jueves, 20 de noviembre de 2008

LAS BIBLIOTECAS MULTIPLICADAS



Pienso en mi biblioteca que ha crecido de forma alarmante en los últimos tiempos. Alarmante tanto para mis bolsillos como para mi salud intelectual, puesto que ahora estoy mucho más endeudado y mi cabeza se ha convertido en un torbellino insufrible en el que giran enloquecidas las historias, el lenguaje y la estructura de los veinte o treinta libros que leo al mismo tiempo. Ahora que lo pienso: ¿de dónde demonios han salido todos estos libros?, ¿Cómo he llegado a ellos? o, mejor, ¿cómo han llegado ellos a mi? La respuesta es abrumadora por su sencillez y alcance. Veamos: ¿Hace veinte años cómo nos poníamos en contacto con un libro o, para seguir con el símil, como hacían los libros para ponerse en contacto con nosotros? Estaban los de lectura obligada en el liceo que apenas y a regañadientes hojeábamos un poco, los que aparecían en las reseñas (cuando las había) de la página de cultura de los diarios, los que un buen amigo ponía en nuestra manos diciendo este libro es para ti, los que hallábamos husmeando en los estante de las librerías y que parecían estar durmiendo el sueño de los justos, bajo el peso del polvo y el olvido, los que, finalmente, conseguíamos en los propios libros cuando leíamos, por ejemplo, a Henry Miller y este hablaba maravillas de un tal Blaise Cendrars, Dostoievski o D. H. Lawrence y corríamos a comprar los libros de esos autores misteriosos, iluminados, para siempre, por la voz de un hermano de sangre . En aquel tiempo las referencias tenían el tamaño de un paso humano y seguirlas era grato, era como seguir el sendero en un bosque apacible. Ahora la historia se ha disparado y nosotros corremos tras ella jadeantes y sin esperanza. Se nos ha colado en casa ese monstruo encantador que es Internet, y las referencias han hecho metástasis y nosotros nos hemos convertido en unos locos furiosos corroídos por la ansiedad y angustiados por la falta de tiempo. Hace veinte años no teníamos más de cinco libros en nuestra mesita de noche y éramos felices, hoy estamos enterrados bajo una montaña de libros que nunca vamos a leer y ya el aire empieza a escasear y frente a nosotros hay un revoltijo de palabras que vagan desconsoladas por la habitación porque no encuentran su lugar en la velocidad de las cosas.

domingo, 26 de octubre de 2008

TERAPIA DE CHOQUE


Pregunto: ¿A que lugar va uno concientemente para que lo torturen, para que le hagan daño de forma profunda y premeditada? Pues a la fisioterapia. Lo afirmo con conocimiento de causa. Hace poco menos de cinco meses me vi envuelto en una estúpida pelea (todas las peleas lo son sobre todo después de que ocurren.) En mi vida había golpeado a alguien y el primer golpe que propiné me rompió el quinto metacarpiano de la mano izquierda. El resultado fue nefasto, no solo por el hueso roto, que ya sería razón suficiente para sentirse infortunado, sino, sobre todo, por la operación quirúrgica que hubo de practicárseme de emergencia, durante la cual me implantaron tres alambres que perforaron mi piel y mis huesos, la subsiguiente inmovilización de la mano por cuarenticinco días y la encapsulación de las articulaciones del meñique que produjo dicha inmovilización. Bajo estas circunstancias hay una sola forma de conocer la fisioterapia: Dolorosamente. Y se la conoce a fondo por un espacio de tiempo que a uno se le antoja interminable. Y lo es. Créanme.
A mi me tocó un lugar agradable con un enorme ventanal que daba una vista magnífica de la autopista Francisco Fajardo, de Ciudad Banesco y de Colinas de Bello Monte. Sobre todo la autopista luce impresionante vista desde allí. Es asombrosa la cantidad de bestias que transitan por ella. Veo todo tipo de conductas esquizoides y situaciones absurdas mientras, sentado en una sillita de metal, los fisioterapeutas se afanan en extraerme el último vestigio del dolor. En la mañana un pobre diablo del Vivex estaciona su camioneta en el rayado que divide la vía que va hacia Plaza Venezuela y la que va a la Valle Coche. Durante las dos horas que dura mi terapia, mientras no estoy constreñido por el dolor, lo veo montado en la defensa de la autopista, desperezándose, o pateando piedritas en el hombrillo, viendo pasar los carros en un desfile interminable en cámara rápida. Cuando ocurre alguna eventualidad es poco lo que hace. Se aburre.
Ahora hablemos de los fisioterapistas. Los fisioterapistas son tus amigos. Son implacables. Los amigos lo son. Son gente agradable y conversadora. A la hora de hacer su trabajo no se detienen ante súplicas, lloriqueos o amenazas, veladas o no. Son profesionales y lo demuestran. Al final tienes que agradecérselo. Asombroso. Al terminar mi primer día de terapia, me planté frente a la secretaria y le dije: ¡Ah! pero ¿es que hay que pagar? Era un chiste, pero lloraba mientras lo decía.
Soy muy gracioso mientras me hacen daño. Lo he comprobado. Mis amigos, los fisioterapistas, se ríen mucho con mis salidas. Yo trato de reírme también. Cuando ríes liberas endorfinas y mitigas el dolor. Cuando gritas también liberas endorfinas. Cuando no estoy diciendo alguna tontería, estoy gritando. De lo que se trata es de sufrir lo menos posible. Si es que eso es posible. No hay manera de saberlo. No hay puntos de referencia. No puedes decir: Así duele menos, así duele más. Es inútil. Es dolor en estado puro y no hay manera de escapar de él. Un señor me dijo que un día su hijo, en mitad de la terapia, pegó un grito tan atronador y desgarrado que vinieron de todo el edificio a ver que había sucedido. Dos personas que esperaban la consulta con la fisiatra se marcharon en silencio como si se hubiesen dado cuenta, en ese preciso instante, de que se habían equivocado de consultorio. Al muchacho tuvieron que inyectarle un calmante. Cuando el padre le preguntó si había sentido dolor, el hijo no supo contestarle. No sabía si había sentido dolor. No sabía como nombrar lo que había sentido. Finalmente dijo que lo que había sentido iba más allá del dolor.
Yo estoy sumergido en todo esto con un estoicismo que me sorprende. Hay días (casi todos) que he pensado en abandonar. Sin embargo al día siguiente estoy plantado, con mi habitual puntualidad, frente a una sorprendida secretaria que me mira sonreír, cada día, como si fuese la primera vez que me ve y yo la primera vez que voy.
También he pensado en eliminar el dedo meñique. Después de todo sirven para poco más que rascarse las orejas. Pero claro, no lo voy a hacer. Aún no he agotado del todo la porción de masoquismo que me corresponde y que ahora administro con extrema prudencia. Tengo la esperanza, además, de que algún día el dedo sane. Así que: Nos vemos en la terapia.

sábado, 11 de octubre de 2008

JEAN-MARIE GUSTAVE LE CLEZIO


Ya tenemos nuevo Premio Nobel de literatura: Jean-Marie Gustave Le Clézio. Ni en pintura. Lo confieso. Según La Academia Sueca es un "autor de nuevos rumbos, de la aventura poética y del éxtasis sensual, explorador de la humanidad, dentro y fuera de la civilización dominante". Y también: Le Clézio ha conseguido "rescatar las palabras del estado degenerado del lenguaje cotidiano y devolverles la fuerza para invocar una realidad existencial". Habrá que leerlo, digo yo. A ver que pasa. Es cuestión de esperar. No pasará mucho tiempo para que las librerías de Caracas aparezcan atestadas con los libros de este escritor Frances.

domingo, 14 de septiembre de 2008

DAVID FOSTER WALLACE


¡Carajo...! Se suicido David Foster Wallace. ¿Qué demonios pasa? Tengo en mis manos LA NIÑA DEL PELO RARO. Un libro de cuentos extraordinario… hasta donde he leído. Pero quién coño puede terminar de leer un libro cuando esta leyendo cincuenta libros a la vez. Un escritor que es capaz de escribir un cuento tan bueno sobre Lyndon Johnson puede ser considerado un gran escritor. ¿Qué sucedió? ¿Se agotó? ¿Ya no había más historias o ya no quería contar más como aventura Alberto Fuguet en su blog? ¿Se secó? ¿Ya no salía como le ocurrió a Hemingway y por eso el escopetazo en el rostro? ¡Que mierda¡ No puedo creerlo. Pienso que Foster Wallace era un escritor que podía escribir hasta de una goma de borrar. Y hacerlo bien. Con esa cadencia lenta pero dura y sonora como los golpes de un tambor y un lenguaje aparentemente desinteresado, frío y desapegado (y sin embargo divertido y excesivo como lo describen en el blog TRISTE, SOLITARIO Y FINAL), en donde las emociones contenidas se van abriendo paso con lentitud, incluso mucho después de haber llegado al punto final de una narración. No se que decir. Ni siquiera se si esto es lo que quería decir o si lo he dicho bien o, si al menos se entiende o tiene alguna coherencia. En fin. Cuando ocurren estas cosas uno se queda sin habla. Nos quedamos sin otro gran escritor. Que cagada.

viernes, 18 de julio de 2008

ENCUENTRO CERCANO DEL TERCER TIPO CON MOTORIZADOS Y POSTERIOR HUIDA AL INTERIOR DEL MUNDO (FRAGMENTO DE UNA NOVELA)



