jueves, 27 de marzo de 2008

ULTIMAS HORAS CON ELOISA


Se trata de un muchacho y una muchacha. El muchacho esta enamorado de la muchacha, por supuesto. La muchacha… bueno quien sabe. Quizás si. A su manera. Pero nadie puede asegurarlo. El muchacho, está claro, la pasa mal. Exactamente está viviendo una pesadilla pero no lo sabe. La siente. Eso si. La siente como laceraciones que lo postran en la depresión. Está omnibulado. Vive en un interminable trance que lo separa de todo aquello que no sea la muchacha. Ella lo ha hecho suyo. Ha poseído su alma y juega con ella a su antojo. La relación dura poco. Unos cuatro meses quizás. Pero su intensidad es tal que el muchacho habrá envejecido varios años para cuando finalice. Pero no voy a contar toda la historia. Me voy a referir tan solo al final de la historia. Al clímax. Esa noche extraña e irreal que el muchacho vivió como si soñara despierto y en la que la pesadilla cristalizó en una horrenda y despiadada realidad:
La muchacha cantaba en una banda que hacía versiones de piezas compuestas por otros y amenizaba fiestas y, muy de vez en cuando, tocaba en algún club nocturno. La historia, o el final de la historia comienza, precisamente, en uno de estos locales nocturnos de nombre Cliche’s Pub que de los pubs Londinenses no tenía nada pero que nosotros podemos seguir llamando pub para simplificar las cosas y que quedaba o queda en Chuao, detrás del Hotel Eurobuilding. Quizás la muchacha lo invitó al toque, aunque lo más probable es que el muchacho decidiera ir por su cuenta, si avisar, de improviso, con la esperanza, incierta y lejana, de desenmascarar a la muchacha, “descubrirla” en su verdadera esencia, sin poses que hicieran de ella alguien que no era o, por lo menos, que produjera una imagen distorsionada de si misma. Quería verla directamente y no a través de espejos. Espejos que por otro lado había creado él mismo. Eso si: La muchacha lo había ayudado.
Esa tarde estaba reunido con tres amigos (con sus únicos amigos hay que decir) en un bar en el centro de Caracas. Es un bar muy viejo y cochambroso que se llama El Calvario que queda en una esquina de la calle La Amargura. (Ese no es su verdadero nombre pero todo el mundo la llama así) en la urbanización El Silencio. Ya ve usted: calvario, amargura, silencio. Todo muy apropiado.
Los cuatro estaban sentados en una mesa bebiendo cerveza. El muchacho les exponía su plan. Dos de sus amigos asentían con la cabeza y el otro negaba. El otro siempre negaba y no apoyaba el plan del muchacho. Todo lo contrario: trataba de disuadirlo, trataba de convencerlo, trataba de hacerlo entrar en razón, trataba de que despertara, de que volviera en si. Pero el muchacho no era capaz de hacer lo que le pedía su amigo porque, para él, la razón, la conciencia, la realidad estaban de su lado. La verdad era lo que hacía, pensaba, sentía, padecía al lado de la muchacha, o atrás de la muchacha, o casi al lado de la muchacha, pero siempre demasiado lejos, siempre fuera del alcance de sus manos. El amigo, al fin, se dio por vencido y le prestó una chaqueta para que luciera presentable y le deseó suerte. Los otros dos lo acompañaron, más que todo, para recoger los despojos pero, al final, ni eso harán. No hay despojos que recoger. No hay vestigios del sufrimiento. Solo un agujero negro, muy negro. Un vacío perturbador que repele la materia y concentra el dolor. La pesadilla no se acaba nunca, se disuelve en la nada y al final solo queda eso. También lo acompañaron porque podían beber cervezas gratis hasta las ocho de la noche.
Aún no había anochecido cuando llagaron al pub. La luz del sol les llegaba tamizada por un delgado manto de nubes y en la entrada los detuvo el portero y les preguntó que deseaban. Digamos que el muchacho no estaba demasiado desaliñado y que su aspecto general era pasable. Sin embargo sus amigos (llamémosles A y B) vestían de manera inadecuada. A llevaba puestos unos zapatos amarillos, pantalones de pana roja, camisa manga corta verde y una chaqueta de pana negra. Sus ojos eran grandes y detrás de sus gafas la mirada era desorbitada. Su cabello era negro y espeso y se levantaba en grandes bucles sobre la frente y su rostro estaba cubierto por una barba Dostoyiesquiana o Tolstoniana, en todo caso rusa, que le caía sobre el pecho. Sus manos eran pequeñas, de dedos gruesos y uñas largas y sucias. B, por su parte, llevaba puestas botas de obrero marrones con las suelas rotas, unos jeans desgastados y una franelita negra y descolorida. El cabello, largo hasta media espalda, lo recogía en una cola de caballo. De su perfil aguileño sobresalía una gran nariz. No se había afeitado en varios días. Sus manos eran largas y de dedos finos coronados con largas uñas y su piel era pálida y fumaba un cigarrillo detrás de otro. De modo que al portero le pareció que sus amigos estaban francamente impresentables y en sus movimientos y en su mirada, entre perpleja y agresiva, se notaba su decisión, inapelable, de no permitirles la entrada. El muchacho habló. Le dijo al portero todo poderoso que eran amigos de la cantante de la banda que iba a tocar esa noche y que, por favor, le permitiera entrar para hablar con ella. El portero accedió y lo acompañó. El local estaba vacío. Los camareros desfilaban como hormigas laboriosas haciendo los últimos arreglos antes de abrir al público. La barra era una circunferencia en el centro de la sala llena de mesas. Allí estaba la muchacha rodeada por el resto de los integrantes de la banda: De estatura mediana, cuerpo delgado y curvas suaves, más bien tímidas, piel blanca, casi transparente, manos de harina diría el muchacho, cabello rubio y liso, rostro de rasgos duros, pómulos sobresalientes, labios carnosos, cejas profusas, ojos verdes cuya mirada podía pasar, con velocidad pavorosa, de la sagacidad del halcón al trémulo temor de un conejo. Allí estaba. Por una fracción de segundo el muchacho pudo observarla sin ser visto. Fracción de segundo que el muchacho exprimió como si pretendiera extraerle el zumo a una fruta que lo iba a salvar de morir de sed. Exprimió y alargó esa nada de tiempo hasta que sintió que el dolor de cabeza traspasaba los lindes de su cráneo y se derramaba por la sala como magma de un volcán mucho tiempo inactivo. La muchacha tenía una de sus manos sobre la mano de uno de sus compañeros en la banda, sentado a su lado en la barra del bar, y primero sonreía y luego reía abiertamente y echaba la cabeza hacía atrás y sus cabellos se levantaron en una dulce ondulación que logró acariciar el rostro de otro compañero situado detrás de la muchacha, pero que el muchacho sintió como un latigazo en su propio rostro. Luego la muchacha comenzó a bajar la cabeza y la sonrisa de su rostro desapareció y entonces lo vio, vio al muchacho, al pobre ser que se veía tan solo, tan desamparado, rodeado de mesas vacías incapaces de prestarle auxilio y en ese momento la sonrisa se esfumo y la mirada fue la del conejo atemorizado y luego fue la del depredador tras su presa y finalmente la de la mujer, la de la amiga que reconoce y acepta. Todo, ¿hay que decirlo?, en una fracción de segundo, frente a un muchacho petrificado de horror y de amor.
La muchacha miró al dueño de la mano que ella cubría con la suya y le dijo algo que el muchacho no alcanzó a escuchar. Quizás, pensó, dijo es mi novio, te lo voy a presentar o es un amigo, voy a saludarlo o qué pesado este tipo, me deshago de él y vuelvo contigo o tan solo amor o mi amor o te amo o, quizás no dijo nada y lo dijo todo con la sonrisa o con los ojos o con una leve presión sobre esa mano extraña e inquietante que ahora ayudaba a la muchacha, galantemente, a levantarse. El muchacho ensayó un tímido saludo con la mano mientras la muchacha se acercaba, pero solo recibió respuesta de uno de los integrantes de la banda. La muchacha le dio un casto beso en la mejilla. ¿Qué haces aquí?, dijo. Vine a verte… y… a…. escucharte cantar, dijo el muchacho. ¡Qué lindo!, dijo la muchacha. Vine con A y con B, dijo el muchacho. ¿Y dónde están?, dijo la muchacha. Están afuera. El portero no los deja pasar, dijo el muchacho. La muchacha regresó a la barra y estuvo un rato conferenciando con el resto de la banda. Se dirigía principalmente al sujeto al que minutos antes le sujetaba la mano. Este, le parecía al muchacho, gesticulaba con cierta contenida brusquedad y de tanto en tanto le lanzaba gélidas miradas o eran, quizás, solo miradas de reconocimiento, de tanteo, como si lo estuviera diseccionando con hábiles ojos de cirujano. Al fin la muchacha regresó con el que antes había respondido a su saludo y luego de las cortesías de rigor salieron a buscar a A y a B.
El muchacho, A y B se sentaron en el bar circular, un poco alejados de la banda y la muchacha se sentó con ellos y conversaron largo rato y el muchacho notó que la muchacha estaba feliz (o aparentaba que lo estaba) de verlo allí y que era tierna y coqueta, aunque, también lo notó, guardando cierta distancia, no solo física, si no espiritual. Luego se fue, aduciendo cualquier excusa, y los tres se quedaron en silencio acodados en la barra y con las tres primeras cervezas frente a ellos.
Y cayó la noche, como suele decirse, y el pub comenzó a llenarse y ya no estuvieron solos en la barra del bar, aunque no podría decirse, tampoco, que estuvieran acompañados. Y con la noche llego la penumbra ascética y artificial rasgada por haces de luz de origen incierto y sombras que gesticulaban enmudecidas por el sonido de la música.
El muchacho trató de explicarle a A y a B lo que había visto o lo que había creído ver cuando entró a buscar a la muchacha. Habló de esa mano cobijada por la mano de la muchacha, habló del dueño de esa mano y habló de la muchacha y luego ya no habló más y se perdió dentro de su mente. A y B se vieron a la cara, se encogieron de hombros, pidieron más cervezas y comenzaron a charlar. Desde el centro profundo y lejano de la tormenta silenciosa que lo arrastraba, el muchacho podía escuchar retazos de la conversación de A y B. Dijeron máscaras superpuestas o máscaras unas sobre otras. Dijeron rostros que se desvanecen. Dijeron fantasmas o quizás espíritus en pena. Dijeron enfermedad. Dijeron amor fou. Dijeron dolor y lástima. Dijeron pesadilla, literaria, destino y ya no dijeron nada y se dedicaron a beber. Al muchacho todas aquellas palabras le llegaban embarulladas en el torbellino de su tormenta interior, y aunque era incapaz de ponerlas en orden y de darles sentido, cada una de ellas dolía y laceraba como mil cuchillos. Se hundió aún más en su ensimismamiento azotado por el vendaval.
