edificio en una calle arbolada y tranquila. Yo me encargaba, armado con una carretilla y una lista, de organizar los pedidos que hacían otras librerías. Era un depósito de techos altos y estanterías como catedrales repletas de libros. Los ventanales eran una línea recta que quebraba, muy arriba, una de las paredes del depósito. En las tardes la luz del sol se filtraba por aquellos ventanales, perforando con aces amarillos las motas de polvo que flotaban como ángeles en el aire quieto del lugar. Se respiraba santidad y yo, a pesar de estar trabajando y de tener un jefe cascarrabias, me la pasaba bastante bien porque no había mucho que hacer y me quedaba suficiente tiempo libre para deambular entre los pasillos y admirar aquella cantidad inconmensurable de libros. Un día, caminando por uno de esos pasillos, pensando o, mejor, soñando con las historias que iba a escribir, pasaba mi mano, a medida que avanzaba, con delicadeza, por las tapas de los libros que descansaban sobre la estantería. Yo pensaba que así me trasmitían su energía, me nutrían con los tesoros que escondían en su interior. Mis manos se posaron sobre un delgado libro de forma rectangular, de tapa blanca y un motivo marino en portada. Llevaba por nombre Piedra de Mar y estaba escrito por un tal Francisco Massiani. No se hoy que fue entonces lo que me llamó la atención en aquel libro. Tal vez la tapa blanca como la nieva, tal vez el motivo marino: Un velero en altamar, pintado con colores pasteles, suaves, evocadores o, tal vez, la insignificancia del librito, tan liviano, tan tímido, como si quisiese pasar desapercibido, no molestar y no ser molestado. La verdad es que no se. El hecho es que tomé el libro y me senté sobre una caja, fuera del alcance de la mirada severa de mi jefe, y comencé a leer. Olía a cartón húmedo, a viejo y ha guardado. La motitas de polvo floraban en torno a mí mientras yo me hundía en la historia de corcho y ya no fui capaz de emerger de aquellas profundidades. Cuando leí la última página sentí una gran desazón, como si hubiese quedado, de pronto, huérfano y muy solo en la vida. Me hacía falta algo y no sabía que era. Pero al mismo tiempo era feliz, con una felicidad anónima y cotidiana como hecha con un cúmulo de pequeñas felicidades que se hubiesen ido juntando dentro de mí. Estaba hechizado. Acaricié el libro con las yemas de mis dedos y luego me lo llevé a la nariz y aspire su fragancia. Fue el primer y único libro que me robé en mi vida. Lo escondí dentro de mis pantalones y cuando pasé frente a mi jefe le dije que renunciaba y salí a la calle.

lunes, 14 de septiembre de 2009

VIAJE AL CENTRO DE LA COSA (SUGERENCIA DE UN LECTOR) CAPITULO 18

Efectivamente había visto a Pancho Massiani. Ahora lo vuelvo a ver al final de la calle, sentado en el borde del abismo, pintando una de sus acuarelas. Es un día de cielo azul, claro y con poco viento. Puedo ver, también, a la diadema negra que sigue llamándome. Yo hago oídos sordos. Agarro una botella de coca cola y dos vasos y salgo de la casa. Me hace bien salir un poco, tomar el aire fresco y vivificante de la montaña, dejarme tocar por el sol. Pienso que he estado demasiado tiempo a solas, demasiado tiempo escondiéndome, demasiado tiempo imaginando. Me siento junto a Massiani al borde del abismo. ¡Ajá! Con que ya estás aquí, me dice. Yo por toda respuesta, un poco asombrado de que me esté esperando, le alcanzo un vaso con coca cola. ¡Aaah! Qué sabroso, dice. Yo lo miro un rato beber. ¿Usted no estará muerto Don Pancho, verdad?, digo luego, un poco predispuesto por tantas visiones fantasmales y visitas de muertos ilustres. No, que va, todavía no. Gracias a Dios, dice y se ríe. Nos quedamos un rato en silencio. Yo lo veo pintar su acuarela al borde del abismo. Pienso que así es como debe escribirse: Al filo de lo imposible, siempre con la tentación del abismo entre ceja y ceja. Si, si. Así es que es, dice. Yo no he dicho nada, digo. Claro que lo has dicho, dice. Y nos volvemos a quedar en silencio. En cada ojo, la última carta, dice. Ha dejado de pintar y está observando el fondo del abismo, por donde un fino hilillo metálico serpentea entre rocas. No comprendo, digo. Nada, dice. Y agrega: Pensando en pienso yo existo. Y luego: Hay que escribir como pintaba Van Gogh. ¿Cómo?, digo. Encaramándose en un rayo, dice. Escribir sobre un rayo, digo. Si. Y recuerda que los rayos también terminan en el abismo, dice y me entrega la acuarela terminada. Luego se levanta y se aleja caminando por el borde del abismo. Me quedo con la acuarela entre las manos y luego, como recordando algo, le digo: Pero yo no escribo. Eso no tiene la menor importancia, dice sin darse la vuelta y con los brazos extendidos a los lados como un equilibrista que camina por la cuerda floja.