La autopista es un infierno. Salimos temprano. No son ni las siete de la mañana. Sin embargo el atasco es colosal. Avanzamos con lentitud angustiante. Ferdinand duerme a mi lado. Me parece que no ha descansado así en mucho tiempo. Luego de dos largísimas horas llegamos al origen del embotellamiento. Han arrollado a un motorizado. ¡Otro más! Caen como moscas. Todos los días muere alguno en las autopistas de Caracas. Pero se reproducen como conejos los hijos de puta. Y no aprenden. Siguen actuando como dementes buscando la muerte a cien kilómetros por hora, sorteando automóviles como quien busca la salida de un laberinto, como si los persiguiera un minotauro de acero y olor a gasolina y aceites. Pero no hay salida. La muerte los está esperando en cada giro, en cada acrobática maniobra.
El pobre diablo de turno está tirado cuan largo es sobre el asfalto. Bueno, cuan largo es no, porque tiene ambas piernas rotas y dobladas de tal forma que sus nalgas descansan en paz sobre sus talones. Tiene la cabeza rota y su nariz cuelga de un hilillo sanguinolento sobre la mejilla. Está inconsciente o, tal vez, muerto. A mi no me importa. A mi lo que me importa es que el cabrón me ha hecho pasar dos horas de aburrimiento y estrés en una autopista del demonio rodeado de prójimos hechos mierdas que se putean las madres unos a otros. Y se me sale la mala leche a mí también (no es improbable que esto ocurra cuando me siento tras el volante). Y no se me ocurre otra cosa que putearle la madre al motorizado tendido sobre un charco de sangre y grasas que, por otro lado, no puede escucharme. Los que si me escuchan son sus congéneres. Rodean a su compañero como un enjambre de abejas laboriosas y parecen poco dispuestos a aguantarle pendejadas a nadie, ni siquiera a los agentes del vivex y de tránsito que levantan el choque, ni a los paramédicos que atienden a su compañero, mucho menos a un guevón que pasa por allí, que no tiene vela en ese entierro y que, por si fuera poco, pertenece a la raza odiada de los conductores de vehículos de cuatro ruedas, enemigos jurados de los motorizados. Pues bien, de inmediato se olvidan de su compañero caído y proceden a rodear mi carro con cara de poquísimos amigos. Sin mediar palabras entre nosotros (yo ya he hablado demasiado) comienzan a vapulear el carro. Ferdinand se despierta. Abre los ojos y ve tres rostros desencajados, gesticulando, aplastados contra el vidrio de su puerta. Se da la vuelta hacia mí y viéndome hace un gesto que significa: ¿Qué carajo pasa aquí? Le digo que se quede tranquilo. “¡Sácalo!”, grita alguien. En modo alguno la situación es como para quedarse tranquilo. Un tipo, con el casco caído de un lado sobre la cabeza y una cicatriz que le cruza la cara, mete medio cuerpo por la ventanilla del carro y cogiéndome del cuello de la franela, intenta sacarme a la fuerza. Otro, un poco más atrás comienza a pegar saltitos y aullar como un lobo. Aquí huele a linchamiento. A Ferdinand se le salen los ojos de las orbitas y tiembla. Esta vez no es de frío. De un salto se pasa al asiento trasero y se acurruca en un rincón con Bébert fuertemente agarrado entre sus manos. Supongo que esto sobrepasa en mucho sus expectativas en lo que se refiere a la mala leche del prójimo.
En ese instante entra en escena la ley y el orden. Con firmeza aparta al tipo de la cicatriz de la puerta del carro y encara a los motorizados con su mano derecha apoyada en la culata del revolver. Atrás, a prudente distancia, los dos agentes de tránsito, observan. La turba cesa en sus intentos por voltear el carro. Por unos segundos todos dirigen su atención a la ley y el orden. Este, contrario a lo que yo pienso, no pronuncia palabra. A estas alturas la autopista está completamente bloqueada y la población de motorizados ha aumentado considerablemente. Una voz anónima manda a comer mierda a la ley y el orden. Otras, en coro, apoyan la moción. Desde mi punto de vista la ley y el orden ha perdido una oportunidad de oro de imponer, efectivamente, la ley y el orden. Un grupo de motorizados envalentonados ponen sus manos sobre el carro con la intención clara de voltearlo. El resto avanza sobre la ley y el orden entre amenazas, insultos, abucheos y carcajadas. La situación pinta bastante mal, cuando la ley y el orden desenfunda su revolver y apuntando al aire, dispara. Allí se detiene la película. Por un segundo quedamos todos congelados en ese fotograma imposible, anterior a la violencia. Pero solo un segundo. Aprovecho la distracción para bajarme del carro, sacar a Ferdinand y a Bébert y colocarnos detrás de la ley y el orden. Luego la película se pone en movimiento de nuevo. Primero lentamente como en una vieja moviola, y luego cada vez más rápido, hasta que la imagen cobra vida en las retinas de los ojos de todos los que estamos allí: La turba se nos echa encima ansiosos de sangre y muerte. Le digo a Ferdinand que no se separe de mí y con un veloz movimiento le arranco el revolver a la ley y el orden y lo empujo contra la primera línea de asesinos. En mi vida he empuñado un arma y dadas las circunstancias no parece el mejor momento para empezar. Pero, también, dadas las circunstancias, creo que no lo hago del todo mal. Empuño el revolver y lo agito frente a la turba, girando sobre mi mismo (para cubrir todos los ángulos) con Ferdinand pegado a mi espalda. Y empiezo mi teatro: Bueno coños de madre, me los voy a quebrar, no pierdo nada con quebrármelos maricones y sacudo el arma frente a ellos, ratas paso, abran paso y veo al sujeto de la cicatriz y al lado al tipo de los saltitos y los aullidos de lobo y anoto mentalmente que esos dos, precisamente, serán los primeros en cargarme si me veo obligado a disparar, atrás hijos de puta para atrás y avanzo hacia ellos moviendo el arma con el brazo extendido y en movimiento como las aspas de un helicóptero y cuando paso frente al tipo de la cicatriz le encajo un cachazo en la jeta y veo caer algunos dientes antes de que se tape la boca y la mano se le llene de sangre y el de los aullidos ve a su compañero, suelta una risotada y sigue aullando y yo avanzando por un pasillo que me van abriendo los motorizados, Ferdinand cosido a mi espalda, váyanse a comer mierda malandros, el arma blandida como salvoconducto, mamaguevos, qué ganas de jalar el gatillo y echando pa lante, empujando ese muro de carnes, sudor y mala leche hasta salir al aire libre y entonces comenzar a correr como locos y dejar escapar un tiro hacia atrás que quien sabe a donde va a dar y tener tiempo todavía de ver por el rabillo del ojo a la ley y el orden alzado en vilo por una gavilla de manos y los primeros carros ardiendo, entre ellos, por supuesto, el mío, es decir, el de mi viejo.
Cruzamos la autopista, sorteando un millar de carros detenidos por la gresca, seguidos de cerca por un puñado de motorizados enfurecidos. Pero cuando llego a la defensa de la autopista Ferdinand no está a mi lado. Ha desaparecido. Los que no desaparecen son los motorizados. Vienen hacia mí. No tengo tiempo de buscar a Ferdinand. Salto la defensa y me topo con una rampa de concreto que desciende hasta la orilla del Guaire. No es una opción cruzar el río. Puesto en la lamentable necesidad de enfrentarme a la mierda, prefiero a los motorizados. Después de todo no estoy desarmado. Siguiendo la línea de la defensa, a unos veinte metros, junto a una estructura que soporta el segundo piso de la autopista, en el sitio en que se nivela con el primer piso, veo a un tipo que agita los brazos y grita: “Por aquí mi loco, por aquí.” Corro hacia él. Un grupo de motorizados se han montado en sus motos y vienen hacia mí, demasiado rápido para mi gusto, como un enjambre de abejas ofuscadas. ¡Otra vez la metáfora de las abejas!
Llego hasta el sujeto que me hace señas. Es un mendigo bajito y delgado, de larga barba y pelo enrevesado que se eleva como las torres de la Sagrada Familia y que apesta a mil demonios. Perece un duende. Los motorizados se me echan encima.
-¡Aja!... ¡aja!... Ven, sigue a Tulio, mi loco… Por aquí… ¡Cuidado!...
Una lluvia de piedras cae sobre nosotros. Yo no se si los cabrones tienen mala puntería o están drogados (tal vez ambas cosas) pero no aciertan ni una.
Sigo al loco hacia un estrecho sendero que se abre entre el talud que desciende hasta el río y la pared de concreto que sostiene la autopista. En la entrada del sendero me detengo.
-¡Sigue tu! ¡Yo te alcanzo!-, grito.
Luego, cubriéndome en la esquina de la pared de concreto, encaro a los motorizados y disparo al aire. Se paran en seco.
-¡A ver!-, grito-¡Quién es el mamaguevo que va a dar el primer paso! ¡Quién es el cabrón que me va a dar el gusto de quebrármelo! ¡De verdad que no puedo esperar!
Nadie dice nada. Nadie se mueve.
-A ver tu-, digo señalando con el cañón del revolver al pendejo de los aullidos –Ya no aúllas. Ya no pegas saltitos. ¿Estás cagado? ¿Por qué no vienes tú?
Ya estoy entrando en calor y sintiéndome a gusto con mi papel de matón de barrio, cuando aparece el aguafiestas. Siempre aparece. Nunca falla. A los bocones, a los habladores de güevonadas, a los que se las dan de lo que no son, siempre se les aparece el aguafiestas. A mí siempre me ocurre. Debí haberlo previsto. Sin embargo estoy tan ofuscado por los acontecimientos y me he metido de tal forma en la piel del tipo duro a lo Clint Eastwood, que ni remotamente sospeché que se me aparecería precisamente en ese momento.
El sujeto de marras resulta, ya que estamos con comparaciones cinéfilas, una especie de Swacheneger tropical, de piel oscura y con los dedos de ambas manos cubiertos de anillo y gruesas cadenas de oro colgando de su cuello y yo no descarto un par de dientes de oro, también, aunque no los muestra ni para gruñir.
El sujeto de marras se abre paso entre sus compañeros como un tanquero petrolero que va partiendo las aguas en dos. Se planta frente a mí y dice:
-Aja, ¿entonces? Aquí estoy papá. ¿Qué pasó? ¿Cuál es tu bulla? ¿Cuál es tu malandreo? Date pues. ¿O eres pura muela?
Ya lo creo que soy pura muela. Y él lo sabe. Hace un gesto con las manos que quiere decir: Estoy esperando. Por mi podía esperar toda la vida si quería.
Sonrío y digo, manteniendo el estilo:
-Será en otra oportunidad papá. Es tu día de suerte. Estoy un pelín apurado. Tu mama me está esperando para que me la tire.
Y arranco a correr. Alcanzo al loco que me espera en la entrada de un desagüe que vierte sus aguas en el Guaire
-¡Coño mi loco! ¿Qué haces? ¡Tulio no quiere morir! ¡Vamos!, ¡entra!
-¿Por donde?- pregunto.
-¡Por aquí!- dice Tulio señalando la entrada del desagüe.
-¿Estás loco?
-¿Tu qué crees?- pregunta y acto seguido desaparece en el interior del agujero. Yo miro hacia atrás. Los motorizados se acercan con el aguafiestas al frente. Que remedio. Miro el revolver. Lo esgrimo frente a los motorizados. Ya no los asusta. Me encojo de hombros, lanzo el arma al río y entro por el desagüe.
-¡Aja!, ¡aja! Siempre retrasado, mi loco, siempre retrasado. A ti como que no te gusta la vida. Tú como que eres medio guevón.
-Bueno, ¡ya!, corta el rollo pana. ¿Y ahora qué?
-Ahora tienes que seguir a Tulio. Mira mi loco, le agarras la camisa a Tulio. Y no te sueltes. Tulio no se va a parar mi loco. Tulio está cagado. ¿Si va?
Asiento.
Avanzamos envueltos en una oscuridad absoluta. Mi mano aferra con fuerza el faldón de la camisa de Tulio. El techo bajo del desagüe nos obliga a caminar encorvados, los pies chapoteando en las aguas negras que corren hacia el Guaire haciendo un ruidito como de campanitas. Desde muy lejos nos llegan los gritos reverberantes de los motorizados que parecen discutir entre ellos. Luego solo el eco de nuestras pisadas sobre el agua, primero, y más tarde sobre piso seco cuando torcemos a la izquierda y salimos de ese estrecho túnel y entramos a uno más amplio donde podemos caminar erguidos.
De vez en cuando dejamos atrás una galería y entramos en otra. Unas veces a la izquierda, otras a la derecha. El túnel por el que caminamos finaliza en un pequeño muro por el que tenemos que trepar para seguir por un nuevo pasadizo. A veces las galerías son amplias, otras estrechas. En ocasiones avanzamos a rastras, otras solo podemos avanzar de perfil por lo que parece más bien una hendidura, y de nuevo salimos (o entramos) en túneles por los que avanzamos, de nuevo, erguidos. En un punto ambiguo de este mundo tenebroso el camino empieza a descender y nosotros descendemos con él, siempre envueltos en una oscuridad sólida. Mantenemos un ritmo fijo que no varía en ningún momento. Yo no se como se las arregla Tulio para avanzar con tanta seguridad, pero lo cierto era que no vacila: Su paso es firme y el ritmo constante.
De vez en cuando escucho unos chillidos agudos y malintencionados y el sonido de unas pisaditas rápidas e histéricas que se escurren entre mis piernas y un bulto, algo, que roza mis pantalones.
-¡Ratas!- grito.
Escucho un suspiro que no puede ser sino de Tulio.
-¡Si!- dice sin dejar de avanzar -Lástima que Tulio está apurado. ¡Carne pa sabrosa! Tulio tiene hambre. Luego Tulio sale a cazar a las ratas. Tulio invita.
Así que sigo a un mendigo que come ratas y que conoce como la palma de su mano los laberintos subterráneos de la ciudad. ¿A dónde me lleva? Y sobre todo: ¿Por qué me lleva? ¿Qué lo ha impulsado a ayudarme? De pronto de detiene. Hace shhh con la boca. Luego dice:
-Tulio ya viene. Quédate aquí. No hagas bulla.
No voy a decir que desaparece porque, en realidad, yo no lo veo, pero si escucho sus pasos alejarse en la oscuridad. Me parece que camina apoyándose en sus manos.
¿Y si no regresa? ¿Cómo coño hago yo para conseguir un camino, cualquiera, que me saque de esas catacumbas húmedas y calurosas?
Solo puedo hacer una cosa: Me lanzo tras el eco de las pisadas de Tulio, hasta que ya no se por donde ir. Entonces, simplemente, sigo hacia delante con mi mano libre extendida, tanteando el vacío negro frente a mi.
La pendiente por la que desciendo se hace más pronunciada. Pronto tengo que deslizarme sobre las nalgas para no caer. Llego a un punto del que es imposible regresar. No hay a donde regresar de todos modos. Así que me dejo ir, como quien dice, por ese tobogán negro cuyo final desconozco.
Pasan los minutos. ¿O son horas? No se decirlo. He perdido la noción del tiempo. La pendiente no varía un ápice su inclinación. Controlo la velocidad del descenso apretando las plantas de manos y zapatos contra el suelo, que ahora es de tierra y no de concreto.
Pero lo que más temo ocurre: La rampa se corta abruptamente. Mis pies quedan en el aire y ya no soy capaz de sujetar con las manos las últimas migajas de tierra que me mantienen a salvo del vacío. Caigo. Grito. Lloro. Y vuelvo a gritar justo antes de que mi cuerpo golpee contra una mullida y sedosa superficie que bien pude ser arena. Silencio. ¡Dios! el silencio. Es abrumador. Una pared sólida que zumba. Una vibración constante que hurga en mi estómago, se mete por los oídos y llega hasta el cerebro. El cerebro vibra. La oscuridad vibra. Trato de hablar, de pronunciar el más leve sonido. No puedo. Estoy desinflado. Veo una luz. ¡Ah la muerte! Extiendo mis manos. La busco. Pero la luz no viene y yo no me muevo. Permanezco un rato viendo aquella luz. Me palpo el cuerpo. No hay dolor. Solo lasitud, modorra. Me duermo
Cuando despierto la luz sigue allí.
Me paro y camino hacia ella. Es una luz cálida de color amarillo. Titila y se hace más y más viva a medida que me acerco. Pronto puedo ver por donde camino. Estoy en una gruta. Perdido en el centro de la tierra. Olvidado de todos. Olvidado de mi mismo. Separado, no solo en la distancia sino en el tiempo, de la civilización, del incesante traqueteo de la ciudad, del ser humano que la puebla y que con sus pasiones, siempre desenfrenadas, producía ese ritmo trepidante y alucinado que lleva a la locura. Ahora la puerta dimensional se ha cerrado tras de mi. No hay vuelta atrás. Estoy solo, escuchando los latidos pausados del mundo.
El túnel por el que avanzo finaliza en una caverna de dimensiones colosales. La luz que he seguido y, que de alguna manera me ha embrujado, la producen unas veinte o treinta fogatas encendidas en el fondo de la caverna. Es una explanada del tamaño de dos campos de fútbol. Una torrentosa quebrada que surge de una hendidura abierta a nivel del suelo, a unos veinte metros por debajo de donde me encuentro, acostado y a buen resguardo, observando el panorama alucinante, la corta en dos. El río se desbarranca luego con gran estruendo en los límites más lejanos de la caverna. Alrededor de las fogatas se agitan unos seres fantasmales cuyas siluetas tiemblan al ritmo del fuego. Visten con andrajos y no hacen nada especial. Parecen vivir al ritmo de las pulsaciones de este sub mundo. Son seres pálidos, casi transparentes viviendo en un letargo nocturno. Seres sin rostro o sin expresión en el rostro. Allí están deambulando, sin objetivo, alrededor de las fogatas, desde quien sabe cuanto tiempo.
Tulio está acostado a mi lado. Aparece de pronto, en silencio, con total naturalidad, como si no se hubiese ido nunca. Observa, como yo, aquellos seres imposibles. En su rostro puedo percibir una expresión que varía, imperceptiblemente, de la nostalgia al desprecio o el odio más puro y luego, de nuevo, a la nostalgia o la esperanza. Pero, ¿esperanza de qué? Le pregunto:
-¿Quiénes son?
No responde de inmediato. Parece no haberme escuchado. Está como embelezado, metido muy hondo dentro de si mismo. Luego gira la cabeza hacia mí. Me mira como si me viera por primera vez, como si no entendiera quien diablos soy yo y que hago allí. Sus labios apretados se curvan en una sonrisa. Me dice que son mendigos. Recoge latas, dice. Que aquella caverna es su hogar, dice. Que salen a la superficie para recolectar comida y enceres, que salen de día, pero también de noche. ¿Pero cómo?, pregunto. A mi me parece que estamos a años luz de la superficie. Me dice que hay distintos caminos para llegar arriba y que no estamos ni tan profundo ni tan lejos como creo. Dice que es una vida buena aunque oscura, que se protegen unos a otros como una familia y que siempre salen a la superficie en grupo, jamás solos, que los niños, las mujeres y los ancianos se quedan en la caverna y que solo suben en muy contadas ocasiones para tomar un poco de sol. Repite que es una buena vida con un dejo de nostalgia. Le pregunto por qué no está con ellos, por qué, se me ocurre preguntar, se esconde. Entonces su sonrisa se abre en una mueca de dientes negros y afilados y dice que porque lo han botado, lo han echado, lo han desterrado traduzco yo. Y por qué, pregunto, Pues porque a Tulio le gusta la carne mi loco. Y eso qué, pregunto. Pues es que Tulio se comía a su familia, es que a Tulio le gusta la carne humana mi loco y Tulio tiene hambre mi loco, ahora tiene mucha hambre, Tulio está solo y no ha comido desde hace mucho, ¿a ti no te importa mi loco?, ¿no te importa verdad?, Tulio tiene hambre, no ha comido carne hace tiempo, ¿entiendes mi loco? Tulio se echa sobre mí con la velocidad de un misil. Sus pequeñas y sucias manitas atenazan mi garganta con una fuerza que yo no imaginaba en un cuerpo de complexión tan enclenque y descarnada. No puedo sacármelo de encima. Me ahoga. Tranquilo mi loco, grita. Tulio solo quiere una probadita. Solo es una probadita mi loco. Y aprieta más. Mis manos palmotean la tierra alrededor buscando una piedra, algo, cualquier cosa, para golpear la cabeza de Tulio, pero solo consigo guijarros y arena. Tomo un puñado con ambas manos y se las restriego a Tulio en la cara. Se sacude pero no afloja la presión sobre la garganta. Entonces, a un tris de perder el conocimiento, lo tomo con ambas manos por la sien y hundo con fuerza los pulgares en las cuencas de sus ojos, bien adentro, hasta la raíz. Luego hago un movimiento con los dedos como si estuviese rebañando los restos de comida del fondo de un plato y saco los pulgares trayendo con ellos los globos oculares de Tulio, que caen sobre mí pecho como dos pelotitas bañadas en almíbar. Tulio suelta mi garganta y se lleva las manos a los ojos gritando. Yo aprovecho para sacármelo de encima. Tulio cae a mi lado sin dejar de gritar, como un fardo mugriento. Me paro ahogado, tosiendo y con un fuerte dolor en la garganta, como si me hubiesen metido un tubo al rojo vivo por el esófago. Doy un par de pasos, desorientado y mareado. No se cómo, tal vez debido a que ha desarrollado altamente su sentido del oído en aquellas grutas, Tulio logra localizarme en la oscuridad y de un salto se prende de mi espalda y hunde con rabia sus afilados dientes en mi hombro. Estamos al borde del despeñadero. No lo pienso. Me dejo ir hacia delante con Tulio pegado en mi espalda como una sanguijuela. Caemos dando tumbos, rebotando como pelotas desinfladas contra las piedras y los guijarros sueltos en la ladera, hasta dar con nuestros cuerpos en las aguas heladas del torrente. No vuelvo a ver a Tulio. La corriente me arrastra. A mi paso, a través de una cortina de agua y espuma, veo un desfile de rostros que me observan. Un niño mugriento, con su barriga inflada de lombrices, vestido tan solo con un pañal, me hace adiós con su manita.
Estoy en la orilla de un lago iluminado tenuemente por un sol interno. Un sol pálido de luz muerta. Un sol desaparecido hace millones de años, del que tan solo queda el hálito, como el vestigio nebuloso de un espectro. A lo lejos aún puedo escuchar el estruendo de la catarata por la que he caído y de la que, milagrosamente, he sobrevivido. A mi lado, como esperándome, descansa torpemente sobre la arena un pequeña barca de madera podrida con un remo en su interior. La echo al agua, me subo en ella y, tomando el remo, comienzo a remar en cualquier dirección. Da igual.
El lago no parece tener fin, siempre iluminado por aquel sol enfermo. Remo hasta el agotamiento. Entonces me recuesto en el fondo de la barca y me duermo.
Me despierta el traqueteo de la barca contra el agua. Es el único sonido que perturba el silencio de este mundo perdido. Me asomo sobre el costado de la barca y observo el agua. Es de color negro intenso. La superficie parece fijada, o tal vez contenida, en la última expresión del horror antes del fin. Sumerjo mi mano en el agua. Está helada, fría como la muerte o la idea de la muerte, que no es lo mismo porque lo segundo es más bien una abstracción y por lo tanto, tal vez, aún más aterrador. El frió se engancha en mi brazo y trepa, palmo a palmo, apoderándose de mi cuerpo, poco a poco, pero sin pausa y sin contemplación, hasta alojarse en alguna válvula del corazón donde deposita su mensaje de angustia. Es el fin. El mundo que conozco desaparece diluido en esa sustancia negra que ya no me atrevo a llamar agua. Olvido mi nombre. Olvido de dónde vengo. Y poco a poco voy perdiendo los recuerdos, unos a uno, todos, en un goteo continuo que me va vaciando a medida que el sol interno que me ha acompañado como un mal augurio se apaga. Caigo en una letargo tupido como quien cae en un abismo sin fondo. Y ya no se más de mí.