La muchacha aparecía y desaparecía como un fantasma. Cuando aparecía actuaba con naturalidad y desparpajo. El muchacho observaba ese rostro gesticulante pero era incapaz de escuchar lo que decía. A veces las palabras le llegaban distorsionadas como cuando escuchamos una emisora de radio mal sintonizada. Pero en realidad no escuchaba, concentrado como estaba en traspasar aquellos ojos verdes y aprehender aquello que las pupilas de la muchacha ocultaban y que el muchacho no sabía muy bien que era pero que necesitaba con desesperación como se necesita el oxígeno para respirar. Cuando la muchacha desaparecía o se iba, el muchacho la seguía con la vista a través de las sombras que se la tragaban con una angustia creciente como si hubiera perdido su última oportunidad en esta vida de comprender, de alcanzar la iluminación y el sosiego.
A las ocho en punto de la noche se acabaron las cervezas gratis. Aún pudieron sacarle tres más al barman y con las pocas monedas que pudieron reunir compraron una que compartieron entre los tres. Luego no les quedó más que deambular, borrachos y alucinados entre las sombras frenéticas que se agitaban entre ellos, buscando algún sentido (siempre esquivo) a aquel maremagno de baile, gritos, alcohol, luces quebradas, sombras que dolían en los huesos y el sonido de la música que no se escuchaba sino que parecía envolverlos, arrancarles los tímpanos y gritarles melodías asombrosas directamente en el cerebro. En algún momento A y B desaparecieron, como parecía desaparecer todo en aquella cueva post moderna, y el muchacho continuó vagando solo y vacío como un viajero que ha olvidado el objetivo de su viaje.
En algún momento de la noche o de la madrugada, (ya no lo sabía) sintió que una mano se posaba sobre su hombro y lo apretaba levemente. Se dio la vuelta y se encontró con B que lo miraba con sonrisa maliciosa. B dijo que había buscado al “dueño de la mano aquella” y le había preguntado si no había visto al novio de la muchacha. El “dueño de la mano aquella” lo miró extrañado y le pregunto de quién hablaba. B dijo que, por supuesto, hablaba del muchacho. B dijo que el rostro del “dueño de la mano aquella” se desencajó de golpe y se desarmó frente a sus ojos como si le hubieran quitado una pieza, una pieza importante, que mantenía unido el andamiaje de aquella cara. B dijo que luego el “dueño de la mano aquella” no volvió a abrir la boca. Se dio la vuelta y se fue. A B le pareció que el “dueño de la mano aquella” se alejaba cabizbajo y contenido como si en su interior hubiera explotado la tormenta perfecta. Luego B desapareció.
Al muchacho poco le importaban las metáforas. Y por otro lado no había tormentas perfectas. Todas eran imperfectas y hacían daño. Todas mataban física o espiritualmente. Y a partir de ese momento, en esa noche de caos nocturno, al menos dos personas nadaban en sus tormentas personales. Tal vez había una tercera persona que nadaba en su propia tormenta, pero eso el muchacho no podía asegurarlo. Además, a esas alturas y puestos a hacer metáforas, el muchacho deseaba con todo su corazón que esa tercera persona, cuyo nombre llevaba grabado en los pliegues del cerebro, se ahogara en su tormenta particular. También deseó (no había forma de mentirse a si mismo en ese aspecto) con todo su corazón que, si se diese el caso de que esa tercera persona suplicara ayuda, instantes antes de hundirse en las aguas turbulentas, que dicha súplica fuese dirigida a él.
Luego aparecieron A y B. Le dijeron que se marchaban, que ya no soportaban tanto ajetreo, que estaban hartos de tanta post modernidad. Lo convidaron a irse con ellos y dejar atrás la pesadilla, alejarse de esos seres desdibujados y sin sustancia que los rodeaban y que en modo alguno podían ser reales. Pero el muchacho les dijo que se quedaba como quien dicta y lee su propia sentencia de muerte. Entonces A y B lo abrazaron, le desearon mucha suerte y desaparecieron.
Aparecer y desaparecer era el sino de aquel lugar. El muchacho parecía mimetizarse con la masa informe que se retorcía al ritmo de la música. Tenía la impresión de aparecer y desaparecer para él mismo El espacio parecía dilatarse y el tiempo constreñirse, de modo que tenía la sensación de que no terminaba de recorrer la totalidad del púb en largas horas de vagabundeo que luego, comprobaba, no habían sido si no unos cuantos minutos. La que no había vuelto a aparecer era la muchacha. Y él no se atrevía a buscarla. Por lo menos no concientemente. Tenía terror a un encuentro frente a frente, de carne y hueso, en el que se dijeran, si eso era posible, cosas concretas y se pudiera medir el peso exacto de los sentimientos. Un encuentro sin alucinaciones y sin bruma. Un encuentro claro y transparente en el que todo quedara dicho. Al mismo tiempo era lo que más deseaba. Esa rasgadura en su espíritu lo atormentaba y lo mantenía en continuo movimiento.
En uno de sus tantos acercamientos a la barra del bar (como un satélite que en su orbita a perdido contacto con la tierra y es incapaz de emitir la información para la cual fue construido y lanzado al espacio) vio una silla desocupada. Tomó asiento y observó al barman trajinando con los tragos detrás de la barra. Era joven, bajito y extremadamente delgado. Ejecutaba un baile estrambótico mientras preparaba los tragos, lanzaba las botellas al aire y las atajaba por la espalda o las hacía girar frente a él y las dejaba caer con suavidad sobre su frente. Sin dejar de sonreír y realizar malabarismos con las botellas, le preguntó que quería. Con un gesto de la mano el muchacho le dijo que nada. Se quedó mirando los vasos vacíos o medio vacíos que se iban amontonando en la barra y comenzó a sentirse profundamente triste y débil, con una debilidad que era como un hormigueo que se iba apoderando de su cuerpo, una dejadez que esculpía una piedra blanca en su frente y lo vaciaba de pensamientos. Estaba a punto de rendirse y abandonar toda la estupidez y el absurdo de esa noche, cuando sintió que le tocaban el hombro y luego lo apretaban con suavidad, casi con cariño o con lástima. Se dio la vuelta feliz de que B volviera, pero se encontró con un rostro desconocido que le sonreía y le decía que se consiguiera un vaso. El muchacho tomó el primer vaso vacío que consiguió y lo tendió hacia el desconocido. Este procedió a llenarlo sin tapujos hasta el borde. El muchacho no preguntó que le ofrecían. Se limitó a beber, satisfecho con que fuera alcohol. Eso fue todo. El desconocido conversaba con un grupo de amigos y no le volvió a dirigir la palabra, ni lo invitó a unirse a su grupo. Se limitó a servirle un trago cada cierto tiempo, hasta que la muchacha se subió al escenario a cantar y el muchacho se levanto de la silla y se acercó a escucharla.
Tenía una voz potente y dulce que al muchacho le llegaba atenuada, como si la muchacha cantase desde el interior de una cueva y a él solo le llegaran los últimos ecos posibles. Y su figura sobre el escenario, moviéndose al compás de los acordes, se diluía como si entre ambos se levantase un muro de niebla gris. Percibía que la muchacha se alejaba. No se trataba de que su figura se desdibujara tras la niebla, ni de que su voz se apagara tras los muros de la cueva. Era, exactamente, que la muchacha se alejaba, que su alma se despedía. Entonces le pareció que lo miraba y que no dejaba de observarlo mientras cantaba y mientras se alejaba y se despedía. Se pregunto si no estaría soñando, si no sería todo esto parte de la pesadilla que se desbocaba en su mente y sobre la cual ya no tenía control. Quiso acercarse al escenario pero no pudo. No era capaz de moverse en esa dirección. Se dio cuenta que también él comenzaba a alejarse y a penetrar en su propia caverna de soledad y vacío y se preguntó si la muchacha veía lo mismo que él veía cuando ella se alejaba y se despedía. Empezó a dormirse y a caer dulcemente. Abandonó la lucha y se dejó ir y sus labios dibujaron una sonrisa y por primera vez en cuatro meses dejó de pensar.
La muchacha lo tomó de la mano y lo sacó apresuradamente del púb mientras echaba furtivas miradas sobre su hombro. Afuera le puso un billete en la mano para que tomara un taxi, dio media vuelta y desapareció en el interior del púb. El muchacho se guardó el billete en el bolsillo sin verlo. Se alejó caminando. Hacía frío. La calle estaba desierta y el silencio solo era roto cuando el viento mecía las ramas de los árboles o cuando pasaba, raudo, un auto ebrio o cuando ladraba algún perro solitario y trasnochado. Poco a poco pero con determinación, comenzó a caminar más rápido. Salió de Chuao, llegó a Las Mercedes, pasó frente al Paseo Las Mercedes y cuando enfiló hacia la autopista caminaba con la fuerza, la tensión y la determinación de quien va a matar o va a morir. Cuando estaba a un paso de entrar a la autopista, un auto se detuvo a su lado. El conductor bajó la ventanilla del copiloto y le preguntó para donde iba. El muchacho le dijo que iba para Prados del Este. El conductor le dijo que lo llevaba y el muchacho se subió con la misma determinación y sangre fría con la que instantes antes había decidido jugárselo todo transitando por la autopista. El desconocido estaba tomando cerveza y le ofreció una. El muchacho agarró la lata que le señalaban, la destapó y bebió un sorbo. Luego brindaron y conversaron y finalmente el desconocido lo dejó en la puerta de su casa.
Otro final posible es: El muchacho entra en la autopista y jamás llega a su casa. Desaparece en esa jungla vertiginosa de concreto, asfalto, metal y velocidades imposibles La autopista como símbolo de la modernidad y del vacío. O de la modernidad del vacío. O del vacío de la modernidad. Elija usted. Da lo mismo.