sábado, 12 de septiembre de 2009

... CAPITULO 17

Recuerdo haber ido por una calle un día de sol y de calor. En la acera de enfrente caminaba Adriano González León. Al cruzarnos, separados por el ancho de la calle, recuerdo haberle gritado: ¡Adiós maestro! El me ha respondido con una gran sonrisa y un saludo con la mano elevada por sobre su cabeza. Recuerdo haberle visto alejarse al viejo. Se fue con su país portátil (que yo imaginaba, más bien, como un cofre lleno de palabras) en el bolsillo de la chaqueta. Lo vi disolverse en el blanco de la tarde. Pensé en ese momento, no se porque, que así le habría gustado irse. Lo imaginé, entonces, dentro de un cuadro de Reverón, más allá de las palmeras, más allá del agua, en el blanco más puro. Se fue, hueso de sus huesos, y ya no lo volví a ver más. Adiós maestro.

viernes, 11 de septiembre de 2009

SIN TITULO. CAPITULO 16

Apenas decido iniciar este viaje a los centros comerciales, una visión me entretiene y me obliga a retrasar mi exploración. Me parece haber visto a Francisco Massaini asomado en la ventana, su cabellera blanca y enmarañada, su barba, también blanca, de patriarca de la literatura, la barbilla ligeramente posada sobre el pecho, mirando por encima de sus anteojos. Bien pensado, es del todo imposible. ¿Qué carajos estaría haciendo don Pancho por estos rumbos perdidos, tan lejos de su querida y nostálgica ciudad? Decido echar un vistazo para cerciorarme y efectivamente no veo a Massiani, solo la calle de tierra que deja atrás las pocas casas de este lugar y va a darse de bruces con un despeñadero.

VIAJE CERRADO. CAPITULO 15

“De viaje por los centros comerciales.” El título no está mal. Da para una buena historia sin duda. Uno de esos viajes iniciáticos o exploratorios de mundos ignotos y lleno de peligros. La idea no es mala. Y ahora que lo pienso: a mí se me ocurren buenas historias. Debería ponerme a vender ideas para novelas, hoy día que se vende y se compra todo en ese mundo infinito que es el Internet, creciendo, sin descanso, hacia adentro, comprimido en el pequeño receptáculo brillante del monitor, pero inmensamente más grande, desproporcionado y, me temo, inútil.. Un mundo cancerígeno colmado de células muertas. Una metástasis virtual. Pero dejemos las esdrújulas en paz y volvamos a los centros comerciales. ¿Qué clase de mundos son estos? ¿Y qué clases de gentes los habitan? ¿Qué hacemos allí? ¿Qué buscamos? Nuestra vida parece girar en torno a esas gigantescas y rocambolescas construcciones en las que es posible encontrar absolutamente todo: Los objetos que cubren nuestras necesidades primordiales y aquellas cosas que solo sirven para llenar las cajas de nuestras necesidades creadas, las que dicta el mercado, sobre todo estas últimas de las que nos atiborramos con maniática insistencia, con tozudez de piedra. Pienso en todo esto y decido, de inmediato, iniciar una expedición individual a estas catedrales modernas en donde se adora a las cosas y en donde uno mismo, en una suerte de comunión mística, se cosifica, se hermana con La Cosa.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