martes, 15 de julio de 2008

ROBERTO BOLAÑO



Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Roberto Bolaño. Cinco años sin la voz más poderosa, radical, profunda y desgarradora del la literatura hispanoamericana. Para los que lo conocemos solo por sus obras es así. Pero también se fue un padre y un esposo y doy por descontado que para su familia la literatura, en las circunstancias terribles de la muerte, estuvo siempre en segundo plano. Es así. Debe ser así. Sin embargo puedo imaginarme muy bien a Bolaño ante la espantosa disyuntiva de decidir entre vida o literatura, y no me cabe la menor duda de que siempre, inequívocamente y sin que le temblara el pulso, habría apostado por la literatura. Esa fue su vida: Una apuesta permanente por la literatura, aún a costa de la vida.

jueves, 3 de julio de 2008

FRANCISCO MASSIANI



Tengo el número telefónico de Francisco Massiani. Él mismo lo dio al final de una entrevista que le concedió a El Universal. Si, aquí está. Lo tengo en mis manos. Bueno, en mis manos es un decir. Está anotado en los contactos de mi celular. Puedo ver cada uno de esos números ahora mismo. Los tengo frente a mí. Ahora, de ahí a marcar esos números hay un trecho que se me antoja insalvable.
Hace veinte años, tal vez más, trabajaba en los depósitos de la Librería Mundial. Era un galpón enorme con techos altísimos, tasajeado por estanterías de metal que llegaban al cielo. Había libros a montones en aquel galpón. Mi trabajo consistía en recorrer los pasillos con un carrito, recogiendo los pedidos de libros que otras librerías hacían. Era un trabajo sencillo que me dejaba mucho tiempo libre. Cuando no tenía pedidos que organizar me paseaba por los pasillos. Recorría las estanterías pasando mis manos por las tapas de los libros. De vez en cuando tomaba uno y me sentaba entre las cajas a leer. Olía a cartón húmedo. Un día especialmente tranquilo me tope con un librito delgado y rectangular, blanco, con un motivo marino en la portada. Llevaba por título PIEDRA DE MAR escrito por un tal Francisco Massiani. Me senté a leerlo, como siempre, entre cajas de cartón, escondido de la mirada severa de mi jefe. Lo leí en dos días, a ratos, entre dos pedidos o cuando mi jefe no estaba. Fue el primer libro que robé. El único. Ganas no me faltaron. Yo me hubiera robado todos los de Massiani. Me falta el valor que a Bolaño, creo, le sobraba. Esto tiene una explicación sicoanalítica y se retrotrae, por su puesto, a la infancia, cuando en navidad, cerca de mi casa en la urbanización Prados del Este, se montaban los tarantines de ventas de fuegos artificiales. Mis amigos acostumbraban a robarse los pirotécnicos. Y una vez, más por imitación que por otra cosa, hice lo propio con unos triquitraques. Me descubrieron en el acto. Desde entonces evito pasar por una situación semejante. Pero esa es otra historia.
Mi amigo el escritor Jorge Gómez Jiménez, me contó que tuvo la oportunidad de conocer a Pancho Massiani junto a otros escritores amigos y que, no recuerdo que razón esgrimió, no acudió a la cita. Yo le respondí regañándole amablemente y diciéndole que era una falta imperdonable y bla… bla… bla… bla…
En este momento, con el celular entre las manos y el número de Massiani en la pantalla, cuando bastaría apretar una tecla para enviar la llamada, me doy cuenta de que yo tampoco voy a acudir a la cita. Claro a mi nadie me ha invitado. Mi única esperanza es que Don Pancho lea alguna vez esta entrada y me diga a modo de regaño: ¿por qué no me llamas rolo e’ gafo?

sábado, 28 de junio de 2008

CAMBIO DE CASA


Estaba acostado. Trataba de dormir. La mano me dolía y el picor era insoportable. Con un alambre para colgar ropa, debidamente moldeado, me rascaba allí donde podía. Pensaba en las musarañas. También contaba ovejas. O tal vez meditaba, dejándome caer en un estado alfa. En fin, estaba echado con mi mano palpitante extendida sobre el colchón.
Un impulso repentino me obligo a dar la vuelta. El tipo estaba observándome desde la sala Sonreía. Era un boceto de sonrisa apenas dibujado entre los pómulos. Parecía sorprendido de verme. Yo si qué lo estaba. De un salto bajé de la cama y me planté frente a él.
-¿Qué quiere?-dije.
El tipo no respondió. Se limitó a verme con ese aire sorprendido y ese simulacro de sonrisa que le daban apariencia desvalida. No debía tener más de cuarenta años, delgado, un poco más alto que la media, pelo negrísimo cortado a cepillo y un bigotillo igual de negro que hacía esfuerzos por dejarse ver en su labio superior. Vestía flux y corbata negros, camisa blanca y, por supuesto, zapatos de patente de color negro. Su vestimenta toda lucía desgastada por un uso excesivo. En su mano izquierda llevaba un maletín raído y en la derecha aferraba un ramo de flores. Sin contar el detalle de las flores, o tal vez, justamente por ese detalle, parecía un leguleyo.
Corrí hacia la puerta, la cerré de un portazo y pasé el seguro. Busqué mi ropa y, sin prisa, comencé a vestirme.
-Creo que se ha confundido usted de casa amigo mío-dije.
Por toda respuesta se escucharon los aullidos del perro.
-¿Qué le hace usted al perro señor?-grite.
-¿Yo? ¿A Chili? ¡Nada hombre! Solo me está saludando-dijo el tipo y su voz chillona, escuchada por primera vez, me recordó las guacharacas que me despertaban cada mañana con sus gritos estridentes.
-¿Chili? ¡Vaya nombre!-dije.
-¿Qué tiene de sorprendente?-dijo el tipo-. El chihuahua es una raza de origen mejicano y el chili es un picante cuyo origen es, también, mejicano. Es más bien obvio. ¿No cree? Una idea tonta de mi mujer.
-Ya veo.
-¿Qué ve usted?
-¿Cuál es su nombre caballero?
- Me llamo Paúl Useche.
Yo ya había terminado de vestirme y recorría la habitación sopesando muebles y objetos. Al final me decidí por una de las mesitas de noche. Aparté el teléfono y unas revistas, rodé la mesita de noche hasta la ventana y me senté sobre ella.
-Verá señor Useche-dije con unas ganas enormes de tomarme un trago-, esto es la mar de extraño porque el perro que está en la sala no es un chihuahua, es un pincher y no se llama Chili, se llama Barón rojo. El nombre, por cierto, es más largo que el perro. También una tonta idea de mi mujer.
-Usted solo trata de hacer tiempo señor-dijo Useche desde la sala con su voz de guacharaca despertadora.
-¡Vaya!-dije con voz indignada-. Me sorprende. Nada más alejado de mi intención. Yo solo quiero desenredar este entuerto.
-¿Y qué sugiere?-preguntó Useche.
-Por lo pronto-dije-, conversar civilizadamente.
Presentía que Paúl Useche no se había movido un ápice. Que seguía parado, rígido y frágil, con el maletín en una mano y las flores en la otra, en el mismo sitio en que lo había visto antes de cerrar la puerta. De qué me servía esa certeza. En principio de nada. Al menos me daba tiempo para pensar.
Para mi era evidente que Paúl Useche era un abogaducho de mala muerte, un mequetrefe que pretendía enredarme, seducirme con su palabrería y voltear, de este modo, la situación a su favor. Decidí entonces jugar su juego.
-Señor Useche, usted parece un hombre razonable-comencé con voz pausada y conciliatoria-… Señor Useche, ¿me escucha…?
-Aquí estoy.
-Bien, como le decía, apelo a su inteligencia y, sobre todo, a su buena voluntad, me refiero a la buena voluntad y a la inteligencia que le permitirán entender el aparentemente complicado problema que tenemos frente a nosotros. Digo aparentemente porque la verdad es un problema de sencillísima resolución. ¿Me sigue Señor Useche?
-Le sigo, pero no se a donde quiere ir usted.
-Ya verá. Se trata de lo siguiente: Usted, señor Useche, entra en una casa, en esta casa, y se consigue a un hombre, en este caso yo, pero puede tratarse de cualquiera, da lo mismo. Es evidente que la casa, esta casa, está ocupada y que usted es un intruso en ella. Además confunde la raza del perro a su conveniencia. Yo creo que usted asesinó a Barón Rojo.
-¡Pero…! ¿Cómo dice…? Se llama Chili y está aquí a mi lado lamiendo mis zapatos. Puede usted comprobarlo si quiere. Solo tiene que abrir la puerta.
Yo seguía sentado sobre la mesita de noche bebiendo una cerveza imaginaria y sabía que Paúl Useche seguía parado en el medio de la sala más rígido y frágil que nunca. Más abogaducho y más tramposo que nunca. La cerveza estaba bien fría y yo me la tomaba imaginariamente muy despacio.
-Buen intento Useche-dije, dejando deliberadamente de llamarlo señor-. Por ahora dejemos la puerta cerrada y sigamos conversando.
-No tiene caso… Ni siquiera se cómo se llama.
-Eso no tiene ninguna importancia.
-Pero usted sabe mi nombre.
-Da igual Useche, no sea malcriado. Puede llamarme como quiera. Eso no va a cambiar nada. Un nombre como cualquier otro. Hay cientos de ellos y ninguno significa nada, ninguno agrega nada.
Eso no era verdad, no del todo. Y no lo era en modo alguno en el caso de Paúl Useche, cuyo nombre parecía hecho a la medida de su carácter y de su apariencia física.
-Usted lo enreda todo intencionalmente-la voz de Useche había cambiado de tono. Ahora era menos insegura de si misma, más autoritaria si cabe. Había desaparecido el chillido de guacharaca histérica-. Debo admitir que tiene usted talento para complicar lo que es tremendamente sencillo. Si yo he entrado a esta casa es porque se trata de mi casa, ¿no cree usted? Yo no soy un loco ni ningún ladronzuelo de poca monta para entrar a una casa que no me pertenece. Soy una persona razonable y en este caso es evidente que el intruso es usted. ¡Exijo que aclare su situación, caballero!
-No esperaba menos de ti Useche-había llegado la hora de tutearle-. Los tipos como tu viven pidiendo claridad, tan seguros de si mismos cuando a su alrededor el mundo está definido, sin fisuras por las que se pueda colar la imaginación. Los tipos como tú le tienen terror a la imaginación. Huyen de la imaginación como si se tratase de las bombas. Los tipos como tu viven en un mundo cuadriculado en el cual cada parte del dibujo pertenece a un recuadro que encaja con el siguiente y este con el otro y así sucesivamente. No tienen otro modo de percibir la totalidad del dibujo. Yo trato de que veas la totalidad sin la ayuda de los cuadritos. Quiero que uses la imaginación Useche, que le pierdas el miedo. Yo trato de contarte una historia y tú me exiges claridad. Yo te ofrezco misterio y tu me exiges racionalidad, burda, plana y opaca racionalidad. Que va Useche, así no es la cosa.
-Se va usted por las ramas. Esto no tiene nada que ver con lo que aquí dilucidamos.
-Ah no Useche, si que tiene que ver y más de lo que crees. Usa tu imaginación. Además, ¿qué es lo que aquí dilucidamos?
-¡Qué carajos hace usted en mi casa! Eso es lo que dilucidamos.
-Yo no estoy en tu casa querido Useche. No señor. Yo, en realidad, estoy en mi casa, sentado frente a mi escritorio escribiendo una historia, esta historia, y tú solo eres el personaje que yo he creado. Tú no existes sino en mi imaginación.
-Está colmando mi paciencia. Le exijo que salga de mi casa de una buena vez.
No había forma. El hombre no entendía Me sabía mal dejar la casa. Me gustaba. Era espaciosa, bien iluminada, paredes blancas, techos altos, pocos muebles, silenciosa y plácida, apta para la meditación, para dejarse llevar por los vericuetos fabulosos de la imaginación. De eso se trataba. ¿Para qué quería Paúl Useche vivir en una casa como esa?
Me paré y no sin esfuerzo y algo de dolor debido a mi mano lastimada, alcé la mesita de noche y la coloque sobre mi hombro.
-Te propongo algo Useche-dije, sabiendo que gastaba mi último cartucho.
Silencio.
-Aló Useche. ¿Me escuchas…?
Ladridos de perro chihuahua o pincher o tal vez una mezcla de ambos, en todo caso ladridos furiosos y agudos como de guacharacas mañaneras, guacharacas obstinadas, guacharacas que no comparten ni siquiera la rama del árbol más melancólico.
-Oye Useche-continué a pesar de los ladridos-, por qué no compartimos la casa… ¿eh?... una decisión salomónica. Es una casa grande, con mucho espacio. Cabemos todos aquí. No hay ninguna razón para pelearnos por eso. Fíjate que pienso que hasta podríamos llevarnos bien Yo voy a ayudarte a soltar un poco ese esqueleto rígido, me refiero también a ese esqueleto fosilizado que es tu mente, a desplegar las alas por decirlo de algún modo. Y tú vas a ayudarme a refrenar los impulsos que con tanta virulencia me llevan por los caminos de la fantasía, en fin, a poner los pies sobre la tierra, ¿te parece…? ¿Useche…?
De pronto los ladridos cesaron y casi inmediatamente fueron sustituidos por unos gemidos apenas audibles. Luego el perro comenzó a olisquear el resquicio de la puerta y finalmente, gimiendo otra vez, ahora más alto, a rastrillar la madera con sus pequeñas patas de largas uñas.
El perro no era el único que se había acercado hasta la puerta. Yo lo sabía. Podía olerlo. Podía ver sus largos y delicados dedos de pianista deslizarse sobre la madera buscando el punto de inflexión.
Para cuando Paúl Useche traspasó la puerta, yo ya había estrellado la mesita de noche contra los cristales de la ventana, me había lanzado sobre el techo del viejo Mercedes (lástima que no tenía las llaves conmigo) y me alejaba por la calle desierta.
Me di la vuelta y lo vi asomado a la ventana rota, la misma sonrisa ambigua que tenía dibujada en los labios cuando lo conocí, moviendo el brazo en abanico a manera de despedida, la mano aferrando aún el ramo de flores, rosas rojas, qué otra cosa podían ser, los pétalos desprendiéndose con cada vaivén del ramo en la mano levantada, y cayendo con desesperante lentitud, como gotas rojas mecidas por el viento, sobre la mesita de noche y el techo chafado del Mercedes Benz.

