sábado, 28 de junio de 2008

CAMBIO DE CASA


Estaba acostado. Trataba de dormir. La mano me dolía y el picor era insoportable. Con un alambre para colgar ropa, debidamente moldeado, me rascaba allí donde podía. Pensaba en las musarañas. También contaba ovejas. O tal vez meditaba, dejándome caer en un estado alfa. En fin, estaba echado con mi mano palpitante extendida sobre el colchón.
Un impulso repentino me obligo a dar la vuelta. El tipo estaba observándome desde la sala Sonreía. Era un boceto de sonrisa apenas dibujado entre los pómulos. Parecía sorprendido de verme. Yo si qué lo estaba. De un salto bajé de la cama y me planté frente a él.
-¿Qué quiere?-dije.
El tipo no respondió. Se limitó a verme con ese aire sorprendido y ese simulacro de sonrisa que le daban apariencia desvalida. No debía tener más de cuarenta años, delgado, un poco más alto que la media, pelo negrísimo cortado a cepillo y un bigotillo igual de negro que hacía esfuerzos por dejarse ver en su labio superior. Vestía flux y corbata negros, camisa blanca y, por supuesto, zapatos de patente de color negro. Su vestimenta toda lucía desgastada por un uso excesivo. En su mano izquierda llevaba un maletín raído y en la derecha aferraba un ramo de flores. Sin contar el detalle de las flores, o tal vez, justamente por ese detalle, parecía un leguleyo.
Corrí hacia la puerta, la cerré de un portazo y pasé el seguro. Busqué mi ropa y, sin prisa, comencé a vestirme.
-Creo que se ha confundido usted de casa amigo mío-dije.
Por toda respuesta se escucharon los aullidos del perro.
-¿Qué le hace usted al perro señor?-grite.
-¿Yo? ¿A Chili? ¡Nada hombre! Solo me está saludando-dijo el tipo y su voz chillona, escuchada por primera vez, me recordó las guacharacas que me despertaban cada mañana con sus gritos estridentes.
-¿Chili? ¡Vaya nombre!-dije.
-¿Qué tiene de sorprendente?-dijo el tipo-. El chihuahua es una raza de origen mejicano y el chili es un picante cuyo origen es, también, mejicano. Es más bien obvio. ¿No cree? Una idea tonta de mi mujer.
-Ya veo.
-¿Qué ve usted?
-¿Cuál es su nombre caballero?
- Me llamo Paúl Useche.
Yo ya había terminado de vestirme y recorría la habitación sopesando muebles y objetos. Al final me decidí por una de las mesitas de noche. Aparté el teléfono y unas revistas, rodé la mesita de noche hasta la ventana y me senté sobre ella.
-Verá señor Useche-dije con unas ganas enormes de tomarme un trago-, esto es la mar de extraño porque el perro que está en la sala no es un chihuahua, es un pincher y no se llama Chili, se llama Barón rojo. El nombre, por cierto, es más largo que el perro. También una tonta idea de mi mujer.
-Usted solo trata de hacer tiempo señor-dijo Useche desde la sala con su voz de guacharaca despertadora.
-¡Vaya!-dije con voz indignada-. Me sorprende. Nada más alejado de mi intención. Yo solo quiero desenredar este entuerto.
-¿Y qué sugiere?-preguntó Useche.
-Por lo pronto-dije-, conversar civilizadamente.
Presentía que Paúl Useche no se había movido un ápice. Que seguía parado, rígido y frágil, con el maletín en una mano y las flores en la otra, en el mismo sitio en que lo había visto antes de cerrar la puerta. De qué me servía esa certeza. En principio de nada. Al menos me daba tiempo para pensar.
Para mi era evidente que Paúl Useche era un abogaducho de mala muerte, un mequetrefe que pretendía enredarme, seducirme con su palabrería y voltear, de este modo, la situación a su favor. Decidí entonces jugar su juego.
-Señor Useche, usted parece un hombre razonable-comencé con voz pausada y conciliatoria-… Señor Useche, ¿me escucha…?
-Aquí estoy.
-Bien, como le decía, apelo a su inteligencia y, sobre todo, a su buena voluntad, me refiero a la buena voluntad y a la inteligencia que le permitirán entender el aparentemente complicado problema que tenemos frente a nosotros. Digo aparentemente porque la verdad es un problema de sencillísima resolución. ¿Me sigue Señor Useche?
-Le sigo, pero no se a donde quiere ir usted.
-Ya verá. Se trata de lo siguiente: Usted, señor Useche, entra en una casa, en esta casa, y se consigue a un hombre, en este caso yo, pero puede tratarse de cualquiera, da lo mismo. Es evidente que la casa, esta casa, está ocupada y que usted es un intruso en ella. Además confunde la raza del perro a su conveniencia. Yo creo que usted asesinó a Barón Rojo.
-¡Pero…! ¿Cómo dice…? Se llama Chili y está aquí a mi lado lamiendo mis zapatos. Puede usted comprobarlo si quiere. Solo tiene que abrir la puerta.
Yo seguía sentado sobre la mesita de noche bebiendo una cerveza imaginaria y sabía que Paúl Useche seguía parado en el medio de la sala más rígido y frágil que nunca. Más abogaducho y más tramposo que nunca. La cerveza estaba bien fría y yo me la tomaba imaginariamente muy despacio.
-Buen intento Useche-dije, dejando deliberadamente de llamarlo señor-. Por ahora dejemos la puerta cerrada y sigamos conversando.
-No tiene caso… Ni siquiera se cómo se llama.
-Eso no tiene ninguna importancia.
-Pero usted sabe mi nombre.
