sábado, 26 de abril de 2008

LA CITA


Se deja caer en el primer banco de la izquierda, junto a un arbolito famélico de especie indefinida, como quien se deja caer sobre una fatalidad. Vaya lugar para una cita, piensa. Sobre él un entrevero de ramas desnudas apenas le permiten ver el cielo y la montaña que se yergue a su espalda. Frente a sus ojos una película de automóviles acelerados que no cesan de pasar y cuyos conductores (no todos) le hacen señas obscenas o le gritan improperios y se ríen de él.
Vaya lugar para una cita. La frase se repite como un eco tardío en su cerebro. Ha quedado con Ana a las seis. Mira su reloj: cinco y treinta.
Ana no va a venir. El presentimiento se configura con absoluta limpieza. Casi lo puede tocar. Lo percibe en la misma ausencia de Ana dilatada más allá de lo que está dispuesto a esperar. Es decir: Toda la vida si es necesario. Por lo pronto le queda por delante una media hora larga, o un poco más, para comprobar sus sospechas. Cualquiera podría decirle a Piero que lo que está a la vista no necesita anteojos. Claro: Cualquiera que no esté enamorado. No es el caso.
A lo lejos aparece un mendigo caminando por el hombrillo. Va recogiendo latas vacías del piso. Las mete en una gran bolsa negra que luego se cuelga del hombro. No le inquietan los carros que rugen veloces a su lado. Camina despreocupado, silbando una tonada inaudible en el fragor de la autopista. Sonríe y saluda con la mano a Piero cuando pasa frente a él. Piero le devuelve la sonrisa y el saludo y respira aliviado cuando lo ve alejarse.
Ana no va a venir. Ana No va a venir. Ana no va a venir. Repite la frase en un murmullo continuo, como un mantra, como si pretendiera con esa negación todo lo contrario: Que Ana, efectivamente, apareciera. Pero Ana no va a venir. Eso, ahora, lo sabe con absoluta certeza. No necesita esperar media hora para comprobarlo. Debería irse ahora mismo, cuando aún hay luz. Aprovechar los últimos rayos del sol para escapar del torbellino alucinante de la autopista y regresar a casa. Pero no se mueve. Empieza a tener frío. Un aire helado baja de la montaña. Con sus pies remueve el lecho de hojas secas que cubre el piso. No tiene nada mejor que hacer. Piensa en Ana, por supuesto, pero eso no es nada nuevo. Piero siempre piensa en Ana. Pero ahora piensa en ella como en una abstracción, como en un logaritmo que no encaja en la ecuación. Pero no, de inmediato desecha la imagen de Ana como un logaritmo. Ana no es un logaritmo. Ana es de carne y hueso. Ana está llena de vida. Ana no es una cifra fosilizada en un papel o en la mente de un matemático. Ana es un ciclón de cambios, nunca es la misma, es una multitud. Ana es inasible, se te escurre de las manos. Nunca sabes donde va a estar el próximo minuto o cuando te va a querer o cuando te va dejar caer en el vacío como a un ratoncito asustado. Es impetuosa y violenta. Ana es confusión. Está viva.
Oscurece. Es la hora indecisa y melancólica. De la espesura surge un grupo de excursionistas cantando Lucy and the Sky with Daimond de los Beatles. Las muchachas son lindas y frescas y los muchachos seguros de si mismos. Ríen y bromean entre ellos. Pasan junto a Piero y lo saludan. Se detienen a unos pasos del hombrillo de la autopista y sacan las cantimploras y beben de ellas. También sacan mandarinas. Comen y beben sanos y despreocupados. Como el mendigo, piensa Piero. Una muchacha se acerca a él con una mandarina entre las manos y se la ofrece con una sonrisa que a Piero le produce dolor. Toma la mandarina y trata de devolver la sonrisa. La muchacha regresa con el grupo. Luego se van.
Piero se queda solo. El desfile por la autopista continua. El volumen de carros ha aumentado. Ahora avanzan penosamente y puede demorar la vista en cada rostro que pasa frente a él. De pronto ha renacido en Piero una chispita de esperanza. Aún cree poder ver el rostro de Ana y sus manos blanquísimas sobre el volante. Aún piensa que ese rostro y su sonrisa van a aparecer y se van a detener frente a él y lo van a invitar a la felicidad y le van a hablar, le van a decir, le van a explicar el paraíso, pero más que explicarlo, lo van a dibujar con trazos dulces en los que no van a faltar, en los que va a ser posible adivinar, el rastro del deseo. Aún tiene fe en ese mundo posible y por eso no aparta la mirada de la autopista y escudriña con celo las caras anónimas tras los cristales de los carros.
Cae la noche como suele decirse. Pero para Piero cae de forma definitiva. Al fondo, detrás del desfile automotriz, las luces de la ciudad titilan como el final de algo. Tal vez, piensa Piero, allí, en esa negrura titilante, este la respuesta o la solución del enigma. Pero, quién en su sano juicio va a sumergirse en el vacío. Quién es lo suficientemente valiente o estúpido para perderse tras ese firmamento vuelto de revés. En el fondo, lo sabe, no hay ni respuestas ni soluciones. Esa es la naturaleza del enigma.
Piero está jugando con la mandarina. Sigue sentado con la vista puesta en la autopista y se lanza la mandarina de una mano a la otra. Es un juego tonto pero la situación lo amerita. No tiene nada mejor que hacer. No puede irse. Está atrapado, viendo una película que amenaza con no terminar nunca y que repite el mismo fotograma una y otra vez, sin variaciones, salvo los personajes, que nunca son los mismos.
Y claro, todo se configura de pronto. La película o la trama de la película que ha estado viendo cobra sentido cuando aparecen las manos de harina sobre el volante y luego, con total naturalidad, el rostro de perfil con la mirada enganchada en los stops del carro que va adelante, los labios apretados y el cabello rubio caído dulcemente sobre el hombro. Es todo muy extraño, pero al mismo tiempo muy natural. Si lo pensaba bien no podía pasar otra cosa que el rostro crispado de Ana, las manos blanquísimas de Ana, conduciendo su carro por la autopista a las ocho de la noche, pasando frente a Piero lentamente, como demorándose en un imperceptible temblor, un estremecimiento que muy bien podía tener su origen en las pupilas del propio Piero, pero que no por eso deja de ser real, real y muy duro y frío y ardiente, cada vez más a medida que el rostro y las manos de Ana, crispados ambos, se alejan y se hunden en un mar de metales y reflejos, el vacío de la ciudad como telón de fondo y línea de fuga imposible.