NARANJAS DULCES


Naranjas dulces (Monte Ávila Editores Latinoamérica) de Néstor Caballero parece la novela que solo un dramaturgo podría escribir o la pieza teatral que solo un novelista sería capaz de escribir. Tal vez ambas cosas. De todos modos no se trata de hablar de géneros. De lo que se trata es de hablar de una obra grande en la que el autor ha dejado sus entrañas. Una obra escrita con el corazón, apasionada y decididamente tierna. Una obra en la que, sin huachaferías, afloran con facilidad la risa y las lágrimas. Pero no es una obra fácil ni complaciente. Su apuesta formal es también arriesgada y encuentra en lo lúdico, en el juego su arma más eficaz. Después de todo a lo largo de sus seiscientas cuarenta y tres páginas vemos el mundo a través de la mirada de un niño llamado Ezequiel Martínez. Un niño con una imaginación desbordante en perpetua reinterpretación del mundo de los adultos. Un niño que vive la realidad urbana de una ciudad como Caracas durante la lucha anti-guerrillera y cuyo padre es sargento de la guardia nacional, pero que también se impregna de los mitos, la magia y lo sobrenatural que constantemente se cuela en la vida diaria de su familia materna en Aragua de Barcelona. Un libro imprescindible que no dudo de recomendar a los hipotéticos lectores de este blog.

viernes, 20 de junio de 2008

LECTURAS (SEGUNDA PARTE)


Agregar las siguientes lecturas: Pelando la cebolla de Gunter Grass, Almacén de antigüedades y Oliver Twist de Charles Dickens, La bicicleta de Sumji de Amos Oz, Cuentos de Ernest Hemingway.
Voy de un libro a otro con la ansiedad de un cocainómano que va de jíbaro en jíbaro buscando droga. Salto de un mundo a otro exaltado y asombrado, persiguiendo palabras que se me escapan por los pelos. Entre un libro y otro camino como en sueños, tropezando con sillas, marcos de puertas y mesas, dejando caer vasos de vidrio a medio beber, hablando con el perro, esa pobre ratita que me observa con sus ojos saltones, ladeando la cabeza y moviendo la cola con irrefrenable alegría. Duermo mal, por supuesto. Durante el sueño los libros aprovechan la puerta franca y se meten en mi mente todos a un tiempo, mezclándose y embarullándose hasta formar un solo libro enorme, vacilante, abarcador, irracional, arrollador. El libro que contiene a todos los libros. El libro que todo escritor, supongo, sueña con escribir. Hecho de menos los tiempos en que con un libro me bastaba. Prometo, ¿a quién?, a mi, por supuesto, que cuando en vacaciones viaje, si es que viajo, me voy a obligar a mi mismo a llevar solo un libro. A ver si hago las paces con la literatura.

miércoles, 18 de junio de 2008

LECTURAS


Estoy leyendo en este momento: 2666 de Roberto Bolaño, Jardines de Kensington y Vidas de santos de Rodrigo Fresán, Tu rostro mañana 1. Fiebre y lanza de Javier Marías, Doctor Pasavento de Enrique Vila-Matas, La última vez de Héctor Bujanda, Crónica del pájaro que de cuerda al mundo de Haruki Murakami, Operación Shylock de Philip Roth, La novia imaginaria y Libertad para los osos de John Irving, La niña del pelo raro de David Foster Wallace y por último y no por eso menos importante: Guignol’s band de Louis-Ferdinand Céline. ¿Qué puede salir de este revoltijo? No una visión crítica o un análisis sesudo que quede registrado en este blog. Si, por el contrario, noches de insomnio producto de una mente enfebrecida por las obsesivas inmersiones en estos mundos ¿imaginarios? de horror y belleza. ¡Qué delicia!

viernes, 13 de junio de 2008

LOS GOLPES DE ELOISA


Eloisa comenzó a golpearme casi de inmediato.
Sucedía así: Yo me subía la manga de la franela y le ofrecía mi antebrazo. Ella procedía a golpearlo con el puño cerrado. Eran golpes fuertes y secos que producían una corriente de electricidad que subía por mis nervios, por un lado, hasta el cuello y, por el otro, bajaba hasta la muñeca. Yo aguantaba los golpes con un estoicismo que tenía su origen en el amor. Debo decir que era feliz.
Con el tiempo y la periodicidad de los golpes, en mi antebrazo se formaba un gran cardenal de color morado intenso, casi negro. Cuando eso sucedía y el dolor se hacía insoportable cambiábamos de antebrazo como se cambia uno de camisa. Cuando el segundo antebrazo se resentía al punto de no poder soportar más golpes, volvíamos al primero que, si bien, no estaba del todo curado, ya estaba preparado para recibir nuevas andanadas. Así una y otra vez. La orgía de los golpes. La única en la que participamos.
Nuestras sesiones sado-masoquistas eran privadas. Se desarrollaban casi siempre en el jardín, protegidos de miradas indiscretas por la barra del bar y la estructura de ladrillos de la parrillera. O en nuestro escondite. No voy a revelar cual es. No vale la pena. No va a añadir nada a la historia. O tal vez si. Mejor dejarlo así.
No todo eran golpes, por supuesto. También conversábamos mucho. Y nos besábamos. Eloisa tenía una lengua dulce y sabia, a pesar de que ella se presentaba como una mujer sin experiencia en el amor. Eloisa decía que sentía mariposas en el estómago cuando la besaba. A mi me parecía una frase hecha. Pero me hacía el loco. Me gustaba que me dijera ese tipo de cosas cursis.
La veía todos los días. Pasaba a recogerme temprano por mi casa y nos íbamos para la universidad central. Estudiaba arte. Yo pensaba (y sigo pensando) que estudiaba arte más que nada para llenar un hueco en su vida. Como también pienso ahora que su relación conmigo llenaba otro agujero, o tal vez era el mismo y enorme vacío que trataba de llenar, inútilmente, en un esfuerzo, igualmente inútil, pienso yo, por no perder la razón.
Sin embargo en aquella época trataba de no pensar demasiado. Yo solo la acompañaba a donde ella quisiese ir. Y la universidad central ere un lugar tan bueno como cualquier otro. Tal vez mejor.
Mientras Eloísa recibía sus clases yo me quedaba conversando con amigos comunes. Aunque lo que más disfrutaba era deambular por los pasillos de la universidad y hojear libros en los puestos de ventas frente a la escuela de ingeniería, o ver a las muchachas caminar con sus cargas de libros, despreocupadas y frescas y tan lindas, o sentadas en la tierra de nadie, al sol o cobijadas bajo la sombra de los árboles, pero siempre llenas de vida, tan pero tan llenas de vida, que siempre se les derramaba un poquito y algo de esa fuerza telúrica llegaba hasta mi y me ungía y me daba esperanzas y fuerzas para seguir adelante
Eloísa y la universidad central están fundidas al rojo vivo en mi memoria. No puedo pensar en una sin que el espíritu de la otra se materialice en mis entrañas. Yo me enamoré de la central durante esos vagabundeos mañaneros, mientras esperaba al amor de mi vida. Ese amor que tardaba en llegar y que, finalmente, nunca llegó.
Sin embargo era feliz cada vez cuando Eloísa salía de sus clases y la veía venir con sus manos de harina extendidas hacia mí, sonriendo y sus ojos verdes como un ancla clavada en los míos.
Luego regresábamos. Almorzábamos en su casa o en la mía y después nos internábamos en nuestro refugio o en el jardín, entre la parrillera y la barra del bar y comenzábamos nuestra sesión privada. Cuando la noche caía con su carga de melancolía, Eloísa se iba y yo me quedaba muy solo. Entonces me encerraba en mi cuarto y acariciaba mis moretones con embeleso, deteniéndome en los sitios más sensibles y dolorosos, o me sentaba a escribir poemas con una desesperación y una avidez que no recuerdo haber vuelto a tener.