lunes, 24 de marzo de 2008

UN DOMINGO EN CASA DE NATHAN


Nathan vive hace ya siete meses en Potrerito, a unos cinco minutos en carro de San Antonio, en una casa pequeña pero acogedora y fresca con un jardín donde cría pollos, conejos y, más recientemente, gallos de pelea. Detrás de la casa corre una quebradita de aguas cristalinas que no deja de gorgotear nunca. El terreno está clavado en el fondo de dos cerros, así que el paisaje no es espectacular, pero ver oscurecerse el azul del cielo a través de los eucaliptos que cercan la carretera, a medida que anochece y aparecen las primeras estrellas, es motivo suficiente para pescar una tortícolis de pronóstico. No está mal, en conclusión.
Ayer en la tarde subí con la morocha y Mauricio. Por el camino había que comprar una caja de polarcitas y una bolsa de hielo. Pero el domingo es día de guardar. No se bebe en domingo, y no se consigue una maldita licorería abierta. La última oportunidad era en Las Mayas. Salí de la autopista. Vi de reojo el mercado de Coche y no me costó mucho imaginar la callecita y la casa de los abuelos, y mucho menos imaginar la casita. ¿Qué se hizo de todo eso? ¿Dónde están todas las botellas de vino, las risas, las conversaciones absurdas? Y la desesperación, también. Las arrecheras, la angustia. ¿Por qué no? La tremenda desolación que transmitía esa calle un domingo en la tarde. Tú de un lado y del otro, en el fondo, la cochina plaza, la última panadería de los pobres, la licorería con sus borrachos, sus mendigos alcoholizados. Toda esa miseria de la que terminabas sintiéndote parte de una forma ambigua, misteriosa. Un domingo en la tarde. El peor día, la peor hora. Sientes que ya no te queda nada que decir, nada que sentir. Que al día siguiente se repetirá el ciclo del hastío en el que estás atrapado. Eso es la eternidad. El aburrimiento sin fin.
En Las Mayas conseguimos nuestras bebidas y el hielo y seguimos cuesta arriba. Por cierto que es de mis favoritas esta carretera, con el embalse a un lado, su espesa selva, su frescura. Recuerdo cuando me la tragaba sobre una bicicleta. A las seis de la mañana. Todos los miércoles. A veces éramos quince cayéndonos a tablas, ahí durísimo, hacia arriba. Era un placer, cuando estabas bien entrenado, subir así, sintiendo la tensión en los músculos, el vaivén de la bicicleta cuando te parabas sobre los pedales, el control absoluto que ejercías sobre tu máquina. Una sola máquina tu cuerpo y la bicicleta. Un solo empuje, un solo esfuerzo. Una sola alma... Así iba pensando yo con la morocha a mi lado, Mauricio atrás cuando llegamos al puentecito que cruza la quebrada y nos coloca sobre la carretera que conduce a casa de Nathan, y nos topamos con un tipo que parecía buscar algo en el monte. Pero, ¡coño, si es Ferdinand! Era de lo más extraño verlo allí, enflusado, flaco, envejecido, inclinado sobre la maleza, como buscando algo. ¿Qué? Detuve el carro y lo llamé. "¡Ferdinand!". "¿Ah?, ¿ah?". No me prestaba demasiada atención y no dejaba de escarbar entre la maleza, así que me bajé y me acerqué.
— ¿Qué buscas Ferdinand?
— ¡Bébert!
— ¡Qué!... ¿a quién?
— ¡Bébert!, ¡mi gato Bébert!... ¡Escapó!... ¡Huyó!... unos dogos nos persiguen... ¡desde Alemania!... ¡fíjate si es poco, desde Alemania!...
— ¿Y dónde están?
—Los espanté, por supuesto.
— ¿Y cómo?
— ¡ALT!, los paré en seco.
— ¿Y entonces?
—Muy sencillo... muy sencillo: Les expliqué mi descubrimiento literario... ¡los tres puntos, muchacho!... ¡los tres puntos!... ¡mis rieles emotivos!... ¿Entiendes?... todo el armazón... los durmientes... ¡mi metro cargado a reventar!... ¡directo al sistema nervioso!... ¡Escaparon aullando!... ¡las mierdas esas de perros!... pero, ahora Bébert... ¡no lo encuentro!...
—No te preocupes, Ferdinand. Ese aparece. Vente con nosotros. A casa de Nathan. Bébert aparece en cualquier momento. Ya verás.
Se subió en el carro, saludó amablemente a la morocha y a Mauricio y se dedicó a ver por la ventanilla mientras yo ponía en marcha el carro.
Llegamos a casa de Nathan. Eran las cinco de la tarde. Arriba el cielo salpicado de nubes como manchas. Como enormes mocos grises y blancos. (Esta última imagen no es mía. Es de Ferdinand). Nathan ya estaba algo borracho y un poco cabreado porque había estado esperándonos a nosotros y al hielo toda la tarde. Pero con Mauricio no se puede llegar temprano a ninguna parte. Sin embargo nos recibió con un abrazo. Le presenté a Ferdinand. "Coño, por fin", dijo. "Joaquín me ha hablado mucho de usted. Pasen, pasen". Las perras se echaron sobre nosotros, especialmente se encariñaron con Ferdinand, y al él le gustaron de inmediato. Se veía que se llevaba bien con los animales. Nos sentamos en el porche. Nathan André y Nathael revoloteaban a nuestro alrededor, saltando y corriendo. Verónica nos trajo cervezas. Tony, el padrino de emergencia de Nathael, como lo llamo yo, se acercó a saludar. Comenzó la charla. Cualquier pendejada. Hablar, hablar sin medida. La tarde huía. Ferdinand se alegraba. Nathan había comenzado a pintar de nuevo y nos mostró sus cuadros. No estaban terminados pero tenían algo. La simpleza contundente de la grafía. Esos colores poderosos. Me gustaron mucho. Nathan debería pintar más.
Le dábamos duro a las cervezas. También Ferdinand que estaba achispado y muy contento. Era como un descanso para él. Un espacio de tiempo muerto en el que la persecución aterradora se detenía. Entonces apareció Bébert de quién sabe dónde y se subió de un salto sobre las piernas de Ferdinand y ya todo fue alegría y el comienzo del fin. Con Bébert apareció la primera estrella fugaz. La vio la morocha. Se aferró con fuerza de mi mano y mirándome comenzó a llorar. Luego apareció otra y luego otra. El cielo fue llenándose de surcos blancos que rasgaban la noche. No era cuestión de pedir deseos ya. Ni de pensar. Sólo mirar ese fulgor del cielo que nos bañaba de blanco. Hacia el este surgieron dos planetas enormes. Marte y Saturno. ¿O era Venus? Parecían flotar sobre nosotros, rojos, azules, manchados de colores, al alcance de las manos, sin rumbo fijo, al azar, majestuosos. Al final el cielo estaba repleto de esos inmensos globos de colores y sobre ellos las estrellas fugaces. Era el fin. Y nosotros estábamos allí, un domingo, en casa de Nathan, borrachos y felices y tristes. Y eso es todo...

