viernes, 18 de julio de 2008

ENCUENTRO CERCANO DEL TERCER TIPO CON MOTORIZADOS Y POSTERIOR HUIDA AL INTERIOR DEL MUNDO (FRAGMENTO DE UNA NOVELA)



La autopista es un infierno. Salimos temprano. No son ni las siete de la mañana. Sin embargo el atasco es colosal. Avanzamos con lentitud angustiante. Ferdinand duerme a mi lado. Me parece que no ha descansado así en mucho tiempo. Luego de dos largísimas horas llegamos al origen del embotellamiento. Han arrollado a un motorizado. ¡Otro más! Caen como moscas. Todos los días muere alguno en las autopistas de Caracas. Pero se reproducen como conejos los hijos de puta. Y no aprenden. Siguen actuando como dementes buscando la muerte a cien kilómetros por hora, sorteando automóviles como quien busca la salida de un laberinto, como si los persiguiera un minotauro de acero y olor a gasolina y aceites. Pero no hay salida. La muerte los está esperando en cada giro, en cada acrobática maniobra.
El pobre diablo de turno está tirado cuan largo es sobre el asfalto. Bueno, cuan largo es no, porque tiene ambas piernas rotas y dobladas de tal forma que sus nalgas descansan en paz sobre sus talones. Tiene la cabeza rota y su nariz cuelga de un hilillo sanguinolento sobre la mejilla. Está inconsciente o, tal vez, muerto. A mi no me importa. A mi lo que me importa es que el cabrón me ha hecho pasar dos horas de aburrimiento y estrés en una autopista del demonio rodeado de prójimos hechos mierdas que se putean las madres unos a otros. Y se me sale la mala leche a mí también (no es improbable que esto ocurra cuando me siento tras el volante). Y no se me ocurre otra cosa que putearle la madre al motorizado tendido sobre un charco de sangre y grasas que, por otro lado, no puede escucharme. Los que si me escuchan son sus congéneres. Rodean a su compañero como un enjambre de abejas laboriosas y parecen poco dispuestos a aguantarle pendejadas a nadie, ni siquiera a los agentes del vivex y de tránsito que levantan el choque, ni a los paramédicos que atienden a su compañero, mucho menos a un guevón que pasa por allí, que no tiene vela en ese entierro y que, por si fuera poco, pertenece a la raza odiada de los conductores de vehículos de cuatro ruedas, enemigos jurados de los motorizados. Pues bien, de inmediato se olvidan de su compañero caído y proceden a rodear mi carro con cara de poquísimos amigos. Sin mediar palabras entre nosotros (yo ya he hablado demasiado) comienzan a vapulear el carro. Ferdinand se despierta. Abre los ojos y ve tres rostros desencajados, gesticulando, aplastados contra el vidrio de su puerta. Se da la vuelta hacia mí y viéndome hace un gesto que significa: ¿Qué carajo pasa aquí? Le digo que se quede tranquilo. “¡Sácalo!”, grita alguien. En modo alguno la situación es como para quedarse tranquilo. Un tipo, con el casco caído de un lado sobre la cabeza y una cicatriz que le cruza la cara, mete medio cuerpo por la ventanilla del carro y cogiéndome del cuello de la franela, intenta sacarme a la fuerza. Otro, un poco más atrás comienza a pegar saltitos y aullar como un lobo. Aquí huele a linchamiento. A Ferdinand se le salen los ojos de las orbitas y tiembla. Esta vez no es de frío. De un salto se pasa al asiento trasero y se acurruca en un rincón con Bébert fuertemente agarrado entre sus manos. Supongo que esto sobrepasa en mucho sus expectativas en lo que se refiere a la mala leche del prójimo.