sábado, 26 de abril de 2008

LA CITA


Se deja caer en el primer banco de la izquierda, junto a un arbolito famélico de especie indefinida, como quien se deja caer sobre una fatalidad. Vaya lugar para una cita, piensa. Sobre él un entrevero de ramas desnudas apenas le permiten ver el cielo y la montaña que se yergue a su espalda. Frente a sus ojos una película de automóviles acelerados que no cesan de pasar y cuyos conductores (no todos) le hacen señas obscenas o le gritan improperios y se ríen de él.
Vaya lugar para una cita. La frase se repite como un eco tardío en su cerebro. Ha quedado con Ana a las seis. Mira su reloj: cinco y treinta.
Ana no va a venir. El presentimiento se configura con absoluta limpieza. Casi lo puede tocar. Lo percibe en la misma ausencia de Ana dilatada más allá de lo que está dispuesto a esperar. Es decir: Toda la vida si es necesario. Por lo pronto le queda por delante una media hora larga, o un poco más, para comprobar sus sospechas. Cualquiera podría decirle a Piero que lo que está a la vista no necesita anteojos. Claro: Cualquiera que no esté enamorado. No es el caso.
A lo lejos aparece un mendigo caminando por el hombrillo. Va recogiendo latas vacías del piso. Las mete en una gran bolsa negra que luego se cuelga del hombro. No le inquietan los carros que rugen veloces a su lado. Camina despreocupado, silbando una tonada inaudible en el fragor de la autopista. Sonríe y saluda con la mano a Piero cuando pasa frente a él. Piero le devuelve la sonrisa y el saludo y respira aliviado cuando lo ve alejarse.
Ana no va a venir. Ana No va a venir. Ana no va a venir. Repite la frase en un murmullo continuo, como un mantra, como si pretendiera con esa negación todo lo contrario: Que Ana, efectivamente, apareciera. Pero Ana no va a venir. Eso, ahora, lo sabe con absoluta certeza. No necesita esperar media hora para comprobarlo. Debería irse ahora mismo, cuando aún hay luz. Aprovechar los últimos rayos del sol para escapar del torbellino alucinante de la autopista y regresar a casa. Pero no se mueve. Empieza a tener frío. Un aire helado baja de la montaña. Con sus pies remueve el lecho de hojas secas que cubre el piso. No tiene nada mejor que hacer. Piensa en Ana, por supuesto, pero eso no es nada nuevo. Piero siempre piensa en Ana. Pero ahora piensa en ella como en una abstracción, como en un logaritmo que no encaja en la ecuación. Pero no, de inmediato desecha la imagen de Ana como un logaritmo. Ana no es un logaritmo. Ana es de carne y hueso. Ana está llena de vida. Ana no es una cifra fosilizada en un papel o en la mente de un matemático. Ana es un ciclón de cambios, nunca es la misma, es una multitud. Ana es inasible, se te escurre de las manos. Nunca sabes donde va a estar el próximo minuto o cuando te va a querer o cuando te va dejar caer en el vacío como a un ratoncito asustado. Es impetuosa y violenta. Ana es confusión. Está viva.
Oscurece. Es la hora indecisa y melancólica. De la espesura surge un grupo de excursionistas cantando Lucy and the Sky with Daimond de los Beatles. Las muchachas son lindas y frescas y los muchachos seguros de si mismos. Ríen y bromean entre ellos. Pasan junto a Piero y lo saludan. Se detienen a unos pasos del hombrillo de la autopista y sacan las cantimploras y beben de ellas. También sacan mandarinas. Comen y beben sanos y despreocupados. Como el mendigo, piensa Piero. Una muchacha se acerca a él con una mandarina entre las manos y se la ofrece con una sonrisa que a Piero le produce dolor. Toma la mandarina y trata de devolver la sonrisa. La muchacha regresa con el grupo. Luego se van.
Piero se queda solo. El desfile por la autopista continua. El volumen de carros ha aumentado. Ahora avanzan penosamente y puede demorar la vista en cada rostro que pasa frente a él. De pronto ha renacido en Piero una chispita de esperanza. Aún cree poder ver el rostro de Ana y sus manos blanquísimas sobre el volante. Aún piensa que ese rostro y su sonrisa van a aparecer y se van a detener frente a él y lo van a invitar a la felicidad y le van a hablar, le van a decir, le van a explicar el paraíso, pero más que explicarlo, lo van a dibujar con trazos dulces en los que no van a faltar, en los que va a ser posible adivinar, el rastro del deseo. Aún tiene fe en ese mundo posible y por eso no aparta la mirada de la autopista y escudriña con celo las caras anónimas tras los cristales de los carros.
Cae la noche como suele decirse. Pero para Piero cae de forma definitiva. Al fondo, detrás del desfile automotriz, las luces de la ciudad titilan como el final de algo. Tal vez, piensa Piero, allí, en esa negrura titilante, este la respuesta o la solución del enigma. Pero, quién en su sano juicio va a sumergirse en el vacío. Quién es lo suficientemente valiente o estúpido para perderse tras ese firmamento vuelto de revés. En el fondo, lo sabe, no hay ni respuestas ni soluciones. Esa es la naturaleza del enigma.
Piero está jugando con la mandarina. Sigue sentado con la vista puesta en la autopista y se lanza la mandarina de una mano a la otra. Es un juego tonto pero la situación lo amerita. No tiene nada mejor que hacer. No puede irse. Está atrapado, viendo una película que amenaza con no terminar nunca y que repite el mismo fotograma una y otra vez, sin variaciones, salvo los personajes, que nunca son los mismos.
Y claro, todo se configura de pronto. La película o la trama de la película que ha estado viendo cobra sentido cuando aparecen las manos de harina sobre el volante y luego, con total naturalidad, el rostro de perfil con la mirada enganchada en los stops del carro que va adelante, los labios apretados y el cabello rubio caído dulcemente sobre el hombro. Es todo muy extraño, pero al mismo tiempo muy natural. Si lo pensaba bien no podía pasar otra cosa que el rostro crispado de Ana, las manos blanquísimas de Ana, conduciendo su carro por la autopista a las ocho de la noche, pasando frente a Piero lentamente, como demorándose en un imperceptible temblor, un estremecimiento que muy bien podía tener su origen en las pupilas del propio Piero, pero que no por eso deja de ser real, real y muy duro y frío y ardiente, cada vez más a medida que el rostro y las manos de Ana, crispados ambos, se alejan y se hunden en un mar de metales y reflejos, el vacío de la ciudad como telón de fondo y línea de fuga imposible.

jueves, 27 de marzo de 2008

ULTIMAS HORAS CON ELOISA


Se trata de un muchacho y una muchacha. El muchacho esta enamorado de la muchacha, por supuesto. La muchacha… bueno quien sabe. Quizás si. A su manera. Pero nadie puede asegurarlo. El muchacho, está claro, la pasa mal. Exactamente está viviendo una pesadilla pero no lo sabe. La siente. Eso si. La siente como laceraciones que lo postran en la depresión. Está omnibulado. Vive en un interminable trance que lo separa de todo aquello que no sea la muchacha. Ella lo ha hecho suyo. Ha poseído su alma y juega con ella a su antojo. La relación dura poco. Unos cuatro meses quizás. Pero su intensidad es tal que el muchacho habrá envejecido varios años para cuando finalice. Pero no voy a contar toda la historia. Me voy a referir tan solo al final de la historia. Al clímax. Esa noche extraña e irreal que el muchacho vivió como si soñara despierto y en la que la pesadilla cristalizó en una horrenda y despiadada realidad:
La muchacha cantaba en una banda que hacía versiones de piezas compuestas por otros y amenizaba fiestas y, muy de vez en cuando, tocaba en algún club nocturno. La historia, o el final de la historia comienza, precisamente, en uno de estos locales nocturnos de nombre Cliche’s Pub que de los pubs Londinenses no tenía nada pero que nosotros podemos seguir llamando pub para simplificar las cosas y que quedaba o queda en Chuao, detrás del Hotel Eurobuilding. Quizás la muchacha lo invitó al toque, aunque lo más probable es que el muchacho decidiera ir por su cuenta, si avisar, de improviso, con la esperanza, incierta y lejana, de desenmascarar a la muchacha, “descubrirla” en su verdadera esencia, sin poses que hicieran de ella alguien que no era o, por lo menos, que produjera una imagen distorsionada de si misma. Quería verla directamente y no a través de espejos. Espejos que por otro lado había creado él mismo. Eso si: La muchacha lo había ayudado.
Esa tarde estaba reunido con tres amigos (con sus únicos amigos hay que decir) en un bar en el centro de Caracas. Es un bar muy viejo y cochambroso que se llama El Calvario que queda en una esquina de la calle La Amargura. (Ese no es su verdadero nombre pero todo el mundo la llama así) en la urbanización El Silencio. Ya ve usted: calvario, amargura, silencio. Todo muy apropiado.
Los cuatro estaban sentados en una mesa bebiendo cerveza. El muchacho les exponía su plan. Dos de sus amigos asentían con la cabeza y el otro negaba. El otro siempre negaba y no apoyaba el plan del muchacho. Todo lo contrario: trataba de disuadirlo, trataba de convencerlo, trataba de hacerlo entrar en razón, trataba de que despertara, de que volviera en si. Pero el muchacho no era capaz de hacer lo que le pedía su amigo porque, para él, la razón, la conciencia, la realidad estaban de su lado. La verdad era lo que hacía, pensaba, sentía, padecía al lado de la muchacha, o atrás de la muchacha, o casi al lado de la muchacha, pero siempre demasiado lejos, siempre fuera del alcance de sus manos. El amigo, al fin, se dio por vencido y le prestó una chaqueta para que luciera presentable y le deseó suerte. Los otros dos lo acompañaron, más que todo, para recoger los despojos pero, al final, ni eso harán. No hay despojos que recoger. No hay vestigios del sufrimiento. Solo un agujero negro, muy negro. Un vacío perturbador que repele la materia y concentra el dolor. La pesadilla no se acaba nunca, se disuelve en la nada y al final solo queda eso. También lo acompañaron porque podían beber cervezas gratis hasta las ocho de la noche.
Aún no había anochecido cuando llagaron al pub. La luz del sol les llegaba tamizada por un delgado manto de nubes y en la entrada los detuvo el portero y les preguntó que deseaban. Digamos que el muchacho no estaba demasiado desaliñado y que su aspecto general era pasable. Sin embargo sus amigos (llamémosles A y B) vestían de manera inadecuada. A llevaba puestos unos zapatos amarillos, pantalones de pana roja, camisa manga corta verde y una chaqueta de pana negra. Sus ojos eran grandes y detrás de sus gafas la mirada era desorbitada. Su cabello era negro y espeso y se levantaba en grandes bucles sobre la frente y su rostro estaba cubierto por una barba Dostoyiesquiana o Tolstoniana, en todo caso rusa, que le caía sobre el pecho. Sus manos eran pequeñas, de dedos gruesos y uñas largas y sucias. B, por su parte, llevaba puestas botas de obrero marrones con las suelas rotas, unos jeans desgastados y una franelita negra y descolorida. El cabello, largo hasta media espalda, lo recogía en una cola de caballo. De su perfil aguileño sobresalía una gran nariz. No se había afeitado en varios días. Sus manos eran largas y de dedos finos coronados con largas uñas y su piel era pálida y fumaba un cigarrillo detrás de otro. De modo que al portero le pareció que sus amigos estaban francamente impresentables y en sus movimientos y en su mirada, entre perpleja y agresiva, se notaba su decisión, inapelable, de no permitirles la entrada. El muchacho habló. Le dijo al portero todo poderoso que eran amigos de la cantante de la banda que iba a tocar esa noche y que, por favor, le permitiera entrar para hablar con ella. El portero accedió y lo acompañó. El local estaba vacío. Los camareros desfilaban como hormigas laboriosas haciendo los últimos arreglos antes de abrir al público. La barra era una circunferencia en el centro de la sala llena de mesas. Allí estaba la muchacha rodeada por el resto de los integrantes de la banda: De estatura mediana, cuerpo delgado y curvas suaves, más bien tímidas, piel blanca, casi transparente, manos de harina diría el muchacho, cabello rubio y liso, rostro de rasgos duros, pómulos sobresalientes, labios carnosos, cejas profusas, ojos verdes cuya mirada podía pasar, con velocidad pavorosa, de la sagacidad del halcón al trémulo temor de un conejo. Allí estaba. Por una fracción de segundo el muchacho pudo observarla sin ser visto. Fracción de segundo que el muchacho exprimió como si pretendiera extraerle el zumo a una fruta que lo iba a salvar de morir de sed. Exprimió y alargó esa nada de tiempo hasta que sintió que el dolor de cabeza traspasaba los lindes de su cráneo y se derramaba por la sala como magma de un volcán mucho tiempo inactivo. La muchacha tenía una de sus manos sobre la mano de uno de sus compañeros en la banda, sentado a su lado en la barra del bar, y primero sonreía y luego reía abiertamente y echaba la cabeza hacía atrás y sus cabellos se levantaron en una dulce ondulación que logró acariciar el rostro de otro compañero situado detrás de la muchacha, pero que el muchacho sintió como un latigazo en su propio rostro. Luego la muchacha comenzó a bajar la cabeza y la sonrisa de su rostro desapareció y entonces lo vio, vio al muchacho, al pobre ser que se veía tan solo, tan desamparado, rodeado de mesas vacías incapaces de prestarle auxilio y en ese momento la sonrisa se esfumo y la mirada fue la del conejo atemorizado y luego fue la del depredador tras su presa y finalmente la de la mujer, la de la amiga que reconoce y acepta. Todo, ¿hay que decirlo?, en una fracción de segundo, frente a un muchacho petrificado de horror y de amor.
La muchacha miró al dueño de la mano que ella cubría con la suya y le dijo algo que el muchacho no alcanzó a escuchar. Quizás, pensó, dijo es mi novio, te lo voy a presentar o es un amigo, voy a saludarlo o qué pesado este tipo, me deshago de él y vuelvo contigo o tan solo amor o mi amor o te amo o, quizás no dijo nada y lo dijo todo con la sonrisa o con los ojos o con una leve presión sobre esa mano extraña e inquietante que ahora ayudaba a la muchacha, galantemente, a levantarse. El muchacho ensayó un tímido saludo con la mano mientras la muchacha se acercaba, pero solo recibió respuesta de uno de los integrantes de la banda. La muchacha le dio un casto beso en la mejilla. ¿Qué haces aquí?, dijo. Vine a verte… y… a…. escucharte cantar, dijo el muchacho. ¡Qué lindo!, dijo la muchacha. Vine con A y con B, dijo el muchacho. ¿Y dónde están?, dijo la muchacha. Están afuera. El portero no los deja pasar, dijo el muchacho. La muchacha regresó a la barra y estuvo un rato conferenciando con el resto de la banda. Se dirigía principalmente al sujeto al que minutos antes le sujetaba la mano. Este, le parecía al muchacho, gesticulaba con cierta contenida brusquedad y de tanto en tanto le lanzaba gélidas miradas o eran, quizás, solo miradas de reconocimiento, de tanteo, como si lo estuviera diseccionando con hábiles ojos de cirujano. Al fin la muchacha regresó con el que antes había respondido a su saludo y luego de las cortesías de rigor salieron a buscar a A y a B.
El muchacho, A y B se sentaron en el bar circular, un poco alejados de la banda y la muchacha se sentó con ellos y conversaron largo rato y el muchacho notó que la muchacha estaba feliz (o aparentaba que lo estaba) de verlo allí y que era tierna y coqueta, aunque, también lo notó, guardando cierta distancia, no solo física, si no espiritual. Luego se fue, aduciendo cualquier excusa, y los tres se quedaron en silencio acodados en la barra y con las tres primeras cervezas frente a ellos.
Y cayó la noche, como suele decirse, y el pub comenzó a llenarse y ya no estuvieron solos en la barra del bar, aunque no podría decirse, tampoco, que estuvieran acompañados. Y con la noche llego la penumbra ascética y artificial rasgada por haces de luz de origen incierto y sombras que gesticulaban enmudecidas por el sonido de la música.
El muchacho trató de explicarle a A y a B lo que había visto o lo que había creído ver cuando entró a buscar a la muchacha. Habló de esa mano cobijada por la mano de la muchacha, habló del dueño de esa mano y habló de la muchacha y luego ya no habló más y se perdió dentro de su mente. A y B se vieron a la cara, se encogieron de hombros, pidieron más cervezas y comenzaron a charlar. Desde el centro profundo y lejano de la tormenta silenciosa que lo arrastraba, el muchacho podía escuchar retazos de la conversación de A y B. Dijeron máscaras superpuestas o máscaras unas sobre otras. Dijeron rostros que se desvanecen. Dijeron fantasmas o quizás espíritus en pena. Dijeron enfermedad. Dijeron amor fou. Dijeron dolor y lástima. Dijeron pesadilla, literaria, destino y ya no dijeron nada y se dedicaron a beber. Al muchacho todas aquellas palabras le llegaban embarulladas en el torbellino de su tormenta interior, y aunque era incapaz de ponerlas en orden y de darles sentido, cada una de ellas dolía y laceraba como mil cuchillos. Se hundió aún más en su ensimismamiento azotado por el vendaval.
La muchacha aparecía y desaparecía como un fantasma. Cuando aparecía actuaba con naturalidad y desparpajo. El muchacho observaba ese rostro gesticulante pero era incapaz de escuchar lo que decía. A veces las palabras le llegaban distorsionadas como cuando escuchamos una emisora de radio mal sintonizada. Pero en realidad no escuchaba, concentrado como estaba en traspasar aquellos ojos verdes y aprehender aquello que las pupilas de la muchacha ocultaban y que el muchacho no sabía muy bien que era pero que necesitaba con desesperación como se necesita el oxígeno para respirar. Cuando la muchacha desaparecía o se iba, el muchacho la seguía con la vista a través de las sombras que se la tragaban con una angustia creciente como si hubiera perdido su última oportunidad en esta vida de comprender, de alcanzar la iluminación y el sosiego.
A las ocho en punto de la noche se acabaron las cervezas gratis. Aún pudieron sacarle tres más al barman y con las pocas monedas que pudieron reunir compraron una que compartieron entre los tres. Luego no les quedó más que deambular, borrachos y alucinados entre las sombras frenéticas que se agitaban entre ellos, buscando algún sentido (siempre esquivo) a aquel maremagno de baile, gritos, alcohol, luces quebradas, sombras que dolían en los huesos y el sonido de la música que no se escuchaba sino que parecía envolverlos, arrancarles los tímpanos y gritarles melodías asombrosas directamente en el cerebro. En algún momento A y B desaparecieron, como parecía desaparecer todo en aquella cueva post moderna, y el muchacho continuó vagando solo y vacío como un viajero que ha olvidado el objetivo de su viaje.
En algún momento de la noche o de la madrugada, (ya no lo sabía) sintió que una mano se posaba sobre su hombro y lo apretaba levemente. Se dio la vuelta y se encontró con B que lo miraba con sonrisa maliciosa. B dijo que había buscado al “dueño de la mano aquella” y le había preguntado si no había visto al novio de la muchacha. El “dueño de la mano aquella” lo miró extrañado y le pregunto de quién hablaba. B dijo que, por supuesto, hablaba del muchacho. B dijo que el rostro del “dueño de la mano aquella” se desencajó de golpe y se desarmó frente a sus ojos como si le hubieran quitado una pieza, una pieza importante, que mantenía unido el andamiaje de aquella cara. B dijo que luego el “dueño de la mano aquella” no volvió a abrir la boca. Se dio la vuelta y se fue. A B le pareció que el “dueño de la mano aquella” se alejaba cabizbajo y contenido como si en su interior hubiera explotado la tormenta perfecta. Luego B desapareció.
Al muchacho poco le importaban las metáforas. Y por otro lado no había tormentas perfectas. Todas eran imperfectas y hacían daño. Todas mataban física o espiritualmente. Y a partir de ese momento, en esa noche de caos nocturno, al menos dos personas nadaban en sus tormentas personales. Tal vez había una tercera persona que nadaba en su propia tormenta, pero eso el muchacho no podía asegurarlo. Además, a esas alturas y puestos a hacer metáforas, el muchacho deseaba con todo su corazón que esa tercera persona, cuyo nombre llevaba grabado en los pliegues del cerebro, se ahogara en su tormenta particular. También deseó (no había forma de mentirse a si mismo en ese aspecto) con todo su corazón que, si se diese el caso de que esa tercera persona suplicara ayuda, instantes antes de hundirse en las aguas turbulentas, que dicha súplica fuese dirigida a él.
Luego aparecieron A y B. Le dijeron que se marchaban, que ya no soportaban tanto ajetreo, que estaban hartos de tanta post modernidad. Lo convidaron a irse con ellos y dejar atrás la pesadilla, alejarse de esos seres desdibujados y sin sustancia que los rodeaban y que en modo alguno podían ser reales. Pero el muchacho les dijo que se quedaba como quien dicta y lee su propia sentencia de muerte. Entonces A y B lo abrazaron, le desearon mucha suerte y desaparecieron.
Aparecer y desaparecer era el sino de aquel lugar. El muchacho parecía mimetizarse con la masa informe que se retorcía al ritmo de la música. Tenía la impresión de aparecer y desaparecer para él mismo El espacio parecía dilatarse y el tiempo constreñirse, de modo que tenía la sensación de que no terminaba de recorrer la totalidad del púb en largas horas de vagabundeo que luego, comprobaba, no habían sido si no unos cuantos minutos. La que no había vuelto a aparecer era la muchacha. Y él no se atrevía a buscarla. Por lo menos no concientemente. Tenía terror a un encuentro frente a frente, de carne y hueso, en el que se dijeran, si eso era posible, cosas concretas y se pudiera medir el peso exacto de los sentimientos. Un encuentro sin alucinaciones y sin bruma. Un encuentro claro y transparente en el que todo quedara dicho. Al mismo tiempo era lo que más deseaba. Esa rasgadura en su espíritu lo atormentaba y lo mantenía en continuo movimiento.
En uno de sus tantos acercamientos a la barra del bar (como un satélite que en su orbita a perdido contacto con la tierra y es incapaz de emitir la información para la cual fue construido y lanzado al espacio) vio una silla desocupada. Tomó asiento y observó al barman trajinando con los tragos detrás de la barra. Era joven, bajito y extremadamente delgado. Ejecutaba un baile estrambótico mientras preparaba los tragos, lanzaba las botellas al aire y las atajaba por la espalda o las hacía girar frente a él y las dejaba caer con suavidad sobre su frente. Sin dejar de sonreír y realizar malabarismos con las botellas, le preguntó que quería. Con un gesto de la mano el muchacho le dijo que nada. Se quedó mirando los vasos vacíos o medio vacíos que se iban amontonando en la barra y comenzó a sentirse profundamente triste y débil, con una debilidad que era como un hormigueo que se iba apoderando de su cuerpo, una dejadez que esculpía una piedra blanca en su frente y lo vaciaba de pensamientos. Estaba a punto de rendirse y abandonar toda la estupidez y el absurdo de esa noche, cuando sintió que le tocaban el hombro y luego lo apretaban con suavidad, casi con cariño o con lástima. Se dio la vuelta feliz de que B volviera, pero se encontró con un rostro desconocido que le sonreía y le decía que se consiguiera un vaso. El muchacho tomó el primer vaso vacío que consiguió y lo tendió hacia el desconocido. Este procedió a llenarlo sin tapujos hasta el borde. El muchacho no preguntó que le ofrecían. Se limitó a beber, satisfecho con que fuera alcohol. Eso fue todo. El desconocido conversaba con un grupo de amigos y no le volvió a dirigir la palabra, ni lo invitó a unirse a su grupo. Se limitó a servirle un trago cada cierto tiempo, hasta que la muchacha se subió al escenario a cantar y el muchacho se levanto de la silla y se acercó a escucharla.
Tenía una voz potente y dulce que al muchacho le llegaba atenuada, como si la muchacha cantase desde el interior de una cueva y a él solo le llegaran los últimos ecos posibles. Y su figura sobre el escenario, moviéndose al compás de los acordes, se diluía como si entre ambos se levantase un muro de niebla gris. Percibía que la muchacha se alejaba. No se trataba de que su figura se desdibujara tras la niebla, ni de que su voz se apagara tras los muros de la cueva. Era, exactamente, que la muchacha se alejaba, que su alma se despedía. Entonces le pareció que lo miraba y que no dejaba de observarlo mientras cantaba y mientras se alejaba y se despedía. Se pregunto si no estaría soñando, si no sería todo esto parte de la pesadilla que se desbocaba en su mente y sobre la cual ya no tenía control. Quiso acercarse al escenario pero no pudo. No era capaz de moverse en esa dirección. Se dio cuenta que también él comenzaba a alejarse y a penetrar en su propia caverna de soledad y vacío y se preguntó si la muchacha veía lo mismo que él veía cuando ella se alejaba y se despedía. Empezó a dormirse y a caer dulcemente. Abandonó la lucha y se dejó ir y sus labios dibujaron una sonrisa y por primera vez en cuatro meses dejó de pensar.
La muchacha lo tomó de la mano y lo sacó apresuradamente del púb mientras echaba furtivas miradas sobre su hombro. Afuera le puso un billete en la mano para que tomara un taxi, dio media vuelta y desapareció en el interior del púb. El muchacho se guardó el billete en el bolsillo sin verlo. Se alejó caminando. Hacía frío. La calle estaba desierta y el silencio solo era roto cuando el viento mecía las ramas de los árboles o cuando pasaba, raudo, un auto ebrio o cuando ladraba algún perro solitario y trasnochado. Poco a poco pero con determinación, comenzó a caminar más rápido. Salió de Chuao, llegó a Las Mercedes, pasó frente al Paseo Las Mercedes y cuando enfiló hacia la autopista caminaba con la fuerza, la tensión y la determinación de quien va a matar o va a morir. Cuando estaba a un paso de entrar a la autopista, un auto se detuvo a su lado. El conductor bajó la ventanilla del copiloto y le preguntó para donde iba. El muchacho le dijo que iba para Prados del Este. El conductor le dijo que lo llevaba y el muchacho se subió con la misma determinación y sangre fría con la que instantes antes había decidido jugárselo todo transitando por la autopista. El desconocido estaba tomando cerveza y le ofreció una. El muchacho agarró la lata que le señalaban, la destapó y bebió un sorbo. Luego brindaron y conversaron y finalmente el desconocido lo dejó en la puerta de su casa.
Otro final posible es: El muchacho entra en la autopista y jamás llega a su casa. Desaparece en esa jungla vertiginosa de concreto, asfalto, metal y velocidades imposibles La autopista como símbolo de la modernidad y del vacío. O de la modernidad del vacío. O del vacío de la modernidad. Elija usted. Da lo mismo.