sábado, 22 de marzo de 2008

MOSQUITOS


Mi vida en la pensión, en este pequeño cuarto que entonces me parecía una delicia. El ruinoso refugio donde la esperanza prosperaba. Yo tan contento sentado frente a mi vieja máquina de escribir. Por encima de mí, por la ventana, se derramaba la luz contagiosa de la mañana. Por esa ventana siempre se derramaba algo y a mí eso me parecía bien, era lo correcto y contribuía a que las palabras fluyeran. Y mientras las palabras fluían yo sentía que el mundo era perfecto. Me invadió un ánimo festivo, una alegría temblorosa y extasiada que me oprimía el pecho. Pero de la exaltación, ahora lo sé, solo queda la tristeza, el desánimo. La certeza, otra más, de la inutilidad de todo esfuerzo consiente. Pero uno siempre aprende tarde.
Por supuesto en ese estado de exaltación no podía escribir. Así que me paré y di una vuelta por el cuarto. Es decir: Dos pasos hasta la puerta y dos de regreso. Así una y otra vez, mientras me estiraba, aflojaba los músculos, me rascaba y trataba de sacarme del cuerpo ese aturdimiento que es la alegría. En una de esas idas y venidas observé lo que llevaba escrito y vi un mosquito gordo y negro entre mis palabras, un poco tembloroso, una vibración apenas perceptible debido a una suave brisa. Parecía una letra mal colocada. Una letra embrutecida que se negaba a asociarse con el resto. Desentonaba y parecía maldecirme desde la hoja. No lo observé mucho tiempo. De un manotazo lo aplaste contra el papel. Entre mis bellas palabras quedó un manchón rojo. Mi propia sangre sobre el texto que había escupido antes. Mosquito de mierda has estropeado mi trabajo.
Ya no quise seguir. Estaba desanimado y comenzaba a tener hambre también. Así que bajé al bar para almorzar. Estaba a reventar. Entre los que comían y los que se dedicaban a jalar caña, no había mesa desocupada. El Cardenalito y Joseito, los dos mesoneros, corrían de un lado al otro, entre las mesas, sirviendo aquí y allá comida o cervezas, según que, sudando, vociferando, en una histeria de bocas hambrientas y gargantas sedientas que no se detenían un instante en exigir. El Cardenalito con una eterna sonrisa de dientes blanquísimos y Joseito arrecho porque los borrachos pedían más cerveza haciendo silbar las botellas vacías. Eso lo reventaba, lo sacaba de quicio, a él que era tan bajito y que cualquiera lo tumbaba de un soplido. En la cocina, entre grandes ollas y el calor infernal del fogón, trajinaba María, una boliviana gigante, dueña y señora del negocio, casada con un italiano venido directamente del neandertal.
Me quedé parado a la entrada de ese estremecimiento del caos, ese derroche de energía clara y jodedora. Un poco mareado, incluso, ante este estallido de vida. Pensaba lo fácil que sería enmudecer todo aquello. Lapidar tanta alegría. Todo el mundo es feliz cuando come o cuando bebe. Sí, ya lo creo que sería fácil.
Se me acercó Tany y me preguntó si iba a comer. Le dije que sí. Lo seguí hasta una mesa al lado de la puerta del baño. Allí estaba sentado un tipo al que me presentó como el profesor. Era del grupo de los que bebía. Me senté y esperé a que me trajeran mi plato. Resulto ser un tipo simpático el profesor, de mediana edad, pero envejecido por la caña. La piel de su cara y de sus brazos era roja como la de un tomate y el cabello una lengua ensalivada. Estaba curdo apenas al mediodía y me contaba la historia de su vida mientras yo me tragaba con esfuerzos unos trozos de carne hundidos en un guiso grasoso y un pucho de arroz apelotonado, con unos cubiertos de dudosa limpieza.
Era una historia triste la que me contaba el profesor. Una vieja pena de amor. Las peores y las más aburridas. El profesor hacía esfuerzos por interesarme. Era un artista. Lo había hundido esa mujer desde aquel prestigioso colegio donde daba clases de educación física, hasta este hueco infecto que apenas sí merece el nombre de unidad educativa, en la misma calle de La Amargura, y por el cual sólo aparecía para cobrar el sueldo y bebérselo en honor de ella y de la muerte. Esas dos perras. Porque matarse era lo que hacía. Lenta y deliciosamente se ahogaba en cerveza. Sumergía lo que quedaba de sus escasas fuerzas, las que aún le servían para recordar, en el dulce sabor de la muerte-cerveza. Todos los días un poquito de esa memoria, de aquella mujer se diluían entre las botellas vacías que se iban acumulando sobre la mesa. Era su venganza contra el mundo, contra la familia, contra los hombres que se casaban y tenían hijos y vivían felices comprando microondas y secadoras. Cerdos que se rascaban las bolas en las colas de los bancos, y les ponían apartamentos a sus amantes y los domingos iban a misa con sus esposas y con sus suegras. A todos ellos les escupía en la cara su inmovilidad, su decisión inexorable de no moverse de su mesa, de tragarse todas las cervezas que el cuerpo aguante y aún más. Un poco más allá. Donde el dolor se desvanece en la nada. Eso es todo. El fin. Un agujero negro. El último átomo desgajándose en el fondo de una botella.
Su historia comenzaba (y yo diría que terminaba) en un lejanísimo colegio, por allá en Prados del Este, fraguado sobre un cerro de matorrales perennemente seco y repleto de guacharacas ruidosas. Era bella la niña. Una catirita de cuarto de humanidades.
- ¡Maldito colegio de mierda!... A ese colegio lo conspiraron ¡carajo!... La culpa es mía, por supuesto... ¿A quién se le ocurre subir esa horrible colina?... Colina, que así le dicen a los cerros en el este... ¿no?... A quién sino a mi se le ocurre meterse en ese agujero, en ese precinto militar... tortura psicológica... No exagero chamo. Esa cagada era peor que la inquisición Española... A quién sino a mi se le ocurre adentrarse en la edad media en una mañana tan triste... tan lluviosa... tan de mala leche... y llovía, no lo olvides... más bien lloviznaba... que es peor... Esa indecisión del cielo te deja helado, te rompe los huesos... y el matorral bajo la lluvia, eternamente seco... y las guacharacas... destrozaban el aire con su griterío histérico. De locas. Y encima ¡el Himno Nacional!... ¡coño!, era el colmo. Y mientras espero a mi primer grupo de alumnos me entran unas ganas horrorosas de cagar... En serio. Imagínate esa gran explanada de asfalto, las canchas de básquet, de futbolito... voleibol... la piscina al fondo, las gradas... y mi pequeña oficina en un rincón... Y yo parado en medio de esa vastedad... cagándome mientras veía a mis primeros alumnos correr hacia mí. Imagínate que las muchachas no corrían sino que caminaban suavecitas... con sus pantalones de mono y sus franelitas blancas con el emblema del colegio... Imagínate que una de esas bellezas se destacaba sobre las demás porque era la más rubia, porque era la que mejor caminaba, porque esos ojos verdes estaban clavados en ti mientras te cagabas... y ni siquiera sabías donde coño había un baño... Imagínate que todo eso ha ocurrido y que esa mirada verde, que ahora está sola e impertinente, sentada en una grada, te ha conquistado. Ha sabido conquistarte con una pizca de ironía. Has entendido de inmediato que esa niña de cuarto de humanidades va a hacer contigo lo que le venga en gana... y que tu se lo vas a permitir... le vas a permitir cualquier cosa porque te sabes capaz de sufrir lo insufrible junto a esos ojos verdes... impertinentes... superiores... junto a ese pelo rubio y esa piel blanca y tentadora y resuelta a unirse a tu propia piel con un desenfreno que a sus dieciséis años, a ti, de treinta y tres, te va a resultar alarmante... incluso aterrador... pero que le vas a hacer... porque al mismo tiempo resulta que esa alarma y ese terror te parecen maravillosos, estimulantes... y por nada del mundo los vas a dejar pasar, los quieres contigo... junto a ti... y quieres convertirte en ese desenfreno de dieciséis años de piel blanca y tentadora... quieres morir en ese calor de piel insensata... eso es todo chamo... ¿lo imaginas?... ¿puedes?...
Y fue todo. El profesor cayó sobre la mesa, roncando profundamente. Una baba viscosa le chorreaba de la boca. Yo mismo no podía con mi alma. Las botellas sobre la mesa se tambaleaban con solo verlas. Había sido una historia interesante de todos modos. Y triste. Un poeta el profesor. Pagué lo que me dijeron que pagara. Ya no era capaz de realizar el menor cálculo. Y subí como pude, en la oscuridad, hasta mi cuarto. Me desnudé y me tumbé sobre la cama. No supe más de mí, ni del mundo, hasta la mañana siguiente.