En ese instante entra en escena la ley y el orden. Con firmeza aparta al tipo de la cicatriz de la puerta del carro y encara a los motorizados con su mano derecha apoyada en la culata del revolver. Atrás, a prudente distancia, los dos agentes de tránsito, observan. La turba cesa en sus intentos por voltear el carro. Por unos segundos todos dirigen su atención a la ley y el orden. Este, contrario a lo que yo pienso, no pronuncia palabra. A estas alturas la autopista está completamente bloqueada y la población de motorizados ha aumentado considerablemente. Una voz anónima manda a comer mierda a la ley y el orden. Otras, en coro, apoyan la moción. Desde mi punto de vista la ley y el orden ha perdido una oportunidad de oro de imponer, efectivamente, la ley y el orden. Un grupo de motorizados envalentonados ponen sus manos sobre el carro con la intención clara de voltearlo. El resto avanza sobre la ley y el orden entre amenazas, insultos, abucheos y carcajadas. La situación pinta bastante mal, cuando la ley y el orden desenfunda su revolver y apuntando al aire, dispara. Allí se detiene la película. Por un segundo quedamos todos congelados en ese fotograma imposible, anterior a la violencia. Pero solo un segundo. Aprovecho la distracción para bajarme del carro, sacar a Ferdinand y a Bébert y colocarnos detrás de la ley y el orden. Luego la película se pone en movimiento de nuevo. Primero lentamente como en una vieja moviola, y luego cada vez más rápido, hasta que la imagen cobra vida en las retinas de los ojos de todos los que estamos allí: La turba se nos echa encima ansiosos de sangre y muerte. Le digo a Ferdinand que no se separe de mí y con un veloz movimiento le arranco el revolver a la ley y el orden y lo empujo contra la primera línea de asesinos. En mi vida he empuñado un arma y dadas las circunstancias no parece el mejor momento para empezar. Pero, también, dadas las circunstancias, creo que no lo hago del todo mal. Empuño el revolver y lo agito frente a la turba, girando sobre mi mismo (para cubrir todos los ángulos) con Ferdinand pegado a mi espalda. Y empiezo mi teatro: Bueno coños de madre, me los voy a quebrar, no pierdo nada con quebrármelos maricones y sacudo el arma frente a ellos, ratas paso, abran paso y veo al sujeto de la cicatriz y al lado al tipo de los saltitos y los aullidos de lobo y anoto mentalmente que esos dos, precisamente, serán los primeros en cargarme si me veo obligado a disparar, atrás hijos de puta para atrás y avanzo hacia ellos moviendo el arma con el brazo extendido y en movimiento como las aspas de un helicóptero y cuando paso frente al tipo de la cicatriz le encajo un cachazo en la jeta y veo caer algunos dientes antes de que se tape la boca y la mano se le llene de sangre y el de los aullidos ve a su compañero, suelta una risotada y sigue aullando y yo avanzando por un pasillo que me van abriendo los motorizados, Ferdinand cosido a mi espalda, váyanse a comer mierda malandros, el arma blandida como salvoconducto, mamaguevos, qué ganas de jalar el gatillo y echando pa lante, empujando ese muro de carnes, sudor y mala leche hasta salir al aire libre y entonces comenzar a correr como locos y dejar escapar un tiro hacia atrás que quien sabe a donde va a dar y tener tiempo todavía de ver por el rabillo del ojo a la ley y el orden alzado en vilo por una gavilla de manos y los primeros carros ardiendo, entre ellos, por supuesto, el mío, es decir, el de mi viejo.
Cruzamos la autopista, sorteando un millar de carros detenidos por la gresca, seguidos de cerca por un puñado de motorizados enfurecidos. Pero cuando llego a la defensa de la autopista Ferdinand no está a mi lado. Ha desaparecido. Los que no desaparecen son los motorizados. Vienen hacia mí. No tengo tiempo de buscar a Ferdinand. Salto la defensa y me topo con una rampa de concreto que desciende hasta la orilla del Guaire. No es una opción cruzar el río. Puesto en la lamentable necesidad de enfrentarme a la mierda, prefiero a los motorizados. Después de todo no estoy desarmado. Siguiendo la línea de la defensa, a unos veinte metros, junto a una estructura que soporta el segundo piso de la autopista, en el sitio en que se nivela con el primer piso, veo a un tipo que agita los brazos y grita: “Por aquí mi loco, por aquí.” Corro hacia él. Un grupo de motorizados se han montado en sus motos y vienen hacia mí, demasiado rápido para mi gusto, como un enjambre de abejas ofuscadas. ¡Otra vez la metáfora de las abejas!