lunes, 24 de marzo de 2008

UN DOMINGO EN CASA DE NATHAN


Nathan vive hace ya siete meses en Potrerito, a unos cinco minutos en carro de San Antonio, en una casa pequeña pero acogedora y fresca con un jardín donde cría pollos, conejos y, más recientemente, gallos de pelea. Detrás de la casa corre una quebradita de aguas cristalinas que no deja de gorgotear nunca. El terreno está clavado en el fondo de dos cerros, así que el paisaje no es espectacular, pero ver oscurecerse el azul del cielo a través de los eucaliptos que cercan la carretera, a medida que anochece y aparecen las primeras estrellas, es motivo suficiente para pescar una tortícolis de pronóstico. No está mal, en conclusión.
Ayer en la tarde subí con la morocha y Mauricio. Por el camino había que comprar una caja de polarcitas y una bolsa de hielo. Pero el domingo es día de guardar. No se bebe en domingo, y no se consigue una maldita licorería abierta. La última oportunidad era en Las Mayas. Salí de la autopista. Vi de reojo el mercado de Coche y no me costó mucho imaginar la callecita y la casa de los abuelos, y mucho menos imaginar la casita. ¿Qué se hizo de todo eso? ¿Dónde están todas las botellas de vino, las risas, las conversaciones absurdas? Y la desesperación, también. Las arrecheras, la angustia. ¿Por qué no? La tremenda desolación que transmitía esa calle un domingo en la tarde. Tú de un lado y del otro, en el fondo, la cochina plaza, la última panadería de los pobres, la licorería con sus borrachos, sus mendigos alcoholizados. Toda esa miseria de la que terminabas sintiéndote parte de una forma ambigua, misteriosa. Un domingo en la tarde. El peor día, la peor hora. Sientes que ya no te queda nada que decir, nada que sentir. Que al día siguiente se repetirá el ciclo del hastío en el que estás atrapado. Eso es la eternidad. El aburrimiento sin fin.
En Las Mayas conseguimos nuestras bebidas y el hielo y seguimos cuesta arriba. Por cierto que es de mis favoritas esta carretera, con el embalse a un lado, su espesa selva, su frescura. Recuerdo cuando me la tragaba sobre una bicicleta. A las seis de la mañana. Todos los miércoles. A veces éramos quince cayéndonos a tablas, ahí durísimo, hacia arriba. Era un placer, cuando estabas bien entrenado, subir así, sintiendo la tensión en los músculos, el vaivén de la bicicleta cuando te parabas sobre los pedales, el control absoluto que ejercías sobre tu máquina. Una sola máquina tu cuerpo y la bicicleta. Un solo empuje, un solo esfuerzo. Una sola alma... Así iba pensando yo con la morocha a mi lado, Mauricio atrás cuando llegamos al puentecito que cruza la quebrada y nos coloca sobre la carretera que conduce a casa de Nathan, y nos topamos con un tipo que parecía buscar algo en el monte. Pero, ¡coño, si es Ferdinand! Era de lo más extraño verlo allí, enflusado, flaco, envejecido, inclinado sobre la maleza, como buscando algo. ¿Qué? Detuve el carro y lo llamé. "¡Ferdinand!". "¿Ah?, ¿ah?". No me prestaba demasiada atención y no dejaba de escarbar entre la maleza, así que me bajé y me acerqué.
— ¿Qué buscas Ferdinand?
— ¡Bébert!
— ¡Qué!... ¿a quién?
— ¡Bébert!, ¡mi gato Bébert!... ¡Escapó!... ¡Huyó!... unos dogos nos persiguen... ¡desde Alemania!... ¡fíjate si es poco, desde Alemania!...
— ¿Y dónde están?
—Los espanté, por supuesto.
— ¿Y cómo?
— ¡ALT!, los paré en seco.
— ¿Y entonces?
—Muy sencillo... muy sencillo: Les expliqué mi descubrimiento literario... ¡los tres puntos, muchacho!... ¡los tres puntos!... ¡mis rieles emotivos!... ¿Entiendes?... todo el armazón... los durmientes... ¡mi metro cargado a reventar!... ¡directo al sistema nervioso!... ¡Escaparon aullando!... ¡las mierdas esas de perros!... pero, ahora Bébert... ¡no lo encuentro!...
—No te preocupes, Ferdinand. Ese aparece. Vente con nosotros. A casa de Nathan. Bébert aparece en cualquier momento. Ya verás.
Se subió en el carro, saludó amablemente a la morocha y a Mauricio y se dedicó a ver por la ventanilla mientras yo ponía en marcha el carro.
Llegamos a casa de Nathan. Eran las cinco de la tarde. Arriba el cielo salpicado de nubes como manchas. Como enormes mocos grises y blancos. (Esta última imagen no es mía. Es de Ferdinand). Nathan ya estaba algo borracho y un poco cabreado porque había estado esperándonos a nosotros y al hielo toda la tarde. Pero con Mauricio no se puede llegar temprano a ninguna parte. Sin embargo nos recibió con un abrazo. Le presenté a Ferdinand. "Coño, por fin", dijo. "Joaquín me ha hablado mucho de usted. Pasen, pasen". Las perras se echaron sobre nosotros, especialmente se encariñaron con Ferdinand, y al él le gustaron de inmediato. Se veía que se llevaba bien con los animales. Nos sentamos en el porche. Nathan André y Nathael revoloteaban a nuestro alrededor, saltando y corriendo. Verónica nos trajo cervezas. Tony, el padrino de emergencia de Nathael, como lo llamo yo, se acercó a saludar. Comenzó la charla. Cualquier pendejada. Hablar, hablar sin medida. La tarde huía. Ferdinand se alegraba. Nathan había comenzado a pintar de nuevo y nos mostró sus cuadros. No estaban terminados pero tenían algo. La simpleza contundente de la grafía. Esos colores poderosos. Me gustaron mucho. Nathan debería pintar más.
Le dábamos duro a las cervezas. También Ferdinand que estaba achispado y muy contento. Era como un descanso para él. Un espacio de tiempo muerto en el que la persecución aterradora se detenía. Entonces apareció Bébert de quién sabe dónde y se subió de un salto sobre las piernas de Ferdinand y ya todo fue alegría y el comienzo del fin. Con Bébert apareció la primera estrella fugaz. La vio la morocha. Se aferró con fuerza de mi mano y mirándome comenzó a llorar. Luego apareció otra y luego otra. El cielo fue llenándose de surcos blancos que rasgaban la noche. No era cuestión de pedir deseos ya. Ni de pensar. Sólo mirar ese fulgor del cielo que nos bañaba de blanco. Hacia el este surgieron dos planetas enormes. Marte y Saturno. ¿O era Venus? Parecían flotar sobre nosotros, rojos, azules, manchados de colores, al alcance de las manos, sin rumbo fijo, al azar, majestuosos. Al final el cielo estaba repleto de esos inmensos globos de colores y sobre ellos las estrellas fugaces. Era el fin. Y nosotros estábamos allí, un domingo, en casa de Nathan, borrachos y felices y tristes. Y eso es todo...