Desperté con un ratón bicéfalo y el cuerpo tiroteado por los mosquitos. Eran ronchas grandes, inflamadas, rojas algunas, ensangrentadas otras. Era una masacre. Se habían ensañado conmigo, a discreción toda la noche, aprovechando mi estado. No me había dado cuenta de nada. Sin embargo me había rascado con furia. Lo probaba la sangre que cubría mi cuerpo y las sábanas. Una verdadera carnicería se había gestado durante la noche, un ataque desproporcionado aprovechando la oscuridad y el alcohol. No salía de mi asombro. Era un escándalo sanguinario del que trataba de sobreponerme cuando vi o creí descubrir o, efectivamente, vi, porque ya me iba dando cuenta de lo que era, unos pequeños puntitos negros que salpicaban las paredes de mi cuarto, todas las paredes, de arriba abajo, a todo lo ancho, a todo lo largo, arriba en el techo, también, una verdadera verbena de puntos negros. Me acerqué para cerciorarme. Sí, mosquitos. Negros y gordos mosquitos. Repletos de mi sangre hacían la digestión a mi costa. Me reventó una furia sorda en el estómago, unos virulentos deseos de matar. Gesticulaba frente a ellos, los insultaba. No sabía muy bien lo que decía. Cualquier cosa. Mi odio comenzaba a desbordarse a manotazos. ¡Plaf!... ¡plaf!... ¡plaf!... ¡plaf! Uno tras otro iba aplastando mosquitos contra la pared. En su lugar quedaban unas manchitas rojas y negras, hermosas, delirantes. A los que se colgaban del techo les daba con la almohada y los que lograban volar los aplaudía con ganas. Me daba una risa. Era una bella orgía de sangre. No sé cuanto tiempo pasó. Diez, quince minutos. Sudaba y comenzaba a perder el aliento. Yo que le tengo fobia al ejercicio, que peso sobre los cien kilos, me lanzaba contra el armario, tiraba el colchón contra la pared para abarcar más espacio: cincuenta mosquitos espatarrados de una vez. Esparcía mis manuscritos por el aire. Se creaba un vuelo de papeles entre mosquitos de lo más hermoso.
Terminó como empezó. Del cuarto se apoderó un silencio manso, casi sólido, duro de respirar. Me vi las manos inflamadas, ardiendo y chorreando sangre. Luego vi a mí alrededor, las paredes, el techo. El cuarto era un calidoscopio rojo que nublaba mis ojos. Me mareaba. Una centrífuga tiraba de mí, un torbellino refulgente me jalaba hacia el piso. Y sobre él me dejé caer agotado. Ya no me quedaba ni una pizca de furia. El odio se había condensado en el estómago en forma de ganas de cagar. Y así, muy despacito, me fui desmayando mientras de adentro terminaba de salirme toda la mierda.
Perdí la confianza. La poca que tenía. La que había confundido con ese estúpido estado de exaltación, con el ansia cabrona. Se había ido mi ridícula confianza entre borbotones de sangre y la plasta negra de los mosquitos. Tanta saña me había dejado atontado. Y la inteligencia. Porque aquel ataque despiadado era premeditado. Era el resultado de planes bien trazados. No me cabía la menor duda. Yo era el objetivo de todas sus inmundicias. ¿Yo?, pero si yo no soy nadie. Yo sólo quería escribir mi novelita. Colocar una palabra delante de otra. Nada espectacular. Hacer algo con esta vida inactiva, perdida. Matar el tiempo. No pedía mucho. Y ahora esto, ese ensañamiento, ese espectáculo cruel del que me habían hecho protagonista unos diminutos bichitos que no valían nada. Menos que yo, seguro.
Tomé la costumbre de subir a la azotea. Era amplia y fresca, con un pequeño techo de zinc hacia el centro. Bajo ese techo me sentaba a observar el paisaje: los bloques de El Silencio bajaban en cascada hasta la Av. San Martín. A lo largo de la avenida la hilera de edificios sucios y tristes, Las Torres de El Silencio, la DIEX. Y detrás de mí El Calvario en todo su abandono y resequedad. Sin duda no servía esa vista para subirme la moral. Pero me mantenía alejado del cuarto y de mis obligaciones literarias, por llamarlas de algún modo. Allí, bajo el zinc, me mantenía dándole al coco. Escribía en la cabeza sin parar. Me llenaba de palabras y de historias. Era un vértigo. En las tardes bajaba al bar y me sentaba con el profesor para escuchar su leitmotiv: la carajita del coño aquella. Yo hablaba poco. De todos modos la gente no te escucha, entretenida en contarte sus rollos. Sus propios peos escalofriantes. Bebíamos como cosacos además, que era lo que yo quería. En la noche Tany cerraba y se unía a nosotros. Al final terminaba por subirnos al profesor y a mí hasta nuestros cuartos. Siempre borrachos los tres.
Debo dejar constancia aquí que yo no volví a ver un mosquito. Me sentaba en la cama con la luz encendida y miraba en todas direcciones con desconfianza. Pero no, ningún hijo de puta a la vista. Si la borrachera me vencía, caía cuan largo era sobre la cama. En la mañana despertaba picado de arriba abajo. La masacre de nuevo. Si no estaba demasiado borracho, entonces apagaba la luz y me acostaba. No pasaba mucho tiempo antes de oír los primeros zumbidos. Zumbidos premeditados, alevosos. Corría hasta el interruptor y encendía la luz: nada. Recorría el cuarto en todas direcciones. Miraba debajo de la mesa, debajo de la cama. Observaba con lupa las paredes. Me encaramaba en la silla para ver mejor el techo. Buscaba dentro del armario, en mis papeles abandonados. ¡Nada! Habían desaparecido. Así que apagaba la luz y me volvía a acostar. Y de nuevo, al rato, el zumbido de mierda, la pesadilla zumbadora. Vuelta a empezar. Me paraba, encendía la luz y registraba el cuarto con desesperación de sabueso. Pero no encontraba ni un solo mosquito. El cuarto estaba limpio, libre, en silencio. Así una y otra vez a lo largo de la puta noche. Hasta que harto, al borde del llanto, me envolvía en las sábanas, me amortajaba íntegro y así, a fuego lento, asándome en el vapor pestilente de mi propio cuerpo, pasaba la noche.
Era una vida perra y, sin embargo, a veces intentaba escribir. Me acercaba a la mesa, hurgaba entre mis papeles, los ponía en orden, acomodaba la máquina de escribir, leía lo que había escrito hacía ¿cuánto? Mucho tiempo. Un tiempo incalculable, perdido, hundido en una bruma densa, parecida a la memoria de un desequilibrado. Al fin me animaba, me sentaba y tecleaba algunas palabras al azar. No me animaba demasiado. “Prudencia ante todo”, me decía. Miraba a todos lados. Recelaba de cualquier ruidito de nada. No me concentraba y terminaba por dejarlo. Me entraba una cagueta incontrolable y me piraba del cuarto hacia el oasis de la azotea y mi pequeño techo de zinc, donde volvía a ser un poco feliz escribiendo incongruencias en la cabeza. Allí me quedaba hasta la tarde, cuando bajaba a ese otro oasis que era el bar, donde seguía siendo un poco feliz con el profesor, con Tany y con el montón de cervezas que me tragaba. Todos los días escapaba del cuarto, del terror de los mosquitos, de la parálisis y me instalaba en mi trocito de azotea a salvo del sol. Allí ponía a funcionar el coco, a echarme cuentos a mí mismo, a contarme historias, historias, historias...
Por allí se aparecían de vez en cuando Joseito y el Cardenalito. Joseito se quitaba la franela raída y se echaba en el suelo a tomar el sol. El Cardenalito se sentaba conmigo bajo el techo de zinc y se limitaba a observar a su alrededor o a mirarme con esa sonrisa amplísima grabada a fuego en su cara. Entonces yo comenzaba a pensar en voz alta, a contarle a esos dos las historias que hervían en mi cabeza y que no trasladaba al papel. Eran buena compañía. No hablaban mucho y escuchaban. Quizás por eso yo les soltaba todo el rollo de mi escritura hablada, todos esos recuerdos que quemaban en mi boca. Saltaba de aquí para allá. Era una partitura loca. Hablaba de mi infancia y luego, sin transición, de las patéticas experiencias literarias en el Esperpento, para saltar a un desquiciado viaje en mi juventud hasta un pueblito cerca de Bogota y en seguida al terremoto del 67 y luego a una enfermedad que apunto estuvo de pasarme al otro lado. ¿Antes o después del terremoto? Ya no lo se. Y no importaba. Lo verdaderamente importante era escribir, contar historias, el lenguaje, la música, desgarrar a punta de coñazos la cortina de hierro tras la cual se escondía… ¿qué? No lo se. Un misterio quizás. Así se nos iba la mañana. Luego ellos bajaban a trabajar en el bar y yo los seguía un poco después a borrar mi existencia a punta de cervezas.
A veces subía el profesor y se sentaba junto a mí y nos poníamos a hablar. Casi siempre hablábamos, ¿tengo que decirlo?, de la carajita aquella, su obsesión. Yo también hablaba y un día le conté de los mosquitos. Se lo conté como una historia, pero él lo entendió de inmediato. Lo vi en su mirada, en la manera en que me miraba y sonreía y al mismo tiempo se ponía triste. A la mañana siguiente se apareció en mi techo de zinc con una raqueta rarísima. Era amarilla y azul, del tamaño de una raqueta de bádminton. La trama de la raqueta era de metal muy fino.