Llego hasta el sujeto que me hace señas. Es un mendigo bajito y delgado, de larga barba y pelo enrevesado que se eleva como las torres de la Sagrada Familia y que apesta a mil demonios. Perece un duende. Los motorizados se me echan encima.
-¡Aja!... ¡aja!... Ven, sigue a Tulio, mi loco… Por aquí… ¡Cuidado!...
Una lluvia de piedras cae sobre nosotros. Yo no se si los cabrones tienen mala puntería o están drogados (tal vez ambas cosas) pero no aciertan ni una.
Sigo al loco hacia un estrecho sendero que se abre entre el talud que desciende hasta el río y la pared de concreto que sostiene la autopista. En la entrada del sendero me detengo.
-¡Sigue tu! ¡Yo te alcanzo!-, grito.
Luego, cubriéndome en la esquina de la pared de concreto, encaro a los motorizados y disparo al aire. Se paran en seco.
-¡A ver!-, grito-¡Quién es el mamaguevo que va a dar el primer paso! ¡Quién es el cabrón que me va a dar el gusto de quebrármelo! ¡De verdad que no puedo esperar!
Nadie dice nada. Nadie se mueve.
-A ver tu-, digo señalando con el cañón del revolver al pendejo de los aullidos –Ya no aúllas. Ya no pegas saltitos. ¿Estás cagado? ¿Por qué no vienes tú?
Ya estoy entrando en calor y sintiéndome a gusto con mi papel de matón de barrio, cuando aparece el aguafiestas. Siempre aparece. Nunca falla. A los bocones, a los habladores de güevonadas, a los que se las dan de lo que no son, siempre se les aparece el aguafiestas. A mí siempre me ocurre. Debí haberlo previsto. Sin embargo estoy tan ofuscado por los acontecimientos y me he metido de tal forma en la piel del tipo duro a lo Clint Eastwood, que ni remotamente sospeché que se me aparecería precisamente en ese momento.
El sujeto de marras resulta, ya que estamos con comparaciones cinéfilas, una especie de Swacheneger tropical, de piel oscura y con los dedos de ambas manos cubiertos de anillo y gruesas cadenas de oro colgando de su cuello y yo no descarto un par de dientes de oro, también, aunque no los muestra ni para gruñir.
El sujeto de marras se abre paso entre sus compañeros como un tanquero petrolero que va partiendo las aguas en dos. Se planta frente a mí y dice:
-Aja, ¿entonces? Aquí estoy papá. ¿Qué pasó? ¿Cuál es tu bulla? ¿Cuál es tu malandreo? Date pues. ¿O eres pura muela?
Ya lo creo que soy pura muela. Y él lo sabe. Hace un gesto con las manos que quiere decir: Estoy esperando. Por mi podía esperar toda la vida si quería.
Sonrío y digo, manteniendo el estilo:
-Será en otra oportunidad papá. Es tu día de suerte. Estoy un pelín apurado. Tu mama me está esperando para que me la tire.
Y arranco a correr. Alcanzo al loco que me espera en la entrada de un desagüe que vierte sus aguas en el Guaire
-¡Coño mi loco! ¿Qué haces? ¡Tulio no quiere morir! ¡Vamos!, ¡entra!
-¿Por donde?- pregunto.
-¡Por aquí!- dice Tulio señalando la entrada del desagüe.
-¿Estás loco?
-¿Tu qué crees?- pregunta y acto seguido desaparece en el interior del agujero. Yo miro hacia atrás. Los motorizados se acercan con el aguafiestas al frente. Que remedio. Miro el revolver. Lo esgrimo frente a los motorizados. Ya no los asusta. Me encojo de hombros, lanzo el arma al río y entro por el desagüe.
-¡Aja!, ¡aja! Siempre retrasado, mi loco, siempre retrasado. A ti como que no te gusta la vida. Tú como que eres medio guevón.
-Bueno, ¡ya!, corta el rollo pana. ¿Y ahora qué?
-Ahora tienes que seguir a Tulio. Mira mi loco, le agarras la camisa a Tulio. Y no te sueltes. Tulio no se va a parar mi loco. Tulio está cagado. ¿Si va?