sábado, 22 de marzo de 2008

MOSQUITOS


Mi vida en la pensión, en este pequeño cuarto que entonces me parecía una delicia. El ruinoso refugio donde la esperanza prosperaba. Yo tan contento sentado frente a mi vieja máquina de escribir. Por encima de mí, por la ventana, se derramaba la luz contagiosa de la mañana. Por esa ventana siempre se derramaba algo y a mí eso me parecía bien, era lo correcto y contribuía a que las palabras fluyeran. Y mientras las palabras fluían yo sentía que el mundo era perfecto. Me invadió un ánimo festivo, una alegría temblorosa y extasiada que me oprimía el pecho. Pero de la exaltación, ahora lo sé, solo queda la tristeza, el desánimo. La certeza, otra más, de la inutilidad de todo esfuerzo consiente. Pero uno siempre aprende tarde.
Por supuesto en ese estado de exaltación no podía escribir. Así que me paré y di una vuelta por el cuarto. Es decir: Dos pasos hasta la puerta y dos de regreso. Así una y otra vez, mientras me estiraba, aflojaba los músculos, me rascaba y trataba de sacarme del cuerpo ese aturdimiento que es la alegría. En una de esas idas y venidas observé lo que llevaba escrito y vi un mosquito gordo y negro entre mis palabras, un poco tembloroso, una vibración apenas perceptible debido a una suave brisa. Parecía una letra mal colocada. Una letra embrutecida que se negaba a asociarse con el resto. Desentonaba y parecía maldecirme desde la hoja. No lo observé mucho tiempo. De un manotazo lo aplaste contra el papel. Entre mis bellas palabras quedó un manchón rojo. Mi propia sangre sobre el texto que había escupido antes. Mosquito de mierda has estropeado mi trabajo.
Ya no quise seguir. Estaba desanimado y comenzaba a tener hambre también. Así que bajé al bar para almorzar. Estaba a reventar. Entre los que comían y los que se dedicaban a jalar caña, no había mesa desocupada. El Cardenalito y Joseito, los dos mesoneros, corrían de un lado al otro, entre las mesas, sirviendo aquí y allá comida o cervezas, según que, sudando, vociferando, en una histeria de bocas hambrientas y gargantas sedientas que no se detenían un instante en exigir. El Cardenalito con una eterna sonrisa de dientes blanquísimos y Joseito arrecho porque los borrachos pedían más cerveza haciendo silbar las botellas vacías. Eso lo reventaba, lo sacaba de quicio, a él que era tan bajito y que cualquiera lo tumbaba de un soplido. En la cocina, entre grandes ollas y el calor infernal del fogón, trajinaba María, una boliviana gigante, dueña y señora del negocio, casada con un italiano venido directamente del neandertal.
Me quedé parado a la entrada de ese estremecimiento del caos, ese derroche de energía clara y jodedora. Un poco mareado, incluso, ante este estallido de vida. Pensaba lo fácil que sería enmudecer todo aquello. Lapidar tanta alegría. Todo el mundo es feliz cuando come o cuando bebe. Sí, ya lo creo que sería fácil.
Se me acercó Tany y me preguntó si iba a comer. Le dije que sí. Lo seguí hasta una mesa al lado de la puerta del baño. Allí estaba sentado un tipo al que me presentó como el profesor. Era del grupo de los que bebía. Me senté y esperé a que me trajeran mi plato. Resulto ser un tipo simpático el profesor, de mediana edad, pero envejecido por la caña. La piel de su cara y de sus brazos era roja como la de un tomate y el cabello una lengua ensalivada. Estaba curdo apenas al mediodía y me contaba la historia de su vida mientras yo me tragaba con esfuerzos unos trozos de carne hundidos en un guiso grasoso y un pucho de arroz apelotonado, con unos cubiertos de dudosa limpieza.
Era una historia triste la que me contaba el profesor. Una vieja pena de amor. Las peores y las más aburridas. El profesor hacía esfuerzos por interesarme. Era un artista. Lo había hundido esa mujer desde aquel prestigioso colegio donde daba clases de educación física, hasta este hueco infecto que apenas sí merece el nombre de unidad educativa, en la misma calle de La Amargura, y por el cual sólo aparecía para cobrar el sueldo y bebérselo en honor de ella y de la muerte. Esas dos perras. Porque matarse era lo que hacía. Lenta y deliciosamente se ahogaba en cerveza. Sumergía lo que quedaba de sus escasas fuerzas, las que aún le servían para recordar, en el dulce sabor de la muerte-cerveza. Todos los días un poquito de esa memoria, de aquella mujer se diluían entre las botellas vacías que se iban acumulando sobre la mesa. Era su venganza contra el mundo, contra la familia, contra los hombres que se casaban y tenían hijos y vivían felices comprando microondas y secadoras. Cerdos que se rascaban las bolas en las colas de los bancos, y les ponían apartamentos a sus amantes y los domingos iban a misa con sus esposas y con sus suegras. A todos ellos les escupía en la cara su inmovilidad, su decisión inexorable de no moverse de su mesa, de tragarse todas las cervezas que el cuerpo aguante y aún más. Un poco más allá. Donde el dolor se desvanece en la nada. Eso es todo. El fin. Un agujero negro. El último átomo desgajándose en el fondo de una botella.
Su historia comenzaba (y yo diría que terminaba) en un lejanísimo colegio, por allá en Prados del Este, fraguado sobre un cerro de matorrales perennemente seco y repleto de guacharacas ruidosas. Era bella la niña. Una catirita de cuarto de humanidades.
- ¡Maldito colegio de mierda!... A ese colegio lo conspiraron ¡carajo!... La culpa es mía, por supuesto... ¿A quién se le ocurre subir esa horrible colina?... Colina, que así le dicen a los cerros en el este... ¿no?... A quién sino a mi se le ocurre meterse en ese agujero, en ese precinto militar... tortura psicológica... No exagero chamo. Esa cagada era peor que la inquisición Española... A quién sino a mi se le ocurre adentrarse en la edad media en una mañana tan triste... tan lluviosa... tan de mala leche... y llovía, no lo olvides... más bien lloviznaba... que es peor... Esa indecisión del cielo te deja helado, te rompe los huesos... y el matorral bajo la lluvia, eternamente seco... y las guacharacas... destrozaban el aire con su griterío histérico. De locas. Y encima ¡el Himno Nacional!... ¡coño!, era el colmo. Y mientras espero a mi primer grupo de alumnos me entran unas ganas horrorosas de cagar... En serio. Imagínate esa gran explanada de asfalto, las canchas de básquet, de futbolito... voleibol... la piscina al fondo, las gradas... y mi pequeña oficina en un rincón... Y yo parado en medio de esa vastedad... cagándome mientras veía a mis primeros alumnos correr hacia mí. Imagínate que las muchachas no corrían sino que caminaban suavecitas... con sus pantalones de mono y sus franelitas blancas con el emblema del colegio... Imagínate que una de esas bellezas se destacaba sobre las demás porque era la más rubia, porque era la que mejor caminaba, porque esos ojos verdes estaban clavados en ti mientras te cagabas... y ni siquiera sabías donde coño había un baño... Imagínate que todo eso ha ocurrido y que esa mirada verde, que ahora está sola e impertinente, sentada en una grada, te ha conquistado. Ha sabido conquistarte con una pizca de ironía. Has entendido de inmediato que esa niña de cuarto de humanidades va a hacer contigo lo que le venga en gana... y que tu se lo vas a permitir... le vas a permitir cualquier cosa porque te sabes capaz de sufrir lo insufrible junto a esos ojos verdes... impertinentes... superiores... junto a ese pelo rubio y esa piel blanca y tentadora y resuelta a unirse a tu propia piel con un desenfreno que a sus dieciséis años, a ti, de treinta y tres, te va a resultar alarmante... incluso aterrador... pero que le vas a hacer... porque al mismo tiempo resulta que esa alarma y ese terror te parecen maravillosos, estimulantes... y por nada del mundo los vas a dejar pasar, los quieres contigo... junto a ti... y quieres convertirte en ese desenfreno de dieciséis años de piel blanca y tentadora... quieres morir en ese calor de piel insensata... eso es todo chamo... ¿lo imaginas?... ¿puedes?...
Y fue todo. El profesor cayó sobre la mesa, roncando profundamente. Una baba viscosa le chorreaba de la boca. Yo mismo no podía con mi alma. Las botellas sobre la mesa se tambaleaban con solo verlas. Había sido una historia interesante de todos modos. Y triste. Un poeta el profesor. Pagué lo que me dijeron que pagara. Ya no era capaz de realizar el menor cálculo. Y subí como pude, en la oscuridad, hasta mi cuarto. Me desnudé y me tumbé sobre la cama. No supe más de mí, ni del mundo, hasta la mañana siguiente.
Desperté con un ratón bicéfalo y el cuerpo tiroteado por los mosquitos. Eran ronchas grandes, inflamadas, rojas algunas, ensangrentadas otras. Era una masacre. Se habían ensañado conmigo, a discreción toda la noche, aprovechando mi estado. No me había dado cuenta de nada. Sin embargo me había rascado con furia. Lo probaba la sangre que cubría mi cuerpo y las sábanas. Una verdadera carnicería se había gestado durante la noche, un ataque desproporcionado aprovechando la oscuridad y el alcohol. No salía de mi asombro. Era un escándalo sanguinario del que trataba de sobreponerme cuando vi o creí descubrir o, efectivamente, vi, porque ya me iba dando cuenta de lo que era, unos pequeños puntitos negros que salpicaban las paredes de mi cuarto, todas las paredes, de arriba abajo, a todo lo ancho, a todo lo largo, arriba en el techo, también, una verdadera verbena de puntos negros. Me acerqué para cerciorarme. Sí, mosquitos. Negros y gordos mosquitos. Repletos de mi sangre hacían la digestión a mi costa. Me reventó una furia sorda en el estómago, unos virulentos deseos de matar. Gesticulaba frente a ellos, los insultaba. No sabía muy bien lo que decía. Cualquier cosa. Mi odio comenzaba a desbordarse a manotazos. ¡Plaf!... ¡plaf!... ¡plaf!... ¡plaf! Uno tras otro iba aplastando mosquitos contra la pared. En su lugar quedaban unas manchitas rojas y negras, hermosas, delirantes. A los que se colgaban del techo les daba con la almohada y los que lograban volar los aplaudía con ganas. Me daba una risa. Era una bella orgía de sangre. No sé cuanto tiempo pasó. Diez, quince minutos. Sudaba y comenzaba a perder el aliento. Yo que le tengo fobia al ejercicio, que peso sobre los cien kilos, me lanzaba contra el armario, tiraba el colchón contra la pared para abarcar más espacio: cincuenta mosquitos espatarrados de una vez. Esparcía mis manuscritos por el aire. Se creaba un vuelo de papeles entre mosquitos de lo más hermoso.
Terminó como empezó. Del cuarto se apoderó un silencio manso, casi sólido, duro de respirar. Me vi las manos inflamadas, ardiendo y chorreando sangre. Luego vi a mí alrededor, las paredes, el techo. El cuarto era un calidoscopio rojo que nublaba mis ojos. Me mareaba. Una centrífuga tiraba de mí, un torbellino refulgente me jalaba hacia el piso. Y sobre él me dejé caer agotado. Ya no me quedaba ni una pizca de furia. El odio se había condensado en el estómago en forma de ganas de cagar. Y así, muy despacito, me fui desmayando mientras de adentro terminaba de salirme toda la mierda.
Perdí la confianza. La poca que tenía. La que había confundido con ese estúpido estado de exaltación, con el ansia cabrona. Se había ido mi ridícula confianza entre borbotones de sangre y la plasta negra de los mosquitos. Tanta saña me había dejado atontado. Y la inteligencia. Porque aquel ataque despiadado era premeditado. Era el resultado de planes bien trazados. No me cabía la menor duda. Yo era el objetivo de todas sus inmundicias. ¿Yo?, pero si yo no soy nadie. Yo sólo quería escribir mi novelita. Colocar una palabra delante de otra. Nada espectacular. Hacer algo con esta vida inactiva, perdida. Matar el tiempo. No pedía mucho. Y ahora esto, ese ensañamiento, ese espectáculo cruel del que me habían hecho protagonista unos diminutos bichitos que no valían nada. Menos que yo, seguro.
Tomé la costumbre de subir a la azotea. Era amplia y fresca, con un pequeño techo de zinc hacia el centro. Bajo ese techo me sentaba a observar el paisaje: los bloques de El Silencio bajaban en cascada hasta la Av. San Martín. A lo largo de la avenida la hilera de edificios sucios y tristes, Las Torres de El Silencio, la DIEX. Y detrás de mí El Calvario en todo su abandono y resequedad. Sin duda no servía esa vista para subirme la moral. Pero me mantenía alejado del cuarto y de mis obligaciones literarias, por llamarlas de algún modo. Allí, bajo el zinc, me mantenía dándole al coco. Escribía en la cabeza sin parar. Me llenaba de palabras y de historias. Era un vértigo. En las tardes bajaba al bar y me sentaba con el profesor para escuchar su leitmotiv: la carajita del coño aquella. Yo hablaba poco. De todos modos la gente no te escucha, entretenida en contarte sus rollos. Sus propios peos escalofriantes. Bebíamos como cosacos además, que era lo que yo quería. En la noche Tany cerraba y se unía a nosotros. Al final terminaba por subirnos al profesor y a mí hasta nuestros cuartos. Siempre borrachos los tres.