IMPRONTA NO IMPRONTA. CAPITULO 14

Un gran personaje sin duda alguna. Habría dado para una gran novela si me hubiese propuesto escribirla, claro. Pero he decidido no escribir una sola palabra más. Mis creaciones pasarán frente a mis ojos o detrás de mis ojos, para ser más precisos, y con la misma velocidad que lo hagan quedaran relegadas al más definitivo olvido. Arte efímero y para mi exclusivo solaz. Sentado frente a la ventana, miro por primera vez en varios días, luego de tanto mal tiempo, tormentas y lluvia y tanta niebla densa y quieta, la imponente montaña que resalta del resto en este agreste y remoto territorio, y cuyo nombre desconozco y que los lugareños, todos, en apariencia, descendientes de una antigua etnia indígena y prácticamente sin contacto con la civilización, no han sabido o no han querido decirme. Esa montaña esplendorosa y sin nombre que parece una corona de rocas negra moteada de blanco me llama. En este momento me está llamando con una voz sinfónica y matriarcal. No se que significa eso, pero es así como me llama. Prefiero en este momento no escuchar. Me pongo de espaldas a la ventana como si con el gesto de girarme sobre mi mismo y dejar de ver su imponente perfil deje, también, de escuchar su voz. Y así es, porque esa voz entra por mis ojos como los potentes rayos de una luz de bellas melodías. En cambio me pongo a pensar en mi querido personaje de ficción, en el simpático y muy familiar asesino de mi novela hipotética. Me lo imagino sentado a la mesa a la hora de la cena, minutos antes de que se despida de su gorda esposa y salga a la noche para iniciar la búsqueda de una nueva víctima que aplaque con su sangre los demonios internos que le acosan. Acaba de dirigir la oración pidiendo gracias y observa comer a su familia con disimulada atención y una inofensiva sonrisa dibujada en los labios. Los dos varones han tenido un pequeño altercado, poca cosa, por los tenedores que su madre les había colocado a cada uno y que son exactamente iguales. La bebé, ya con un añito cumplido, se dedica a agarrar su comida con la mano y a echarla al suelo, en donde es velozmente recogida por el pincher negro que a él, poco afecto a los animales, siempre le ha parecido una rata. Su mujer, por su parte, entre bocado y bocado, le habla, aunque no puede asegurarlo, de uno de sus innumerables viajes a los centros comerciales. Le gusta aquello que ve. Los ama, aunque no puede dejar de percibir una especie de cosquilleo en el hueco del estómago, una suerte de impaciencia o ansiedad, sobre todo cuando manipula en sus manos un cuchillo. Le aterra la idea, es su mayor temor en este mundo, de salir en una de sus rondas nocturnas y no conseguir a quien matar. ¿Cómo regresar con su familia si se diese el caso? No puede. Imposible. Sabe que entonces el cuchillo en su mano dejaría de ser el instrumento, excitable, es cierto, pero en el fondo inofensivo, cuyo único sentido es el de rebanar la carne que alimenta a su familia. Piensa en todo esto mientras mira a sus seres queridos cenar. Los observa con devoción y una pizca de avidez. No puede evitarlo. Esta es su naturaleza y es por ello que se apresura en terminar la comida. Se levanta y despidiéndose de los varones con un cariñoso revolvimiento de sus cabellos, alzando a la pequeña en brazos y con un casto y emocionado beso en los labios a su esposa, sale de la casa, sale a la noche llena de promesas, con su angustia a cuestas, es cierto, pero con la convicción de que sus acciones están fomentadas en el amor y de que, en el fondo, es un hombre bueno o que, al menos, lucha terriblemente por serlo.

martes, 8 de septiembre de 2009

IMPRONTA. CAPITULO 13

¿Escribir? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene emborronar cuartillas con palabras que a nadie van a seducir? Yo he optado por el silencio que va bien con las anchurosas soledades de estas montañas donde he hallado refugio. Escribo solo en mi cabeza. Para mi mismo. Con eso basta. Ahora lo se. Pero entonces, en aquellos tiempos precoces en que estaba desgarrado por las pérdidas y emperrado contra mi mismo, me empeciné en escribir, en convertirme en escritor. Quería ser aplaudido, reconocido. Quería que me quisieran más como respondía Bryce Echenique cada vez que le preguntaban por qué escribía, cuando es todo lo contario: la gente te odia más cuando escribes porque, si eres un monstruo en tu vida diaria, en tu relación con tus amigos y con tu familia, entonces cuando escribes eres un monstruo a la enésima potencia, una fuerza brutal y malvada que arrasa con todo a su paso. Yo ya no tenía a quien arrasar porque estaba solo. Ya había arrasado con mi familia aún antes de escribir la primera línea. Así que ya no tenía con quien comportarme como un monstruo, salvo, claro está, conmigo mismo.
Entonces me convertí en un monstruo rumiante que empezó a imaginarse cosas, situaciones en las que se veía envuelto un personaje que me había inventado, otro monstruo, pero ya no merodeando sino metido de lleno en la locura. Este hombre era marido fiel y afectuoso padre, una persona modélica querida por todos que, sin embargo, escondía, tras su apacible piel de cordero, a un sicópata, a un asesino desesperado que salía en las noches a matar. ¿Por qué? Porque de este modo saciaba su sed de sangre, aplacaba la rabia que le corroía y evitaba, sobre todo, asesinar a su familia a la que amaba por encima de cualquier cosa.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Y TUVE LA IMPRESION. CAPITULO 12