Asiento.
Avanzamos envueltos en una oscuridad absoluta. Mi mano aferra con fuerza el faldón de la camisa de Tulio. El techo bajo del desagüe nos obliga a caminar encorvados, los pies chapoteando en las aguas negras que corren hacia el Guaire haciendo un ruidito como de campanitas. Desde muy lejos nos llegan los gritos reverberantes de los motorizados que parecen discutir entre ellos. Luego solo el eco de nuestras pisadas sobre el agua, primero, y más tarde sobre piso seco cuando torcemos a la izquierda y salimos de ese estrecho túnel y entramos a uno más amplio donde podemos caminar erguidos.
De vez en cuando dejamos atrás una galería y entramos en otra. Unas veces a la izquierda, otras a la derecha. El túnel por el que caminamos finaliza en un pequeño muro por el que tenemos que trepar para seguir por un nuevo pasadizo. A veces las galerías son amplias, otras estrechas. En ocasiones avanzamos a rastras, otras solo podemos avanzar de perfil por lo que parece más bien una hendidura, y de nuevo salimos (o entramos) en túneles por los que avanzamos, de nuevo, erguidos. En un punto ambiguo de este mundo tenebroso el camino empieza a descender y nosotros descendemos con él, siempre envueltos en una oscuridad sólida. Mantenemos un ritmo fijo que no varía en ningún momento. Yo no se como se las arregla Tulio para avanzar con tanta seguridad, pero lo cierto era que no vacila: Su paso es firme y el ritmo constante.
De vez en cuando escucho unos chillidos agudos y malintencionados y el sonido de unas pisaditas rápidas e histéricas que se escurren entre mis piernas y un bulto, algo, que roza mis pantalones.
-¡Ratas!- grito.
Escucho un suspiro que no puede ser sino de Tulio.
-¡Si!- dice sin dejar de avanzar -Lástima que Tulio está apurado. ¡Carne pa sabrosa! Tulio tiene hambre. Luego Tulio sale a cazar a las ratas. Tulio invita.
Así que sigo a un mendigo que come ratas y que conoce como la palma de su mano los laberintos subterráneos de la ciudad. ¿A dónde me lleva? Y sobre todo: ¿Por qué me lleva? ¿Qué lo ha impulsado a ayudarme? De pronto de detiene. Hace shhh con la boca. Luego dice:
-Tulio ya viene. Quédate aquí. No hagas bulla.
No voy a decir que desaparece porque, en realidad, yo no lo veo, pero si escucho sus pasos alejarse en la oscuridad. Me parece que camina apoyándose en sus manos.
¿Y si no regresa? ¿Cómo coño hago yo para conseguir un camino, cualquiera, que me saque de esas catacumbas húmedas y calurosas?
Solo puedo hacer una cosa: Me lanzo tras el eco de las pisadas de Tulio, hasta que ya no se por donde ir. Entonces, simplemente, sigo hacia delante con mi mano libre extendida, tanteando el vacío negro frente a mi.
La pendiente por la que desciendo se hace más pronunciada. Pronto tengo que deslizarme sobre las nalgas para no caer. Llego a un punto del que es imposible regresar. No hay a donde regresar de todos modos. Así que me dejo ir, como quien dice, por ese tobogán negro cuyo final desconozco.
Pasan los minutos. ¿O son horas? No se decirlo. He perdido la noción del tiempo. La pendiente no varía un ápice su inclinación. Controlo la velocidad del descenso apretando las plantas de manos y zapatos contra el suelo, que ahora es de tierra y no de concreto.
Pero lo que más temo ocurre: La rampa se corta abruptamente. Mis pies quedan en el aire y ya no soy capaz de sujetar con las manos las últimas migajas de tierra que me mantienen a salvo del vacío. Caigo. Grito. Lloro. Y vuelvo a gritar justo antes de que mi cuerpo golpee contra una mullida y sedosa superficie que bien pude ser arena. Silencio. ¡Dios! el silencio. Es abrumador. Una pared sólida que zumba. Una vibración constante que hurga en mi estómago, se mete por los oídos y llega hasta el cerebro. El cerebro vibra. La oscuridad vibra. Trato de hablar, de pronunciar el más leve sonido. No puedo. Estoy desinflado. Veo una luz. ¡Ah la muerte! Extiendo mis manos. La busco. Pero la luz no viene y yo no me muevo. Permanezco un rato viendo aquella luz. Me palpo el cuerpo. No hay dolor. Solo lasitud, modorra. Me duermo
Cuando despierto la luz sigue allí.