- Es una raqueta eléctrica – dijo.
- ¿Y para qué coño sirve profesor? – pregunté.
- Para matar mosquitos – dijo mientras abanicaba la raqueta delante de mi cara de idiota y se reía a carcajadas. Yo también me reí y tomé la raqueta de sus manos y practiqué mi revés mientras le daba las gracias. El buenazo del profesor. No iba a ser yo quien le dijera que no había visto un mosquito hacía siglos. Ese día agarramos una pea faraónica.
La raqueta la dejé junto a la máquina de escribir y no la volví a tocar. La mesa se me iba llenando de objetos inservibles o, al menos, a los que yo era incapaz, en mi estado, de encontrar utilidad. Pero a ver, ¿cuál era mi estado? Eso era difícil de precisar. Desintegrado quizás. Si, puede ser. Un estado de desintegración, como si me estuviera desvaneciendo y perdiendo contacto con la materia que me rodeaba. Pero no se. Esta explicación es muy complicada y, sobre todo, demasiado literaria. El caso es que vegetaba e iba perdiendo interés por todo. Incluso el techo se me iba disolviendo en una bruma alcohólica y mis oyentes ocasionales cada vez subían menos, aburridos, quizás, de mi cháchara incontrolable, de ese fluir constante de historias que en el fondo no entendían o no les interesaban. Entonces volví a mi cabeza, a escribir para mi mismo, único lector fascinado por las palabras, por ese tableteo musical que escuchaba, sin necesidad de oídos, en la intimidad de mi cerebro.
Cuando bajaba al bar siempre me sentaba con el profesor. A veces, cuando el trabajo se lo permitía, Tany nos acompañaba. Muchas veces ni siquiera nos cobraba las cervezas. Y tomábamos como cosacos y hablábamos mucho, los dos al mismo tiempo (Tany sólo escuchaba), atropellando las palabras con la furia de los desesperados que intentan, inútilmente, llegar antes a algún sitio. ¿A dónde? Yo no lo sabía. Pero debí intuirlo, debí verlo en aquel rostro tenso y derrotado, en aquella mirada apenas irónica del que está más allá del dolor. Pero sólo noté que la piel de su cara, esa piel rojísima, se estiraba, o ya estaba estirada desde quien sabe cuando, pero seguía estirándose, allí, frente a mí y que bastaba que una simple mosca se posara sobre ella para que se desgarrara y cayera hecha jirones sobre la mesa. Entonces vi que el profesor tenía un cigarrillo entre los dedos y que lo encendía. ¿De dónde demonios lo había sacado? Nunca lo había visto fumar. ¿O si? No lo recordaba. Estaba seguro que no.
- A no. Eso si que no.- le dije – ¿Está tratando de matarse acaso? Pregunta de lo más estúpida, lo admito, que al profesor le causo gracia, porque soltó una fenomenal carcajada al tiempo que apagaba el cigarrillo y se lo guardaba en un bolsillo de la camisa. A mi esa risa me inquietó de inmediato. Era una risa seca, burlona y rabiosa. Como si me estuviera abofeteando con ella, restregando en mi rostro la tremenda estupidez de mis palabras.
El profesor se puso en pie tambaleándose y me acaricio la cabeza, desarreglándome el pelo como a un niño a quien no se le puede responder de otra manera sus impertinencias. Luego se fue a su cuarto. Esa noche yo me quedé más tiempo. Seguí bebiendo hasta perder la conciencia.
A la mañana siguiente no hubo techo. Tany toco la puerta de mi cuarto cuando aún estaba desamortajándome y rascando las picadas de la últimas sesión nocturna con los mosquitos. Me preguntó si había visto al profesor. Le dije que no y le pregunté la hora. Eran pasadas las once. Había dormido más de la cuenta. Le pregunté si lo había buscado en mi techo de zinc. Me dijo que si y que no lo había encontrado y que por el bar no había caído. Le parecía extraño porque él solía estar temprano en el bar para sus primeras cervezas o en el techo conmigo. Nos miramos en silencio unos segundos y luego Tany dijo: “Vamos”. Me vestí y lo seguí. Recorrimos los pasillos apenumbrados de la pensión, por un tiempo que me pareció exageradamente largo, hasta la habitación del profesor. Yo nunca había ido. Nos quedamos los dos parados frente a la puerta, inmóviles, como idiotas o idiotizados o, más bien, asustados ante lo que, tras la puerta, nos esperaba o intuíamos encontrar. Tany tocó la puerta. Profesor, llamó. Nada. Volvió a tocar, está vez con más fuerza. Profesor, está allí gritó. Tany tumba la puerta le dije. Entonces se alejo y se lanzó a toda carrera. Su pesada humanidad chocó contra la madera podrida por el tiempo y la puerta crujió y luego cedió, cayendo hacía el interior del cuarto. Un vaho de alcohol se derramó sobre el pasillo como un viento etílico largamente represado. El profesor estaba acostado boca arriba en la cama. Los ojos abiertos miraban de soslayo una botella de vodka casi vacía que su mano derecha aún aferraba en un último intento de beber un trago. De su boca, también abierta, salía un hilillo amarillo que había formado un pozo sobre el colchón, cerca de su oreja. El cuarto olía a mierda, vómito y curda. Una mezcla repugnante. El profesor se había cagado encima durante la noche, eso era evidente. También había rastros de vómito en el cuarto, salpicaduras ácidas y amarillas, semisólidas y malolientes que pincelaban y decoraban lo que se había convertido, a todas luces, en una tumba. Y botellas a montones, de todo tipo, de todas las marcas, casi todas vacías: Wishky, tequila, vodka, ron, ventarrón, caña clara, cocuy, aguardiente, anís, etc., etc., etc., etc. Una rumba. Entonces caí en la cuenta de que la noche anterior se había ido más temprano. Mucho más temprano que de costumbre. Ya lo tenía decidido. Recordé su risa macabra y la manera en que se despidió de mí. Me pasé la mano por el pelo con la tonta esperanza de encontrar algo del calor de aquella mano. Se había puesto todo tan frío de repente, tan, ¿cómo decirlo?, aséptico y helado, como en una clínica. Yo lo miraba. Miraba ese rostro en el que se dibujaba una mueca indescifrable. ¿Reía o lloraba? La dos cosas quizás. Una tragicomedia de la que el profesor había adelantado el último acto. Y ya. Eso s todo. Vi a Tany parado a mi lado con los puños en la cintura. No salía de su asombro. De su confusión diría yo. No entendía nada. Giró su rostro hacía mí y encogiéndose de hombros dijo:
- ¿De dónde carajo sacó el dinero para toda esta curda?
Yo no lo sabía.
Pero eso pasó hace mucho tiempo. Cuando todavía salía. Ya no. Pero a quién coño podrá importarle cuanto tiempo llevo encerrado entre las cuatro paredes de ese cuarto estrecho y asfixiante. Demasiado. ¿Habrá un alma caritativa? Lo dudo. Yo lo cuento de todos modos.
Por la ventana se derrama el canto lejano de los gallos. Por esa ventana siempre se derrama algo, ¿verdad? Pero a mí ya no me parece tan bien, o me da igual.
Y aquí, en este encierro de paredes desconchadas, encierro minúsculo y en banca rota, el zumbido inesperado de los mosquitos. Es una vergüenza pero me encuentro acurrucado en una esquina observando las baldosas sucias y descoloridas, pero atento al zumbido voluntarioso que, lo sé, se dejará caer en cualquier momento y será una tormenta en mis oídos, un chasquido de horror que apartaré inútilmente de un manotazo.
Pero yo no me muevo. Esta es la esquina de mi vida. El rincón del descanso y el olvido. No habrá fuerza sobre la tierra que me desesquine. No hay suficientes mosquitos en el mundo. Ya podrán tocar la carcomida puerta, o golpearla. Entrarle a patadas o echarla abajo. Este es el rincón que he elegido para vivir este zumbido que ahora vuelvo a escuchar y que de un manotazo aparto. Entonces los veo. Son cuatro, parados sobre las baldosas, frente a mí, a escasos centímetros de mis pies. Pero, ¿alguien ha visto alguna vez mosquitos parados sobre el suelo? En la mesa, junto a la máquina de escribir, descansa la raqueta eléctrica. La veo de reojo. Pero, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene chamuscar a estos cuatro? Siempre habrá mosquitos para torturarte. Uno detrás de otro, indefinidamente, sin sentido, hasta el aburrimiento final. También veo de reojo mi vieja máquina de escribir. Quizás la veo con nostalgia, con cierta dosis de remordimiento. Pero yo estoy inhabilitado. Yo no me muevo de mi rincón. ¿Escribir? Pero si puedo escribir en mi cabeza. Contarlo todo sin mover un dedo. Desbordar la imaginación para mí mismo. Después de todo a nadie voy a seducir. Más vale contarse historias uno mismo, olvidarse del mundo grosero más allá de esta esquina y de estos cuatro mosquitos que me sitian, me observan y me juzgan.
Meditar. Pero ¿meditar en qué? Lo he pensado todo y no he hecho nada. Solo queda este enorme cansancio, el rancio hastío. La prueba concluyente es que no quiero ni moverme. Es fácil prever lo que vendrá. Pero no dan ganas ni de matarse.