Ahora se. La sabiduría llega. Tarde, pero llega. Ahora se que ya para entonces, en mi vida familiar y luego, en mi soledad de divorciado, era un monstruo. Para mis hijos ese monstruo cobró la forma del ogro que, si bien, no comía carne humana, si sacaba a relucir su mal carácter, su intolerancia y su rechazo, cada vez que los niños, como cosacos enardecidos en busca de atención, invadían el espacio que se había creado en los más profundo de su bosque mental, un lugar cálido y fresco por igual, optimo para meditar y perder el tiempo sin hacer nada. Entonces era el ogro que merodeaba la locura. Luego, seis meses más tarde de que mi mujer me abandonara llevándose a los niños, cuando por fin pude salir de la negra depresión que fue el desierto de Sonora, me convertí en el monstruo que escribe. Con ese monstruo lidié yo solo. Así que no tenía que darle explicaciones a nadie. Ni siquiera a mi mismo. Sin embargo ahora voy a hablar sobre ello, voy a hablar desde este bosque montañoso desdibujado, a veces, por suaves pinceladas, otras por contundentes brochazos, de niebla, en el que me he escondido para no ser encontrado.
Ese monstruo, no bien hubo emergido del desierto de Sonora, se sentó frente a la computadora y empezó a escribir. Escribió con un demonio adentro, un demonio despiadado que lo tuvo golpeando, con sus dedos índices, el teclado de la computadora durante cinco días con sus noches. No durmió, no comió, ni bebió. Ciento veinte horas de escritura febril e ininterrumpida. Ciento veinte horas fuera de si, viéndose escribir en la computadora como si otro y no él escribiese y se desintegrase en palabras que iban cayendo, una detrás de otra, en la pantalla del monitor. Tensión, angustia, euforia. Un tintineo metálico en el fondo del estómago que le subía hasta la garganta y le explotaba en un grito de júbilo. Ciento veinte horas al final de las cuales se desplomó sobre el teclado. Soñó con una enorme catedral hecha de palabras. Sus palabras. Su catedral. Caminaba como hechizado. Avanzaba hacia el altar por el pasillo central, pisando sus propias palabras, viendo a su alrededor la imponente arquitectura que había dado forma a aquel templo sagrado. Palabras por donde se viera, luminosas unas, oscuras y difíciles otras, grandes y vistosas palabras y también humildes e insignificantes, las bellas y las horribles. Allí estaban todas. Y todas le pertenecían, no porque él las hubiese creado, sino por la manera armónica en que las había acoplado, dando forma y sentido a un universo casi siempre caótico. El mismo vibraba de armonía mientras avanzaba hacia el altar, donde le esperaba Rimbaud, pálido y muy joven, casi un niño, quien le dijo: “Me habitué a la alucinación simple, veía con nitidez un mezquita donde había una fabrica, un grupo de tambores formado por ángeles, calesas en los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago.” Lloró de emoción al escuchar estas palabras o ante la presencia mitológica de Rimbaud en el interior de su creación o, para ser más exactos, al escuchar estas bellas palabras brotando de la misma boca de Rimbaud. Luego se despertó.
Sin leerlo guardó en el disco duro lo que llevaba escrito y se fue a bañar. Luego se preparó algo muy ligero y, por primera vez en mucho tiempo, comió sin ansiedad. Cuando hubo terminado se dirigió a su cuarto y se acostó. Se quedó dormido de inmediato. Soñó que llevaba a sus hijos a una playa lejana. Se instalaron en un toldo cercano a la orilla. Los niños jugaban en el agua, rodeados de otros bañistas, no muy lejos de donde él estaba sentado. Se quedó dormido. Cuando despertó sus hijos habían desaparecido. Sus juguetes seguían en la orilla, mecidos suavemente por las pequeñas olas que lamían la arena. Por otra parte nada había cambiado. La playa era un hervidero de gentes que, en general, se la pasaban bien y se cocinaban a fuego lento bajo el sol del mediodía. El corazón se le cerró en un puño. Se abrió paso hasta los juguetes y agarró el tobo rojo con el que solían jugar como, si al tocarlo, este le pudiera decir en donde se habían metido sus hijos. Luego caminó a lo largo de la playa. No mostraba signos exteriores de desesperación (aunque sentía que su cuerpo se caía a pedazos) salvo unos inaudibles gemidos que emitía con la boca semi abierta, como los lamentos de una fiera herida. Siguió caminando y escrutando con ojos ávidos a los niños que proliferaban a su alrededor. Los gritos o las risas de alguno de esos niños los identificaba, de inmediato, como las de sus hijos solo para darse cuenta, un segundo más tarde, con estupor, que no se trataba de ellos. Empezaba a tener mucha sed cuando una intuición fulminante lo paró en seco. Sus hijos no podían estar sino bajo el toldo en el que se habían instalado en la mañana al llegar. No los había visto. Eso era todo. Cuando se dio la vuelta para desandar el trecho de que había caminado y encontrarse, finalmente, con sus hijos, vio que la playa estaba desierta y que un caudaloso río que serpenteaba entre enorme piedras y retazos de selva enmarañada le cortaba el camino.
Se despertó temblando y con una sed horrorosa. Fue a la cocina y se bebió integra una garrafa de agua. De vuelta en su cuarto se sentó en la cama y lloró amargamente por sus hijos. El monstruo había desaparecido y los echaba mucho de menos. Dejó de llorar, pero la sensación de angustia e impotencia que le produjo la pérdida de sus hijos en el sueño tardaron un buen rato en desaparecer. En ese momento no sabía que, efectivamente, los había perdido y que no los volvería a ver en lo que le quedaba de vida.
Imprimió lo que había escrito a lo largo de aquellos cinco días alucinados: Ciento ochenta y ocho páginas sin márgenes en hojas tamaño carta. Cogió el legajo de papeles y se fue al jardín para leer su gran obra. Quedó pasmado. Era espantoso. La cosa más horrorosa que había leído en su vida. No tenía ni pies ni cabeza como suele decirse de los bodrios incomprensibles. Era un Finnegans Wake pésimamente traducido. Aún peor, pensó, un Finnegans Wake redactado por un escribiente de tercera, un chupa tintas con ínfulas de escritor. Le recordó el “All work and no play make Jack dull boy” repetido maniáticamente por Jack Torrance en El Resplandor de Stephen King. Tuvo el impulso de reírse, pero se contuvo. Era una situación lamentable. Además volvió a acordarse de sus hijos y eso ya no le hizo ninguna gracia. Estaba acabado.