Me paro y camino hacia ella. Es una luz cálida de color amarillo. Titila y se hace más y más viva a medida que me acerco. Pronto puedo ver por donde camino. Estoy en una gruta. Perdido en el centro de la tierra. Olvidado de todos. Olvidado de mi mismo. Separado, no solo en la distancia sino en el tiempo, de la civilización, del incesante traqueteo de la ciudad, del ser humano que la puebla y que con sus pasiones, siempre desenfrenadas, producía ese ritmo trepidante y alucinado que lleva a la locura. Ahora la puerta dimensional se ha cerrado tras de mi. No hay vuelta atrás. Estoy solo, escuchando los latidos pausados del mundo.
El túnel por el que avanzo finaliza en una caverna de dimensiones colosales. La luz que he seguido y, que de alguna manera me ha embrujado, la producen unas veinte o treinta fogatas encendidas en el fondo de la caverna. Es una explanada del tamaño de dos campos de fútbol. Una torrentosa quebrada que surge de una hendidura abierta a nivel del suelo, a unos veinte metros por debajo de donde me encuentro, acostado y a buen resguardo, observando el panorama alucinante, la corta en dos. El río se desbarranca luego con gran estruendo en los límites más lejanos de la caverna. Alrededor de las fogatas se agitan unos seres fantasmales cuyas siluetas tiemblan al ritmo del fuego. Visten con andrajos y no hacen nada especial. Parecen vivir al ritmo de las pulsaciones de este sub mundo. Son seres pálidos, casi transparentes viviendo en un letargo nocturno. Seres sin rostro o sin expresión en el rostro. Allí están deambulando, sin objetivo, alrededor de las fogatas, desde quien sabe cuanto tiempo.
Tulio está acostado a mi lado. Aparece de pronto, en silencio, con total naturalidad, como si no se hubiese ido nunca. Observa, como yo, aquellos seres imposibles. En su rostro puedo percibir una expresión que varía, imperceptiblemente, de la nostalgia al desprecio o el odio más puro y luego, de nuevo, a la nostalgia o la esperanza. Pero, ¿esperanza de qué? Le pregunto:
-¿Quiénes son?
No responde de inmediato. Parece no haberme escuchado. Está como embelezado, metido muy hondo dentro de si mismo. Luego gira la cabeza hacia mí. Me mira como si me viera por primera vez, como si no entendiera quien diablos soy yo y que hago allí. Sus labios apretados se curvan en una sonrisa. Me dice que son mendigos. Recoge latas, dice. Que aquella caverna es su hogar, dice. Que salen a la superficie para recolectar comida y enceres, que salen de día, pero también de noche. ¿Pero cómo?, pregunto. A mi me parece que estamos a años luz de la superficie. Me dice que hay distintos caminos para llegar arriba y que no estamos ni tan profundo ni tan lejos como creo. Dice que es una vida buena aunque oscura, que se protegen unos a otros como una familia y que siempre salen a la superficie en grupo, jamás solos, que los niños, las mujeres y los ancianos se quedan en la caverna y que solo suben en muy contadas ocasiones para tomar un poco de sol. Repite que es una buena vida con un dejo de nostalgia. Le pregunto por qué no está con ellos, por qué, se me ocurre preguntar, se esconde. Entonces su sonrisa se abre en una mueca de dientes negros y afilados y dice que porque lo han botado, lo han echado, lo han desterrado traduzco yo. Y por qué, pregunto, Pues porque a Tulio le gusta la carne mi loco. Y eso qué, pregunto. Pues es que Tulio se comía a su familia, es que a Tulio le gusta la carne humana mi loco y Tulio tiene hambre mi loco, ahora tiene mucha hambre, Tulio está solo y no ha comido desde hace mucho, ¿a ti no te importa mi loco?, ¿no te importa verdad?, Tulio tiene hambre, no ha comido carne hace tiempo, ¿entiendes mi loco? Tulio se echa sobre mí con la velocidad de un misil. Sus pequeñas y sucias manitas atenazan mi garganta con una fuerza que yo no imaginaba en un cuerpo de complexión tan enclenque y