-Da igual Useche, no sea malcriado. Puede llamarme como quiera. Eso no va a cambiar nada. Un nombre como cualquier otro. Hay cientos de ellos y ninguno significa nada, ninguno agrega nada.
Eso no era verdad, no del todo. Y no lo era en modo alguno en el caso de Paúl Useche, cuyo nombre parecía hecho a la medida de su carácter y de su apariencia física.
-Usted lo enreda todo intencionalmente-la voz de Useche había cambiado de tono. Ahora era menos insegura de si misma, más autoritaria si cabe. Había desaparecido el chillido de guacharaca histérica-. Debo admitir que tiene usted talento para complicar lo que es tremendamente sencillo. Si yo he entrado a esta casa es porque se trata de mi casa, ¿no cree usted? Yo no soy un loco ni ningún ladronzuelo de poca monta para entrar a una casa que no me pertenece. Soy una persona razonable y en este caso es evidente que el intruso es usted. ¡Exijo que aclare su situación, caballero!
-No esperaba menos de ti Useche-había llegado la hora de tutearle-. Los tipos como tu viven pidiendo claridad, tan seguros de si mismos cuando a su alrededor el mundo está definido, sin fisuras por las que se pueda colar la imaginación. Los tipos como tú le tienen terror a la imaginación. Huyen de la imaginación como si se tratase de las bombas. Los tipos como tu viven en un mundo cuadriculado en el cual cada parte del dibujo pertenece a un recuadro que encaja con el siguiente y este con el otro y así sucesivamente. No tienen otro modo de percibir la totalidad del dibujo. Yo trato de que veas la totalidad sin la ayuda de los cuadritos. Quiero que uses la imaginación Useche, que le pierdas el miedo. Yo trato de contarte una historia y tú me exiges claridad. Yo te ofrezco misterio y tu me exiges racionalidad, burda, plana y opaca racionalidad. Que va Useche, así no es la cosa.
-Se va usted por las ramas. Esto no tiene nada que ver con lo que aquí dilucidamos.
-Ah no Useche, si que tiene que ver y más de lo que crees. Usa tu imaginación. Además, ¿qué es lo que aquí dilucidamos?
-¡Qué carajos hace usted en mi casa! Eso es lo que dilucidamos.
-Yo no estoy en tu casa querido Useche. No señor. Yo, en realidad, estoy en mi casa, sentado frente a mi escritorio escribiendo una historia, esta historia, y tú solo eres el personaje que yo he creado. Tú no existes sino en mi imaginación.
-Está colmando mi paciencia. Le exijo que salga de mi casa de una buena vez.
No había forma. El hombre no entendía Me sabía mal dejar la casa. Me gustaba. Era espaciosa, bien iluminada, paredes blancas, techos altos, pocos muebles, silenciosa y plácida, apta para la meditación, para dejarse llevar por los vericuetos fabulosos de la imaginación. De eso se trataba. ¿Para qué quería Paúl Useche vivir en una casa como esa?
Me paré y no sin esfuerzo y algo de dolor debido a mi mano lastimada, alcé la mesita de noche y la coloque sobre mi hombro.
-Te propongo algo Useche-dije, sabiendo que gastaba mi último cartucho.
Silencio.
-Aló Useche. ¿Me escuchas…?
Ladridos de perro chihuahua o pincher o tal vez una mezcla de ambos, en todo caso ladridos furiosos y agudos como de guacharacas mañaneras, guacharacas obstinadas, guacharacas que no comparten ni siquiera la rama del árbol más melancólico.
-Oye Useche-continué a pesar de los ladridos-, por qué no compartimos la casa… ¿eh?... una decisión salomónica. Es una casa grande, con mucho espacio. Cabemos todos aquí. No hay ninguna razón para pelearnos por eso. Fíjate que pienso que hasta podríamos llevarnos bien Yo voy a ayudarte a soltar un poco ese esqueleto rígido, me refiero también a ese esqueleto fosilizado que es tu mente, a desplegar las alas por decirlo de algún modo. Y tú vas a ayudarme a refrenar los impulsos que con tanta virulencia me llevan por los caminos de la fantasía, en fin, a poner los pies sobre la tierra, ¿te parece…? ¿Useche…?
De pronto los ladridos cesaron y casi inmediatamente fueron sustituidos por unos gemidos apenas audibles. Luego el perro comenzó a olisquear el resquicio de la puerta y finalmente, gimiendo otra vez, ahora más alto, a rastrillar la madera con sus pequeñas patas de largas uñas.
El perro no era el único que se había acercado hasta la puerta. Yo lo sabía. Podía olerlo. Podía ver sus largos y delicados dedos de pianista deslizarse sobre la madera buscando el punto de inflexión.
Para cuando Paúl Useche traspasó la puerta, yo ya había estrellado la mesita de noche contra los cristales de la ventana, me había lanzado sobre el techo del viejo Mercedes (lástima que no tenía las llaves conmigo) y me alejaba por la calle desierta.
Me di la vuelta y lo vi asomado a la ventana rota, la misma sonrisa ambigua que tenía dibujada en los labios cuando lo conocí, moviendo el brazo en abanico a manera de despedida, la mano aferrando aún el ramo de flores, rosas rojas, qué otra cosa podían ser, los pétalos desprendiéndose con cada vaivén del ramo en la mano levantada, y cayendo con desesperante lentitud, como gotas rojas mecidas por el viento, sobre la mesita de noche y el techo chafado del Mercedes Benz.