Debo dejar constancia aquí que yo no volví a ver un mosquito. Me sentaba en la cama con la luz encendida y miraba en todas direcciones con desconfianza. Pero no, ningún hijo de puta a la vista. Si la borrachera me vencía, caía cuan largo era sobre la cama. En la mañana despertaba picado de arriba abajo. La masacre de nuevo. Si no estaba demasiado borracho, entonces apagaba la luz y me acostaba. No pasaba mucho tiempo antes de oír los primeros zumbidos. Zumbidos premeditados, alevosos. Corría hasta el interruptor y encendía la luz: nada. Recorría el cuarto en todas direcciones. Miraba debajo de la mesa, debajo de la cama. Observaba con lupa las paredes. Me encaramaba en la silla para ver mejor el techo. Buscaba dentro del armario, en mis papeles abandonados. ¡Nada! Habían desaparecido. Así que apagaba la luz y me volvía a acostar. Y de nuevo, al rato, el zumbido de mierda, la pesadilla zumbadora. Vuelta a empezar. Me paraba, encendía la luz y registraba el cuarto con desesperación de sabueso. Pero no encontraba ni un solo mosquito. El cuarto estaba limpio, libre, en silencio. Así una y otra vez a lo largo de la puta noche. Hasta que harto, al borde del llanto, me envolvía en las sábanas, me amortajaba íntegro y así, a fuego lento, asándome en el vapor pestilente de mi propio cuerpo, pasaba la noche.
Era una vida perra y, sin embargo, a veces intentaba escribir. Me acercaba a la mesa, hurgaba entre mis papeles, los ponía en orden, acomodaba la máquina de escribir, leía lo que había escrito hacía ¿cuánto? Mucho tiempo. Un tiempo incalculable, perdido, hundido en una bruma densa, parecida a la memoria de un desequilibrado. Al fin me animaba, me sentaba y tecleaba algunas palabras al azar. No me animaba demasiado. “Prudencia ante todo”, me decía. Miraba a todos lados. Recelaba de cualquier ruidito de nada. No me concentraba y terminaba por dejarlo. Me entraba una cagueta incontrolable y me piraba del cuarto hacia el oasis de la azotea y mi pequeño techo de zinc, donde volvía a ser un poco feliz escribiendo incongruencias en la cabeza. Allí me quedaba hasta la tarde, cuando bajaba a ese otro oasis que era el bar, donde seguía siendo un poco feliz con el profesor, con Tany y con el montón de cervezas que me tragaba. Todos los días escapaba del cuarto, del terror de los mosquitos, de la parálisis y me instalaba en mi trocito de azotea a salvo del sol. Allí ponía a funcionar el coco, a echarme cuentos a mí mismo, a contarme historias, historias, historias...
Por allí se aparecían de vez en cuando Joseito y el Cardenalito. Joseito se quitaba la franela raída y se echaba en el suelo a tomar el sol. El Cardenalito se sentaba conmigo bajo el techo de zinc y se limitaba a observar a su alrededor o a mirarme con esa sonrisa amplísima grabada a fuego en su cara. Entonces yo comenzaba a pensar en voz alta, a contarle a esos dos las historias que hervían en mi cabeza y que no trasladaba al papel. Eran buena compañía. No hablaban mucho y escuchaban. Quizás por eso yo les soltaba todo el rollo de mi escritura hablada, todos esos recuerdos que quemaban en mi boca. Saltaba de aquí para allá. Era una partitura loca. Hablaba de mi infancia y luego, sin transición, de las patéticas experiencias literarias en el Esperpento, para saltar a un desquiciado viaje en mi juventud hasta un pueblito cerca de Bogota y en seguida al terremoto del 67 y luego a una enfermedad que apunto estuvo de pasarme al otro lado. ¿Antes o después del terremoto? Ya no lo se. Y no importaba. Lo verdaderamente importante era escribir, contar historias, el lenguaje, la música, desgarrar a punta de coñazos la cortina de hierro tras la cual se escondía… ¿qué? No lo se. Un misterio quizás. Así se nos iba la mañana. Luego ellos bajaban a trabajar en el bar y yo los seguía un poco después a borrar mi existencia a punta de cervezas.
A veces subía el profesor y se sentaba junto a mí y nos poníamos a hablar. Casi siempre hablábamos, ¿tengo que decirlo?, de la carajita aquella, su obsesión. Yo también hablaba y un día le conté de los mosquitos. Se lo conté como una historia, pero él lo entendió de inmediato. Lo vi en su mirada, en la manera en que me miraba y sonreía y al mismo tiempo se ponía triste. A la mañana siguiente se apareció en mi techo de zinc con una raqueta rarísima. Era amarilla y azul, del tamaño de una raqueta de bádminton. La trama de la raqueta era de metal muy fino.
- Es una raqueta eléctrica – dijo.
- ¿Y para qué coño sirve profesor? – pregunté.
- Para matar mosquitos – dijo mientras abanicaba la raqueta delante de mi cara de idiota y se reía a carcajadas. Yo también me reí y tomé la raqueta de sus manos y practiqué mi revés mientras le daba las gracias. El buenazo del profesor. No iba a ser yo quien le dijera que no había visto un mosquito hacía siglos. Ese día agarramos una pea faraónica.
La raqueta la dejé junto a la máquina de escribir y no la volví a tocar. La mesa se me iba llenando de objetos inservibles o, al menos, a los que yo era incapaz, en mi estado, de encontrar utilidad. Pero a ver, ¿cuál era mi estado? Eso era difícil de precisar. Desintegrado quizás. Si, puede ser. Un estado de desintegración, como si me estuviera desvaneciendo y perdiendo contacto con la materia que me rodeaba. Pero no se. Esta explicación es muy complicada y, sobre todo, demasiado literaria. El caso es que vegetaba e iba perdiendo interés por todo. Incluso el techo se me iba disolviendo en una bruma alcohólica y mis oyentes ocasionales cada vez subían menos, aburridos, quizás, de mi cháchara incontrolable, de ese fluir constante de historias que en el fondo no entendían o no les interesaban. Entonces volví a mi cabeza, a escribir para mi mismo, único lector fascinado por las palabras, por ese tableteo musical que escuchaba, sin necesidad de oídos, en la intimidad de mi cerebro.
Cuando bajaba al bar siempre me sentaba con el profesor. A veces, cuando el trabajo se lo permitía, Tany nos acompañaba. Muchas veces ni siquiera nos cobraba las cervezas. Y tomábamos como cosacos y hablábamos mucho, los dos al mismo tiempo (Tany sólo escuchaba), atropellando las palabras con la furia de los desesperados que intentan, inútilmente, llegar antes a algún sitio. ¿A dónde? Yo no lo sabía. Pero debí intuirlo, debí verlo en aquel rostro tenso y derrotado, en aquella mirada apenas irónica del que está más allá del dolor. Pero sólo noté que la piel de su cara, esa piel rojísima, se estiraba, o ya estaba estirada desde quien sabe cuando, pero seguía estirándose, allí, frente a mí y que bastaba que una simple mosca se posara sobre ella para que se desgarrara y cayera hecha jirones sobre la mesa. Entonces vi que el profesor tenía un cigarrillo entre los dedos y que lo encendía. ¿De dónde demonios lo había sacado? Nunca lo había visto fumar. ¿O si? No lo recordaba. Estaba seguro que no.
- A no. Eso si que no.- le dije – ¿Está tratando de matarse acaso? Pregunta de lo más estúpida, lo admito, que al profesor le causo gracia, porque soltó una fenomenal carcajada al tiempo que apagaba el cigarrillo y se lo guardaba en un bolsillo de la camisa. A mi esa risa me inquietó de inmediato. Era una risa seca, burlona y rabiosa. Como si me estuviera abofeteando con ella, restregando en mi rostro la tremenda estupidez de mis palabras.
El profesor se puso en pie tambaleándose y me acaricio la cabeza, desarreglándome el pelo como a un niño a quien no se le puede responder de otra manera sus impertinencias. Luego se fue a su cuarto. Esa noche yo me quedé más tiempo. Seguí bebiendo hasta perder la conciencia.
A la mañana siguiente no hubo techo. Tany toco la puerta de mi cuarto cuando aún estaba desamortajándome y rascando las picadas de la últimas sesión nocturna con los mosquitos. Me preguntó si había visto al profesor. Le dije que no y le pregunté la hora. Eran pasadas las once. Había dormido más de la cuenta. Le pregunté si lo había buscado en mi techo de zinc. Me dijo que si y que no lo había encontrado y que por el bar no había caído. Le parecía extraño porque él solía estar temprano en el bar para sus primeras cervezas o en el techo conmigo. Nos miramos en silencio unos segundos y luego Tany dijo: “Vamos”. Me vestí y lo seguí. Recorrimos los pasillos apenumbrados de la pensión, por un tiempo que me pareció exageradamente largo, hasta la habitación del profesor. Yo nunca había ido. Nos quedamos los dos parados frente a la puerta, inmóviles, como idiotas o idiotizados o, más bien, asustados ante lo que, tras la puerta, nos esperaba o intuíamos encontrar. Tany tocó la puerta. Profesor, llamó. Nada. Volvió a tocar, está vez con más fuerza. Profesor, está allí gritó. Tany tumba la puerta le dije. Entonces se alejo y se lanzó a toda carrera. Su pesada humanidad chocó contra la madera podrida por el tiempo y la puerta crujió y luego cedió, cayendo hacía el interior del cuarto. Un vaho de alcohol se derramó sobre el pasillo como un viento etílico largamente represado. El profesor estaba acostado boca arriba en la cama. Los ojos abiertos miraban de soslayo una botella de vodka casi vacía que su mano derecha aún aferraba en un último intento de beber un trago. De su boca, también abierta, salía un hilillo amarillo que había formado un pozo sobre el colchón, cerca de su oreja. El cuarto olía a mierda, vómito y curda. Una mezcla repugnante. El profesor se había cagado encima durante la noche, eso era evidente. También había rastros de vómito en el cuarto, salpicaduras ácidas y amarillas, semisólidas y malolientes que pincelaban y decoraban lo que se había convertido, a todas luces, en una tumba. Y botellas a montones, de todo tipo, de todas las marcas, casi todas vacías: Wishky, tequila, vodka, ron, ventarrón, caña clara, cocuy, aguardiente, anís, etc., etc., etc., etc. Una rumba. Entonces caí en la cuenta de que la noche anterior se había ido más temprano. Mucho más temprano que de costumbre. Ya lo tenía decidido. Recordé su risa macabra y la manera en que se despidió de mí. Me pasé la mano por el pelo con la tonta esperanza de encontrar algo del calor de aquella mano. Se había puesto todo tan frío de repente, tan, ¿cómo decirlo?, aséptico y helado, como en una clínica. Yo lo miraba. Miraba ese rostro en el que se dibujaba una mueca indescifrable. ¿Reía o lloraba? La dos cosas quizás. Una tragicomedia de la que el profesor había adelantado el último acto. Y ya. Eso s todo. Vi a Tany parado a mi lado con los puños en la cintura. No salía de su asombro. De su confusión diría yo. No entendía nada. Giró su rostro hacía mí y encogiéndose de hombros dijo:
- ¿De dónde carajo sacó el dinero para toda esta curda?
Yo no lo sabía.
Pero eso pasó hace mucho tiempo. Cuando todavía salía. Ya no. Pero a quién coño podrá importarle cuanto tiempo llevo encerrado entre las cuatro paredes de ese cuarto estrecho y asfixiante. Demasiado. ¿Habrá un alma caritativa? Lo dudo. Yo lo cuento de todos modos.
Por la ventana se derrama el canto lejano de los gallos. Por esa ventana siempre se derrama algo, ¿verdad? Pero a mí ya no me parece tan bien, o me da igual.
Y aquí, en este encierro de paredes desconchadas, encierro minúsculo y en banca rota, el zumbido inesperado de los mosquitos. Es una vergüenza pero me encuentro acurrucado en una esquina observando las baldosas sucias y descoloridas, pero atento al zumbido voluntarioso que, lo sé, se dejará caer en cualquier momento y será una tormenta en mis oídos, un chasquido de horror que apartaré inútilmente de un manotazo.
Pero yo no me muevo. Esta es la esquina de mi vida. El rincón del descanso y el olvido. No habrá fuerza sobre la tierra que me desesquine. No hay suficientes mosquitos en el mundo. Ya podrán tocar la carcomida puerta, o golpearla. Entrarle a patadas o echarla abajo. Este es el rincón que he elegido para vivir este zumbido que ahora vuelvo a escuchar y que de un manotazo aparto. Entonces los veo. Son cuatro, parados sobre las baldosas, frente a mí, a escasos centímetros de mis pies. Pero, ¿alguien ha visto alguna vez mosquitos parados sobre el suelo? En la mesa, junto a la máquina de escribir, descansa la raqueta eléctrica. La veo de reojo. Pero, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene chamuscar a estos cuatro? Siempre habrá mosquitos para torturarte. Uno detrás de otro, indefinidamente, sin sentido, hasta el aburrimiento final. También veo de reojo mi vieja máquina de escribir. Quizás la veo con nostalgia, con cierta dosis de remordimiento. Pero yo estoy inhabilitado. Yo no me muevo de mi rincón. ¿Escribir? Pero si puedo escribir en mi cabeza. Contarlo todo sin mover un dedo. Desbordar la imaginación para mí mismo. Después de todo a nadie voy a seducir. Más vale contarse historias uno mismo, olvidarse del mundo grosero más allá de esta esquina y de estos cuatro mosquitos que me sitian, me observan y me juzgan.
Meditar. Pero ¿meditar en qué? Lo he pensado todo y no he hecho nada. Solo queda este enorme cansancio, el rancio hastío. La prueba concluyente es que no quiero ni moverme. Es fácil prever lo que vendrá. Pero no dan ganas ni de matarse.