descarnada. No puedo sacármelo de encima. Me ahoga. Tranquilo mi loco, grita. Tulio solo quiere una probadita. Solo es una probadita mi loco. Y aprieta más. Mis manos palmotean la tierra alrededor buscando una piedra, algo, cualquier cosa, para golpear la cabeza de Tulio, pero solo consigo guijarros y arena. Tomo un puñado con ambas manos y se las restriego a Tulio en la cara. Se sacude pero no afloja la presión sobre la garganta. Entonces, a un tris de perder el conocimiento, lo tomo con ambas manos por la sien y hundo con fuerza los pulgares en las cuencas de sus ojos, bien adentro, hasta la raíz. Luego hago un movimiento con los dedos como si estuviese rebañando los restos de comida del fondo de un plato y saco los pulgares trayendo con ellos los globos oculares de Tulio, que caen sobre mí pecho como dos pelotitas bañadas en almíbar. Tulio suelta mi garganta y se lleva las manos a los ojos gritando. Yo aprovecho para sacármelo de encima. Tulio cae a mi lado sin dejar de gritar, como un fardo mugriento. Me paro ahogado, tosiendo y con un fuerte dolor en la garganta, como si me hubiesen metido un tubo al rojo vivo por el esófago. Doy un par de pasos, desorientado y mareado. No se cómo, tal vez debido a que ha desarrollado altamente su sentido del oído en aquellas grutas, Tulio logra localizarme en la oscuridad y de un salto se prende de mi espalda y hunde con rabia sus afilados dientes en mi hombro. Estamos al borde del despeñadero. No lo pienso. Me dejo ir hacia delante con Tulio pegado en mi espalda como una sanguijuela. Caemos dando tumbos, rebotando como pelotas desinfladas contra las piedras y los guijarros sueltos en la ladera, hasta dar con nuestros cuerpos en las aguas heladas del torrente. No vuelvo a ver a Tulio. La corriente me arrastra. A mi paso, a través de una cortina de agua y espuma, veo un desfile de rostros que me observan. Un niño mugriento, con su barriga inflada de lombrices, vestido tan solo con un pañal, me hace adiós con su manita.
Estoy en la orilla de un lago iluminado tenuemente por un sol interno. Un sol pálido de luz muerta. Un sol desaparecido hace millones de años, del que tan solo queda el hálito, como el vestigio nebuloso de un espectro. A lo lejos aún puedo escuchar el estruendo de la catarata por la que he caído y de la que, milagrosamente, he sobrevivido. A mi lado, como esperándome, descansa torpemente sobre la arena un pequeña barca de madera podrida con un remo en su interior. La echo al agua, me subo en ella y, tomando el remo, comienzo a remar en cualquier dirección. Da igual.
El lago no parece tener fin, siempre iluminado por aquel sol enfermo. Remo hasta el agotamiento. Entonces me recuesto en el fondo de la barca y me duermo.
Me despierta el traqueteo de la barca contra el agua. Es el único sonido que perturba el silencio de este mundo perdido. Me asomo sobre el costado de la barca y observo el agua. Es de color negro intenso. La superficie parece fijada, o tal vez contenida, en la última expresión del horror antes del fin. Sumerjo mi mano en el agua. Está helada, fría como la muerte o la idea de la muerte, que no es lo mismo porque lo segundo es más bien una abstracción y por lo tanto, tal vez, aún más aterrador. El frió se engancha en mi brazo y trepa, palmo a palmo, apoderándose de mi cuerpo, poco a poco, pero sin pausa y sin contemplación, hasta alojarse en alguna válvula del corazón donde deposita su mensaje de angustia. Es el fin. El mundo que conozco desaparece diluido en esa sustancia negra que ya no me atrevo a llamar agua. Olvido mi nombre. Olvido de dónde vengo. Y poco a poco voy perdiendo los recuerdos, unos a uno, todos, en un goteo continuo que me va vaciando a medida que el sol interno que me ha acompañado como un mal augurio se apaga. Caigo en una letargo tupido como quien cae en un abismo sin fondo. Y ya no se más de mí.

