jueves, 20 de noviembre de 2008

LAS BIBLIOTECAS MULTIPLICADAS



Pienso en mi biblioteca que ha crecido de forma alarmante en los últimos tiempos. Alarmante tanto para mis bolsillos como para mi salud intelectual, puesto que ahora estoy mucho más endeudado y mi cabeza se ha convertido en un torbellino insufrible en el que giran enloquecidas las historias, el lenguaje y la estructura de los veinte o treinta libros que leo al mismo tiempo. Ahora que lo pienso: ¿de dónde demonios han salido todos estos libros?, ¿Cómo he llegado a ellos? o, mejor, ¿cómo han llegado ellos a mi? La respuesta es abrumadora por su sencillez y alcance. Veamos: ¿Hace veinte años cómo nos poníamos en contacto con un libro o, para seguir con el símil, como hacían los libros para ponerse en contacto con nosotros? Estaban los de lectura obligada en el liceo que apenas y a regañadientes hojeábamos un poco, los que aparecían en las reseñas (cuando las había) de la página de cultura de los diarios, los que un buen amigo ponía en nuestra manos diciendo este libro es para ti, los que hallábamos husmeando en los estante de las librerías y que parecían estar durmiendo el sueño de los justos, bajo el peso del polvo y el olvido, los que, finalmente, conseguíamos en los propios libros cuando leíamos, por ejemplo, a Henry Miller y este hablaba maravillas de un tal Blaise Cendrars, Dostoievski o D. H. Lawrence y corríamos a comprar los libros de esos autores misteriosos, iluminados, para siempre, por la voz de un hermano de sangre . En aquel tiempo las referencias tenían el tamaño de un paso humano y seguirlas era grato, era como seguir el sendero en un bosque apacible. Ahora la historia se ha disparado y nosotros corremos tras ella jadeantes y sin esperanza. Se nos ha colado en casa ese monstruo encantador que es Internet, y las referencias han hecho metástasis y nosotros nos hemos convertido en unos locos furiosos corroídos por la ansiedad y angustiados por la falta de tiempo. Hace veinte años no teníamos más de cinco libros en nuestra mesita de noche y éramos felices, hoy estamos enterrados bajo una montaña de libros que nunca vamos a leer y ya el aire empieza a escasear y frente a nosotros hay un revoltijo de palabras que vagan desconsoladas por la habitación porque no encuentran su lugar en la velocidad de las cosas.