jueves, 20 de marzo de 2008

ELOÍSA NO ESTÁ


Comenzó así: yo llevaba varias semanas de obstinado hacinamiento, de encierro voluntario en un despecho sólido y sucio. Encochinado hasta el alma. Vivía en un revuelo de recuerdos que laceraban. Es jodido que te dejen. Y aún más de manera tan depravada. Algún día contaré esa última noche. La pesadilla calidoscópica y mí huida en la madrugada por la autopista. Ahora me entretengo, me contento con describir la ausencia, el dolor, la obsesión.
Mi cuarto apestaba. El minúsculo cubículo que me albergaba y donde rumiaba mi pena era un chiquero. Me contentaba con permanecer echado sobre la cama. Deslastrado de la vida exterior, de la “realidad”, mantenía mi mente enfocada en el pasado. Repasaba con maniática precisión, una y otra vez, mi relación con Eloisa. Hay cierto placer en sentirse el hombre más desdichado del planeta. Me daba profusión de golpes de pecho. Me regodeaba revolcándome en el charco negro y dulce de la depresión. Nunca había pasado días tan felices, tan plenos como los de mi encierro despechado.
Pero todo termina. Todo llega a su fin. Así fue que sentí que ya era suficiente. Quería salir, ver el cielo, tropezarme con la gente: sí, con la tremenda estupidez del buen ciudadano. Quería tomar al buen burgués por los hombros para darle un abrazo fraternal. Un beso en cada mejilla en señal del amor eterno a la clase que nos une.
Salté de la cama. En el armario, buscando a fondo, desenterré mis zapatos de correr. Me los calcé y salté a la calle a desintoxicarme. A eso iba. A sacarme toda la mierda del cuerpo. A trotar. A darle unas vueltas a esas cuadras bucólicas enraizadas en el verdor de los árboles. A despejarme de una puta vez y a recibir en el rostro el aire grácil de una urbanización “bien”.
Quiso Dios o la vida que es muy cabrona que Eloisa viviese en la misma urbanización. Su casa daba a la Av. El Paseo. Era un bastión elevado y cuadrado que yo acostumbraba a llamar “El Castillo”. La verdad no se porque lo llamaba así. Quizás porque en mi desbocada imaginación creía vivir una historia de princesas y caballeros. Alguna pendejada por el estilo debía pasar por mi débil mente cuando se me ocurrió llamar de esa manera a tan repugnante construcción.
Así será de cabrona la vida. Así será de hija de puta la puta que no más pasar yo por primera vez frente al “castillo”, así, trotandito, apenas comenzando a regular la respiración, a regular mi vida, a encarrilarla en la dirección de la desintoxicación y del despeje, ¡zas! ¿Qué pasó?, ¿qué aconteció? Que la cabronsísima vida me espetó, me restregó por todo el cuerpo la luz del cuarto de Eloisa. Encendida como nunca esa luz terrible que se filtraba por los tres ventanales de su cuarto. Luz magnífica, luz insensible que me paró en seco en plena Av. El Paseo. Me detuvo el corazón la mitad de la mitad de una milésima de segundo. Tiempo suficiente. Suficiente para morir un millón de veces en ese instante eterno. ¿Y qué hice? Pues ver. Mirar. Poner mis ojos sobre esos ventanales, sobre la luz centrífuga que me aspiraba, sobre las rendijas miserables que me impedían traspasar más allá de esa luz. ¿Y qué veía? Pues un destello negro. ¿Es posible? Pues sí, sí es posible: era un destello negro o una línea de sombra, que se deslizaba frente a los ventanales, que crecía o disminuía de tamaño en un ir y venir fantasmagórico e inasible. Era ella. Estoy seguro que era ella. Esa sombra fragmentada era Eloisa.
Y sin previo aviso, como un rayo que fulmina a un pobre gato inocente, esa sombra creció. Se hizo inmensa contra los ventanales. Hecha monstruo insaciable se cernía sobre mí. Entonces pude ver con claridad la línea de sombra que prefiguraba el cuerpo de Eloisa. Aterrado observaba la sombra de proporciones incalculable que me tragaba, me ahogaba. Allí me quedé petrificado: en la, de pronto, enorme avenida. Como si me hubieran soltado en el medio de un campo de fútbol, a mí, desdichado y solitario individuo, frente a la mirada persistente y escrutadora de centenares de miles de ojos. La verdad es que me sentí solo. Muy solo. Y descubierto sobre todo. ¿Me habrá visto? ¿Me estaría viendo en ese preciso instante? ¿Y si me vio, me habrá reconocido? Con honestidad estaba muy cagado y no me quedé para averiguarlo. Huí. Huí con el rabo entre las piernas, chorreado y con el inicio de mi nueva vida de desintoxicación truncado.
Entonces me instalé en la terraza de mi casa. Desde allí tenía una visión descendente y oblicua del castillo. Veía, entrecubiertos por las ramas de un árbol, los tres ventanales del cuarto de Eloisa, completa la ventana vertical del baño y un trozo de la puerta eléctrica del garaje que daba a una calle posterior. Me hice con unos viejos binoculares de mi abuelo y me acodé para siempre en la jardinera, a observar esas ventanas, a escrutar con precisión de loco los movimientos de un fantasma. Desde allí el castillo lucía menos repugnante, achatado, aplastado por cierta lejanía.
Era noche cerrada y hacía frío. El tiempo pasaba como suele hacerlo en casos así: con desesperada lentitud. En la avenida había un continuo fluir de carros. Un torrente de luces y reflejos. Un torrente mecánico y helado. Pero los binoculares y a través de ellos mis ojos, estaban fijos en las ventanas. Atornillados a una esperanza: una luz que se encendiera.
La luz se encendió, por supuesto, como una bofetada, como una explosión en el estómago. También se encendió la luz del baño. La luz encendida era ella. La forma siniestra y triste en que se manifestaba mi fantasma. La única que me era permitida.
Después de un rato las luces se desvanecieron. Siguió un silencio prolongado. Me ardían los ojos soldados a los binoculares. El tiempo fluyo como un río pesado. Y luego, al rato, un rato eterno, inacabable, ¡se hizo la luz! ¡Otra vez!, pero apenas por un instante efímero, un segundo que dio paso a una nueva oscuridad, seguida, al cabo de minutos incontables, de un nuevo resplandor filtrándose por los ventanales. Una y otra vez en un crecendo resplandeciente. Una loca carrera de luz y sombras sobre mis ojos. Era un ir y venir de luces y de oscuridades. Espasmódicos destellos. Un sin sentido de luz aflorando entre las rendijas de unas ventanas demasiado lejanas. Mareado, veía ante mí el espectáculo irracional e inaccesible, el duro desgarramiento de mi alma empuercada.
Y de repente cesó el estroboscopio. Siguió un silencio prolongado. Un poco de paz para el alma. La oscuridad reinó y con ella el sosiego. Y luego, con un leve temblor, un leve crujido mudo que sólo pude imaginar, la puerta del garaje se abrió. Por la disposición de los faros y de los reflejos quebrados y móviles, era evidente que un carro salía del garaje. ¿Eloisa? Para averiguarlo me bastaba con esperar su paso por la Av. El Paseo. Me sentí casi alegre. Juguetón incluso. La sola idea de ver pasar su carro a lo lejos, de poder entrever, apenas, a través de los binoculares, sus manos sobre el volante, me trastornaba. Es que me meaba encima del gozo. ¿Qué más podía pedir este pobre diablo? Con menos que eso me habría conformado.
Pero transcurría el tiempo y Eloisa no pasaba. Yo tenía la vista fija en la avenida. El alma puesta sobre el asfalto pero Eloisa no pasaba. ¿Y si no era Eloisa? Conocía bien los carros del castillo y a ninguno vi pasar. ¿Algún visitante, entonces? Poco probable. En mi efervescente coco estaba seguro de que se trataba de Eloisa. ¿Entonces? Pasaron veinte minutos. Era demasiado. Una eternidad de tiempo para mí atolondrado corazón. Eloisa de mierda ¿dónde estás?, ¿por qué no pasas por la avenida? ¿Acaso no es tu ruta de todos los días? Malvada cretina, ¿qué te propones? ¿Dónde están tus manos de harina sobre el volante? ¡Me cago en la puta que te parió!
Peinaba desesperado la avenida. Ni rastro. Esfumada de la faz de la tierra, deslindada del mundo y de mis ojos.
Pero entonces es que pasó y no la vi. Se me escurrió la coña. Eso es. Debió pasar por la avenida sólo que yo, preso de la emoción, descocado imbécil, no la había visto, no había sido capaz de pillarla. Me había distraído, eso era todo. Un segundo y ya, se me había escapado. Claro. Ya me iba aclarando yo lo que sucedió. Entonces pasó y no la vi. Y punto.
Ahora bien, por la hora estaba seguro que se dirigía a un ensayo (Eloisa es pianista). Hice unos cálculos rápidos y fijé la hora de su regreso para las 10: 30 PM más o menos. Esperé. Estaba dispuesto a esperar el resto de mi vida. A esperar más que eso si fuera necesario.
Casi podía verme a mi mismo en la terraza con los binoculares prestos a capturar el regreso de Eloisa. Me interesaba sobre todo por la puerta del garaje. Me interesaba ese trozo de metal que temblaba cuando se ponía en movimiento, porque Eloisa no necesitaba pasar por la avenida para llegar a su casa. Si no veía su carro, por fuerza debía observar los movimientos de la puerta de mierda.
Allí estuve acodado, sobre la baranda de la jardinera, diez o quince minutos. Entonces, de improviso, se encendió la luz de su cuarto. Un minuto después se apagaron. Y luego se encendieron de nuevo, una, dos, diez, cien veces a lo largo de la noche. Otra vez la rumba de las luces. El holocausto en resplandores. El travieso interruptor arriba y abajo: clic... clic..., accionado por una mano invisible. Desconcertado, no quitaba la vista de la puerta del garaje. ¡La maldita no se había movido, no había temblado! ¿Y entonces? ¿A qué se debía el juego alegre de luces y sombras en mi cuarto añorado? Eloisa, ¿había salido o no? Ya no sabía que pensar. Pasaban las horas. Hacia la una de la mañana reinó la calma en aquel cuarto lejano. Por la avenida ya no pasaban carros. Silencio y desolación. ¿Y la puerta?: estática, inamovible, imperturbable en su ostracismo. No habían entrado ni salido carros por aquella puerta hija de puta. Solté los binoculares y me senté en el suelo. Ya había sido suficiente. ¡Inaudito! Me estaba jugando una mala pasada. Eso era. Jugaba conmigo. Se pavoneaba. Me sacaba hasta la última gota de cordura. Eso quería: que me desfondara y me lanzara delirante contra las paredes. Estaba harto y agotado. Se me cerraban los ojos. El cuerpo se me aflojaba y lentamente fui apoyando la cabeza en la jardinera y me dormí.
Era una habitación de paredes blancas de la que colgaban infinidad de platos. Pegado a una pared había un largo mueble de madera coronado por un gran espejo. Al fondo una biblioteca, también de madera, con la colección completa de Salvat Básica y Salvat General. El piso estaba cubierto por mullidas alfombras. En el centro había una gran mesa, sí, de madera. Todos los muebles eran de caoba. No sabría decir como sé todo esto: primero porque no conozco la caoba y luego porque la habitación estaba a oscuras. Sin embargo veía muy bien a Eloisa en un extremo de la mesa. La acompañaba un niño de unos ocho años que muy bien podría ser yo mismo. Allí estábamos los tres viéndonos sin vernos. Ubicados en dimensiones distintas. Al menos yo los veía a ellos como a través de una pantalla oscura. Entonces Eloisa desapareció tras una puerta. La seguí. Avanzaba con dificultad, apartando con mis brazos la densa penumbra. Era penoso, asfixiante caminar dentro de esa atmósfera. Crucé un pasillo, una cocina, otro pasillo, luego una habitación sin muebles y por fin llegué al pie de una escalera. Allí encontré a Eloisa, unos siete u ocho escalones por encima de mí. La veía o quizás la presentía. Quizás sólo lograba rescatar algún rasgo, una fugaz línea de su rostro, de la profunda oscuridad que nos tragaba. Ella me vio y extendió sus brazos como quien pretende alejar, apartar una presencia indeseable. En su rostro comenzó a dibujarse una mueca de terror, mientras en sus labios se gestaba un balbuceo apenas audible que pronto comprendí: “No por favor... no...” Yo mismo debía hacer esfuerzos inauditos para articular palabras: “Soy yo Eloisa. Quédate tranquila, soy yo, ven”. Y tomándola de las manos la atraje hacia mí y la abracé con fuerza. Poco a poco se fue quedando más tranquila. En ese momento desperté y un impulso me obligo a mirar hacia el castillo, en el momento justo en que la luz del baño, primero, y luego la del cuarto de Eloisa se apagaba. ¿Era ella? ¿Había llegado de la calle o simplemente se había levantado de la cama para ir al baño?
Me quedé allí hasta que amaneció. Sentado en el suelo de la terraza escuchaba el runrún de la avenida. Ese vago latir que iba creciendo a medida que aclaraba. Estaba desecho y vacío. Dejé los binoculares sobre la jardinera. Ya no quería ver. No tenía caso. Entré y me preparé dos sanduches de jamón y queso y me serví un vaso con Coca cola. Lo dejé todo sobre la mesa del escritorio y me senté frente a la máquina de escribir. Un mosquito pasó frente a mis ojos. Lo dejé ser. Coloqué una hoja en blanco en la máquina y, levantando la mirada como quien ve sin ver la fea pared de mi cuarto, como quien medita inútilmente que coño va a decir, me puse a escribir.
¿Qué otra cosa podía hacer?