NARANJAS DULCES


Naranjas dulces (Monte Ávila Editores Latinoamérica) de Néstor Caballero parece la novela que solo un dramaturgo podría escribir o la pieza teatral que solo un novelista sería capaz de escribir. Tal vez ambas cosas. De todos modos no se trata de hablar de géneros. De lo que se trata es de hablar de una obra grande en la que el autor ha dejado sus entrañas. Una obra escrita con el corazón, apasionada y decididamente tierna. Una obra en la que, sin huachaferías, afloran con facilidad la risa y las lágrimas. Pero no es una obra fácil ni complaciente. Su apuesta formal es también arriesgada y encuentra en lo lúdico, en el juego su arma más eficaz. Después de todo a lo largo de sus seiscientas cuarenta y tres páginas vemos el mundo a través de la mirada de un niño llamado Ezequiel Martínez. Un niño con una imaginación desbordante en perpetua reinterpretación del mundo de los adultos. Un niño que vive la realidad urbana de una ciudad como Caracas durante la lucha anti-guerrillera y cuyo padre es sargento de la guardia nacional, pero que también se impregna de los mitos, la magia y lo sobrenatural que constantemente se cuela en la vida diaria de su familia materna en Aragua de Barcelona. Un libro imprescindible que no dudo de recomendar a los hipotéticos lectores de este blog.

viernes, 20 de junio de 2008

LECTURAS (SEGUNDA PARTE)


Agregar las siguientes lecturas: Pelando la cebolla de Gunter Grass, Almacén de antigüedades y Oliver Twist de Charles Dickens, La bicicleta de Sumji de Amos Oz, Cuentos de Ernest Hemingway.
Voy de un libro a otro con la ansiedad de un cocainómano que va de jíbaro en jíbaro buscando droga. Salto de un mundo a otro exaltado y asombrado, persiguiendo palabras que se me escapan por los pelos. Entre un libro y otro camino como en sueños, tropezando con sillas, marcos de puertas y mesas, dejando caer vasos de vidrio a medio beber, hablando con el perro, esa pobre ratita que me observa con sus ojos saltones, ladeando la cabeza y moviendo la cola con irrefrenable alegría. Duermo mal, por supuesto. Durante el sueño los libros aprovechan la puerta franca y se meten en mi mente todos a un tiempo, mezclándose y embarullándose hasta formar un solo libro enorme, vacilante, abarcador, irracional, arrollador. El libro que contiene a todos los libros. El libro que todo escritor, supongo, sueña con escribir. Hecho de menos los tiempos en que con un libro me bastaba. Prometo, ¿a quién?, a mi, por supuesto, que cuando en vacaciones viaje, si es que viajo, me voy a obligar a mi mismo a llevar solo un libro. A ver si hago las paces con la literatura.