martes, 15 de julio de 2008

ROBERTO BOLAÑO



Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Roberto Bolaño. Cinco años sin la voz más poderosa, radical, profunda y desgarradora del la literatura hispanoamericana. Para los que lo conocemos solo por sus obras es así. Pero también se fue un padre y un esposo y doy por descontado que para su familia la literatura, en las circunstancias terribles de la muerte, estuvo siempre en segundo plano. Es así. Debe ser así. Sin embargo puedo imaginarme muy bien a Bolaño ante la espantosa disyuntiva de decidir entre vida o literatura, y no me cabe la menor duda de que siempre, inequívocamente y sin que le temblara el pulso, habría apostado por la literatura. Esa fue su vida: Una apuesta permanente por la literatura, aún a costa de la vida.

jueves, 3 de julio de 2008

FRANCISCO MASSIANI



Tengo el número telefónico de Francisco Massiani. Él mismo lo dio al final de una entrevista que le concedió a El Universal. Si, aquí está. Lo tengo en mis manos. Bueno, en mis manos es un decir. Está anotado en los contactos de mi celular. Puedo ver cada uno de esos números ahora mismo. Los tengo frente a mí. Ahora, de ahí a marcar esos números hay un trecho que se me antoja insalvable.
Hace veinte años, tal vez más, trabajaba en los depósitos de la Librería Mundial. Era un galpón enorme con techos altísimos, tasajeado por estanterías de metal que llegaban al cielo. Había libros a montones en aquel galpón. Mi trabajo consistía en recorrer los pasillos con un carrito, recogiendo los pedidos de libros que otras librerías hacían. Era un trabajo sencillo que me dejaba mucho tiempo libre. Cuando no tenía pedidos que organizar me paseaba por los pasillos. Recorría las estanterías pasando mis manos por las tapas de los libros. De vez en cuando tomaba uno y me sentaba entre las cajas a leer. Olía a cartón húmedo. Un día especialmente tranquilo me tope con un librito delgado y rectangular, blanco, con un motivo marino en la portada. Llevaba por título PIEDRA DE MAR escrito por un tal Francisco Massiani. Me senté a leerlo, como siempre, entre cajas de cartón, escondido de la mirada severa de mi jefe. Lo leí en dos días, a ratos, entre dos pedidos o cuando mi jefe no estaba. Fue el primer libro que robé. El único. Ganas no me faltaron. Yo me hubiera robado todos los de Massiani. Me falta el valor que a Bolaño, creo, le sobraba. Esto tiene una explicación sicoanalítica y se retrotrae, por su puesto, a la infancia, cuando en navidad, cerca de mi casa en la urbanización Prados del Este, se montaban los tarantines de ventas de fuegos artificiales. Mis amigos acostumbraban a robarse los pirotécnicos. Y una vez, más por imitación que por otra cosa, hice lo propio con unos triquitraques. Me descubrieron en el acto. Desde entonces evito pasar por una situación semejante. Pero esa es otra historia.
Mi amigo el escritor Jorge Gómez Jiménez, me contó que tuvo la oportunidad de conocer a Pancho Massiani junto a otros escritores amigos y que, no recuerdo que razón esgrimió, no acudió a la cita. Yo le respondí regañándole amablemente y diciéndole que era una falta imperdonable y bla… bla… bla… bla…
En este momento, con el celular entre las manos y el número de Massiani en la pantalla, cuando bastaría apretar una tecla para enviar la llamada, me doy cuenta de que yo tampoco voy a acudir a la cita. Claro a mi nadie me ha invitado. Mi única esperanza es que Don Pancho lea alguna vez esta entrada y me diga a modo de regaño: ¿por qué no me llamas rolo e’ gafo?