martes, 18 de marzo de 2008

POST OPERATORIO



Cuando por fin pude acostarme boca arriba me dio por pensar cosas raras. Cosas desagradables. Como por ejemplo que esa sonda desgraciada pegada a mi espalda no dejaría de drenar nunca. Que estaba obligado por una fatalidad inescrutable a cargar conmigo ese apéndice de plástico a donde quiera que fuese. A ver, impotente, el líquido viscoso deslizarse con desesperada lentitud, parco e irónico a lo largo del tubo hasta llenar el deposito, levantarme de la cama, entrar al baño y vaciar el contenido en el lavamanos, regresar a la cama, acostarme (boca arriba como me recomendó el médico), esperar a que el depósito se llenara, regresar al baño, vaciar, acostarme, etc., etc., etc. Así hasta el fin de mis días.
Tenía el cuerpo tenso, agarrotado, duro como piedra. Y Joaquín Arturo me miraba. En su rostro podía percibir cierta preocupación, como si se preparara para entender algo. ¿Te duele papi?, preguntó. Yo hice un esfuerzo para desencajar las mandíbulas y le dije que no mostrando mi mejor sonrisa que era poco menos que una pobre mueca. Entonces, mostrándome la palma de su manito derecha, con los deditos muy juntitos como quien dice ya va, encogiendo los hombros, el ceño fruncido, me dijo: La doctora te lo quita. Lo dijo con el tono de quien pronuncia una sentencia inapelable. Luego se dio media vuelta y siguió con sus juegos. La doctora, por su puesto, no era mi doctor: Era la suya. Su pediatra a la que no le gustaba visitar. Dediqué unos minutos de mi tiempo (me sobraba) a observarlo. Y aunque no me sobrara (el tiempo) lo hubiera hecho. Como cualquier padre de este mundo yo lo miraba con una mezcla de culpa, temor y alegría. Supongo que así verán todos los padres de este mundo a sus hijos. ¿O no? En fin observaba a Joaquín Arturo sentado en el piso. Me daba la espalda. Jugaba con una pelotita y unas estrellitas de plástico muy delgado. ¿Cómo coño se llama ese juego? No lo recuerdo, pero si recuerdo que lo jugaba mucho con mi prima cuando era un niño. Joaquín Arturo, claro, se limitaba a lanzar las estrellitas, lanzar la pelota a lo bestia y a perseguirla por todo el cuarto riendo y gritando: ¡está loca, está loca!
Giré la cabeza y me quedé contemplando el techo blanco salpicado de manchas negras. Escuchaba a Joaquín Arturo gritar y reír por todo el cuarto y, no se, me ganó el sentimiento de la culpa. Y del miedo también. Haberlo traído a este mundo, a esta carrera desbocada hacia la nada, a esta guerrilla constante y sin vencedores, a esta sucesión de escaramuzas que es la vida. Coño, al menos se merecía que lo hubiéramos consultado con él. ¡Hey Joaquín Arturo!, chamo, aquí, por aquí. ¿Qué te parece, quieres ser nuestro hijo? Esto es lo que te ofrecemos. Así es la vida. Y no dura. ¿Si? ¿Te vienes? Algo por el estilo ¿no? Un poco también para salvar responsabilidades. Si no ¿con qué cara le formamos un peo al niño? En algún lugar leí o alguien me contó o lo escuche por ahí, una historia cojonuda. Los nazis montan a una mujer judía en un tren con destino a un campo de concentración. Con ella viaja su pequeña hijita. En el vagón son trasladados cientos de judíos hacinados como animales, rebajados a la condición de desecho. Viajan hacia la muerte pero ellos no lo saben. Quizás alguno lo intuya o lo presienta, pero no lo saben. Ella, la madre del cuento, seguro que no lo sabe. En algún momento durante el traslado, la niña comete una imprudencia. Quizás ensució sus zapatos o rompió sus mediecitas o se limpio los mocos con el puño de la chaqueta. Una nadería. Pero en la oscuridad del vagón, con el frío atroz mordiendo la carne, con la vida cotidiana hecha pedazos, con un destino incierto (por decir lo menos y caer en lugar común), la madre no pudo contenerse y golpeó a la niña y la sermoneó con una ferocidad exagerada. La niña rompió a llorar, por supuesto. Y seguía llorando cuando, minutos después, los nazis la separaron de su madre. Eso es todo. La mujer sobrevivió a la pesadilla de los campos de exterminio pero jamás volvió a ver a su pequeña hija.
De golpe recordé un episodio de mi infancia. Una mañana, antes de salir para la escuela, mi tío nos dijo a mi primo y a mí que esa tarde iría a recogernos en helicóptero. La escuela estaba en la misma calle en la que vivíamos. Era una quinta de dos pisos, grande y bien iluminada. La directora se llamaba Berta. Era una vieja alta y maciza de piel cetrina con el cabello plateado recogido en un moño. Fue, quizás, uno de los pocos días que entré feliz a la escuela. Pero cuando vi a mi tía en la puerta se me vino el mundo abajo. El helicóptero, según dijo, había tenido un desperfecto y no había podido venir a recogernos
Pero lo peor vino unos años después, cuando descubrí, o me contaron, que nunca, mi tío, había pretendido recogernos en un helicóptero, que había sido una mentirilla, una mentirilla blanca para hacernos, según decían, ir a la escuela sin pataleos o, quizás, para alegrarnos la vida un poco, ponernos a imaginar aventuras maravillosas, montados en un helicóptero por estos cielos de Dios. Entonces, claro, uno es un poco más grandecito, tiene las entendederas un poco más desarrolladas y cae en cuenta de algunos insignificantes detalles. Como por ejemplo que resulta poco menos que imposible que un helicóptero aterrice en una calle tan estrecha, con tanto árbol y tanta casa. De golpe lo entiendes todo. Lo ves todo con claridad. La magnitud del fraude. Con patadas en el culo como esa nos van sacando de la infancia.

En conclusión: estaba fastidiado, cansado, aburrido de cargar con el chisme ese clavado en mi espalda como si fuera un hijo demasiado pequeño para valerse por si mismo. Y estaba el médico, o su voz por el teléfono, repitiendo la misma conseja una y otra vez: Boca arriba… acuéstese boca arriba… presione la herida… no lo dude… es lo mejor. Mire el techo… cierre los ojos… duérmase…. No importa… pero boca arriba. Harto estaba. Y mi esposa, la pobre, ya no era solo la niñera de dos carajitos (Joaquín Arturo y yo) ahora era mi enfermera también. Me bañaba, me vestía, cambiaba y limpiaba la cura, colocaba las compresas frías sobre mi espalada, me daba a tomar todas y cada una de las pastillas que me había mandado el médico, cocinaba, me servía la comida, me la daba en la boquita, me cepillaba los dientes, me limpiaba el culo, y digamos, para no seguir, un largo etc. Todo lo toleraba mi mujer con un estoicismo que me hacía llorar. Ella me miraba como quien ve a un perro sucio y apaleado bajo la lluvia, sonreía levemente, estoica y elegante y presionaba aún más las compresas sobre la herida.
Cosas así pasaban. Y otras también, pero en la noche, cuando Joaquín Arturo y mi mujer dormían. Yo me quedaba despierto en la cama mirando la sonda tendida a mi lado. O si no miraba la luz del farol de la calle filtrándose por la ventana, entre las cortinas, proyectando sombras sobre el cuarto. O me fijaba en el movimiento de las propias cortinas mecidas por el viento y el leve chasquido que producían con el golpe del aire. Y ese chasquido o el ladrido de un perro lejano o el paso fugaz de un carro por la calle, magnificaban el silencio en el que me sumía la noche, y entonces, como una dura bofetada, con una simpleza cristalina, se me aparecía la muerte. No la idea de la muerte. No una abstracción. Se me aparecía la misma muerte, en carne y hueso, sentada sobre el televisor. Yo no la veía por supuesto, pero estaba allí, inconmovible, observando y escuchando lo que decían mis pensamientos. Se me hacía un hueco en el estómago. En un agobiante rapto de lucidez me quedaba claro el fin último de todas las cosas. La irracionalidad de todo esfuerzo, de todo impulso hacia delante. Y, sin embargo, sentir la necesidad de dejar algo: un hijo, un poema, un imperio económico. Algo, cualquier cosa, que te represente cuando tú no estés. ¿Con qué fin? Quién sabe. Quizá solo sea otra idea disparatada para combatir lo incombatible. Allí estaba la coña (yo no la veía) sentada sobre el televisor, escarbándose los diente con una suave sonrisa, viéndome con una pizca de ironía, burlándose un poco de mis solemnes ideas. Esperando. Eso sabe hacerlo muy bien. Tiene el tiempo de su lado. En cambio uno…. Casi la escuché carcajear, desternillarse de la risa cuando descendió del televisor y con el último golpe de viento se escurrió por la ventana. Entonces, con la mente en blanco (al fin) me dormí.
Uno amanece como puede. En mi caso con una sonda haciéndome compañía en la cama. Observé el depósito y como me lo temía estaba lleno de líquido ceroso y sangre. A ese paso iba a quedar seco. Me senté en la cama y durante un rato me dediqué a observar a mi esposa y a mi hijo dormidos en la otra cama. Ofrecían una imagen esclarecedora de sosiego. Daba gusto verlos en su quietud sin culpas. Sentí un poco de envidia y unas ganas tremendas de abrazarlos o, mejor, de irme a dormir con ellos, pero sin la sonda que ya los cuatro éramos muchos.
Me paré, tomé mi sonda con las dos manos y me la llevé para el baño. Cerré la puerta con llave y me acerqué al lavamanos. Miré mi cara reflejada en el espejo, pero solo un fugaz instante. Abrí el grifo y me lavé la cara y me cepillé los dientes. Luego me senté en la poceta, coloqué la sonda sobre mis rodillas, tome Plexus de Henry Miller y mientras leía eché una larga y purificadora cagada. Luego volví hasta el espejo. Dejé la sonda sobre el lavamanos y me quité la franela. Me coloqué de perfil y miré mi espalda. Con mi mano izquierda, comencé a despegar la cinta adhesiva que mantenía fijo el apósito. No fue sencillo. Había zonas en carne viva y dolía. Otros puntos no los alcanzaba por más contorciones que hacía con mi brazo. Entonces cambié de táctica. Con los dedos índice y medio logré hacerme con un trozo de apósito. Cuando estuve seguro de tenerlo firmemente entre mis dedos, jalé con fuerza. Con un leve chasquido se despego de mi piel. Ahora podía ver el punto exacto en el que la sonda se introducía en mi espalda. El lugar en donde el tubo rompía la carne y se perdía entre mis grasas. Sentí nauseas y el baño comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Era como tener un millón de abejas zumbando en mi cabeza. Me apoyé en el lavamanos, hice unas cuantas respiraciones profundas y esperé. Luego volví a verme en el espejo, agarré el tubo con mi mano izquierda y lo jalé. Sentí un gorgoteo como si algo se desinflara o como cuando destapamos una cañería obstruida. Pero no quise ver. Dejé la sonda sobre el lavamanos y acercándome a la poceta, cerré la tapa y me senté a esperar.