miércoles, 18 de junio de 2008

LECTURAS


Estoy leyendo en este momento: 2666 de Roberto Bolaño, Jardines de Kensington y Vidas de santos de Rodrigo Fresán, Tu rostro mañana 1. Fiebre y lanza de Javier Marías, Doctor Pasavento de Enrique Vila-Matas, La última vez de Héctor Bujanda, Crónica del pájaro que de cuerda al mundo de Haruki Murakami, Operación Shylock de Philip Roth, La novia imaginaria y Libertad para los osos de John Irving, La niña del pelo raro de David Foster Wallace y por último y no por eso menos importante: Guignol’s band de Louis-Ferdinand Céline. ¿Qué puede salir de este revoltijo? No una visión crítica o un análisis sesudo que quede registrado en este blog. Si, por el contrario, noches de insomnio producto de una mente enfebrecida por las obsesivas inmersiones en estos mundos ¿imaginarios? de horror y belleza. ¡Qué delicia!

viernes, 13 de junio de 2008

LOS GOLPES DE ELOISA


Eloisa comenzó a golpearme casi de inmediato.
Sucedía así: Yo me subía la manga de la franela y le ofrecía mi antebrazo. Ella procedía a golpearlo con el puño cerrado. Eran golpes fuertes y secos que producían una corriente de electricidad que subía por mis nervios, por un lado, hasta el cuello y, por el otro, bajaba hasta la muñeca. Yo aguantaba los golpes con un estoicismo que tenía su origen en el amor. Debo decir que era feliz.
Con el tiempo y la periodicidad de los golpes, en mi antebrazo se formaba un gran cardenal de color morado intenso, casi negro. Cuando eso sucedía y el dolor se hacía insoportable cambiábamos de antebrazo como se cambia uno de camisa. Cuando el segundo antebrazo se resentía al punto de no poder soportar más golpes, volvíamos al primero que, si bien, no estaba del todo curado, ya estaba preparado para recibir nuevas andanadas. Así una y otra vez. La orgía de los golpes. La única en la que participamos.
Nuestras sesiones sado-masoquistas eran privadas. Se desarrollaban casi siempre en el jardín, protegidos de miradas indiscretas por la barra del bar y la estructura de ladrillos de la parrillera. O en nuestro escondite. No voy a revelar cual es. No vale la pena. No va a añadir nada a la historia. O tal vez si. Mejor dejarlo así.
No todo eran golpes, por supuesto. También conversábamos mucho. Y nos besábamos. Eloisa tenía una lengua dulce y sabia, a pesar de que ella se presentaba como una mujer sin experiencia en el amor. Eloisa decía que sentía mariposas en el estómago cuando la besaba. A mi me parecía una frase hecha. Pero me hacía el loco. Me gustaba que me dijera ese tipo de cosas cursis.
La veía todos los días. Pasaba a recogerme temprano por mi casa y nos íbamos para la universidad central. Estudiaba arte. Yo pensaba (y sigo pensando) que estudiaba arte más que nada para llenar un hueco en su vida. Como también pienso ahora que su relación conmigo llenaba otro agujero, o tal vez era el mismo y enorme vacío que trataba de llenar, inútilmente, en un esfuerzo, igualmente inútil, pienso yo, por no perder la razón.
Sin embargo en aquella época trataba de no pensar demasiado. Yo solo la acompañaba a donde ella quisiese ir. Y la universidad central ere un lugar tan bueno como cualquier otro. Tal vez mejor.
Mientras Eloísa recibía sus clases yo me quedaba conversando con amigos comunes. Aunque lo que más disfrutaba era deambular por los pasillos de la universidad y hojear libros en los puestos de ventas frente a la escuela de ingeniería, o ver a las muchachas caminar con sus cargas de libros, despreocupadas y frescas y tan lindas, o sentadas en la tierra de nadie, al sol o cobijadas bajo la sombra de los árboles, pero siempre llenas de vida, tan pero tan llenas de vida, que siempre se les derramaba un poquito y algo de esa fuerza telúrica llegaba hasta mi y me ungía y me daba esperanzas y fuerzas para seguir adelante
Eloísa y la universidad central están fundidas al rojo vivo en mi memoria. No puedo pensar en una sin que el espíritu de la otra se materialice en mis entrañas. Yo me enamoré de la central durante esos vagabundeos mañaneros, mientras esperaba al amor de mi vida. Ese amor que tardaba en llegar y que, finalmente, nunca llegó.
Sin embargo era feliz cada vez cuando Eloísa salía de sus clases y la veía venir con sus manos de harina extendidas hacia mí, sonriendo y sus ojos verdes como un ancla clavada en los míos.
Luego regresábamos. Almorzábamos en su casa o en la mía y después nos internábamos en nuestro refugio o en el jardín, entre la parrillera y la barra del bar y comenzábamos nuestra sesión privada. Cuando la noche caía con su carga de melancolía, Eloísa se iba y yo me quedaba muy solo. Entonces me encerraba en mi cuarto y acariciaba mis moretones con embeleso, deteniéndome en los sitios más sensibles y dolorosos, o me sentaba a escribir poemas con una desesperación y una avidez que no recuerdo haber vuelto a tener.