martes, 1 de septiembre de 2009

CUENTOS CERRADOS. CAPITULO 11

“Un escritor que no escribe es, de hecho, un monstruo merodeando la locura.”, escribe Vila-Matas en Doctor Pasavento, acuñándole la frase a Kafka quien era, no obstante, un monstruo que escribía. Sin embargo con Vila-Matas uno nunca sabe a que atenerse en cuanto a citas se refiere, porque es bien sabida su lúdica afición a inventarse frases que luego pone en boca o en pluma de autores conocidos. Poco importa a quien pertenezca la frase de la que hablamos: a Kafka o a Vila-Matas. Nos pertenece a todos. Una vez un abogado viejo y sabio (si es que tal cosa existe) me dijo: La verdad la hago mia. Y lo importante es, en este caso, que la frase es de una verdad incuestionable. Yo soy un vivo ejemplo de ello. Yo soy “un monstruo merodeando la locura” aunque no se si es debido a que soy “un escritor que no escribe”, porque, si bien es cierto que no escribo, no se si pueda llamarme a mi mismo escritor. Tal vez lo más exacto sea decir que soy un monstruo loco que merodea la escritura. Si. Esta frase me describe de cuerpo entero y me hunde, también de cuerpo entero y sin remedio, en la melancolía más profunda.